Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE III. Olivia’s Garden.
Capítulo 755 de 818 · 1 min de lectura
Entra Sebastián.
SEBASTIÁN. Este es el aire; aquel es el glorioso sol. Esta perla me la dio ella, la siento y la veo, y aunque es asombro lo que me envuelve así, no es locura. ¿Dónde está entonces Antonio? No pude hallarlo en el Elefante, aunque allí estaba, y allí encontré esta noticia: que andaba por la ciudad buscándome. Su consejo ahora me sería de oro. Porque aunque mi alma discute bien con mis sentidos que esto puede ser un error, pero no locura, sin embargo, este accidente y torrente de fortuna exceden tanto todo ejemplo, toda razón, que estoy listo para desconfiar de mis ojos y pelear con mi razón, que me persuade a confiar en otra cosa que no sea que estoy loco, o que la dama está loca; pero si así fuera, no podría gobernar su casa, mandar a sus servidores, tomar y devolver asuntos y despacharlos, con tal porte suave, discreto y firme como percibo que lo hace. Hay algo en esto que es engañoso. Pero aquí viene la dama.
Entran Olivia y un sacerdote.
OLIVIA. No culpes esta prisa mía. Si tus intenciones son buenas, ven ahora conmigo y con este hombre santo a la capilla cercana; allí, ante él y bajo ese techo consagrado, dame la plena seguridad de tu fe, para que mi alma, tan celosa y demasiado dudosa, pueda vivir en paz. Él lo mantendrá en secreto mientras tú quieras que así sea, hasta el momento en que celebremos nuestra unión según mi rango. ¿Qué dices?
SEBASTIÁN. Seguiré a este buen hombre y te acompañaré, y habiendo jurado verdad, siempre seré fiel.
OLIVIA. Entonces guía el camino, buen padre, y que los cielos brillen de tal modo, que puedan notar dignamente este acto mío.
[Salen.]
ACTO V.



