Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE I. Athens. A room in the prison

Capítulo 796 de 818 · 6 min de lectura

Entran el Carcelero y su Amigo.

CARCELERO. ¿No escuchas nada más? ¿No se dijo nada de mí respecto a la fuga de Palamón? Buen señor, recuérdelo.

PRIMER AMIGO. Nada que yo oyera, pues regresé a casa antes de que el asunto concluyera del todo. Sin embargo, pude percibir, antes de partir, una gran probabilidad de que ambos fueran perdonados; pues Hipólita y la bella Emilia, de rodillas, suplicaron con tal conmovedora piedad que me pareció que el Duque vacilaba entre cumplir su temerario juramento o ceder a la dulce compasión de esas dos damas. Y, para secundarlas, ese verdaderamente noble príncipe, Pirítoo, que es como la mitad de su propio corazón, también intercedió, así que espero que todo salga bien. Tampoco escuché que se hiciera una sola pregunta sobre tu nombre o la fuga de él.

CARCELERO. Que el cielo lo mantenga así.

Entra el Segundo Amigo.

SEGUNDO AMIGO. Anímate, hombre; traigo noticias, buenas noticias.

CARCELERO. Son bienvenidas.

SEGUNDO AMIGO. Palamón te ha exonerado y ha conseguido tu perdón, y ha revelado cómo y por quién escapó, que fue por tu hija, cuyo perdón también se ha conseguido; y el prisionero, para no mostrarse ingrato ante su bondad, le ha dado una suma de dinero para su boda, una suma considerable, te lo aseguro.

CARCELERO. Eres un buen hombre y siempre traes buenas noticias.

PRIMER AMIGO. ¿Cómo terminó todo?

SEGUNDO AMIGO. Pues, como debía ser; aquellos que nunca suplicaron sin obtener lo que pedían, vieron concedidas sus peticiones; los prisioneros conservan la vida.

PRIMER AMIGO. Sabía que así sería.

SEGUNDO AMIGO. Pero hay nuevas condiciones, de las que oirás en mejor momento.

CARCELERO. Espero que sean buenas.

SEGUNDO AMIGO. Son honorables; cuán buenas resulten, no lo sé.

PRIMER AMIGO. Se sabrá.

Entra el Pretendiente.

PRETENDIENTE. ¡Ay, señor, dónde está su hija?

CARCELERO. ¿Por qué lo preguntas?

PRETENDIENTE. Oh, señor, ¿cuándo la vio?

SEGUNDO AMIGO. ¿Cómo lo ves?

CARCELERO. Esta mañana.

PRETENDIENTE. ¿Estaba bien? ¿Estaba sana, señor? ¿Cuándo durmió?

PRIMER AMIGO. Son preguntas extrañas.

CARCELERO. No creo que estuviera muy bien, pues ahora que me lo recuerdas, justo hoy le hice preguntas y me respondió tan diferente de lo que era, tan infantilmente, tan neciamente, como si fuera una tonta, una inocente, y me enojé mucho. Pero, ¿qué hay de ella, señor?

PRETENDIENTE. Nada sino mi compasión. Pero debe saberlo, y mejor por mí que por otro que la ame menos.

CARCELERO. Bien, señor.

PRIMER AMIGO. ¿No está bien?

SEGUNDO AMIGO. ¿No está bien?

PRETENDIENTE. No, señor, no está bien: es demasiado cierto, está loca.

PRIMER AMIGO. No puede ser.

PRETENDIENTE. Créalo, lo comprobará.

CARCELERO. Ya lo sospechaba a medias por lo que me has dicho. ¡Que los dioses la consuelen! O esto fue por su amor a Palamón, o por temor a que yo sufriera por su fuga, o ambas cosas.

PRETENDIENTE. Es probable.

CARCELERO. Pero, ¿por qué tanta prisa, señor?

PRETENDIENTE. Se lo diré pronto. Hace poco estaba pescando en el gran lago que está detrás del palacio, desde la orilla lejana, cubierta de juncos y espadañas, y mientras esperaba pacientemente el deporte, escuché una voz, aguda; y, atento, presté oído, y bien pude percibir que era alguien cantando, y por lo agudo, un niño o una mujer. Entonces dejé mi caña a su suerte, me acerqué, pero aún no pude ver quién hacía el sonido, pues los juncos y espadañas lo rodeaban. Me tumbé y escuché las palabras que cantaba, pues entonces, por un claro pequeño abierto por los pescadores, vi que era tu hija.

CARCELERO. Por favor, continúe, señor.

PRETENDIENTE. Cantó mucho, pero sin sentido; sólo la oí repetir a menudo: “Palamón se ha ido, se ha ido al bosque a recoger moras; lo encontraré mañana.”

PRIMER AMIGO. ¡Pobre alma!

