Las confesiones · Augustine of Hippo

LIBRO VI

Capítulo 6 de 13 · 30 min de lectura

Oh Tú, mi esperanza desde mi juventud, ¿dónde estabas para mí y adónde te habías ido? ¿No fuiste Tú quien me creó y me separó de las bestias del campo y de las aves del cielo? Tú me habías hecho más sabio, y sin embargo caminaba en tinieblas y en lugares resbaladizos, y te buscaba fuera de mí mismo, y no encontraba al Dios de mi corazón; y había descendido a las profundidades del mar, y desconfiaba y desesperaba de encontrar alguna vez la verdad. Mi madre había venido a mí, resuelta por su piedad, siguiéndome por mar y tierra, confiando en Ti en todos los peligros. Pues en los peligros del mar, ella consolaba incluso a los marineros (a quienes los pasajeros, inexpertos en las profundidades, suelen buscar para ser consolados cuando están angustiados), asegurándoles una llegada segura, porque Tú se lo habías asegurado en una visión. Me encontró en grave peligro, por la desesperanza de encontrar alguna vez la verdad. Pero cuando le revelé que ya no era maniqueo, aunque aún no era cristiano católico, no se alegró en exceso, como si fuera algo inesperado; aunque ahora estaba segura respecto a esa parte de mi miseria, por la cual me lloraba como a un muerto, aunque destinado a ser despertado por Ti, llevándome en el féretro de sus pensamientos, para que Tú dijeras al hijo de la viuda: Joven, a ti te digo, levántate; y él reviviera y comenzara a hablar, y Tú lo entregaras a su madre. Su corazón entonces no fue sacudido por una exultación tumultuosa, cuando oyó que lo que diariamente con lágrimas te pedía ya se había realizado en tan gran parte; en que, aunque aún no había alcanzado la verdad, había sido rescatado de la falsedad; pero, estando segura de que Tú, quien habías prometido el todo, un día darías el resto, con gran calma y un corazón lleno de confianza, me respondió: "Ella creía en Cristo, que antes de partir de esta vida, me vería creyente católico." Así me habló a mí. Pero a Ti, Fuente de misericordias, te derramaba oraciones y lágrimas más abundantes, para que apresuraras tu ayuda y alumbraras mi oscuridad; y acudía con mayor fervor a la Iglesia, y se aferraba a los labios de Ambrosio, orando por la fuente de esa agua que brota para vida eterna. Pero a ese hombre lo amaba como a un ángel de Dios, porque sabía que por él yo había sido llevado, por el momento, a ese estado dudoso de fe en que ahora me hallaba, por el cual anticipaba con gran confianza que pasaría de la enfermedad a la salud, después del acceso, por así decirlo, de una crisis más aguda, que los médicos llaman "el momento crítico".

Cuando mi madre, como solía hacer en África, llevó a las iglesias construidas en memoria de los santos ciertos pasteles, pan y vino, y fue rechazada por el portero; tan pronto como supo que el obispo lo había prohibido, abrazó sus deseos con tal piedad y obediencia, que yo mismo me sorprendí de lo fácilmente que censuró su propia costumbre, en vez de discutir la prohibición. Pues el gusto por el vino no asediaba su espíritu, ni el amor al vino la llevaba a odiar la verdad, como sucede con muchos (hombres y mujeres), que se rebelan ante una lección de sobriedad, como hombres embriagados con una copa mezclada con agua. Pero ella, cuando llevaba su canasta con la comida festiva acostumbrada, solo la probaba y luego la repartía, y nunca llevaba más que una pequeña copa de vino, diluida según su propio hábito abstemio, que por cortesía probaba. Y si había muchas iglesias de santos difuntos que debían ser honradas de esa manera, siempre llevaba esa misma copa, para usarla en todas partes; y aunque no solo estaba muy aguada, sino desagradablemente caliente por el transporte, la repartía entre los presentes en pequeños sorbos; pues buscaba allí devoción, no placer. Tan pronto como supo que esa costumbre estaba prohibida por ese famoso predicador y piadosísimo prelado, incluso para quienes la usaran sobriamente, para que no se diera ocasión de exceso a los bebedores; y porque esas solemnidades funerarias anuales se parecían mucho a la superstición de los gentiles, la abandonó de buen grado: y en vez de una canasta llena de frutos de la tierra, había aprendido a llevar a las iglesias de los mártires un pecho lleno de peticiones más purificadas, y a dar lo que podía a los pobres; para que así la comunión del Cuerpo del Señor se celebrara correctamente allí donde, siguiendo el ejemplo de su Pasión, los mártires habían sido sacrificados y coronados. Pero aún me parece, oh Señor mi Dios, y así lo piensa mi corazón ante Ti, que quizá no habría cedido tan fácilmente a la supresión de esa costumbre, si hubiese sido prohibida por otro, a quien no amaba como a Ambrosio, a quien, por mi salvación, amaba con todo su ser; y él a ella, por su vida religiosa, por la cual, fervorosa en buenas obras, era constante en la iglesia; tanto que, al verme, él solía estallar en alabanzas hacia ella; felicitándome por tener una madre así; sin saber qué clase de hijo tenía en mí, que dudaba de todas esas cosas, e imaginaba que el camino a la vida no podía ser hallado.

