Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE III. Before the gates of Athens

Capítulo 781 de 818 · 3 min de lectura

Entran Pirítoo, Hipólita y Emilia.

PIRÍTOO. No más allá.

HIPÓLITA. Señor, adiós. Transmita mis deseos a nuestro gran señor, de cuyo éxito no me atrevo a hacer ninguna pregunta temerosa; sin embargo, le deseo exceso y desbordamiento de poder, si pudiera ser, para resistir la mala fortuna. ¡Que le acompañe la suerte! La abundancia nunca perjudica a los buenos gobernantes.

PIRÍTOO. Aunque sé que su océano no necesita de mis pobres gotas, aun así deben rendirle tributo. Mi preciosa doncella, ¡que los mejores afectos que el cielo infunde en sus mejores criaturas permanezcan entronizados en tu querido corazón!

EMILIA. Gracias, señor. Recuérdeme a nuestro hermano real, por cuya fortuna rogaré a la gran Belona; y ya que en nuestro estado terrenal las peticiones no se entienden sin dones, le ofreceré lo que me aconsejen que le agrada. Nuestros corazones están en su ejército, en su tienda.

HIPÓLITA. En su pecho. Hemos sido soldados, y no podemos llorar cuando nuestros amigos se ponen el yelmo, o se hacen a la mar, o cuentan de niños atravesados por la lanza, o de mujeres que han cocido a sus hijos y después los han comido, en la salmuera de sus propias lágrimas al matarlos. Así que, si esperas vernos convertidas en tales hilanderas, deberíamos retenerte aquí para siempre.

PIRÍTOO. Que la paz sea con ustedes mientras yo prosigo esta guerra, que entonces quedará más allá de cualquier otro requerimiento.

[Sale Pirítoo.]

EMILIA. ¡Cómo su anhelo sigue a su amigo! Desde su partida, sus entretenimientos, aunque requerían seriedad y destreza, pasaron a la ligera por su descuidada ejecución, donde ni la ganancia le hacía prestar atención, ni la pérdida le hacía considerar, sino que jugaba con un asunto en la mano y otro dirigía en su mente, cuidando por igual de estos tan diferentes gemelos. ¿Lo has observado desde que nuestro gran señor partió?

HIPÓLITA. Con mucho empeño, y lo amé por ello. Ellos dos han compartido aposento en muchos rincones tan peligrosos como pobres, luchando contra el peligro y la necesidad; han cruzado torrentes cuyo rugido y poderío, aun en el menor de ellos, era aterrador; y han luchado juntos donde la misma Muerte tenía su morada; sin embargo, el destino los ha salvado. Su lazo de amor, atado, tejido, enredado con tanta verdad, durante tanto tiempo, y con un dedo de tan profunda habilidad, puede desgastarse, pero nunca deshacerse. Creo que Teseo no puede ser juez de sí mismo, dividiendo su conciencia en dos y haciendo justicia igual a cada parte, la que más ama.

EMILIA. Sin duda hay una mejor, y la razón no tiene modales para decir que no eres tú. Una vez conocí un tiempo en que disfruté de una compañera de juegos; tú estabas en la guerra cuando ella enriqueció la tumba, quien hizo demasiado orgullosa la cama, se despidió de la luna, que entonces palideció al partir, cuando nuestra edad era de once años cada una.

HIPÓLITA. Era Flavina.

EMILIA. Sí. Hablas del amor de Pirítoo y Teseo. El de ellos tiene más fundamento, está más maduramente sazonado, más ceñido por un juicio firme, y sus necesidades mutuas pueden decirse que riegan las raíces entrelazadas de su amor; pero yo, y aquella de quien suspiré y hablé, éramos inocentes, amábamos porque sí, y como los elementos que no saben qué ni por qué, pero producen raros efectos por su acción, así nuestras almas la una a la otra. Lo que a ella le gustaba, yo lo aprobaba; lo que no, lo condenaba, sin más juicio. La flor que yo quería arrancar y poner entre mis pechos, apenas comenzando a hincharse el capullo, ella la deseaba hasta tener otra igual, y la depositaba en la misma cuna inocente, donde, como el fénix, morían en perfume. No había adorno en mi cabeza que no fuera su modelo; sus afectos—lindos, aunque quizá los llevara sin cuidado—yo los seguía para mi mayor adorno; si mi oído robaba alguna nueva melodía, o por azar tarareaba una, era una nota en la que su espíritu se detenía—más bien, se quedaba, y la cantaba en sus sueños. Este relato, que la inocencia apasionada bien conoce, surge como un bastardo de antiguas importancias—y tiene este fin: que el verdadero amor entre doncella y doncella puede ser más que el individual de los sexos.

HIPÓLITA. Estás sin aliento; y este paso tan acelerado no es sino para decir que nunca, como la doncella Flavina, amarás a alguien llamado hombre.

EMILIA. Estoy segura de que no lo haré.

HIPÓLITA. Ahora, ay, débil hermana, no puedo creerte más en este punto—aunque sé que tú misma lo crees—de lo que confiaría en un apetito enfermizo, que aborrece tanto como desea. Pero, hermana mía, si yo estuviera madura para tu persuasión, has dicho suficiente para apartarme del brazo del noble Teseo; por cuya fortuna ahora entraré y me arrodillaré, con gran seguridad de que nosotras, más que su Pirítoo, poseemos el alto trono en su corazón.

EMILIA. No estoy en contra de tu fe, pero yo mantengo la mía.

[Salen.]