Las confesiones · Augustine of Hippo
LIBRO IV
Capítulo 4 de 13 · 27 min de lectura
Durante este período de nueve años (desde mis diecinueve hasta mis veintiocho años) vivimos seducidos y seduciendo, engañados y engañando, en diversas pasiones; abiertamente, por las ciencias que llaman liberales; en secreto, con una religión falsamente llamada así; aquí orgullosos, allá supersticiosos, en todas partes vanos. Aquí, persiguiendo la vacuidad de la alabanza popular, hasta los aplausos teatrales, los premios poéticos, las luchas por coronas de hierba, las locuras de los espectáculos y la intemperancia de los deseos. Allí, deseando ser limpiados de estas impurezas, llevando alimento a quienes eran llamados “elegidos” y “santos”, para que, en el taller de sus estómagos, forjaran para nosotros Ángeles y Dioses, por quienes podríamos ser purificados. Estas cosas seguí y practiqué con mis amigos, engañados por mí y conmigo. Que los arrogantes se burlen de mí, y aquellos que no han sido, para salud de su alma, heridos y abatidos por Ti, oh Dios mío; pero yo seguiré confesando ante Ti mi propia vergüenza en Tu alabanza. Permíteme, te lo ruego, y dame la gracia de repasar en mi memoria presente los extravíos de mi tiempo pasado, y de ofrecerte el sacrificio de acción de gracias. ¿Pues qué soy para mí sin Ti, sino un guía hacia mi propia ruina? ¿O qué soy aun en el mejor de los casos, sino un infante que succiona la leche que Tú das, y se alimenta de Ti, el alimento que no perece? Pero ¿qué clase de hombre es cualquier hombre, siendo solo hombre? Que ahora los fuertes y poderosos se rían de nosotros, pero confesemos nosotros, pobres y necesitados, ante Ti.
En esos años enseñé retórica y, vencido por la codicia, vendí mi elocuencia para vencer con ella. Sin embargo, prefería (Tú lo sabes, Señor) a los alumnos honestos (como son considerados), y a estos, sin engaño, les enseñaba artificios, no para ser usados contra la vida de los inocentes, aunque a veces sí para la vida de los culpables. Y Tú, oh Dios, desde lejos me veías tropezar en ese camino resbaladizo, y en medio de mucho humo enviabas algunas chispas de fidelidad, que mostraba en mi guía de aquellos que amaban la vanidad y buscaban el engaño, siendo yo su compañero. En esos años tuve una sola mujer,—no en lo que se llama matrimonio legítimo, sino a quien encontré en una pasión caprichosa, carente de entendimiento; pero solo una, permaneciendo fiel incluso a ella; en quien experimenté en mi propio caso la diferencia que hay entre la continencia del pacto matrimonial, por causa de la prole, y el trato de un amor lujurioso, donde los hijos nacen contra la voluntad de los padres, aunque, una vez nacidos, obligan al amor.
Recuerdo también que, cuando decidí competir por un premio teatral, un hechicero me preguntó qué le daría si ganaba; pero yo, detestando y aborreciendo tales impíos misterios, respondí: “Aunque la corona fuera de oro imperecedero, no permitiría que se matara ni una mosca para obtenerla”. Porque él debía sacrificar criaturas vivas en sus ofrendas, y con esos honores invitar a los demonios a favorecerme. Pero también rechacé este mal, no por un amor puro hacia Ti, oh Dios de mi corazón; pues no sabía cómo amarte, quien no sabía concebir nada más allá de un brillo material. ¿Y no comete fornicación contra Ti el alma que suspira por tales ficciones, confía en cosas irreales y se alimenta del viento? Sin embargo, no quería que se ofrecieran sacrificios a los demonios por mí, a quienes yo mismo me sacrificaba por esa superstición. ¿Pues qué otra cosa es alimentarse del viento, sino alimentarlos a ellos, es decir, al extraviarse, convertirse en su placer y burla?
A esos impostores, entonces, a quienes llaman Matemáticos, los consultaba sin escrúpulo; porque parecían no usar sacrificios, ni orar a ningún espíritu para sus adivinaciones: arte que, sin embargo, la piedad cristiana y verdadera rechaza y condena consistentemente. Porque es bueno confesarte, y decir: Ten piedad de mí, sana mi alma, porque he pecado contra Ti; y no abusar de Tu misericordia como licencia para pecar, sino recordar las palabras del Señor: Mira, has sido sanado, no peques más, para que no te suceda algo peor. Todo este sano consejo ellos se esfuerzan en destruir, diciendo: “La causa de tu pecado está inevitablemente determinada en el cielo”; y “Esto lo hizo Venus, o Saturno, o Marte”: para que el hombre, carne y sangre, y orgullosa corrupción, quede sin culpa; mientras que el Creador y Ordenador del cielo y las estrellas cargue con la culpa. ¿Y quién es Él sino nuestro Dios? la dulzura misma y fuente de justicia, que das a cada uno según sus obras: y no despreciarás un corazón contrito y humillado.
