Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE VII. Verona. A room in Julia’s house

Capítulo 767 de 818 · 3 min de lectura

Entran Julia y Lucetta.

JULIA. Aconséjame, Lucetta; dulce muchacha, ayúdame, y aun por el mismo amor te lo suplico, tú que eres la mesa donde todos mis pensamientos están visiblemente grabados y esculpidos, para que me enseñes y me digas algún buen modo de cómo, sin manchar mi honor, pueda emprender un viaje hacia mi amado Proteo.

LUCETTA. Ay, el camino es cansado y largo.

JULIA. Un peregrino verdaderamente devoto no se cansa de recorrer reinos con sus débiles pasos; mucho menos se cansará quien tiene las alas del Amor para volar, y más aún si el vuelo es hacia alguien tan querido, de tan divina perfección, como el señor Proteo.

LUCETTA. Mejor sería esperar hasta que Proteo regrese.

JULIA. ¿Acaso no sabes que su mirada es el alimento de mi alma? Compadécete de la escasez en la que he languidecido por ansiar ese alimento tanto tiempo. Si supieras lo que es el verdadero toque del amor, preferirías encender fuego con nieve antes que intentar apagar el fuego del amor con palabras.

LUCETTA. No pretendo apagar el ardiente fuego de tu amor, sino moderar la furia extrema de ese fuego, para que no arda más allá de los límites de la razón.

JULIA. Cuanto más lo reprimes, más arde. El arroyo que murmura suavemente, bien sabes, si se le detiene, se enfurece impaciente; pero cuando su bello curso no es obstaculizado, hace dulce música con las piedras esmaltadas, dando un suave beso a cada junco que encuentra en su peregrinaje; y así, por muchos recodos, se desliza alegremente hacia el salvaje océano. Déjame ir, entonces, y no detengas mi curso. Seré tan paciente como un arroyo apacible y haré un pasatiempo de cada paso cansado hasta que el último me lleve a mi amor, y allí descansaré, como un alma bendita en el Elíseo tras mucha fatiga.

LUCETTA. ¿Pero con qué atuendo irás?

JULIA. No como mujer, pues quiero evitar los encuentros indecorosos de hombres lascivos. Dulce Lucetta, vísteme con ropas que convengan a un paje de buena reputación.

LUCETTA. Entonces, su señoría deberá cortarse el cabello.

JULIA. No, niña, lo recogeré con cintas de seda, con veinte nudos de amor ingeniosos. Ser fantasiosa puede convenirle a un joven de más edad de la que aparentaré.

LUCETTA. ¿De qué modo, señora, debo hacerle los pantalones?

JULIA. Eso viene a ser como decir: “Dime, buen señor, ¿qué vuelo llevará tu guardainfante?” Hazlos del modo que más te agrade, Lucetta.

LUCETTA. Necesariamente debe llevar bragueta, señora.

JULIA. ¡No, no, Lucetta, eso sería de mal gusto!

LUCETTA. Un calzón redondo, señora, ahora no vale nada si no lleva bragueta para clavar alfileres.

JULIA. Lucetta, si me amas, dame lo que creas adecuado y sea más decoroso. Pero dime, muchacha, ¿cómo me juzgará el mundo por emprender un viaje tan poco recatado? Temo que me cause escándalo.

LUCETTA. Si piensas así, entonces quédate en casa y no vayas.

JULIA. No, eso no lo haré.

LUCETTA. Entonces no pienses más en la infamia y ve. Si a Proteo le agrada tu viaje cuando llegues, no importa a quién desagrades cuando te hayas ido. Temo que ni siquiera a él le agradará.

JULIA. Eso es lo que menos temo, Lucetta. Mil juramentos, un océano de sus lágrimas y pruebas infinitas de amor me aseguran la bienvenida de mi Proteo.

LUCETTA. Todos esos son sirvientes de hombres engañosos.

JULIA. ¡Hombres viles que los usan para fines tan viles! Pero estrellas más fieles rigieron el nacimiento de Proteo. Sus palabras son lazos, sus juramentos oráculos, su amor sincero, sus pensamientos inmaculados, sus lágrimas mensajeras puras enviadas desde su corazón, su corazón tan alejado del engaño como el cielo de la tierra.

LUCETTA. Ruega al cielo que así sea cuando llegues a él.

JULIA. Ahora, si me amas, no le hagas esa injusticia de tener tan mala opinión de su fidelidad. Sólo merecerás mi amor amándolo a él. Y ahora ven conmigo a mi aposento para tomar nota de lo que necesito para proveerme en mi anhelado viaje. Todo lo mío te lo dejo a tu disposición: mis bienes, mis tierras, mi reputación; sólo, en cambio, ayúdame a partir. Vamos, no respondas, sino hazlo enseguida. Estoy impaciente por mi demora.

[Salen.]

ACTO III