Tampoco gemía yo aún en mis oraciones para que Tú me ayudaras; sino que mi espíritu estaba completamente dedicado al aprendizaje, y ansioso por debatir. Y al propio Ambrosio, como el mundo considera dichosos, lo estimaba un hombre feliz, a quien personas tan importantes tenían en tal honor; solo su celibato me parecía un camino doloroso. Pero qué esperanza llevaba en su interior, qué luchas sostenía contra las tentaciones que asediaban sus mismas virtudes, o qué consuelo en las adversidades, y qué dulces gozos tenía Tu Pan para la boca secreta de su espíritu, cuando lo meditaba, yo no podía ni conjeturarlo ni lo había experimentado. Tampoco él conocía las mareas de mis sentimientos, ni el abismo de mi peligro. Porque no podía preguntarle lo que quería, como quería, estando excluido tanto de su oído como de su palabra por multitudes de personas ocupadas, cuyas debilidades él atendía. Cuando no estaba ocupado con ellos (lo cual era poco tiempo), o bien reponía su cuerpo con el sustento absolutamente necesario, o su mente con la lectura. Pero cuando leía, sus ojos recorrían las páginas, y su corazón buscaba el sentido, pero su voz y lengua permanecían en silencio. Muchas veces, cuando llegábamos (pues a nadie se le prohibía entrar, ni era su costumbre que se anunciara a quien llegaba), lo veíamos leer así para sí mismo, y nunca de otra manera; y, tras sentarnos largo rato en silencio (pues ¿quién se atrevía a interrumpir a alguien tan absorto?), nos veíamos obligados a retirarnos, suponiendo que en ese breve intervalo que obtenía, libre del bullicio de los asuntos ajenos, para reponer su mente, no quería ser interrumpido; y quizá temía que si el autor que leía decía algo oscuro, algún oyente atento o perplejo deseara que se lo explicara, o que discutiera alguna de las cuestiones más difíciles; de modo que, ocupando así su tiempo, no podría revisar tantos volúmenes como deseaba; aunque la preservación de su voz (que con muy poco hablar se debilitaba) podría ser la razón más verdadera de que leyera para sí mismo. Pero, fuera cual fuera su intención, ciertamente en un hombre así era algo bueno.

Sin embargo, yo ciertamente no tenía oportunidad de preguntar lo que deseaba a ese tan santo oráculo Tuyo, su pecho, a menos que pudiera ser respondido brevemente. Pero esas mareas en mí, para ser derramadas ante él, requerían de todo su tiempo libre, y nunca lo encontraba. Lo escuchaba, sí, cada domingo, exponiendo correctamente la Palabra de verdad ante el pueblo; y cada vez estaba más convencido de que todos los nudos de esas astutas calumnias, que nuestros engañadores habían tejido contra los Libros Divinos, podían ser desatados. Pero cuando entendí además que "el hombre creado por Ti, a tu imagen", no era entendido así por tus hijos espirituales, a quienes la Madre Católica ha hecho nacer de nuevo por la gracia, como si creyeran y concibieran de Ti como limitado por forma humana (aunque lo que es una sustancia espiritual ni siquiera tenía una idea vaga o sombría); sin embargo, con alegría me sonrojé de haber ladrado tantos años no contra la fe católica, sino contra las ficciones de imaginaciones carnales. Porque tan temerario e impío había sido, que lo que debía haber aprendido preguntando, lo había sentenciado condenando. Porque Tú, Altísimo y a la vez tan cercano; el más secreto y el más presente; que no tienes miembros unos mayores y otros menores, sino que eres todo en todas partes, y en ninguna parte en el espacio, no tienes forma corporal, y sin embargo has hecho al hombre a tu imagen; y he aquí, de la cabeza a los pies está contenido en el espacio.

Ignorando entonces cómo subsistía esta Tu imagen, debí haber llamado a la puerta y planteado la duda sobre cómo debía creerse, no haberla rechazado insolentemente, como si ya la creyera. Cuanto más dudaba de qué debía tener por cierto, más agudamente me roía el corazón y más me avergonzaba de haberme dejado engañar y seducir tanto tiempo por la promesa de certezas, y de haber hablado, con infantil error y vehemencia, de tantas incertidumbres. Pues que eran falsedades lo comprendí después. Sin embargo, estaba seguro de que eran inciertas, y que antes las había tenido por ciertas, cuando, con ciega contención, acusaba a Tu Iglesia Católica, a la que ahora descubría, no aún enseñando la verdad, pero al menos no enseñando aquello por lo que la había censurado gravemente. Así quedé confundido y me convertí; y me alegré, oh Dios mío, de que la Única Iglesia, el cuerpo de Tu Único Hijo (en la que se me impuso el nombre de Cristo siendo niño), no gustara de concepciones infantiles; ni en su sana doctrina sostuviera ningún principio que confinara a Ti, el Creador de todo, en un espacio, por grande y vasto que fuera, pero limitado en todas partes por los límites de una forma humana.

Me alegré también de que las antiguas Escrituras de la ley y los Profetas se me presentaran, no ya para ser leídas con aquella mirada con la que antes me parecían absurdas, cuando yo vituperaba a Tus santos por pensar así, siendo que en realidad no pensaban de ese modo; y con gozo escuchaba a Ambrosio en sus sermones al pueblo, recomendar muchas veces con gran diligencia este texto como regla: La letra mata, pero el Espíritu da vida; mientras él apartaba el velo místico, abriendo espiritualmente lo que, según la letra, parecía enseñar algo insano; y en esto no enseñaba nada que me ofendiera, aunque enseñaba lo que yo aún no sabía si era verdad. Pues mantenía mi corazón sin asentir a nada, temiendo precipitarme; pero al permanecer en suspenso, me sentía peor. Porque deseaba estar tan seguro de las cosas que no veía, como lo estaba de que siete y tres son diez. Pues no estaba tan loco como para pensar que ni siquiera eso podía comprenderse; pero deseaba tener otras cosas tan claras como eso, ya fueran cosas corporales, que no estaban presentes a mis sentidos, o espirituales, de las cuales no sabía cómo concebir, sino corporalmente. Y creyendo podría haber sido curado, de modo que la vista de mi alma, al ser aclarada, pudiera de algún modo dirigirse a Tu verdad, que permanece siempre y en ninguna parte falla. Pero así como sucede que quien ha probado un mal médico teme confiarse a uno bueno, así ocurría con la salud de mi alma, que no podía ser sanada sino creyendo, y por temor a creer en falsedades, rehusaba ser curada; resistiendo Tus manos, que has preparado los remedios de la fe, y los has aplicado a las enfermedades de todo el mundo, y les has dado tan grande autoridad.