En aquellos días había un hombre sabio, muy hábil en la medicina y renombrado en ella, quien con su propia mano proconsular puso la corona Agonística sobre mi perturbada cabeza, pero no como médico: porque solo Tú curas esta enfermedad, Tú que resistes a los soberbios y das gracia a los humildes. ¿Pero acaso me faltaste incluso por medio de ese anciano, o dejaste de sanar mi alma? Pues, al conocerlo más y escuchar asiduamente y con atención su discurso (pues aunque era sencillo, era vívido, animado y sincero), cuando dedujo por mi conversación que yo me dedicaba a los libros de los astrólogos, me aconsejó amablemente y como un padre que los desechara, y que no gastara en esas vanidades el cuidado y diligencia necesarios para cosas útiles; diciendo que él, en sus primeros años, había estudiado ese arte, hasta el punto de hacer de ella su profesión, y que, entendiendo a Hipócrates, pronto habría comprendido también tal estudio; y sin embargo, lo había abandonado y se dedicó a la medicina, por ninguna otra razón que haberla encontrado completamente falsa; y él, hombre serio, no quiso ganarse la vida engañando a la gente. “Pero tú”, me dijo, “tienes la retórica para mantenerte, de modo que sigues esto por libre elección, no por necesidad: con mayor razón deberías creerme, yo que me esforcé en aprenderlo tan perfectamente como para vivir solo de ello”. Cuando le pregunté cómo entonces podían predecirse muchas cosas verdaderas por ese medio, me respondió (como pudo) “que la fuerza del azar, difundida a lo largo de todo el orden de las cosas, producía eso. Porque si, al abrir al azar las páginas de algún poeta, que cantó y pensó en algo completamente distinto, muchas veces resultaba un verso maravillosamente adecuado al asunto presente: no debía sorprender que, del alma del hombre, inconsciente de lo que sucede en ella, por algún instinto superior se diera una respuesta, por casualidad, no por arte, correspondiente al asunto y acciones del consultante”.
Y así, esto, ya fuera de él o por medio de él, Tú lo transmitiste a mí y lo grabaste en mi memoria, para que pudiera examinarlo por mí mismo en el futuro. Pero en ese momento ni él, ni mi querido Nebridio, un joven singularmente bueno y de santo temor, que se burlaba de toda la adivinación, pudieron persuadirme de dejarla, pues la autoridad de los autores me influía aún más, y todavía no había encontrado una prueba cierta (como la buscaba) por la cual pudiera aparecer sin duda alguna que lo que había sido verdaderamente predicho por los consultados era resultado del azar, y no del arte de los astrólogos.
En aquellos años, cuando comencé a enseñar retórica en mi ciudad natal, hice de uno mi amigo, pero demasiado querido para mí, por la comunidad de intereses, de mi misma edad y, como yo, en la primera flor de la juventud. Había crecido conmigo desde niño, y habíamos sido compañeros de escuela y de juegos. Pero aún no era mi amigo como después, ni siquiera entonces, como es la verdadera amistad; porque verdadera no puede ser, a menos que Tú unas a quienes se aferran a Ti, por ese amor que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. Sin embargo, era demasiado dulce, madurada por el calor de estudios afines: pues, de la verdadera fe (que él, siendo joven, no había absorbido sana y profundamente), yo también lo había desviado hacia esas fábulas supersticiosas y perniciosas, por las que mi madre lloraba por mí. Ahora erraba conmigo en su mente, ni podía mi alma estar sin él. Pero he aquí que Tú estabas cerca de los pasos de Tus fugitivos, a la vez Dios de la venganza y Fuente de misericordias, atrayéndonos hacia Ti por medios maravillosos; apartaste a ese hombre de esta vida, cuando apenas había cumplido un año entero de mi amistad, dulce para mí sobre toda dulzura de aquella mi vida.
¿Quién podrá contar todas tus alabanzas, que ha experimentado en sí mismo? ¿Qué hiciste entonces, Dios mío, y cuán inescrutable es el abismo de tus juicios? Pues durante mucho tiempo, él yacía gravemente enfermo de fiebre, inconsciente, bañado en sudor de muerte; y, al perderse la esperanza de su recuperación, fue bautizado sin saberlo; yo, entretanto, apenas lo consideraba, presumiendo que su alma conservaría más bien lo que había recibido de mí, y no lo que se había obrado en su cuerpo inconsciente. Pero resultó ser todo lo contrario: pues fue reanimado y restaurado. Apenas pude hablar con él (y lo hice tan pronto como le fue posible, pues nunca me aparté de su lado y estábamos demasiado unidos), intenté bromear con él, como si él fuera a bromear conmigo acerca de ese bautismo que había recibido estando completamente ausente en mente y sentimiento, pero que ahora comprendía que había recibido. Pero él se apartó de mí, como de un enemigo; y con una libertad maravillosa y repentina me pidió, si quería seguir siendo su amigo, que me abstuviera de hablarle así. Yo, asombrado y perplejo, reprimí todas mis emociones hasta que se recuperara y su salud fuera lo suficientemente fuerte para tratarlo como quisiera. Pero fue apartado de mi locura, para que contigo fuera preservado para mi consuelo; pocos días después, en mi ausencia, fue atacado de nuevo por la fiebre, y así partió.
