Investigación sobre el entendimiento humano · David Hume

PARTE II.

Capítulo 10 de 19 · 8 min de lectura

58. Pero, para apresurarnos a concluir este argumento, que ya se ha extendido demasiado: hemos buscado en vano una idea de poder o conexión necesaria en todas las fuentes de donde podríamos suponer que se deriva. Parece que, en casos particulares de la operación de los cuerpos, nunca podemos, por más que indaguemos, descubrir otra cosa que un evento siguiendo a otro, sin poder comprender ninguna fuerza o poder por el cual la causa actúa, ni ninguna conexión entre ella y su supuesto efecto. La misma dificultad se presenta al contemplar las operaciones de la mente sobre el cuerpo, donde observamos que el movimiento de este último sigue a la voluntad de la primera, pero no somos capaces de observar ni concebir el vínculo que une el movimiento y la voluntad, ni la energía por la cual la mente produce este efecto. La autoridad de la voluntad sobre sus propias facultades e ideas no es en absoluto más comprensible: de modo que, en conjunto, no parece haber, en toda la naturaleza, un solo caso de conexión que podamos concebir. Todos los eventos parecen completamente sueltos y separados. Un evento sigue a otro; pero nunca podemos observar ningún lazo entre ellos. Parecen estar unidos, pero nunca conectados. Y como no podemos tener idea de nada que nunca haya aparecido a nuestro sentido externo o sentimiento interno, la conclusión necesaria parece ser que no tenemos ninguna idea de conexión o poder en absoluto, y que estas palabras carecen absolutamente de significado alguno, tanto en los razonamientos filosóficos como en la vida común.

59. Pero aún queda un método para evitar esta conclusión, y una fuente que todavía no hemos examinado. Cuando se nos presenta cualquier objeto o evento natural, nos es imposible, por más sagacidad o penetración que tengamos, descubrir, o siquiera conjeturar, sin experiencia, qué evento resultará de él, o llevar nuestra previsión más allá de ese objeto que está inmediatamente presente a la memoria y los sentidos. Incluso después de un caso o experimento en el que hemos observado que un evento particular sigue a otro, no estamos autorizados a formular una regla general, ni a predecir lo que ocurrirá en casos semejantes; pues se considera justamente una temeridad imperdonable juzgar el curso completo de la naturaleza a partir de un solo experimento, por muy preciso o certero que sea. Pero cuando una especie particular de evento siempre, en todos los casos, ha estado unida a otra, ya no tenemos reparo en predecir uno ante la aparición del otro, y en emplear ese razonamiento que solo puede asegurarnos sobre cualquier hecho o existencia. Entonces llamamos a un objeto, Causa; al otro, Efecto. Suponemos que existe alguna conexión entre ellos; algún poder en el uno, por el cual infaliblemente produce al otro, y actúa con la mayor certeza y necesidad.

Parece, entonces, que esta idea de una conexión necesaria entre los eventos surge de una cantidad de casos similares en los que ocurre la conjunción constante de estos eventos; ni puede esa idea ser sugerida jamás por uno solo de estos casos, observado desde todas las perspectivas posibles. Pero no hay nada en una cantidad de casos que sea diferente de cada caso individual, que se supone exactamente similar; salvo únicamente que, tras la repetición de casos similares, la mente es llevada por el hábito, al aparecer un evento, a esperar su acompañante habitual y a creer que existirá. Esta conexión, por lo tanto, que sentimos en la mente, esta transición acostumbrada de la imaginación de un objeto a su acompañante habitual, es el sentimiento o impresión de la que formamos la idea de poder o conexión necesaria. No hay nada más en el caso. Contemple el tema desde todos los ángulos; nunca encontrará otro origen para esa idea. Esta es la única diferencia entre un caso, del cual nunca podemos recibir la idea de conexión, y una cantidad de casos similares, por los cuales se sugiere. La primera vez que un hombre vio la transmisión de movimiento por impulso, como por el choque de dos bolas de billar, no pudo afirmar que un evento estaba conectado con el otro: solo que estaba unido al otro. Después de observar varios casos de esta naturaleza, entonces los declara conectados. ¿Qué cambio ha ocurrido para dar origen a esta nueva idea de conexión? Nada, salvo que ahora siente que estos eventos están conectados en su imaginación, y puede prever fácilmente la existencia de uno a partir de la aparición del otro. Cuando decimos, por lo tanto, que un objeto está conectado con otro, solo queremos decir que han adquirido una conexión en nuestro pensamiento, y dan lugar a esta inferencia, por la cual se convierten en pruebas de la existencia del otro: una conclusión algo extraordinaria, pero que parece fundada en pruebas suficientes. Ni su evidencia se verá debilitada por ninguna desconfianza general del entendimiento, ni por sospechas escépticas respecto a toda conclusión que sea nueva y extraordinaria. Ninguna conclusión puede ser más acorde con el escepticismo que aquellas que revelan la debilidad y los estrechos límites de la razón y la capacidad humanas.

