Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE II. Another part of the Forest
Capítulo 87 de 818 · 4 min de lectura
Entran Orlando y Oliverio.
ORLANDO.—¿Es posible que con tan poco trato ya te guste? ¿Que con solo verla la ames? ¿Y amándola, la pretendas? ¿Y pretendiendo, ella te acepte? ¿Y que perseveres en querer disfrutar de su amor?
OLIVERIO.—No cuestiones la ligereza de esto, ni su pobreza, ni el poco conocimiento entre nosotros, ni mi repentino cortejo, ni su pronta aceptación. Solo di conmigo: amo a Aliena; di con ella que me ama; consiente con ambos en que podamos disfrutar el uno del otro. Será para tu bien, pues la casa de mi padre y todas las rentas que fueron del viejo Sir Rowland te las dejaré a ti, y aquí viviré y moriré como pastor.
Entra Rosalinda.
ORLANDO.—Tienes mi consentimiento. Que tu boda sea mañana. Allí invitaré al Duque y a todos sus seguidores satisfechos. Ve tú y prepara a Aliena; porque, mira, aquí viene mi Rosalinda.
ROSALINDA.—Dios te guarde, hermano.
OLIVERIO.—Y a ti, bella hermana.
[Sale.]
ROSALINDA.—Oh, mi querido Orlando, ¡cuánto me duele verte llevar el corazón en un cabestrillo!
ORLANDO.—Es mi brazo.
ROSALINDA.—Pensé que tu corazón había sido herido por las garras de un león.
ORLANDO.—Herido está, pero por los ojos de una dama.
ROSALINDA.—¿Te contó tu hermano cómo fingí desmayarme cuando me mostró tu pañuelo?
ORLANDO.—Sí, y cosas aún más sorprendentes que esa.
ROSALINDA.—Oh, ya sé por dónde vas. No, es cierto. Nunca hubo nada tan repentino salvo la pelea de dos carneros, y la jactancia fanfarrona de César de "Vine, vi y vencí". Porque tu hermano y mi hermana apenas se encontraron cuando se miraron; apenas se miraron cuando se amaron; apenas se amaron cuando suspiraron; apenas suspiraron cuando se preguntaron la razón; apenas supieron la razón cuando buscaron el remedio; y en estos grados han hecho una escalera hacia el matrimonio, que subirán de inmediato, o serán incontinentes antes del matrimonio. Están en la furia misma del amor, y estarán juntos. Ni los garrotes podrán separarlos.
ORLANDO.—Se casarán mañana, y yo invitaré al Duque a la boda. Pero ¡oh, cuán amargo es mirar la felicidad a través de los ojos de otro! Tanto más pesar tendré mañana en el corazón, cuanto más piense que mi hermano es feliz por tener lo que desea.
ROSALINDA.—Entonces, ¿mañana no te serviré como Rosalinda?
ORLANDO.—Ya no puedo vivir solo de ilusiones.
ROSALINDA.—Entonces no te cansaré más con charlas vanas. Sabe de mí ahora—pues ahora hablo en serio—que sé que eres un caballero de buen juicio. No digo esto para que tengas buena opinión de mi saber, solo digo que sé quién eres. Tampoco busco mayor estima que la que pueda, en alguna medida, hacerte creer para tu propio bien, y no para halagarme a mí. Cree entonces, si gustas, que puedo hacer cosas extrañas. Desde los tres años he tratado con un mago, muy profundo en su arte y sin ser condenable. Si amas a Rosalinda tan sinceramente como lo muestra tu actitud, cuando tu hermano se case con Aliena, tú te casarás con ella. Sé en qué apuros se encuentra y no me es imposible, si no te parece inconveniente, presentártela mañana ante tus ojos, tan humana como es, y sin peligro alguno.
ORLANDO.—¿Hablas en serio?
ROSALINDA.—Por mi vida que sí, la cual estimo mucho, aunque diga que soy maga. Así que ponte tus mejores galas, invita a tus amigos; porque si quieres casarte mañana, lo harás, y con Rosalinda, si así lo deseas.
Entran Silvio y Febe.
Mira, aquí viene un enamorado mío y una enamorada suya.
FEBE.—Joven, has sido muy descortés al mostrar la carta que te escribí.
ROSALINDA.—No me importa si lo he sido; me esfuerzo en parecerte desdeñosa y poco amable. Ahí te sigue un pastor fiel. Míralo, ámalo; te adora.
FEBE.—Buen pastor, dile a este joven qué es amar.
SILVIO.—Es estar hecho todo de suspiros y lágrimas, y así estoy yo por Febe.
FEBE.—Y yo por Ganimedes.
ORLANDO.—Y yo por Rosalinda.
ROSALINDA.—Y yo por ninguna mujer.
SILVIO.—Es estar hecho todo de fe y servicio, y así estoy yo por Febe.
FEBE.—Y yo por Ganimedes.
ORLANDO.—Y yo por Rosalinda.
ROSALINDA.—Y yo por ninguna mujer.
SILVIO.—Es estar hecho todo de fantasía, todo de pasión y todo de deseos, todo de adoración, deber y obediencia, toda humildad, toda paciencia y toda impaciencia, toda pureza, toda prueba, toda observancia, y así estoy yo por Febe.
FEBE.—Y así estoy yo por Ganimedes.
ORLANDO.—Y así estoy yo por Rosalinda.
ROSALINDA.—Y así estoy yo por ninguna mujer.
FEBE. [A Rosalinda.]—Si es así, ¿por qué me reprochas que te ame?
SILVIO. [A Febe.]—Si es así, ¿por qué me reprochas que te ame?
ORLANDO.—Si es así, ¿por qué me reprochas que te ame?
ROSALINDA.—¿Por qué también dices: "¿Por qué me reprochas que te ame?"?
ORLANDO.—A quien no está aquí, ni puede oír.
ROSALINDA.—Por favor, basta de esto, parece el aullido de lobos irlandeses contra la luna. [a Silvio.] Te ayudaré si puedo. [a Febe.] Te amaría si pudiera.—Mañana reúnanse todos conmigo. [a Febe.] Me casaré contigo, si alguna vez me caso con una mujer, y me casaré mañana. [a Orlando.] Te complaceré si alguna vez complací a un hombre, y tú te casarás mañana. [a Silvio.] Te contentaré, si lo que te agrada te contenta, y tú te casarás mañana. [a Orlando.] Si amas a Rosalinda, ven. [a Silvio.] Si amas a Febe, ven.—Y como yo no amo a ninguna mujer, iré. Así que adiós. Les he dejado mis órdenes.
SILVIO.—No fallaré, si vivo.
FEBE.—Ni yo.
ORLANDO.—Ni yo.
[Salen.]