Ante este dolor, mi corazón quedó completamente oscurecido; y todo lo que contemplaba era muerte. Mi patria era un tormento para mí, y la casa de mi padre una extraña desdicha; y todo lo que había compartido con él, al faltarme él, se convirtió en un torturante suplicio. Mis ojos lo buscaban por todas partes, pero no les fue concedido hallarlo; y odiaba todos los lugares, porque no lo tenían a él; ni podían ya decirme: "viene en camino", como cuando estaba vivo y ausente. Me convertí en un gran enigma para mí mismo, y preguntaba a mi alma por qué estaba tan triste y por qué me perturbaba tanto; pero ella no sabía qué responderme. Y si decía: Confía en Dios, con razón no me obedecía; porque ese amigo tan querido, a quien había perdido, siendo hombre, era más verdadero y mejor que ese fantasma en quien se le ordenaba confiar. Sólo las lágrimas me eran dulces, pues sucedieron a mi amigo en lo más querido de mis afectos.
Y ahora, Señor, estas cosas han pasado, y el tiempo ha mitigado mi herida. Permíteme aprender de ti, que eres la Verdad, y acercar el oído de mi corazón a tu boca, para que me digas por qué el llanto es dulce para los miserables. ¿Acaso tú, estando presente en todas partes, has arrojado nuestra miseria lejos de ti? Y tú permaneces en ti mismo, pero nosotros somos zarandeados en diversas pruebas. Y sin embargo, si no lloráramos en tus oídos, no nos quedaría esperanza alguna. ¿De dónde, entonces, se recoge fruto dulce de la amargura de la vida, de los gemidos, lágrimas, suspiros y quejas? ¿Es esto lo que lo endulza, el que esperamos que tú escuchas? Esto es cierto en la oración, pues en ella hay un anhelo de acercarse a ti. ¿Pero sucede lo mismo en el dolor por algo perdido, y en la tristeza que entonces me abrumaba? Pues no esperaba que él volviera a la vida ni lo deseaba con mis lágrimas; sólo lloraba y me afligía. Porque era miserable y había perdido mi alegría. ¿O es que el llanto es en verdad algo amargo, y por el hastío de las cosas que antes disfrutábamos, cuando ahora las rehuimos, nos resulta placentero?
¿Pero qué digo de estas cosas? Pues ahora no es tiempo de preguntar, sino de confesarte. Desdichado era yo; y desdichada es toda alma atada por la amistad de cosas perecederas; se desgarra cuando las pierde, y entonces siente la miseria que tenía antes de perderlas. Así me sucedió entonces; lloré amargamente, y hallé mi descanso en la amargura. Así era yo desdichado, y esa vida miserable la apreciaba más que a mi amigo. Porque aunque hubiera querido cambiarla, sin embargo, me era más difícil separarme de ella que de él; sí, no sé si habría renunciado a ella incluso por él, como se cuenta (si no es invención) de Pílades y Orestes, que gustosamente habrían muerto el uno por el otro o juntos, pues no vivir juntos les parecía peor que la muerte. Pero en mí surgió un sentimiento inexplicable, demasiado contrario a esto, pues al mismo tiempo aborrecía vivir y temía morir. Supongo que, cuanto más lo amaba, más odiaba y temía (como a un enemigo cruel) la muerte, que me lo había arrebatado; e imaginaba que pronto acabaría con todos los hombres, pues había tenido poder sobre él. Así era yo, lo recuerdo. Mira mi corazón, oh Dios mío, mírame y escudríñame; porque bien lo recuerdo, oh mi Esperanza, tú que me limpias de la impureza de tales afectos, dirigiendo mis ojos hacia ti y sacando mis pies de la trampa. Pues me asombraba que otros, sujetos a la muerte, vivieran, ya que aquel a quien amaba, como si nunca fuera a morir, había muerto; y me asombraba aún más que yo mismo, que era para él como un segundo yo, pudiera vivir estando él muerto. Bien dijo uno de sus amigos: "Tú, la mitad de mi alma"; porque sentía que mi alma y la suya eran "una sola alma en dos cuerpos"; y por eso mi vida me era aborrecible, porque no quería vivir a medias. Y quizá por eso temía morir, no fuera que aquel a quien tanto había amado muriera por completo.
