Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare
SCENE II. The same
Capítulo 94 de 818 · 7 min de lectura
Entra Antífolo de Siracusa.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. El oro que le di a Dromio está guardado a salvo en el Centauro, y el diligente esclavo ha salido a buscarme con esmero. Según mis cálculos y el informe de mi anfitrión, no he podido hablar con Dromio desde que lo envié al mercado. Mira, aquí viene.
Entra Dromio de Siracusa.
¿Qué sucede, señor? ¿Se ha alterado tu buen humor? Si te gustan los golpes, vuelve a bromear conmigo. ¿No conoces el Centauro? ¿No recibiste el oro? ¿Tu ama me mandó llamar a casa para cenar? ¿Mi casa estaba en el Fénix? ¿Te volviste loco, que así de locamente me respondiste?
DROMIO DE SIRACUSA. ¿Qué respuesta, señor? ¿Cuándo dije tal cosa?
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Justo ahora, aquí mismo, no hace ni media hora.
DROMIO DE SIRACUSA. No te he visto desde que me enviaste de aquí a casa, al Centauro, con el oro que me diste.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Villano, negaste haber recibido el oro, y me hablaste de una ama y una cena, por lo cual espero que notaste mi disgusto.
DROMIO DE SIRACUSA. Me alegra verte en este ánimo festivo. ¿De qué trata esta broma? Por favor, maestro, dime.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿Así que te burlas y te mofas de mí en mi cara? ¿Crees que bromeo? Toma, recibe esto, y esto.
[Golpea a Dromio.]
DROMIO DE SIRACUSA. ¡Detente, señor, por el amor de Dios, que tu broma ya es en serio! ¿Por qué trato me lo das?
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Porque a veces, familiarmente, te uso como mi bufón y converso contigo, tu insolencia se burla de mi afecto y hace de mis horas serias un juego. Cuando brilla el sol, que los necios mosquitos se diviertan, pero que se oculten cuando él esconde sus rayos. Si quieres bromear conmigo, observa mi semblante y adapta tu conducta a mi expresión, o te enseñaré este método a golpes.
DROMIO DE SIRACUSA. ¿Método, lo llamas? Si dejaras de golpearme, preferiría que fuera una cabeza. Y si sigues con estos golpes, tendré que conseguirme un casco para la cabeza y protegerla, o acabaré buscando mi ingenio en mis hombros. Pero dime, señor, ¿por qué me golpeas?
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿No lo sabes?
DROMIO DE SIRACUSA. Nada, señor, salvo que soy golpeado.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿Quieres que te diga por qué?
DROMIO DE SIRACUSA. Sí, señor, y la razón; pues dicen que a cada porqué le corresponde un porqué.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Pues bien, primero, por burlarte de mí; y luego, por insistir en ello una segunda vez.
DROMIO DE SIRACUSA. ¿Alguna vez hubo hombre tan golpeado fuera de tiempo, cuando en el porqué y el para qué no hay ni rima ni razón? Bien, señor, le agradezco.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿Me agradeces, señor, por qué?
DROMIO DE SIRACUSA. Pues, señor, por esto que me diste por nada.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Te compensaré luego, dándote nada por algo. Pero dime, señor, ¿es hora de cenar?
DROMIO DE SIRACUSA. No, señor; creo que a la carne le falta lo que yo tengo.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Bien, señor, ¿y qué es eso?
DROMIO DE SIRACUSA. Sazón.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Entonces, señor, estará seca.
DROMIO DE SIRACUSA. Si es así, señor, te ruego que no comas de ella.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿Por qué razón?
DROMIO DE SIRACUSA. No sea que te vuelva colérico y me ganes otra paliza seca.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Bien, señor, aprende a bromear en el momento oportuno. Hay un tiempo para todo.
DROMIO DE SIRACUSA. Me habría atrevido a negarlo antes de que estuvieras tan colérico.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿Por qué regla, señor?
DROMIO DE SIRACUSA. Pues, señor, por una regla tan clara como la calva de Cronos mismo.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Vamos, escuchemos.
