Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE I. The Forest of Arden

Capítulo 83 de 818 · 6 min de lectura

Entran Rosalinda, Celia y Jaques.

JAQUES. Te lo ruego, bello joven, permíteme conocerte mejor.

ROSALINDA. Dicen que eres un hombre melancólico.

JAQUES. Así es; la prefiero mucho más que la risa.

ROSALINDA. Aquellos que están en el extremo de cualquiera de los dos son detestables y se exponen al juicio de la época peor que los borrachos.

JAQUES. Pues bien, es bueno estar triste y no decir nada.

ROSALINDA. Entonces, es bueno ser un poste.

JAQUES. No tengo la melancolía del erudito, que es emulación; ni la del músico, que es fantasiosa; ni la del cortesano, que es orgullosa; ni la del soldado, que es ambiciosa; ni la del abogado, que es política; ni la de la dama, que es delicada; ni la del amante, que es todas esas; sino que es una melancolía propia, compuesta de muchos simples, extraída de muchos objetos, y en verdad, de la variada contemplación de mis viajes, en los que mi frecuente reflexión me envuelve en una tristeza muy peculiar.

ROSALINDA. ¡Un viajero! Por mi fe, tienes gran motivo para estar triste. Temo que has vendido tus propias tierras para ver las de otros. Así, haber visto mucho y no tener nada es tener ojos ricos y manos pobres.

JAQUES. Sí, he ganado mi experiencia.

ROSALINDA. Y tu experiencia te pone triste. Yo preferiría tener un bufón que me alegre a tener experiencia que me entristezca—y además viajar para conseguirla.

Entra Orlando.

ORLANDO. ¡Buen día y felicidad, querida Rosalinda!

JAQUES. Entonces, que Dios te acompañe, si vas a hablar en verso blanco.

ROSALINDA. Adiós, Monsieur Viajero. Procura cecear y vestir trajes extraños; desprecia todos los beneficios de tu propio país; reniega de tu patria, y casi reprocha a Dios por haberte dado ese rostro, o apenas creeré que has navegado en góndola.

[Sale Jaques.]

¿Y bien, Orlando, dónde has estado todo este tiempo? ¡Tú, un enamorado! Si me haces otra igual, no vuelvas a presentarte ante mí.

ORLANDO. Mi bella Rosalinda, llego dentro de la hora prometida.

ROSALINDA. ¿Romper una promesa de una hora en el amor? Aquel que divide un minuto en mil partes y rompe siquiera una de esas mil partes en asuntos de amor, se puede decir de él que Cupido le ha dado una palmada en el hombro, pero te aseguro que su corazón sigue intacto.

ORLANDO. Perdóname, querida Rosalinda.

ROSALINDA. No, si eres tan tardío, no vuelvas a presentarte ante mí. Preferiría que me cortejara un caracol.

ORLANDO. ¿Un caracol?

ROSALINDA. Sí, un caracol, porque aunque llega despacio, lleva su casa sobre la cabeza—una mejor dote, creo, de la que tú le das a una mujer. Además, trae su destino consigo.

ORLANDO. ¿Cuál es ese?

ROSALINDA. Pues cuernos, que a los de tu clase les toca agradecer a sus esposas. Pero él viene armado en su fortuna y así previene la calumnia de su esposa.

ORLANDO. La virtud no hace cornudos, y mi Rosalinda es virtuosa.

ROSALINDA. Y yo soy tu Rosalinda.

CELIA. Le place llamarte así, pero tiene una Rosalinda de mejor mirar que tú.

ROSALINDA. Ven, corteja, corteja, que ahora estoy de humor festivo y bien podría consentir. ¿Qué me dirías ahora, si yo fuera tu verdadera, verdadera Rosalinda?

ORLANDO. Besaría antes de hablar.

ROSALINDA. No, mejor habla primero, y cuando te falten palabras, podrías aprovechar para besar. Los buenos oradores, cuando se quedan sin tema, escupen; y los enamorados, cuando—Dios nos guarde—les falta materia, el recurso más limpio es besar.

ORLANDO. ¿Y si se niega el beso?

ROSALINDA. Entonces te pone a suplicar, y ahí empieza un nuevo asunto.

ORLANDO. ¿Quién podría quedarse sin palabras ante su amada?

ROSALINDA. Pues tú, si yo fuera tu amada, o pensaría que mi honestidad es mayor que mi ingenio.

ORLANDO. ¿De mi traje?

ROSALINDA. No de tu vestimenta, y sin embargo, fuera de tu demanda. ¿No soy yo tu Rosalinda?

ORLANDO. Me alegra decir que sí, porque así puedo hablar de ella.

ROSALINDA. Bien, en su persona, te digo que no te aceptaré.

ORLANDO. Entonces, en mi propia persona, muero.

ROSALINDA. No, en verdad, muere por poder. El pobre mundo tiene casi seis mil años, y en todo este tiempo ningún hombre ha muerto en su propia persona, es decir, por amor. Troilo fue muerto por un garrote griego, aunque hizo cuanto pudo por morir antes, y es uno de los modelos del amor. Leandro habría vivido muchos años aunque Hero se hiciera monja, si no fuera por una calurosa noche de verano; pues, buen joven, solo fue a bañarse al Helesponto y, al darle un calambre, se ahogó; y los tontos cronistas de esa época dijeron que fue por Hero de Sestos. Pero todo eso son mentiras. Los hombres han muerto de vez en cuando y los gusanos se los han comido, pero no por amor.

ORLANDO. No quisiera que mi verdadera Rosalinda pensara así, pues juro que su ceño podría matarme.

ROSALINDA. Por esta mano, no matará ni a una mosca. Pero ven, ahora seré tu Rosalinda con mejor disposición, y pídeme lo que quieras, que te lo concederé.