¡Oh locura, que no sabe amar a los hombres como hombres! ¡Oh necio que entonces fui, soportando con impaciencia la suerte del hombre! Me consumía entonces, suspiraba, lloraba, estaba desconcertado; no tenía descanso ni consejo. Pues llevaba conmigo un alma rota y sangrante, impaciente de ser llevada por mí, y sin embargo, no hallaba dónde reposarla. Ni en apacibles bosques, ni en juegos y música, ni en lugares fragantes, ni en banquetes refinados, ni en los placeres de la cama y el lecho; ni, finalmente, en libros o poesía, encontraba reposo. Todo me parecía lúgubre, incluso la misma luz; todo lo que no era lo que él fue, me resultaba repugnante y odioso, salvo los gemidos y las lágrimas. Sólo en ellos encontraba un poco de alivio. Pero cuando mi alma se apartaba de ellos, un enorme peso de miseria me oprimía. A ti, Señor, debí haberla elevado, para que tú la aliviaras; lo sabía, pero no podía ni quería; más aún, pues, cuando pensaba en ti, no eras para mí nada sólido ni real. Porque no eras tú mismo, sino un simple fantasma, y mi error era mi dios. Si intentaba descargar mi carga sobre él, para que descansara, se deslizaba por el vacío y volvía a caer sobre mí; y quedaba para mí mismo como un lugar desdichado, donde no podía ni estar ni huir de allí. ¿A dónde huiría mi corazón de mi corazón? ¿A dónde huiría de mí mismo? ¿A dónde no me seguiría? Y sin embargo, huí de mi país; así mis ojos buscarían menos a aquel a quien no solían ver allí. Y así, de Tagaste, llegué a Cartago.
El tiempo no pierde el tiempo; ni pasa ocioso; a través de nuestros sentidos realiza extrañas operaciones en la mente. Mira, iban y venían los días, y al ir y venir, introducían en mi mente otras imágenes y otros recuerdos; y poco a poco me remendaron con mis antiguos deleites, a los cuales mi tristeza cedió paso. Y sin embargo, no vinieron otras penas, sino las causas de otras penas. Pues, ¿de dónde había llegado tan fácilmente aquella pena anterior hasta lo más profundo de mi alma, sino porque había derramado mi alma sobre el polvo, amando a quien debía morir, como si nunca fuera a morir? Porque lo que más me restauró y reconfortó fueron los consuelos de otros amigos, con quienes amaba lo que en lugar de ti amaba; y esto era una gran fábula, y una mentira prolongada, por cuyo estímulo adulterino nuestra alma, que sentía comezón en los oídos, se contaminaba. Pero esa fábula no moría para mí, cada vez que alguno de mis amigos moría. Había otras cosas que en ellos atraían más mi mente: conversar y bromear juntos, hacer favores por turno; leer juntos libros dulces; hacer tonterías o ser serios juntos; disentir a veces sin disgusto, como uno puede hacerlo consigo mismo; y aun con la rareza de esos desacuerdos, sazonar nuestros más frecuentes acuerdos; a veces enseñar y a veces aprender; anhelar con impaciencia al ausente; y recibir con alegría al que llega. Estas y otras expresiones semejantes, que brotaban del corazón de quienes amaban y eran amados, por el rostro, la lengua, los ojos y mil gestos agradables, eran tanto combustible para fundir nuestras almas y hacer de muchas, una sola.
Esto es lo que se ama en los amigos; y se ama tanto, que la conciencia de uno mismo se condena si no ama a quien le ama, o si no corresponde al amor de quien le ama, sin esperar nada de su persona salvo señales de su amor. De ahí el luto si uno muere, y las tinieblas del dolor, ese empaparse del corazón en lágrimas, toda dulzura convertida en amargura; y con la pérdida de la vida del que muere, la muerte del que vive. Bienaventurado quien te ama a Ti, y a su amigo en Ti, y a su enemigo por Ti. Porque sólo él no pierde a ningún ser querido, para quien todos son queridos en Aquel que no puede perderse. ¿Y quién es este sino nuestro Dios, el Dios que hizo el cielo y la tierra, y los llena, porque al llenarlos los creó? A Ti nadie te pierde, sino quien te abandona. Y quien te abandona, ¿adónde va o adónde huye, sino de Ti complacido, a Ti disgustado? Porque ¿dónde no encuentra tu ley en su propio castigo? Y tu ley es la verdad, y la verdad eres Tú.
Vuélvenos, oh Dios de los Ejércitos, muéstranos tu rostro y seremos salvos. Porque a dondequiera que se vuelva el alma del hombre, si no es hacia Ti, se aferra a las penas, aunque se aferre a cosas hermosas. Y sin embargo, ellas, fuera de Ti y fuera del alma, no serían, si no fueran de Ti. Nacen y mueren; y al nacer, comienzan como a ser; crecen, para poder perfeccionarse; y perfeccionadas, envejecen y se marchitan; y no todas envejecen, pero todas se marchitan. Así, cuando surgen y tienden a ser, cuanto más rápido crecen para ser, tanto más se apresuran a no ser. Esta es su ley. Así les has asignado, porque son partes de cosas que no existen todas a la vez, sino que, pasando y sucediéndose, juntas completan ese universo del que son partes. Así también se completa nuestro discurso por signos que emiten un sonido: pero esto tampoco se perfecciona si una palabra no pasa cuando ha emitido su parte, para que otra la suceda. De todas estas cosas, que mi alma te alabe, oh Dios, Creador de todo; pero que mi alma no se aferre a estas cosas con el pegamento del amor, a través de los sentidos del cuerpo. Porque ellas van adonde debían ir, para dejar de ser; y la desgarran con deseos pestilentes, porque ella anhela ser, y sin embargo ama reposar en lo que ama. Pero en estas cosas no hay lugar de reposo; no permanecen, huyen; ¿y quién puede seguirlas con los sentidos de la carne? sí, ¿quién puede atraparlas cuando están cerca? Porque el sentido de la carne es lento, porque es sentido de la carne; y por eso está limitado. Basta para aquello para lo que fue hecho; pero no basta para detener las cosas que corren desde su punto de partida hasta el fin señalado. Porque en tu Palabra, por la que fueron creadas, oyen su decreto: "de aquí hasta aquí".