Sin embargo, siendo llevado por esto a preferir la doctrina católica, sentí que su proceder era más modesto y honesto, pues requería que se creyeran cosas no demostradas (ya fuera porque en sí mismas podían ser demostradas pero no a ciertas personas, o porque no podían serlo en absoluto), mientras que entre los maniqueos nuestra credulidad era burlada con la promesa de un conocimiento cierto, y luego se imponían tantas cosas fabulosas y absurdas para ser creídas, precisamente porque no podían ser demostradas. Entonces Tú, Señor, poco a poco, con mano muy tierna y misericordiosa, tocando y componiendo mi corazón, me persuadiste—considerando cuántas cosas innumerables creía, que no veía, ni estaba presente cuando sucedieron, como tantas cosas de la historia secular, tantos relatos de lugares y ciudades que no había visto; tantos de amigos, tantos de médicos, tantos continuamente de otros hombres, que si no creyéramos, nada haríamos en esta vida; finalmente, con cuánta seguridad creía de qué padres había nacido, lo cual no podía saber si no lo hubiera creído por lo que oí decir—considerando todo esto, me persuadiste de que no debían ser censurados quienes creían en Tus Libros (que has establecido con tan gran autoridad entre casi todas las naciones), sino quienes no los creían; y que no debía escuchar a quienes me dijeran: "¿Cómo sabes que esas Escrituras fueron impartidas a la humanidad por el Espíritu del único y veraz Dios?" Pues esto mismo era lo que más debía creerse, ya que ninguna disputa de preguntas blasfemas, de todas las que había leído en los filósofos contradictorios, podía arrancarme esta creencia: "Que Tú eres" lo que fueras (lo que yo no sabía), y "Que el gobierno de las cosas humanas te pertenece".

Esto lo creía, a veces con más fuerza, otras veces con menos; pero siempre creí tanto que Tú eras, como que te ocupabas de nosotros; aunque ignoraba tanto qué debía pensar de Tu sustancia, como qué camino conducía o reconducía hacia Ti. Ya que éramos demasiado débiles para descubrir la verdad por razonamientos abstractos, y por esta misma causa necesitábamos la autoridad de la Sagrada Escritura; había comenzado a creer que Tú nunca habrías dado tal excelencia de autoridad a esa Escritura en todas las tierras, si no hubieras querido ser creído por medio de ella, y buscado por medio de ella. Pues ahora, aquellas cosas que solían ofenderme por sonar extrañas en la Escritura, habiendo escuchado varias de ellas expuestas satisfactoriamente, las remitía a la profundidad de los misterios, y su autoridad me parecía tanto más venerable y más digna de fe religiosa, cuanto que, estando abierta a todos para ser leída, reservaba la majestad de sus misterios en su significado más profundo, descendiendo a todos en la gran sencillez de sus palabras y humildad de su estilo, pero llamando a la aplicación más intensa de quienes no son ligeros de corazón; para así recibir a todos en su seno abierto, y a través de pasajes estrechos conducir hacia Ti a algunos pocos, aunque muchos más de los que lo haría si no se elevara en tan alto grado de autoridad, ni atrajera multitudes a su seno por su santa humildad. En estas cosas pensaba, y Tú estabas conmigo; suspiraba, y Tú me escuchabas; vacilaba, y Tú me guiabas; vagaba por el ancho camino del mundo, y Tú no me abandonabas.

Anhelaba honores, ganancias, matrimonio; y Tú te burlabas de mí. En estos deseos sufrí las más amargas cruces, siendo Tú más misericordioso cuanto menos permitías que algo se volviera dulce para mí, si no eras Tú. He aquí mi corazón, Señor, que quieres que recuerde todo esto y te lo confiese. Que mi alma se adhiera a Ti, ahora que la has liberado de ese pegajoso lazo de la muerte. ¡Cuán desdichada era! Y Tú irritaste el sentimiento de su herida, para que, abandonando todo lo demás, se convirtiera a Ti, que estás por encima de todo, y sin quien todo sería nada; se convirtiera y fuera sanada. ¡Cuán miserable era entonces, y cómo trataste conmigo para hacerme sentir mi miseria aquel día, cuando me preparaba para recitar una panegírica del Emperador, en la que iba a decir muchas mentiras, y mintiendo, sería aplaudido por quienes sabían que mentía, y mi corazón latía con estas ansiedades, y hervía con la fiebre de pensamientos consumidos! Pues, pasando por una de las calles de Milán, observé a un pobre mendigo, entonces, supongo, con el estómago lleno, bromeando y alegre; y suspiré, y hablé a los amigos que me rodeaban, de las muchas penas de nuestras locuras; porque con todos esos esfuerzos nuestros, como aquellos en los que entonces me afanaba, arrastrando, bajo el aguijón del deseo, el peso de mi propia miseria, y al arrastrarlo, aumentándolo, solo esperábamos llegar a esa misma alegría a la que ese mendigo había llegado antes que nosotros, y que tal vez nunca alcanzaríamos. Pues lo que él había conseguido con unas pocas monedas mendigadas, eso mismo yo lo buscaba con muchos rodeos y fatigosos esfuerzos; la alegría de una felicidad pasajera. Pues ciertamente él no tenía la verdadera alegría; pero yo, con mis ambiciosos proyectos, buscaba una aún menos verdadera. Y ciertamente él estaba alegre, yo ansioso; él despreocupado, yo lleno de temores. Pero si alguien me preguntara, ¿preferiría estar alegre o temeroso? Respondería que alegre. De nuevo, si preguntara, ¿preferiría ser como él, o como yo era entonces? Elegiría ser yo mismo, aunque consumido por cuidados y temores; pero por un juicio erróneo; pues, ¿era eso la verdad? Porque no debía preferirme a él, por ser más instruido que él, viendo que no hallaba alegría en ello, sino que buscaba agradar a los hombres con ello; y no para instruir, sino simplemente para agradar. Por eso también Tú quebraste mis huesos con el báculo de Tu corrección.