ORLANDO. Entonces ámame, Rosalinda.

ROSALINDA. Sí, en verdad, lo haré, viernes y sábados y todos los días.

ORLANDO. ¿Y me aceptarás?

ROSALINDA. Sí, y a veinte como tú.

ORLANDO. ¿Qué dices?

ROSALINDA. ¿No eres bueno?

ORLANDO. Eso espero.

ROSALINDA. Entonces, ¿puede uno desear demasiado de algo bueno?—Ven, hermana, tú serás la sacerdotisa y nos casarás.—Dame tu mano, Orlando.—¿Qué dices, hermana?

ORLANDO. Te ruego, cásanos.

CELIA. No puedo decir las palabras.

ROSALINDA. Debes empezar: “¿Quieres, Orlando—”

CELIA. Vamos.—¿Quieres, Orlando, tomar por esposa a esta Rosalinda?

ORLANDO. Sí, quiero.

ROSALINDA. Sí, ¿pero cuándo?

ORLANDO. Ahora mismo, tan pronto como ella pueda casarnos.

ROSALINDA. Entonces debes decir: “Te tomo, Rosalinda, por esposa.”

ORLANDO. Te tomo, Rosalinda, por esposa.

ROSALINDA. Podría pedirte tu comisión. Pero yo sí te tomo, Orlando, por esposo. Ahí va una mujer delante del sacerdote, y ciertamente el pensamiento de una mujer va delante de sus acciones.

ORLANDO. Así hacen todos los pensamientos. Tienen alas.

ROSALINDA. Ahora dime cuánto tiempo la querrías después de poseerla.

ORLANDO. Para siempre y un día.

ROSALINDA. Di “un día” sin el “para siempre”. No, no, Orlando, los hombres son abril cuando cortejan, diciembre cuando se casan. Las doncellas son mayo cuando lo son, pero el cielo cambia cuando se vuelven esposas. Seré más celosa de ti que una paloma de Berbería de su hembra, más bulliciosa que un loro ante la lluvia, más caprichosa que un mono, más voluble en mis deseos que un simio. Lloraré por nada, como Diana en la fuente, y lo haré cuando tú quieras estar alegre. Reiré como una hiena, y eso cuando tú quieras dormir.

ORLANDO. ¿Pero mi Rosalinda hará eso?

ROSALINDA. Por mi vida, hará lo que yo haga.

ORLANDO. Oh, pero ella es sabia.

ROSALINDA. Si no, no tendría la astucia para hacer esto. Cuanto más sabia, más caprichosa. Si cierras las puertas al ingenio de una mujer, saldrá por la ventana. Si cierras la ventana, saldrá por la cerradura. Si tapas la cerradura, saldrá con el humo por la chimenea.

ORLANDO. Un hombre que tuviera una esposa con tal ingenio podría decir: “Ingenio, ¿a dónde vas?”

ROSALINDA. No, podrías reservar ese reproche hasta que encuentres el ingenio de tu esposa yendo a la cama de tu vecino.

ORLANDO. ¿Y qué ingenio podría tener el ingenio para excusar eso?

ROSALINDA. Pues decir que fue a buscarte allí. Nunca la atraparás sin respuesta, a menos que la atrapes sin lengua. Oh, esa mujer que no puede convertir su falta en culpa de su marido, que nunca críe a su hijo, porque lo criará como a un tonto.

ORLANDO. Por dos horas, Rosalinda, te dejaré.

ROSALINDA. Ay, amor mío, no puedo estar sin ti dos horas.

ORLANDO. Debo atender al Duque en la comida. A las dos estaré contigo de nuevo.

ROSALINDA. Sí, ve, ve. Ya sabía lo que resultarías. Mis amigos me lo advirtieron, y yo lo sospechaba. Esa lengua halagadora tuya me ganó. No es más que un lance perdido, y así, ¡venga la muerte! ¿Las dos en punto es tu hora?

ORLANDO. Sí, dulce Rosalinda.

ROSALINDA. Por mi fe, y de verdad, y que Dios me ayude, y por todos los lindos juramentos que no son peligrosos, si faltas en una pizca a tu promesa o llegas un minuto tarde, te consideraré el más patético de los incumplidos, el más falso de los amantes y el más indigno de quien llamas Rosalinda que pueda encontrarse entre la multitud de los infieles. Así que cuídate de mi juicio y cumple tu promesa.

ORLANDO. Con tanta devoción como si de verdad fueras mi Rosalinda. Así que, adiós.

ROSALINDA. Bien, el Tiempo es el viejo juez que examina a todos esos infractores, y que el tiempo decida. Adiós.

[Sale Orlando.]

CELIA. ¡Has abusado de nuestro sexo con tus charlas de amor! Tendremos que ponerte jubón y calzas sobre la cabeza y mostrar al mundo lo que el pájaro ha hecho en su propio nido.

ROSALINDA. ¡Oh, prima, prima, mi linda primita, si supieras cuán hondo estoy enamorada! Pero no puede sondearse; mi afecto tiene un fondo desconocido, como la Bahía de Portugal.

CELIA. O más bien, sin fondo, que tan pronto como viertes afecto, se escapa.

ROSALINDA. No, ese mismo bastardo malvado de Venus, que fue engendrado por el pensamiento, concebido por el mal humor y nacido de la locura, ese niño ciego y bribón que engaña los ojos de todos porque los suyos están perdidos, que él sea el juez de cuán enamorada estoy. Te diré, Aliena, no puedo estar lejos de la vista de Orlando. Iré a buscar una sombra y suspiraré hasta que él venga.

CELIA. Y yo dormiré.

[Salen.]