No seas insensata, oh alma mía, ni te vuelvas sorda en el oído de tu corazón con el tumulto de tu necedad. Escucha tú también. El mismo Verbo te llama a volver: y ahí está el lugar de descanso imperturbable, donde el amor no es abandonado, si él mismo no abandona. Mira, estas cosas pasan para que otras las reemplacen, y así este universo inferior se complete con todas sus partes. Pero ¿me alejo yo a alguna parte?, dice el Verbo de Dios. Ahí fija tu morada, confía ahí todo lo que tienes de ahí, oh alma mía, al menos ahora que estás cansada de vanidades. Confía a la Verdad todo lo que tienes de la Verdad, y no perderás nada; y tu decadencia florecerá de nuevo, y todas tus enfermedades serán sanadas, y tus partes mortales serán reformadas y renovadas, y ceñidas a ti; ni te llevarán adonde ellas mismas descienden, sino que permanecerán contigo, y permanecerán para siempre ante Dios, que permanece y está firme para siempre.
¿Por qué entonces pervertirte y seguir a tu carne? Que ella se convierta y te siga a ti. Todo lo que percibes por ella es en parte; y el todo, del que estas son partes, no lo conoces; y sin embargo te deleitan. Pero si el sentido de tu carne tuviera capacidad para comprender el todo, y no estuviera él mismo, para tu castigo, justamente limitado a una parte del todo, querrías que todo lo que existe en este momento pasara, para que el todo pudiera agradarte más. Porque lo que hablamos también lo oyes por el mismo sentido de la carne; y sin embargo no querrías que las sílabas permanecieran, sino que volaran, para que otras vinieran y pudieras oír el todo. Y así siempre, cuando algo se compone de muchos, que no existen todos juntos, todos en conjunto agradarían más que por separado, si pudieran ser percibidos todos juntos. Pero mucho mejor que estos es Aquel que hizo todo; y Él es nuestro Dios, ni pasa, porque nada le sucede a Él.
Si los cuerpos te agradan, alaba a Dios por ellos, y vuelve tu amor a su Hacedor; no sea que en estas cosas que te agradan, le desagrades. Si las almas te agradan, ámalas en Dios: porque ellas también son mudables, pero en Él están firmemente establecidas; de lo contrario, pasarían y desaparecerían. En Él, pues, sean amadas; y lleva hacia Él contigo a cuantas almas puedas, y diles: "A Él amemos, a Él amemos: Él hizo estas cosas, ni está lejos. Porque no las hizo y luego se apartó, sino que son de Él y en Él. Mira, ahí está, donde se ama la verdad. Está dentro del mismo corazón, pero el corazón se ha alejado de Él. Vuelvan a su corazón, transgresores, y aférrense a Él que los hizo. Permanezcan con Él, y permanecerán firmes. Descansen en Él, y hallarán descanso. ¿Adónde van por caminos ásperos? ¿Adónde van? El bien que aman viene de Él; pero es bueno y agradable en referencia a Él, y con justicia se volverá amargo, porque injustamente se ama cualquier cosa que viene de Él, si se le abandona por ella. ¿Para qué seguir andando por estos caminos difíciles y penosos? No hay descanso donde lo buscan. Busquen lo que buscan; pero no está donde lo buscan. Buscan una vida bienaventurada en la tierra de la muerte; ahí no está. Porque ¿cómo habría vida bienaventurada donde no hay vida?