Aparta de mi alma, entonces, a quienes le dicen: "Importa de dónde proviene el gozo de un hombre. Ese mendigo se alegraba en la embriaguez; tú deseabas alegrarte en la gloria." ¿Qué gloria, Señor? Aquella que no está en Ti. Porque así como su gozo no era verdadero, tampoco lo era aquella gloria: y derribó aún más mi alma. Él, esa misma noche, digeriría su embriaguez; pero yo había dormido y despertado con la mía, y debía dormir y despertar de nuevo con ella, cuántos días, Tú, Dios, lo sabes. Pero "sí importa de dónde proviene el gozo de un hombre." Lo sé, y el gozo de una esperanza fiel está incomparablemente por encima de tal vanidad. Sí, y así él estaba entonces por encima de mí: porque en verdad era más feliz; no solo porque él estaba completamente empapado de alegría, mientras yo estaba desgarrado por las preocupaciones: sino que él, con deseos honestos, había conseguido vino; yo, con mentiras, buscaba una alabanza vacía e hinchada. Mucho de esto decía entonces a mis amigos: y a menudo observaba en ellos cómo me iba; y veía que me iba mal, y me apenaba, y duplicaba ese mismo mal; y si alguna prosperidad me sonreía, me resistía a tomarla, porque casi antes de poder asirla, ya se había esfumado.

Estas cosas, que vivíamos juntos como amigos, las lamentábamos juntos, pero principalmente y con mayor intimidad las hablaba con Alipio y Nebridio, de los cuales Alipio había nacido en la misma ciudad que yo, de personas de alto rango allí, pero más joven que yo. Porque él había estudiado bajo mi tutela, tanto cuando di mis primeras clases en nuestra ciudad, como después en Cartago, y me quería mucho, porque le parecía amable y erudito; y yo a él, por su gran inclinación hacia la virtud, que era bastante notable en alguien de tan poca edad. Sin embargo, el torbellino de las costumbres cartaginesas (entre quienes esos espectáculos ociosos son seguidos con fervor) lo había arrastrado a la locura del Circo. Pero mientras él era miserablemente sacudido en ello, y yo, ejerciendo la retórica allí, tenía una escuela pública, aún no asistía a mis clases, debido a cierta desavenencia surgida entre su padre y yo. Entonces descubrí cuán mortalmente estaba obsesionado con el Circo, y me dolía profundamente que pareciera probable, o incluso que ya hubiera desperdiciado tan gran promesa: pero no tenía modo de aconsejarle ni de recuperarlo, ni por la amabilidad de un amigo, ni por la autoridad de un maestro. Porque suponía que él pensaba de mí como su padre; pero no era así; dejando de lado entonces la opinión de su padre en ese asunto, comenzó a saludarme, a veces a entrar en mi aula, a escuchar un poco y luego irse.

Sin embargo, yo había olvidado tratar con él para que no arruinara tan buen ingenio por un deseo ciego y precipitado de pasatiempos vanos. Pero Tú, Señor, que guías el curso de todo lo que has creado, no lo habías olvidado, a quien un día tendrías entre Tus hijos, sacerdote y dispensador de Tu Sacramento; y para que su enmienda pudiera atribuirse claramente a Ti, la realizaste por medio de mí, sin que yo lo supiera. Porque un día, sentado en mi lugar acostumbrado, con mis alumnos delante de mí, él entró, me saludó, se sentó y prestó atención a lo que yo exponía. Por casualidad tenía entre manos un pasaje, que mientras explicaba, se me ocurrió una comparación con las carreras del Circo, como algo que podría hacer más agradable y clara mi explicación, sazonada con mordaz burla hacia aquellos a quienes esa locura había esclavizado; Dios, Tú sabes que entonces no pensaba en curar a Alipio de esa infección. Pero él lo tomó completamente para sí, y pensó que lo decía solo por él. Y donde otro habría encontrado motivo para ofenderse conmigo, ese joven de recto juicio lo tomó como motivo para ofenderse consigo mismo, y amarme más fervientemente. Porque Tú lo habías dicho hace mucho, y lo pusiste en Tu libro: Reprende al sabio y te amará. Pero yo no lo había reprendido, sino que Tú, que empleas a todos, lo sepan o no, en ese orden que solo Tú conoces (y ese orden es justo), hiciste de mi corazón y mi lengua carbones encendidos, con los que encendiste la mente esperanzada, así languideciente, y la curaste. Que guarde silencio en Tus alabanzas quien no considera Tus misericordias, las cuales confieso ante Ti desde lo más profundo de mi alma. Porque él, tras ese discurso, salió de ese pozo tan profundo en el que voluntariamente se había sumergido, y estaba cegado por sus miserables pasatiempos; y sacudió su mente con un fuerte dominio propio; tras lo cual todas las inmundicias de los pasatiempos circenses se apartaron de él, y no volvió más allí. A raíz de esto, persuadió a su renuente padre para que le permitiera ser mi alumno. Él cedió, y consintió. Y Alipio, comenzando a escucharme de nuevo, se vio envuelto en la misma superstición que yo, amando en los maniqueos esa apariencia de continencia que suponía verdadera y sincera. Cuando en realidad era una continencia insensata y seductora, que atrapaba almas preciosas, incapaces aún de alcanzar la profundidad de la virtud, pero fácilmente engañadas por la superficie de lo que no era más que una sombra y una falsa virtud.