DROMIO DE SIRACUSA. No hay tiempo para que un hombre recupere el cabello que pierde por naturaleza.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿No puede hacerlo por multa y recuperación?
DROMIO DE SIRACUSA. Sí, pagando una multa por una peluca y recuperando el cabello perdido de otro hombre.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿Por qué es el Tiempo tan tacaño con el cabello, siendo, como es, un excremento tan abundante?
DROMIO DE SIRACUSA. Porque es una bendición que otorga a las bestias, y lo que ha negado a los hombres en cabello, se los ha dado en ingenio.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Pero hay muchos hombres que tienen más cabello que ingenio.
DROMIO DE SIRACUSA. Ninguno de esos hombres carece del ingenio para perder su cabello.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Dijiste que los hombres peludos son francos, pero sin ingenio.
DROMIO DE SIRACUSA. Cuanto más franco, antes lo pierde. Sin embargo, lo pierde con cierta alegría.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿Por qué razón?
DROMIO DE SIRACUSA. Por dos, y muy sólidas.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. No tan sólidas, te lo ruego.
DROMIO DE SIRACUSA. Entonces, seguras.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. No tan seguras, en algo tan falso.
DROMIO DE SIRACUSA. Entonces, ciertas.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Nómbralas.
DROMIO DE SIRACUSA. Una, para ahorrar el dinero que gasta en peinarse; la otra, para que en la cena no le caiga en la sopa.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Todo este tiempo has querido probar que no hay tiempo para todo.
DROMIO DE SIRACUSA. Así es, señor; es decir, no hay tiempo para recuperar el cabello perdido por naturaleza.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Pero tu razón no fue suficiente para demostrar que no hay tiempo para recuperarlo.
DROMIO DE SIRACUSA. Así lo corrijo: el Tiempo mismo es calvo, y por eso, hasta el fin del mundo tendrá seguidores calvos.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Sabía que sería una conclusión calva. Pero espera, ¿quién nos hace señas allá?
Entran Adriana y Luciana.
ADRIANA. Sí, sí, Antífolo, mírame extrañado y frunce el ceño, alguna otra dama tiene tus dulces miradas. No soy Adriana, ni tu esposa. Hubo un tiempo en que sin que te lo pidiera jurabas que ninguna palabra era música para tu oído, que ningún objeto era grato a tu vista, que ningún tacto era bienvenido a tu mano, que ningún manjar era dulce a tu paladar, a menos que yo hablara, mirara, tocara o te sirviera. ¿Cómo es ahora, esposo mío, oh, cómo es que te has alejado de ti mismo? Te llamo a ti mismo, pues eres extraño para mí, que, indivisible, incorporada, soy mejor que la mejor parte de tu querido ser. Ah, no te arranques de mí; porque, amor mío, tan fácil sería que una gota de agua cayera en el mar abierto y la recuperaras sin mezcla ni merma, como que te lleves de mí tu ser sin llevarme a mí también. ¡Cuánto te dolería en lo más profundo si oyeras que fui licenciosa! ¿Y que este cuerpo, consagrado a ti, fuera mancillado por lujuria brutal? ¿No me escupirías, me despreciarías, arrojarías el nombre de esposo en mi cara, arrancarías la piel mancillada de mi frente de ramera, cortarías el anillo de bodas de mi falsa mano y lo romperías con un profundo voto de divorcio? Sé que puedes; y por eso, hazlo. Estoy poseída por una mancha de adulterio; mi sangre está mezclada con el crimen de la lujuria; pues si somos uno y tú eres infiel, yo digiero el veneno de tu carne, siendo prostituida por tu contagio. Guarda entonces la paz y la tregua con tu lecho verdadero, yo vivo mancillada, tú sin deshonra.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿Me ruegas a mí, noble dama? No te conozco. En Éfeso no llevo más de dos horas, tan extraño a tu ciudad como a tu hablar, que, aunque cada palabra la examino con todo mi ingenio, me falta ingenio para entender ni una sola palabra.