"Pero nuestra verdadera Vida descendió aquí, y llevó nuestra muerte, y la mató, con la abundancia de su propia vida; y tronó, llamándonos a volver de aquí a Él, a ese lugar secreto de donde salió hacia nosotros, primero al seno de la Virgen, donde desposó la creación humana, nuestra carne mortal, para que no fuera mortal para siempre, y de ahí, como un esposo que sale de su cámara, alegrándose como un gigante para correr su carrera. Porque no se detuvo, sino que corrió, llamando con palabras, obras, muerte, vida, descenso, ascensión; clamando para que volviéramos a Él. Y se apartó de nuestros ojos, para que volviéramos a nuestro corazón y allí lo encontráramos. Porque se fue, y he aquí, está aquí. No quiso estar mucho tiempo con nosotros, pero no nos dejó; porque partió allá de donde nunca se apartó, porque el mundo fue hecho por Él. Y en este mundo estaba, y a este mundo vino para salvar a los pecadores, a quienes mi alma confiesa, y Él la sana, porque ha pecado contra Él. Oh hijos de los hombres, ¿hasta cuándo tan lentos de corazón? Aún ahora, después del descenso de la Vida hacia ustedes, ¿no quieren ascender y vivir? ¿Pero adónde ascienden, cuando están en lo alto y levantan su boca contra los cielos? Desciendan, para que puedan ascender, y asciendan a Dios. Porque han caído, al ascender contra Él." Diles esto, para que lloren en el valle de lágrimas, y así los lleves contigo hacia Dios; porque de su espíritu les hablas así, si hablas ardiendo en el fuego de la caridad.
Estas cosas entonces no las conocía, y amaba estas bellezas inferiores, y me hundía hasta lo más profundo, y a mis amigos les decía: "¿Amamos algo que no sea lo bello? ¿Qué es entonces lo bello? ¿Y qué es la belleza? ¿Qué es lo que nos atrae y nos gana hacia las cosas que amamos? Porque a menos que hubiera en ellas una gracia y belleza, de ningún modo podrían atraernos hacia ellas." Y observé y percibí que en los cuerpos mismos había una belleza, por formar una especie de todo, y otra por la correspondencia apta y mutua, como la de una parte del cuerpo con el todo, o un zapato con un pie, y cosas semejantes. Y esta consideración brotó en mi mente, desde lo más profundo de mi corazón, y escribí "sobre lo bello y lo conveniente", creo que dos o tres libros. Tú lo sabes, Señor, porque ya no los tengo; pues se han extraviado de mí, no sé cómo.
¿Pero qué me movió, oh Señor mi Dios, a dedicar estos libros a Hierio, un orador de Roma, a quien no conocía en persona, pero amaba por la fama de su erudición, que era eminente en él, y por algunas palabras suyas que había escuchado y me agradaron? Pero me agradaba aún más porque agradaba a otros, quienes lo ensalzaban mucho, asombrados de que de un sirio, instruido primero en la elocuencia griega, se hubiera formado después un orador latino maravilloso y sumamente erudito en cuestiones de filosofía. Uno es elogiado y, sin haberlo visto, es amado: ¿acaso este amor entra en el corazón del oyente desde la boca del que elogia? No es así. Sino que uno que ama enciende a otro. Pues así se ama a quien es elogiado, cuando se cree que el que lo elogia lo hace con un corazón sincero; es decir, cuando quien lo ama lo alaba.
Así amaba yo entonces a los hombres, según el juicio de los hombres, no el tuyo, oh mi Dios, en quien nadie se engaña. Pero, ¿por qué no por cualidades como las de un famoso auriga o luchador con bestias en el teatro, conocidos por una popularidad vulgar, sino de modo muy diferente, con intensidad y de tal manera que yo mismo deseaba ser elogiado? Porque yo no quería ser elogiado ni amado como los actores (aunque yo mismo los elogiaba y amaba), sino que prefería ser desconocido antes que conocido de ese modo; e incluso ser odiado antes que amado así. ¿Dónde están ahora los impulsos hacia tan variados y diversos tipos de amor almacenados en un solo alma? ¿Por qué, siendo igualmente hombres, amo en otro lo que, si no odiara, al menos no querría para mí? Pues no es lo mismo que, así como se ama a un buen caballo, aunque quien lo ama no quisiera ser ese caballo, lo mismo pueda decirse de un actor, que comparte nuestra naturaleza. ¿Amo entonces en un hombre lo que odio ser, siendo yo mismo hombre? El hombre es un gran abismo, cuyos cabellos tú cuentas, oh Señor, y no caen al suelo sin ti. Y, sin embargo, los cabellos de su cabeza son más fáciles de contar que sus sentimientos y los latidos de su corazón.
Pero aquel orador era de esa clase a quien yo amaba, deseando ser yo mismo como él; y erraba por una soberbia hinchada, y era sacudido por todo viento, pero aun así era guiado por ti, aunque muy secretamente. ¿Y de dónde sé, y cómo confieso con confianza ante ti, que lo amaba más por el amor de sus elogiadores que por las mismas cosas por las que era elogiado? Porque, si no hubiera sido elogiado, y esos mismos hombres lo hubieran despreciado y, con desprecio y desdén, hubieran contado las mismas cosas de él, nunca me habría sentido tan encendido y excitado a amarlo. Y, sin embargo, las cosas no habrían sido otras, ni él mismo otro; solo los sentimientos de quienes relataban. ¡Mira dónde yace el alma impotente, que aún no está sostenida por la solidez de la verdad! Así como los vientos de las lenguas soplan desde el pecho de los opinadores, así es llevada de un lado a otro, impulsada hacia adelante y hacia atrás, y la luz se le nubla y la verdad permanece oculta. Y he aquí, está ante nosotros. Y para mí era algo grande que mi discurso y mis trabajos fueran conocidos por ese hombre: si él los aprobaba, me sentía más encendido; pero si los desaprobaba, mi corazón vacío, carente de tu solidez, habría sido herido. Y, sin embargo, lo "bello y conveniente" sobre lo que le escribía, lo contemplaba con placer, lo examinaba y lo admiraba, aunque nadie participara en ello.