Él, sin abandonar aquel camino secular al que sus padres lo habían inducido a seguir, se había adelantado a mí a Roma, para estudiar leyes, y allí fue arrastrado increíblemente por un afán increíble hacia los espectáculos de gladiadores. Porque siendo totalmente adverso y detestando los espectáculos, un día, por casualidad, fue encontrado por varios de sus conocidos y compañeros de estudio que venían de cenar, y ellos, con una familiar violencia, lo llevaron a la fuerza, resistiéndose él vehementemente, al Anfiteatro, durante esos crueles y mortales espectáculos, protestando así: "Aunque arrastren mi cuerpo a ese lugar y me sienten allí, ¿pueden forzar también mi mente o mis ojos a esos espectáculos? Entonces estaré ausente estando presente, y así los venceré a ustedes y a ellos." Ellos, al oír esto, lo llevaron de todos modos, deseando tal vez probar precisamente eso, si podía hacer lo que decía. Cuando llegaron allí y tomaron asiento como pudieron, todo el lugar se encendió con ese salvaje pasatiempo. Pero él, cerrando el paso a sus ojos, prohibió a su mente vagar tras tal mal; ¡y ojalá hubiera tapado también sus oídos! Porque en la pelea, cuando uno cayó, un gran clamor de todo el pueblo lo golpeó con fuerza, y vencido por la curiosidad, y como preparado para despreciar y superar lo que fuera que viera, abrió los ojos, y fue herido en su alma con una herida más profunda que la del otro, a quien deseaba ver, en su cuerpo; y cayó más miserablemente que aquel cuya caída provocó ese gran ruido, que entró por sus oídos y le abrió los ojos, para dar paso al golpe y derribo de un alma, audaz más que resuelta, y más débil por haber confiado en sí misma, cuando debió confiar en Ti. Porque tan pronto como vio esa sangre, con ella bebió la ferocidad; no apartó la vista, sino que la fijó, bebiendo locura sin darse cuenta, y se deleitó con esa lucha culpable, y se embriagó con el sangriento pasatiempo. Ya no era el hombre que llegó, sino uno más de la multitud a la que había ido, sí, un verdadero compañero de quienes lo llevaron allí. ¿Qué más decir? Miró, gritó, se encendió, y salió de allí llevando consigo la locura que lo impulsaría a regresar no solo con quienes primero lo llevaron, sino incluso antes que ellos, y a atraer a otros. Sin embargo, de allí Tú lo arrancaste con mano poderosísima y misericordiosísima, y le enseñaste a confiar no en sí mismo, sino en Ti. Pero esto fue después.

Pero esto ya se estaba guardando en su memoria para ser un remedio en el futuro. Así también fue aquello, que cuando aún estudiaba conmigo en Cartago, y estaba repasando al mediodía en el mercado lo que debía recitar de memoria (como suelen practicar los estudiantes), Tú permitiste que fuera detenido por los oficiales del mercado como ladrón. Pues no creo que Tú, nuestro Dios, lo permitieras por otra razón, sino para que aquel que más tarde habría de ser un hombre tan grande, comenzara ya a aprender que, al juzgar causas, el hombre no debe ser condenado precipitadamente por otro hombre debido a una credulidad temeraria. Porque mientras él paseaba solo ante el tribunal, con su cuaderno y su pluma, he aquí que un joven, un abogado, el verdadero ladrón, entrando a escondidas con un hacha, llegó sin ser visto por Alipio hasta las rejas de plomo que cercaban las tiendas de los plateros, y comenzó a cortar el plomo. Pero al oírse el ruido del hacha, los plateros de abajo se alborotaron y enviaron a detener a quien encontraran. Pero él, al oír sus voces, huyó, dejando el hacha, temiendo ser atrapado con ella. Alipio, que no lo había visto entrar, sí notó su salida y vio con qué rapidez se alejaba. Deseando saber de qué se trataba, entró al lugar; y al encontrar el hacha, se quedó de pie, sorprendido y examinándola, cuando, he aquí, los enviados lo encuentran solo con el hacha en la mano, cuyo ruido los había alertado y llevado hasta allí. Lo apresan, lo arrastran y, reuniendo a los habitantes del mercado, se jactan de haber capturado a un ladrón notorio, y así era conducido ante el juez.

Pero hasta aquí debía ser instruido Alipio. Porque de inmediato, oh Señor, Tú socorriste su inocencia, de la cual sólo Tú eras testigo. Pues mientras lo llevaban ya sea a la prisión o al castigo, se encontraron con un arquitecto que tenía a su cargo los edificios públicos. Se alegraron mucho de encontrarlo, ya que solían ser sospechosos ante él de robar los bienes perdidos en el mercado, como si quisieran mostrarle por fin quién cometía esos robos. Sin embargo, él había visto varias veces a Alipio en casa de cierto senador, a quien solía visitar para rendirle respeto; y reconociéndolo de inmediato, lo tomó aparte de la mano, y al preguntar la causa de tan gran calamidad, escuchó todo el asunto, y pidió a todos los presentes, en medio de gran alboroto y amenazas, que lo acompañaran. Así llegaron a la casa del joven que había cometido el hecho. Allí, ante la puerta, había un niño tan pequeño que, sin prever ningún daño para su amo, era probable que revelara todo. Pues había acompañado a su amo al mercado. Apenas Alipio lo recordó, se lo dijo al arquitecto: y él, mostrando el hacha al niño, le preguntó: "¿De quién es esto?" "Nuestra", respondió de inmediato; y al ser interrogado más a fondo, lo contó todo. Así, trasladado el delito a esa casa, y avergonzada la multitud que había comenzado a insultar a Alipio, aquel que habría de ser dispensador de Tu Palabra y examinador de muchas causas en Tu Iglesia, se marchó más experimentado e instruido.