LUCIANA. Vaya, hermano, cómo ha cambiado el mundo para ti. ¿Cuándo acostumbrabas tratar así a mi hermana? Ella te mandó llamar a casa por Dromio para cenar.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿Por Dromio?
DROMIO DE SIRACUSA. ¿Por mí?
ADRIANA. Por ti; y esto le respondiste de su parte, que él te golpeó y, entre sus golpes, negó mi casa por la suya, y a mí por su esposa.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿Conversaste, señor, con esta dama? ¿Cuál es el acuerdo y propósito de tu trato?
DROMIO DE SIRACUSA. ¿Yo, señor? No la había visto hasta ahora.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. Villano, mientes, pues hasta sus mismas palabras me las dijiste en el mercado.
DROMIO DE SIRACUSA. Nunca hablé con ella en toda mi vida.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. ¿Cómo puede entonces llamarnos por nuestros nombres? A menos que sea por inspiración.
ADRIANA. Qué mal se compadece con tu gravedad fingir así tan burdamente con tu esclavo, apoyándolo para contrariarme en mi ánimo; si es mi agravio, tú estás exento de mí, pero no agraves ese agravio con mayor desprecio. Ven, me aferraré a tu manga. Tú eres un olmo, esposo mío, yo una vid, cuya debilidad, unida a tu fuerza, me hace compartir tu vigor: si algo te posee lejos de mí, es maleza, hiedra usurpadora, zarza o musgo inútil, que, por falta de poda, con su intrusión infecta tu savia y vive de tu confusión.
ANTÍFOLO DE SIRACUSA. A mí me habla; me toma por su tema. ¿Acaso me casé con ella en sueños? ¿O duermo ahora y creo oír todo esto? ¿Qué error desvía nuestros ojos y oídos? Hasta no saber esta incierta certeza, aceptaré la falacia ofrecida.
LUCIANA. Dromio, ve y ordena a los sirvientes que preparen la mesa para la cena.
DROMIO DE SIRACUSA. ¡Ay, por mis cuentas! Me persigno como pecador. Esta es tierra de hadas; ¡ay de males! Hablamos con duendes, lechuzas y fantasmas; si no les obedecemos, esto sucederá: nos chuparán el aliento o nos pellizcarán hasta dejarnos negros y azules.
LUCIANA. ¿Por qué hablas solo y no respondes? Dromio, zángano, caracol, babosa, necio.
DROMIO DE SIRACUSA. Estoy transformado, amo, ¿no es así?
ANTÍFOLUS DE SIRACUSA. Creo que lo estás en la mente, y yo también.
DROMIO DE SIRACUSA. No, amo, tanto en la mente como en mi aspecto.
ANTÍFOLUS DE SIRACUSA. Tienes tu propia forma.
DROMIO DE SIRACUSA. No, soy un simio.
LUCIANA. Si te has transformado en algo, es en un asno.
DROMIO DE SIRACUSA. Es cierto; ella me monta, y yo anhelo la hierba. Así es, soy un asno; de otro modo no podría ser que yo no la conociera tan bien como ella me conoce a mí.
ADRIANA. Vamos, vamos, no seré más una tonta, no me pondré el dedo en el ojo para llorar mientras hombre y amo se burlan de mis penas. Vamos, señor, a cenar; Dromio, cuida la puerta. Esposo, hoy cenaré arriba contigo y te confesaré mil travesuras inútiles. Tú, si alguien pregunta por tu amo, di que cena fuera, y no dejes entrar a nadie. Ven, hermana; Dromio, haz bien de portero.
ANTÍFOLUS DE SIRACUSA. ¿Estoy en la tierra, en el cielo o en el infierno? ¿Dormido o despierto, loco o en mi sano juicio? ¡Conocido por estos y disfrazado para mí mismo! Diré lo que ellos digan y así perseveraré, y en esta niebla me aventuraré a todo.
DROMIO DE SIRACUSA. Amo, ¿debo ser portero en la puerta?
ADRIANA. Sí; y no dejes entrar a nadie, o te romperé la cabeza.
LUCIANA. Vamos, vamos, Antífolus, cenamos demasiado tarde.
[Salen.]
ACTO III