60. ¿Y qué ejemplo más contundente puede presentarse de la sorprendente ignorancia y debilidad del entendimiento que el actual? Porque, sin duda, si hay alguna relación entre los objetos que nos conviene conocer perfectamente, es la de causa y efecto. Sobre ella se fundamentan todos nuestros razonamientos acerca de hechos o existencias. Solo mediante ella obtenemos alguna certeza sobre objetos que están fuera del testimonio presente de nuestra memoria y sentidos. La única utilidad inmediata de todas las ciencias es enseñarnos cómo controlar y regular los eventos futuros por medio de sus causas. Nuestros pensamientos e investigaciones, por lo tanto, están en todo momento ocupados en esta relación: sin embargo, tan imperfectas son las ideas que formamos sobre ella, que es imposible dar una definición justa de causa, salvo la que se deriva de algo externo y ajeno a ella. Los objetos similares siempre están unidos con similares. De esto tenemos experiencia. Conforme a esta experiencia, por lo tanto, podemos definir una causa como un objeto, seguido por otro, y donde todos los objetos similares al primero son seguidos por objetos similares al segundo. O, en otras palabras, donde, si el primer objeto no hubiera existido, el segundo nunca habría existido. La aparición de una causa siempre lleva a la mente, por una transición acostumbrada, a la idea del efecto. De esto también tenemos experiencia. Podemos, por lo tanto, conforme a esta experiencia, formular otra definición de causa, y llamarla un objeto seguido por otro, y cuya aparición siempre lleva el pensamiento a ese otro. Pero aunque ambas definiciones se derivan de circunstancias ajenas a la causa, no podemos remediar este inconveniente, ni alcanzar una definición más perfecta, que pueda señalar esa circunstancia en la causa que le da una conexión con su efecto. No tenemos idea de esa conexión, ni siquiera una noción clara de lo que deseamos saber cuando intentamos concebirla. Decimos, por ejemplo, que la vibración de esta cuerda es la causa de este sonido particular. Pero, ¿qué queremos decir con esa afirmación? O bien queremos decir que esta vibración es seguida por este sonido, y que todas las vibraciones similares han sido seguidas por sonidos similares; o bien, que esta vibración es seguida por este sonido, y que ante la aparición de una, la mente anticipa a los sentidos y forma inmediatamente una idea de la otra. Podemos considerar la relación de causa y efecto en cualquiera de estas dos perspectivas; pero más allá de estas, no tenemos idea de ella.

De acuerdo con estas explicaciones y definiciones, la idea de poder es tan relativa como la de causa; y ambas se refieren a un efecto, o a algún otro evento constantemente unido al primero. Cuando consideramos la circunstancia desconocida de un objeto, por la cual el grado o cantidad de su efecto es fijado y determinado, llamamos a eso su poder: y, en consecuencia, todos los filósofos admiten que el efecto es la medida del poder. Pero si tuvieran alguna idea del poder en sí mismo, ¿por qué no podrían medirlo en sí mismo? La disputa sobre si la fuerza de un cuerpo en movimiento es proporcional a su velocidad, o al cuadrado de su velocidad; esta disputa, digo, no necesitaría resolverse comparando sus efectos en tiempos iguales o desiguales, sino mediante una medición y comparación directas.

En cuanto al uso frecuente de las palabras fuerza, poder, energía, etc., que aparecen por doquier tanto en la conversación común como en la filosofía, ello no prueba en absoluto que conozcamos, en ningún caso, el principio de conexión entre causa y efecto, ni que podamos explicar en última instancia la producción de una cosa a partir de otra. Estas palabras, tal como se emplean habitualmente, tienen significados muy vagos asociados a ellas; y sus ideas son muy inciertas y confusas. Ningún animal puede poner en movimiento cuerpos externos sin el sentimiento de un esfuerzo o intento; y todo animal experimenta una sensación o sentimiento por el golpe o impacto de un objeto externo en movimiento. Estas sensaciones, que son meramente animales y de las cuales no podemos inferir nada a priori, tendemos a transferirlas a los objetos inanimados, y suponemos que ellos poseen sentimientos similares cada vez que transfieren o reciben movimiento. En cuanto a las energías que se ejercen sin que asociemos a ellas ninguna idea de movimiento comunicado, consideramos únicamente la conjunción constante experimentada de los eventos; y como sentimos una conexión habitual entre las ideas, transferimos ese sentimiento a los objetos; pues nada es más común que aplicar a los cuerpos externos toda sensación interna que ellos ocasionan.

61. Para recapitular, entonces, los razonamientos de esta sección: Toda idea es una copia de alguna impresión o sentimiento precedente; y donde no podemos encontrar ninguna impresión, podemos estar seguros de que no hay idea. En todos los casos individuales de la operación de cuerpos o mentes, no hay nada que produzca impresión alguna, ni, en consecuencia, que pueda sugerir idea alguna de poder o conexión necesaria. Pero cuando aparecen muchos casos uniformes y el mismo objeto es siempre seguido por el mismo evento, entonces comenzamos a concebir la noción de causa y conexión. Entonces sentimos un nuevo sentimiento o impresión, a saber, una conexión habitual en el pensamiento o la imaginación entre un objeto y su acompañante habitual; y este sentimiento es el origen de la idea que buscamos. Pues como esta idea surge de varios casos similares, y no de un solo caso, debe surgir de aquella circunstancia en la que el conjunto de casos difiere de cada caso individual. Pero esta conexión habitual o transición de la imaginación es la única circunstancia en que difieren. En todo lo demás, son iguales. El primer caso que vimos de movimiento comunicado por el choque de dos bolas de billar (para volver a esta ilustración evidente) es exactamente similar a cualquier caso que pueda ocurrírsenos ahora; salvo que, al principio, no podíamos inferir un evento a partir del otro, cosa que ahora podemos hacer después de tan largo curso de experiencia uniforme. No sé si el lector comprenderá fácilmente este razonamiento. Temo que, si multiplico las palabras al respecto o lo presento bajo más perspectivas, solo se volvería más oscuro e intrincado. En todos los razonamientos abstractos hay un punto de vista que, si logramos captar, avanzaremos más en la ilustración del tema que con toda la elocuencia y abundancia de expresión del mundo. Debemos esforzarnos por alcanzar ese punto de vista y reservar las flores de la retórica para temas más apropiados para ellas.

SECCIÓN VIII.

DE LA LIBERTAD Y LA NECESIDAD.