A él, pues, lo encontré en Roma, y se unió a mí con un lazo muy fuerte, y fue conmigo a Milán, tanto para no dejarme como para practicar algo de la ley que había estudiado, más para agradar a sus padres que a sí mismo. Allí había ejercido tres veces como asesor, con una integridad muy admirada por otros, él más bien se asombraba de quienes podían preferir el oro a la honestidad. Su carácter fue probado además, no sólo con el anzuelo de la codicia, sino con el aguijón del miedo. En Roma fue asesor del conde del Tesoro de Italia. Había en ese tiempo un senador muy poderoso, a cuyos favores muchos debían mucho y muchos temían mucho. Quiso, por su acostumbrado poder, que se le concediera algo que las leyes no permitían. Alipio se opuso: se le ofreció un soborno; lo despreció de todo corazón: se le amenazó; las amenazas no le importaron: todos se asombraban de un espíritu tan inusual, que ni deseaba la amistad ni temía la enemistad de alguien tan grande y tan famoso por su capacidad de hacer el bien o el mal. Y el mismo juez, de quien Alipio era consejero, aunque tampoco quería que se hiciera, no se negó abiertamente, sino que dejó la decisión en manos de Alipio, alegando que no le permitiría hacerlo: porque en verdad, si el juez lo hubiera hecho, Alipio habría decidido en contra. Sólo en una cosa estuvo a punto de ser seducido en su aprendizaje, para que le copiaran libros a precios de pretorio, pero consultando a la justicia, cambió su decisión para mejor; estimando más provechosa la equidad que lo detenía que el poder que le permitiría hacerlo. Estas son cosas pequeñas, pero quien es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho. Ni puede quedar sin valor lo que salió de la boca de Tu Verdad: Si no fuisteis fieles en las riquezas injustas, ¿quién os confiará las verdaderas? Y si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿quién os dará lo que es vuestro? Siendo así, en ese tiempo se unía a mí, y conmigo vacilaba en el propósito de qué modo de vida debíamos tomar.

Nebridio también, quien habiendo dejado su patria cerca de Cartago, y la misma Cartago, donde había vivido mucho, dejando su excelente hacienda y casa, y a una madre que no lo seguiría, había venido a Milán, por ninguna otra razón que para vivir conmigo en una búsqueda ardiente de la verdad y la sabiduría. Como yo, suspiraba; como yo, vacilaba, un buscador ardiente de la vida verdadera y un examinador muy agudo de las cuestiones más difíciles. Así estaban allí las bocas de tres indigentes, suspirando sus necesidades unos a otros, y esperando en Ti para que les dieras su alimento a su tiempo. Y en toda la amargura que por Tu misericordia seguía a nuestros asuntos mundanos, cuando mirábamos hacia el final, preguntándonos por qué debíamos sufrir todo esto, nos encontrábamos con la oscuridad; y nos apartábamos gimiendo, diciendo: ¿Hasta cuándo serán estas cosas? Esto también lo decíamos a menudo; y diciéndolo, no las abandonábamos, porque aún no amanecía nada cierto que, abandonando esto, pudiéramos abrazar.

Y yo, contemplando y volviendo a contemplar las cosas, me asombraba mucho de la longitud del tiempo desde mi decimonoveno año, en el que había comenzado a encenderme con el deseo de sabiduría, decidiendo que, cuando la encontrara, abandonaría todas las esperanzas vanas y los engañosos ardores de deseos vacíos. Y he aquí, ya estaba en mi trigésimo año, atascado en el mismo lodo, ávido de disfrutar de las cosas presentes, que pasaban y desgastaban mi alma; mientras me decía a mí mismo: "Mañana la encontraré; aparecerá claramente y la alcanzaré; he aquí, Fausto el maniqueo vendrá y lo aclarará todo. ¡Oh grandes hombres, académicos, es cierto entonces que no se puede alcanzar certeza alguna para ordenar la vida! No; busquemos con mayor diligencia y no desesperemos. He aquí, las cosas de los libros eclesiásticos ya no nos parecen absurdas, como antes, y pueden entenderse de otra manera, y en buen sentido. Me mantendré donde, de niño, mis padres me colocaron, hasta que se descubra la verdad clara. Pero, ¿dónde buscarla o cuándo? Ambrosio no tiene tiempo; nosotros no tenemos tiempo para leer; ¿dónde encontraremos siquiera los libros? ¿De dónde o cuándo conseguirlos? ¿A quién pedírselos prestados? Que se fijen tiempos y se ordenen horas ciertas para la salud de nuestra alma. Ha amanecido una gran esperanza; la fe católica no enseña lo que pensábamos, y en vano la acusábamos de ello; sus miembros instruidos consideran profano creer que Dios está limitado por la figura de un cuerpo humano: ¿y dudamos en 'llamar', para que lo demás 'se nos abra'? Las mañanas las ocupan nuestros alumnos; ¿qué hacemos durante el resto del tiempo? ¿Por qué no esto? Pero entonces, ¿cuándo cortejamos a nuestros grandes amigos, cuyo favor necesitamos? ¿Cuándo componemos lo que podemos vender a los alumnos? ¿Cuándo nos recreamos, relajando nuestra mente de tanta preocupación?