Pero aún no veía sobre qué giraba este asunto tan importante en tu sabiduría, oh Omnipotente, que solo tú haces maravillas; y mi mente vagaba entre formas corporales; y "bello" definía y distinguía lo que es así en sí mismo, y "conveniente", cuya belleza radica en la correspondencia con otra cosa: y esto lo apoyaba con ejemplos corporales. Y me volví hacia la naturaleza de la mente, pero la falsa noción que tenía de las cosas espirituales no me permitió ver la verdad. Sin embargo, la fuerza de la verdad por sí misma destellaba ante mis ojos, y apartaba mi alma jadeante de la sustancia incorpórea hacia los contornos, colores y magnitudes voluminosas. Y al no poder ver esto en la mente, pensaba que no podía ver mi mente. Y así como en la virtud amaba la paz, y en el vicio aborrecía la discordia; en la primera observaba una unidad, pero en el otro, una especie de división. Y en esa unidad concebía que consistía el alma racional, la naturaleza de la verdad y del sumo bien; pero en esa división, miserablemente imaginaba que había alguna sustancia desconocida de vida irracional, y la naturaleza del sumo mal, que no solo sería una sustancia, sino vida real también, y sin embargo no derivada de ti, oh mi Dios, de quien proceden todas las cosas. Y aun así, a la primera la llamaba Mónada, como si fuera un alma sin sexo; pero a la segunda, Díada:—la ira, en actos de violencia, y en la depravación, la lujuria; sin saber de qué hablaba. Porque no había conocido ni aprendido que el mal no es una sustancia, ni nuestra alma ese bien supremo e inmutable.
Porque así como surgen los actos de violencia, si se corrompe esa emoción del alma de donde brota la acción vehemente, agitándose insolente y desordenadamente; y los deseos, cuando se descontrola esa afección del alma por la que se beben los placeres carnales, así también los errores y falsas opiniones contaminan la vida, si se corrompe la propia alma racional; como sucedía entonces en mí, que no sabía que debía ser iluminada por otra luz, para poder participar de la verdad, pues ella misma no es esa naturaleza de la verdad. Porque tú encenderás mi lámpara, oh Señor mi Dios, tú iluminarás mis tinieblas: y de tu plenitud todos hemos recibido, porque tú eres la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo; pues en ti no hay mudanza ni sombra de variación.
Pero yo me esforzaba por acercarme a ti, y era rechazado de ti, para que gustara la muerte: porque tú resistes a los soberbios. ¿Y qué hay más soberbio que mantener yo, con una extraña locura, que soy por naturaleza lo que tú eres? Porque siendo yo sujeto al cambio (esto me era manifiesto, pues mi mismo deseo de ser sabio era el anhelo de pasar de peor a mejor), prefería imaginarte a ti sujeto al cambio, y no reconocer que yo no era lo que tú eres. Por eso fui rechazado por ti, y tú resististe mi vana obstinación, e imaginaba formas corporales, y siendo yo carne, acusaba a la carne; y, como un viento que pasa, no volvía a ti, sino que seguía y seguía hacia cosas que no tienen ser, ni en ti, ni en mí, ni en el cuerpo. Ni fueron creadas para mí por tu verdad, sino que mi vanidad las ideó a partir de cosas corporales. Y solía preguntar a tus pequeños fieles, mis conciudadanos (de quienes, sin saberlo, estaba exiliado), solía, parloteando y neciamente, preguntarles: "¿Por qué entonces yerra el alma que Dios creó?" Pero no quería que me preguntaran: "¿Por qué entonces yerra Dios?" Y sostenía que tu sustancia inmutable erraba por necesidad, antes que confesar que mi sustancia mudable se había extraviado voluntariamente y ahora, como castigo, yacía en el error.
Tenía entonces unos veintiséis o veintisiete años cuando escribí esos volúmenes; revolviendo dentro de mí ficciones corporales, zumbando en los oídos de mi corazón, que yo volvía, oh dulce verdad, a tu melodía interior, meditando sobre lo "bello y conveniente", y anhelando permanecer y escucharte, y alegrarme mucho con la voz del Esposo, pero no podía; porque por las voces de mis propios errores, era arrastrado afuera, y por el peso de mi propia soberbia, me hundía en el abismo más profundo. Porque tú no me hiciste oír gozo y alegría, ni se regocijaron los huesos que aún no estaban humillados.
