Remedios desesperados · Thomas Hardy

9. DE OCHO Y MEDIA A ONCE DE LA NOCHE

Capítulo 68 de 99 · 1 min de lectura

Mientras tanto, Springrove caminaba de un lado a otro por el andén de llegada de la estación de tren. Las ocho y media —la hora en que debía llegar el tren de Owen— habían pasado, pero no aparecía ningún tren.

—¿Cuándo llegará el tren de las ocho y media? —preguntó a un hombre que barría el lodo de los escalones.

—No se le espera todavía en esta hora.

—¿Cómo es eso?

—Es por la época navideña, ya ve, siempre es así. La gente anda de un lado a otro para ver a sus amigos. Los trenes han estado igual desde la víspera de Navidad, y así seguirán por otra semana más.

Edward volvió a caminar y esperar bajo el techo ventoso. Le resultaba absolutamente imposible abandonar el lugar. Su mente estaba tan concentrada en la importancia de encontrarse con Owen e informarle del paradero de Cytherea, que no podía evitar imaginar que Owen podría salir de la estación sin ser visto si él se daba la vuelta, y perderlo en las calles de la ciudad.

La hora terminó. Sonaron las diez. —¿Cuándo llegará el tren? —preguntó Edward al encargado del telégrafo.

—En treinta y cinco minutos. Ahora está en L—. Llevan pasajeros extra y los rieles están en mal estado hoy.

Por fin, a las once menos cuarto, llegó el tren.

El primero en bajar fue Owen, pálido y con frío. Miró casualmente a su alrededor en el andén casi desierto, y se apresuraba hacia la salida cuando sus ojos se posaron en Edward. Al ver a su amigo, quedó completamente desconcertado y no pudo hablar.

—Aquí estoy, señor Graye —dijo Edward alegremente—. He visto a Cytherea, y ella lo ha estado esperando estas dos o tres horas.

Owen tomó la mano de Edward, la apretó y lo miró en silencio. Tal era la concentración de su mente, que no fue sino varios minutos después cuando pensó en preguntar cómo había logrado Springrove llegar antes que él.