Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE III. The same. A room in Antonio’s house

Capítulo 760 de 818 · 3 min de lectura

Entran Antonio y Pantino.

ANTONIO. Dime, Pantino, ¿de qué triste conversación se trataba aquella en la que mi hermano te habló en el claustro?

PANTINO. Era acerca de su sobrino Proteo, su hijo.

ANTONIO. ¿Y qué hay con él?

PANTINO. Se preguntaba cómo es que vuestra señoría permite que pase su juventud en casa, mientras otros hombres, de escasa reputación, envían a sus hijos a buscar fortuna afuera: unos a la guerra para probar suerte allí; otros a descubrir islas lejanas; otros a las estudiosas universidades. Para cualquiera o todas estas actividades, decía que Proteo, su hijo, era apto, y me pidió que le insistiera para que no dejara que siguiera perdiendo el tiempo en casa, lo cual sería un gran menoscabo para su edad si no ha conocido el mundo en su juventud.

ANTONIO. Ni necesitas insistirme mucho en eso, en lo que llevo un mes meditando. He considerado bien la pérdida de tiempo, y cómo no puede llegar a ser un hombre cabal si no es probado y educado en el mundo. La experiencia se logra con esfuerzo y se perfecciona con el rápido curso del tiempo. Entonces dime, ¿a dónde sería mejor enviarlo?

PANTINO. Creo que vuestra señoría no ignora que su compañero, el joven Valentín, sirve al Emperador en su corte real.

ANTONIO. Lo sé bien.

PANTINO. Sería bueno, creo yo, que vuestra señoría lo enviara allí. Allí podrá practicar justas y torneos, escuchar dulces conversaciones, tratar con nobles y estar a la vista de todo ejercicio digno de su juventud y nobleza de nacimiento.

ANTONIO. Me agrada tu consejo; has aconsejado bien, y para que veas cuánto me agrada, la ejecución lo demostrará. Con la mayor prontitud lo enviaré a la corte del Emperador.

PANTINO. Mañana, si os place, don Alfonso, junto a otros caballeros de buena reputación, viajan para saludar al Emperador y ofrecerle sus servicios.

ANTONIO. Buena compañía. Con ellos irá Proteo.

Entra Proteo leyendo una carta.

¡Y a buen tiempo! Ahora hablaremos con él.

PROTEO. ¡Dulce amor, dulces líneas, dulce vida! Aquí está su mano, el agente de su corazón; aquí está su juramento de amor, prenda de su honor. ¡Oh, si nuestros padres aplaudieran nuestros amores y sellaran nuestra dicha con su consentimiento! ¡Oh, celestial Julia!

ANTONIO. ¿Qué sucede? ¿Qué carta lees ahí?

PROTEO. Si a vuestra señoría le place, son unas palabras de recomendación enviadas por Valentín, entregadas por un amigo que vino de su parte.

ANTONIO. Préstame la carta. Déjame ver qué noticias trae.

PROTEO. No hay noticias, mi señor, salvo que escribe cuán feliz vive, cuán bien querido es y cuán favorecido por el Emperador, deseando que yo estuviera con él, compartiendo su fortuna.

ANTONIO. ¿Y cómo te sientes respecto a ese deseo?

PROTEO. Como alguien que depende de la voluntad de vuestra señoría, y no del amistoso deseo de él.

ANTONIO. Mi voluntad coincide en parte con su deseo. No te asombres de que proceda tan repentinamente, pues lo que quiero, lo quiero, y no hay más. He decidido que pases un tiempo con Valentín en la corte del Emperador. Lo que él reciba de sus amigos, igual pensión tendrás de mí. Mañana prepárate para partir. No lo excuses, pues hablo con firmeza.

PROTEO. Mi señor, no puedo estar listo tan pronto; os ruego que lo penséis uno o dos días.

ANTONIO. Lo que te falte se te enviará después. No más demoras. Mañana debes partir. Vamos, Pantino, tú te encargarás de apresurar su viaje.

[Salen Antonio y Pantino.]

PROTEO. Así he evitado el fuego por miedo a quemarme y me he sumergido en el mar, donde me ahogo. Temía mostrarle a mi padre la carta de Julia, no fuera que se opusiera a mi amor, y con la ventaja de mi propia excusa, ha sido él quien más se ha opuesto a mi amor. ¡Oh, cómo esta primavera de amor se parece a la incierta gloria de un día de abril, que ahora muestra toda la belleza del sol y al poco una nube lo oculta todo!

Entra Pantino.

PANTINO. Señor Proteo, su padre lo llama. Tiene prisa. Por favor, vaya.

PROTEO. Esto es: mi corazón lo acepta, y sin embargo mil veces responde “No”.

[Salen.]

ACTO II