¡Perecer todo, dejemos estas vanidades vacías y dediquémonos a la única búsqueda de la verdad! La vida es vana, la muerte incierta; si nos sorprende de repente, ¿en qué estado partiremos de aquí? ¿Y dónde aprenderemos lo que aquí hemos descuidado? ¿Y no sufriremos más bien el castigo de esta negligencia? ¿Qué, si la muerte misma corta y pone fin a todo cuidado y sentimiento? Entonces esto debe ser averiguado. ¡Pero Dios no lo quiera! No es vano ni vacío que la excelente dignidad de la autoridad de la Fe cristiana haya cubierto todo el mundo. Jamás Dios habría obrado para nosotros cosas tan grandes y tan maravillosas, si con la muerte del cuerpo terminara la vida del alma. ¿Por qué, entonces, demorar en abandonar las esperanzas mundanas y entregarnos por completo a buscar a Dios y la vida bienaventurada? ¡Pero espera! Incluso esas cosas son agradables; tienen cierta dulzura, y no poca. No debemos abandonarlas a la ligera, pues sería vergonzoso volver a ellas. Mira, no es gran cosa ahora obtener algún cargo, ¿y qué más podríamos desear después? Tenemos muchos amigos poderosos; si no se presenta otra cosa, y tenemos mucha prisa, al menos se nos podría dar una presidencia; y una esposa con algo de dinero, para que no aumente nuestros gastos: y este será el límite del deseo. Muchos grandes hombres, y muy dignos de imitación, se han dedicado al estudio de la sabiduría en estado de matrimonio.

Mientras repasaba estas cosas, y estos vientos agitaban y empujaban mi corazón de un lado a otro, el tiempo pasaba, pero yo demoraba en volverme al Señor; y de día en día postergaba vivir en Ti, y no postergaba morir cada día en mí mismo. Amando una vida feliz, la temía en su propia morada, y la buscaba huyendo de ella. Pensaba que sería demasiado desgraciado, a menos que me envolvieran unos brazos femeninos; y no pensaba en el remedio de Tu misericordia para curar esa debilidad, pues no lo había probado. En cuanto a la continencia, suponía que estaba en nuestro propio poder (aunque en mí mismo no encontraba ese poder), siendo tan necio como para no saber lo que está escrito: Nadie puede ser continente a menos que Tú lo concedas; y que Tú lo concederías, si con gemidos internos golpeara a Tus oídos, y con fe firme pusiera mi cuidado en Ti.

Alypio en verdad me disuadía de casarme; alegando que de ese modo no podríamos vivir juntos con ocio sin distracciones en el amor a la sabiduría, como tanto habíamos deseado. Porque él mismo era entonces muy puro en ese aspecto, lo cual era admirable; y más aún, ya que al principio de su juventud había entrado en ese camino, pero no se había mantenido firme en él; más bien, había sentido remordimiento y rechazo, viviendo desde entonces hasta ahora con gran continencia. Pero yo le oponía los ejemplos de quienes, siendo casados, habían cultivado la sabiduría, servido a Dios de manera aceptable, conservado a sus amigos y los habían amado fielmente. De ese temple de espíritu yo estaba muy lejos; y atado por la enfermedad de la carne y su mortal dulzura, arrastraba mi cadena, temiendo ser liberado, y como si mi herida se irritara, rechazaba sus buenas persuasiones, como si fuera la mano de quien quisiera desencadenarme. Además, por medio de mí, la serpiente hablaba al mismo Alypio, tejiendo y poniendo en su camino, con mi lengua, placenteras trampas en las que sus pies virtuosos y libres pudieran enredarse.

Porque cuando él se asombraba de que yo, a quien no estimaba poco, estuviera tan pegado al pegamento de ese placer, hasta protestar (cada vez que lo discutíamos) que nunca podría llevar una vida solitaria; y yo argumentaba en mi defensa, al ver su asombro, que había gran diferencia entre su conocimiento momentáneo y apenas recordado de esa vida, que así podía despreciar fácilmente, y mi familiaridad continua con ella, a la que si se añadía el honorable nombre de matrimonio, no debía extrañarse de que yo no pudiera despreciar ese camino; él también empezó a desear casarse; no por estar vencido por el deseo de tal placer, sino por curiosidad. Porque quería saber, decía, qué era eso sin lo cual mi vida, tan placentera para él, me parecía a mí no vida, sino castigo. Porque su mente, libre de esa cadena, se asombraba de mi esclavitud; y por ese asombro iba camino de desear probarlo, de ahí a la prueba misma, y tal vez de ahí a hundirse en esa esclavitud que le asombraba, viendo que estaba dispuesto a hacer un pacto con la muerte; y quien ama el peligro, en él caerá. Porque cualquier honor que haya en el oficio de ordenar bien una vida matrimonial y una familia, nos movía poco. Pero a mí, sobre todo, me atormentaba el hábito de satisfacer un apetito insaciable, mientras me tenía cautivo; a él, un asombro admirativo lo llevaba cautivo. Así estábamos, hasta que Tú, Altísimo, no abandonando nuestro polvo, compadeciéndote de nosotros, miserables, viniste en nuestro auxilio por caminos maravillosos y secretos.