¿Y de qué me sirvió que, apenas con veinte años, un libro de Aristóteles, que llaman las diez Categorías, llegara a mis manos (sobre cuyo nombre me detenía como sobre algo grande y divino, tantas veces como mi maestro de retórica de Cartago, y otros considerados eruditos, lo mencionaban con orgullo), y que lo leyera y comprendiera sin ayuda? Y al consultar con otros, que decían apenas entenderlo aun con tutores muy capaces, no solo explicándolo oralmente, sino dibujando muchas cosas en la arena, no podían decirme más de lo que yo había aprendido leyéndolo por mí mismo. Y el libro me pareció hablar muy claramente de sustancias, como "hombre", y de sus cualidades, como la figura del hombre, de qué tipo es; y la estatura, cuántos pies mide; y su parentesco, de quién es hermano; o dónde está; o cuándo nació; o si está de pie o sentado; o si está calzado o armado; o si hace o padece algo; y todas las innumerables cosas que podrían clasificarse bajo esas nueve Categorías, de las que he dado algunos ejemplos, o bajo esa Categoría principal de Sustancia.
¿De qué me sirvió todo esto, si incluso me perjudicaba? Cuando, imaginando que todo lo que existía quedaba comprendido bajo aquellas diez Categorías, intentaba de ese modo comprender, oh Dios mío, también tu maravillosa e inmutable Unidad, como si tú mismo estuvieras sometido a tu propia grandeza o hermosura; de modo que (como en los cuerpos) existieran en ti, como su sujeto: cuando en realidad tú mismo eres tu grandeza y hermosura; pero un cuerpo no es grande ni hermoso por ser cuerpo, pues aunque fuera menos grande o hermoso, seguiría siendo un cuerpo. Pero era falsedad lo que concebía de ti, no verdad, ficciones de mi miseria, no realidades de tu bienaventuranza. Porque tú habías ordenado, y así se cumplió en mí, que la tierra me produjera espinas y abrojos, y que con el sudor de mi frente comiera mi pan.
¿Y de qué me aprovechó que todos los libros que pude conseguir de las llamadas artes liberales los leyera y comprendiera por mí mismo, siendo yo un vil esclavo de viles afectos? Y me deleitaba en ellos, pero no sabía de dónde provenía todo lo que en ellos era verdadero o cierto. Porque tenía mi espalda vuelta a la luz, y mi rostro hacia las cosas iluminadas; por lo cual mi rostro, con el que discernía las cosas iluminadas, no estaba iluminado. Todo lo que estaba escrito, ya fuera sobre retórica, lógica, geometría, música y aritmética, lo entendía por mí mismo, sin mucha dificultad ni maestro alguno, tú lo sabes, oh Señor mi Dios; porque tanto la rapidez de entendimiento como la agudeza para discernir son don tuyo: sin embargo, no te ofrecía sacrificio por ello. Así que no me sirvió para mi provecho, sino más bien para mi perdición, pues procuraba guardar para mí tan buena parte de mi sustancia; y no reservé mi fuerza para ti, sino que me alejé de ti hacia una tierra lejana, para gastarla en prostituciones. ¿De qué me sirvieron entonces buenas habilidades, si no las empleé en buenos usos? Porque no sentí que esas artes se alcanzaban con gran dificultad, incluso por los estudiosos y talentosos, hasta que intenté explicárselas a tales personas; cuando aquel que más sobresalía en ellas era el que no me seguía del todo lentamente.
¿Pero de qué me sirvió imaginar que tú, oh Señor Dios, la Verdad, eras un cuerpo vasto y brillante, y yo un fragmento de ese cuerpo? ¡Qué gran perversidad! Pero así era yo. Y no me avergüenzo, oh Dios mío, de confesarte tus misericordias para conmigo, y de invocarte, yo que entonces no me avergonzaba de profesar ante los hombres mis blasfemias y de ladrar contra ti. ¿De qué me sirvió entonces mi agudo ingenio en esas ciencias y en todos esos volúmenes tan enrevesados, que desentrañaba sin ayuda de instrucción humana, si erraba tan gravemente y con tan sacrílega vergüenza en la doctrina de la piedad? ¿O qué obstáculo fue un ingenio mucho más lento para tus pequeños, si no se alejaban mucho de ti, para que en el nido de tu Iglesia pudieran ser criados con seguridad y nutrir las alas de la caridad con el alimento de una fe sana? Oh Señor, Dios nuestro, bajo la sombra de tus alas esperemos; protégennos y llévanos. Tú nos llevarás tanto cuando somos pequeños, como hasta las canas nos llevarás; porque nuestra firmeza, cuando eres tú, entonces es firmeza; pero cuando es nuestra, es debilidad. Nuestro bien vive siempre contigo; y cuando nos apartamos de él, nos desviamos. Haz que ahora, Señor, regresemos, para que no seamos derribados, porque contigo nuestro bien vive sin corrupción alguna, y ese bien eres tú; ni debemos temer que no haya lugar adonde regresar, porque de él caímos: pues por nuestra ausencia, nuestra morada no cayó—tu eternidad.



