Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE I. The sea-coast.
Capítulo 744 de 818 · 2 min de lectura
Entran Antonio y Sebastián.
ANTONIO. ¿No te quedarás más tiempo? ¿Ni tampoco quieres que te acompañe?
SEBASTIÁN. Con tu permiso, no; mis estrellas brillan oscuras sobre mí; la malignidad de mi destino podría quizá perturbar el tuyo; por eso te ruego que me permitas soportar mis males solo. Sería una mala recompensa a tu cariño cargar alguno de ellos sobre ti.
ANTONIO. Déjame saber adónde te diriges.
SEBASTIÁN. No, en verdad, señor; mi viaje decidido es pura extravagancia. Pero percibo en ti un toque de modestia tan excelente, que no me forzarás a decir lo que deseo callar. Por eso, la cortesía me obliga aún más a expresarme. Debes saber entonces, Antonio, que mi nombre es Sebastián, aunque me hice llamar Roderigo; mi padre fue aquel Sebastián de Mesalina de quien sé que has oído hablar. Nos dejó a mí y a una hermana, ambos nacidos en la misma hora. Si el cielo hubiera querido, ¡ojalá hubiéramos terminado así! Pero tú, señor, cambiaste eso, porque una hora antes de que me rescataras de las olas, mi hermana se ahogó.
ANTONIO. ¡Qué desgracia!
SEBASTIÁN. Una dama, señor, aunque se decía que se me parecía mucho, era considerada hermosa por muchos. Pero aunque no podía, con tan admirable asombro, creerlo del todo, sí me atrevo a proclamar esto de ella: tenía un espíritu que la envidia no podía sino llamar noble. Ya está ahogada, señor, en agua salada, aunque parezca que ahogo su recuerdo con más lágrimas.
ANTONIO. Perdóname, señor, por tan mala acogida.
SEBASTIÁN. Oh, buen Antonio, perdóname tú por causarte molestias.
ANTONIO. Si no quieres matarme por mi afecto, déjame ser tu servidor.
SEBASTIÁN. Si no quieres deshacer lo que has hecho, es decir, matar a quien has salvado, no lo desees. Adiós de una vez; mi pecho está lleno de bondad, y aún conservo tanto de las costumbres de mi madre, que ante la menor ocasión, mis ojos hablarán por mí. Me dirijo a la corte del Conde Orsino: adiós.
[Sale.]
ANTONIO. ¡Que la bondad de todos los dioses te acompañe! Tengo muchos enemigos en la corte de Orsino, de lo contrario pronto te vería allí. Pero pase lo que pase, te aprecio tanto, que el peligro me parecerá un juego, y te seguiré.
[Sale.]



