Obras completas de William Shakespeare · William Shakespeare

SCENE II. The same

Capítulo 98 de 818 · 3 min de lectura

Entran Adriana y Luciana.

ADRIANA. Ah, Luciana, ¿te tentó de ese modo? ¿Pudiste percibir severidad en su mirada, como si suplicara de verdad, sí o no? ¿Se veía enrojecido o pálido, triste o alegre? ¿Qué observaste en este caso de los meteoros de su corazón cruzando su rostro?

LUCIANA. Primero negó que tú tuvieras derecho alguno sobre él.

ADRIANA. Quiso decir que no me hacía ningún daño; tanto peor para mí.

LUCIANA. Luego juró que era un extraño aquí.

ADRIANA. Y juró con verdad, aunque perjurara.

LUCIANA. Entonces intercedí por ti.

ADRIANA. ¿Y qué dijo él?

LUCIANA. Que el amor que yo le rogaba para ti, él lo rogaba para sí de mí.

ADRIANA. ¿Con qué persuasión intentó ganarse tu amor?

LUCIANA. Con palabras que en una causa honesta podrían conmover. Primero alabó mi belleza, luego mi habla.

ADRIANA. ¿Le hablaste con amabilidad?

LUCIANA. Ten paciencia, te lo ruego.

ADRIANA. No puedo, ni quiero quedarme callada. Mi lengua, aunque no mi corazón, cumplirá su voluntad. Es deforme, encorvado, viejo y marchito, de mal rostro, peor cuerpo, sin forma en ningún lado; vicioso, rudo, necio, torpe, cruel, marcado en su hechura, peor en su mente.

LUCIANA. ¿Quién sentiría celos entonces de alguien así? Ningún mal perdido se lamenta cuando se va.

ADRIANA. Ah, pero lo considero mejor de lo que digo, y aun así desearía que los ojos de otros fueran peores: Lejos de su nido, la avefría clama; mi corazón reza por él, aunque mi lengua lo maldiga.

Entra Dromio de Siracusa.

DROMIO DE SIRACUSA. Aquí, toma; el escritorio, la bolsa, vamos, apresúrate.

LUCIANA. ¿Cómo es que perdiste el aliento?

DROMIO DE SIRACUSA. Por correr rápido.

ADRIANA. ¿Dónde está tu amo, Dromio? ¿Está bien?

DROMIO DE SIRACUSA. No, está en el limbo de Tártaro, peor que el infierno. Un diablo en un traje eterno lo tiene, uno cuyo corazón duro está abotonado con acero; un demonio, un duende, despiadado y áspero; un lobo, no, peor, un sujeto todo de cuero; un falso amigo, un palmeador, uno que intercepta los pasos en callejones, canales y caminos estrechos; un sabueso que corre en sentido contrario, y aun así sigue bien el rastro, uno que, antes del juicio, lleva las pobres almas al infierno.

ADRIANA. ¿Por qué, hombre, qué sucede?

DROMIO DE SIRACUSA. No sé lo que sucede. Está arrestado por el caso.

ADRIANA. ¿Qué, está arrestado? Dime, ¿a instancia de quién?

DROMIO DE SIRACUSA. No sé a instancia de quién está arrestado, bien; pero está en un traje de cuero que lo arrestó, eso sí lo sé. ¿Le enviará usted, señora, el rescate, el dinero que está en su escritorio?

ADRIANA. Ve por él, hermana. Me asombra esto,

[Sale Luciana.]

Que así, sin yo saberlo, esté endeudado. Dime, ¿fue arrestado por una letra?

DROMIO DE SIRACUSA. No por una letra, sino por algo más fuerte; una cadena, una cadena. ¿No la oye sonar?

ADRIANA. ¿Qué, la cadena?

DROMIO DE SIRACUSA. No, no, la campana, ya es hora de que me vaya. Eran las dos cuando lo dejé, y ahora el reloj marca la una.

ADRIANA. ¡Las horas regresan! Eso nunca lo había oído.

DROMIO DE SIRACUSA. Oh sí, si alguna hora se encuentra con un alguacil, se vuelve atrás del puro miedo.

ADRIANA. Como si el tiempo estuviera endeudado. ¡Qué neciamente razonas!

DROMIO DE SIRACUSA. El tiempo es un verdadero quebrado, y debe más de lo que vale en la estación. No, también es un ladrón. ¿No has oído decir que el tiempo se va robando día y noche? Si está endeudado y es ladrón, y hay un alguacil en el camino, ¿no tiene razón para devolver una hora en un día?

Entra Luciana.

ADRIANA. Ve, Dromio, ahí está el dinero, llévalo de inmediato, y trae a tu amo a casa enseguida. Ven, hermana, me abruma la imaginación; la imaginación, mi consuelo y mi daño.

[Salen.]