PRETENDIENTE. “Sus grilletes lo delatarán; lo atraparán, ¿y qué haré yo entonces? Traeré una bandada, cien doncellas de ojos negros que lo aman como yo, con guirnaldas de narcisos en la cabeza, con labios de cereza y mejillas de rosas damascenas, y todas bailaremos una danza extraña ante el Duque y suplicaremos su perdón.” Luego habló de usted, señor; que mañana por la mañana perdería la cabeza, y que ella debía recoger flores para enterrarlo y dejar la casa hermosa. Luego cantó sólo “Sauce, sauce, sauce”, y entre tanto siempre “Palamón, hermoso Palamón”, y “Palamón era un apuesto joven”. El lugar estaba cubierto de agua hasta las rodillas donde ella se sentó; sus cabellos sueltos, coronados con un aro de espadañas; alrededor de ella había miles de flores de agua de varios colores, que me pareció que se asemejaba a la bella ninfa que alimenta el lago con aguas, o a Iris recién descendida del cielo. Hacía anillos con los juncos cercanos, y les decía los versos más bonitos: “Así está atado nuestro verdadero amor”, “Esto puedes soltarlo, pero no a mí”, y muchos más; y luego lloraba, y volvía a cantar, y suspiraba, y con el mismo aliento sonreía y besaba su mano.

SEGUNDO AMIGO. ¡Ay, qué lástima!

PRETENDIENTE. Me acerqué a ella. Me vio, y de inmediato buscó el agua. La salvé y la puse a salvo en tierra, cuando de pronto se escapó y corrió hacia la ciudad con tal grito y rapidez que, créame, me dejó muy atrás. Vi a tres o cuatro cruzarse con ella a lo lejos—uno de ellos supe que era tu hermano—donde se detuvo y cayó, apenas lograron apartarla. Los dejé con ella y vine aquí a contarte.

Entran el Hermano del Carcelero, la Hija del Carcelero y otros.

Aquí están.

HIJA. [Canta.]

Que nunca más disfrutes la luz, etcétera.

¿No es una linda canción?

HERMANO. Oh, una muy linda.

HIJA. Puedo cantar veinte más.

HERMANO. Creo que puedes.

HIJA. Sí, en verdad puedo. Puedo cantar “La Escoba” y “Bonito Robin”. ¿No eres sastre?

HERMANO. Sí.

HIJA. ¿Dónde está mi vestido de boda?

HERMANO. Te lo traeré mañana.

HIJA. Hazlo, muy bien, debo salir de otro modo para llamar a las doncellas y pagar a los músicos, pues debo perder mi doncellez al amanecer. Si no, nunca prosperaré. [Canta.] Oh, bella, oh, dulce, etcétera.

HERMANO. [Al Carcelero.] Debes tomarlo con paciencia.

CARCELERO. Es cierto.

HIJA. Buenas noches, buenos hombres; díganme, ¿alguna vez oyeron hablar de un joven llamado Palamón?

CARCELERO. Sí, muchacha, lo conocemos.

HIJA. ¿No es un apuesto joven?

CARCELERO. Lo es, amor.

HERMANO. No la contradigas; entonces se altera mucho más de lo que parece ahora.

PRIMER AMIGO. Sí, es un buen hombre.

HIJA. ¿Oh, sí? ¿Tienes una hermana?

PRIMER AMIGO. Sí.

HIJA. Pero ella nunca lo tendrá, díselo, por un truco que sé; será mejor que la cuides, porque si lo ve una vez, se pierde, se acaba y se arruina en una hora. Todas las doncellas jóvenes de nuestro pueblo están enamoradas de él, pero yo me río de ellas y las dejo en paz. ¿No es un buen proceder?

PRIMER AMIGO. Sí.

HIJA. Hay al menos doscientas ahora embarazadas de él—deben ser cuatro; sin embargo, yo me mantengo reservada por todo esto, tan cerrada como una almeja; y todos estos deben ser varones, él tiene ese don; y a los diez años todos deben ser castrados para músicos y cantar las guerras de Teseo.

SEGUNDO AMIGO. Esto es extraño.

HIJA. Como nunca oyeron, pero no digan nada.

PRIMER AMIGO. No.

HIJA. Vienen de todas partes del ducado por él. Les aseguro, no tuvo menos de veinte anoche para despachar. Lo hará todo en dos horas, si tiene la mano puesta.

CARCELERO. Está perdida, sin remedio.

HERMANO. ¡Dios no lo quiera, hombre!

HIJA. Ven aquí, eres un hombre sabio.

PRIMER AMIGO. [Aparte.] ¿Lo conoce?

SEGUNDO AMIGO. [Aparte.] No, ojalá lo hiciera.

HIJA. ¿Eres capitán de un barco?

CARCELERO. Sí.

HIJA. ¿Dónde está tu brújula?

CARCELERO. Aquí.

HIJA. Apúntala al norte. Y ahora dirige tu rumbo al bosque, donde Palamón me espera. Del aparejo, déjame a mí. Vamos, levad anclas, corazones, con ánimo.

TODOS. ¡Owgh, owgh, owgh! ¡Está arriba, el viento es favorable! ¡Izad la amura; desplegad la vela mayor! ¿Dónde está tu silbato, capitán?

HERMANO. Vamos a llevarla dentro.

CARCELERO. Arriba, chico.

HERMANO. ¿Dónde está el piloto?

PRIMER AMIGO. Aquí.

HIJA. ¿Qué ves?

SEGUNDO AMIGO. Un hermoso bosque.

HIJA. Apunta hacia él, capitán. ¡Vira! [Canta.] Cuando Cintia con su luz prestada, etcétera.

[Salen.]