Se hacían continuos esfuerzos para que yo me casara. Cortejé, fui prometido, principalmente por los esfuerzos de mi madre, para que, una vez casado, el saludable bautismo pudiera limpiarme, hacia el cual ella se alegraba de que yo me estuviera preparando cada día, y observaba que sus oraciones y Tus promesas se cumplían en mi fe. En ese tiempo, en verdad, tanto a petición mía como por su propio anhelo, con fuertes clamores del corazón te suplicaba cada día que le revelaras en visión algo acerca de mi futuro matrimonio; pero Tú nunca quisiste hacerlo. En efecto, vio ciertas cosas vanas y fantásticas, tales como la energía del espíritu humano, ocupada en ello, reunía; y me las contaba, pero no con la confianza habitual cuando Tú le mostrabas algo, sino restándoles importancia. Porque decía que podía, por cierto sentimiento que no podía expresar con palabras, discernir entre Tus revelaciones y los sueños de su propia alma. Sin embargo, el asunto seguía adelante, y se pidió en matrimonio a una doncella, dos años menor de la edad conveniente; y, como agradaba, se esperó por ella.

Y muchos de nosotros, amigos, conversando y detestando los turbulentos vaivenes de la vida humana, habíamos debatido y casi resuelto vivir apartados de los negocios y el bullicio de los hombres; y esto se iba a lograr así: aportaríamos lo que cada uno pudiera conseguir, y haríamos un solo hogar de todo; de modo que, por la sinceridad de nuestra amistad, nada perteneciera especialmente a nadie; sino que el conjunto, así reunido de todos, perteneciera como un todo a cada uno, y todo a todos. Pensábamos que podría haber unas diez personas en esta sociedad; algunos de los cuales eran muy ricos, especialmente Romaniano, nuestro conciudadano, amigo mío desde la infancia, a quien las graves complicaciones de sus asuntos habían llevado a la corte; quien era el más entusiasta de este proyecto; y su opinión tenía gran peso, porque su gran patrimonio superaba con mucho al de los demás. También habíamos acordado que dos personas, a modo de oficiales anuales, proveyeran todo lo necesario, quedando los demás sin preocupaciones. Pero cuando empezamos a considerar si las esposas, que algunos ya teníamos y otros esperaban tener, permitirían esto, todo ese plan, que tan bien se estaba formando, se desmoronó en nuestras manos, fue completamente frustrado y descartado. Entonces nos entregamos a suspiros y gemidos, y nuestros pasos siguieron los caminos anchos y trillados del mundo; porque muchos pensamientos había en nuestro corazón, pero Tu consejo permanece para siempre. De ese consejo Tú te burlaste del nuestro, y preparaste el Tuyo; proponiéndote darnos alimento a su debido tiempo, y llenar nuestras almas de bendición.

Mientras tanto, mis pecados se multiplicaban, y mi concubina, arrancada de mi lado como obstáculo para mi matrimonio, mi corazón, que se había unido a ella, fue desgarrado, herido y sangrante. Y ella regresó a África, prometiéndote no conocer nunca a otro hombre, dejándome a mi hijo con ella. Pero yo, desdichado, que no pude imitar ni siquiera a una mujer, impaciente por la espera, ya que no sería sino hasta después de dos años que obtendría a la que buscaba, no tanto por amor al matrimonio como por esclavitud a la lujuria, procuré otra, aunque no esposa, para que por la servidumbre de una costumbre persistente, la enfermedad de mi alma se mantuviera y continuara en su vigor, o incluso se incrementara, hasta el dominio del matrimonio. Y no fue curada mi herida, la que había sido hecha por la separación de la anterior, sino que, tras inflamación y dolor agudísimo, se gangrenó, y mis dolores se hicieron menos agudos, pero más desesperados.

A Ti sean la alabanza y la gloria, Fuente de misericordias. Yo me volvía cada vez más miserable, y Tú estabas más cerca. Tu diestra estaba siempre dispuesta a arrancarme del lodo y a lavarme por completo, y yo no lo sabía; ni nada me apartaba de un abismo aún más profundo de placeres carnales, salvo el temor a la muerte y a Tu juicio venidero, que, en medio de todos mis cambios, nunca se apartó de mi pecho. Y en mis disputas con mis amigos Alipio y Nebridio sobre la naturaleza del bien y del mal, sostenía que Epicuro, en mi opinión, se había llevado la palma, de no ser porque creía que después de la muerte quedaba una vida para el alma y lugares de recompensa según los méritos de los hombres, cosa que Epicuro no creía. Y preguntaba: "Si fuéramos inmortales y viviéramos en perpetuo placer corporal, sin temor a perderlo, ¿por qué no habríamos de ser felices, o qué otra cosa deberíamos buscar?", sin saber que en esto mismo residía una gran miseria, pues, estando así hundido y cegado, no podía discernir aquella luz de excelencia y belleza que debe ser abrazada por sí misma, la cual el ojo de la carne no puede ver y es vista por el hombre interior. Ni yo, desdichado, consideraba de dónde provenía que incluso sobre estas cosas, por más viles que fueran, conversaba con placer con mis amigos, ni podía, aun según las ideas que entonces tenía de la felicidad, ser feliz sin amigos, por mucha abundancia de placeres carnales que tuviera. Y, sin embargo, amaba a estos amigos solo por ellos mismos, y sentía que ellos también me amaban solo por mí mismo.

¡Oh caminos torcidos! ¡Ay del alma audaz, que esperó, al abandonarte, obtener algo mejor! Se volvió y se volvió de nuevo, sobre la espalda, los costados y el vientre, pero todo era doloroso; y solo Tú eres descanso. Y he aquí, Tú estás cerca, y nos libras de nuestras miserables andanzas, y nos colocas en Tu camino, y nos consuelas, y dices: "Corre; yo te llevaré; sí, yo te haré pasar; allí también te llevaré."