Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE III. A street.
Capítulo 751 de 818 · 2 min de lectura
Entran Sebastián y Antonio.
SEBASTIÁN. No hubiera querido molestarte por mi voluntad, pero ya que encuentras placer en tus esfuerzos, no te reprocharé más.
ANTONIO. No podía quedarme atrás; mi deseo, más agudo que el acero afilado, me impulsó a seguirte; y no fue solo el cariño de verte, aunque tanto, como para embarcarse en un viaje más largo, sino los celos de lo que pudiera sucederte en tu travesía, siendo inexperto en estas tierras, que para un forastero, sin guía ni amigos, suelen resultar ásperas y poco hospitalarias. Mi amor voluntario, más aún por estos argumentos de temor, se manifestó en tu persecución.
SEBASTIÁN. Mi buen Antonio, no puedo darte otra respuesta que gracias, y gracias, y siempre gracias; y a menudo los buenos servicios se pagan con tan mala moneda. Pero si mi valía fuera tan firme como mi conciencia, encontrarías mejor trato. ¿Qué haremos? ¿Vamos a ver las reliquias de esta ciudad?
ANTONIO. Mañana, señor; es mejor primero ver tu alojamiento.
SEBASTIÁN. No estoy cansado, y falta mucho para la noche; te ruego, dejemos que nuestros ojos se sacien con los monumentos y las cosas famosas que dan renombre a esta ciudad.
ANTONIO. Ojalá me perdonaras. No camino por estas calles sin peligro. Una vez, en una batalla naval, contra las galeras del Conde, presté un servicio, de tal importancia en verdad, que si me atraparan aquí, difícilmente podría justificarme.
SEBASTIÁN. Tal vez mataste a muchos de sus hombres.
ANTONIO. La ofensa no es de naturaleza tan sangrienta, aunque la calidad del momento y la disputa bien pudieron habernos dado motivos sangrientos. Pudo haberse resuelto después devolviendo lo que les quitamos, lo cual, por motivos comerciales, hizo la mayoría de nuestra ciudad. Solo yo me negué, y por eso, si me descubren aquí, lo pagaré caro.
SEBASTIÁN. Entonces no camines tan abiertamente.
ANTONIO. No me conviene. Toma, señor, aquí está mi bolsa. En los suburbios del sur, en el Elefante, es mejor alojarse. Yo encargaré nuestra comida mientras tú distraes el tiempo y alimentas tu conocimiento recorriendo la ciudad. Allí me encontrarás.
SEBASTIÁN. ¿Por qué tu bolsa?
ANTONIO. Quizá tu vista se pose sobre algún objeto que desees comprar; y tu dinero, creo, no es para mercados ociosos, señor.
SEBASTIÁN. Seré tu portador de bolsa y te dejaré por una hora.
ANTONIO. Al Elefante.
SEBASTIÁN. Lo recuerdo.
[Salen.]



