Investigación sobre el entendimiento humano · David Hume

SECCIÓN IX. — DE LA RAZÓN DE LOS ANIMALES.

Capítulo 13 de 19 · 6 min de lectura

82. Todos nuestros razonamientos acerca de hechos se fundamentan en una especie de analogía, que nos lleva a esperar de cualquier causa los mismos acontecimientos que hemos observado resultar de causas similares. Cuando las causas son completamente semejantes, la analogía es perfecta, y la inferencia que se extrae de ella se considera cierta y concluyente: nadie duda jamás, al ver un trozo de hierro, que tendrá peso y cohesión de partes, como en todos los demás casos que haya observado. Pero cuando los objetos no presentan una semejanza tan exacta, la analogía es menos perfecta y la inferencia menos concluyente; aunque todavía posee cierta fuerza, en proporción al grado de similitud y semejanza. Las observaciones anatómicas realizadas sobre un animal, mediante este tipo de razonamiento, se extienden a todos los animales; y es seguro que, cuando la circulación de la sangre, por ejemplo, se prueba claramente en una criatura, como una rana o un pez, se establece una fuerte presunción de que el mismo principio se da en todas. Estas observaciones analógicas pueden llevarse aún más lejos, incluso hasta esta ciencia de la que tratamos ahora; y cualquier teoría con la que expliquemos las operaciones del entendimiento, o el origen y la conexión de las pasiones en el hombre, adquirirá autoridad adicional si descubrimos que la misma teoría es necesaria para explicar los mismos fenómenos en todos los demás animales. Intentaremos esto respecto a la hipótesis con la que, en el discurso anterior, hemos tratado de explicar todos los razonamientos experimentales; y se espera que este nuevo punto de vista sirva para confirmar todas nuestras observaciones previas.

83. Primero, parece evidente que los animales, al igual que los hombres, aprenden muchas cosas por experiencia e infieren que los mismos acontecimientos siempre seguirán a las mismas causas. Por este principio llegan a conocer las propiedades más evidentes de los objetos externos y, gradualmente, desde su nacimiento, acumulan un conocimiento sobre la naturaleza del fuego, el agua, la tierra, las piedras, las alturas, las profundidades, etc., y sobre los efectos que resultan de su acción. La ignorancia e inexperiencia de los jóvenes se distinguen claramente aquí de la astucia y sagacidad de los viejos, quienes han aprendido, mediante larga observación, a evitar lo que les ha causado daño y a buscar lo que les ha proporcionado alivio o placer. Un caballo acostumbrado al campo conoce la altura adecuada que puede saltar y nunca intentará lo que exceda su fuerza y habilidad. Un galgo viejo dejará la parte más fatigosa de la caza a los más jóvenes y se colocará de tal modo que pueda interceptar a la liebre en sus giros; y las conjeturas que hace en esa ocasión no se fundamentan en otra cosa que en su observación y experiencia.

Esto es aún más evidente por los efectos de la disciplina y la educación en los animales, quienes, mediante la aplicación adecuada de recompensas y castigos, pueden ser enseñados a realizar cualquier acción, incluso las más contrarias a sus instintos y propensiones naturales. ¿No es acaso la experiencia la que hace que un perro tema el dolor cuando se le amenaza o se levanta el látigo para golpearlo? ¿No es también la experiencia la que le hace responder a su nombre e inferir, a partir de un sonido arbitrario, que se refieren a él y no a otro, y que se le llama cuando se pronuncia de cierta manera, con determinado tono y acento?

En todos estos casos, podemos observar que el animal infiere algún hecho más allá de lo que perciben inmediatamente sus sentidos; y que esta inferencia se basa completamente en la experiencia pasada, mientras la criatura espera del objeto presente las mismas consecuencias que siempre ha encontrado, en su observación, que resultan de objetos similares.

84. En segundo lugar, es imposible que esta inferencia del animal se base en algún proceso de argumento o razonamiento, mediante el cual concluya que acontecimientos semejantes deben seguir a objetos semejantes, y que el curso de la naturaleza será siempre regular en sus operaciones. Porque si en realidad existieran argumentos de este tipo, seguramente serían demasiado abstrusos para ser observados por entendimientos tan imperfectos; ya que puede requerir el máximo cuidado y atención de un genio filosófico descubrirlos y observarlos. Por lo tanto, los animales no se guían en estas inferencias por el razonamiento: tampoco los niños; tampoco la mayoría de los hombres, en sus acciones y conclusiones ordinarias; ni siquiera los filósofos, quienes, en todos los aspectos activos de la vida, son, en lo esencial, iguales a la gente común y se rigen por los mismos principios. La naturaleza debe haber provisto algún otro principio, de uso y aplicación más inmediatos y generales; y no puede confiarse una operación de tanta importancia vital, como la de inferir efectos a partir de causas, al incierto proceso del razonamiento y la argumentación. Si esto fuera dudoso respecto a los hombres, parece no admitir duda alguna respecto a los animales; y una vez firmemente establecida la conclusión en uno, tenemos una fuerte presunción, según todas las reglas de la analogía, de que debe admitirse universalmente, sin excepción ni reserva. Solo la costumbre lleva a los animales, a partir de cada objeto que impresiona sus sentidos, a inferir su acompañante habitual, y dirige su imaginación, desde la aparición de uno, a concebir el otro, de esa manera particular que denominamos creencia. No puede darse otra explicación de esta operación, en todas las clases superiores e inferiores de seres sensibles que caen bajo nuestra observación.

Puesto que todo razonamiento acerca de hechos o causas se deriva únicamente de la costumbre, puede preguntarse cómo es posible que los hombres superen tanto a los animales en el razonamiento, y que un hombre supere tanto a otro. ¿No tiene la misma costumbre la misma influencia en todos?

Aquí intentaremos explicar brevemente la gran diferencia en los entendimientos humanos; después de lo cual se comprenderá fácilmente la razón de la diferencia entre hombres y animales.

1. Cuando hemos vivido algún tiempo y nos hemos acostumbrado a la uniformidad de la naturaleza, adquirimos un hábito general, por el cual siempre transferimos lo conocido a lo desconocido y concebimos que esto último se asemeja a lo primero. Por medio de este principio habitual general, consideramos incluso un solo experimento como fundamento del razonamiento y esperamos un acontecimiento similar con cierto grado de certeza, cuando el experimento se ha realizado con precisión y libre de circunstancias ajenas. Por ello se considera de gran importancia observar las consecuencias de las cosas; y como un hombre puede superar mucho a otro en atención, memoria y observación, esto marcará una gran diferencia en su razonamiento.

2. Cuando hay una complicación de causas para producir un efecto, una mente puede ser mucho más amplia que otra y estar mejor capacitada para comprender todo el sistema de objetos e inferir correctamente sus consecuencias.

3. Un hombre es capaz de continuar una cadena de consecuencias mucho más lejos que otro.

4. Pocos hombres pueden pensar durante mucho tiempo sin caer en una confusión de ideas y confundir unas con otras; y existen diversos grados de esta debilidad.

5. La circunstancia de la que depende el efecto suele estar envuelta en otras circunstancias que son ajenas y externas. Separarla requiere a menudo gran atención, exactitud y sutileza.

6. La formación de máximas generales a partir de observaciones particulares es una operación muy delicada; y nada es más común, por apresuramiento o estrechez de mente, que no ve todos los aspectos, que cometer errores en este punto.

7. Cuando razonamos a partir de analogías, el hombre que tiene mayor experiencia o mayor prontitud para sugerir analogías será el mejor razonador.

8. Los prejuicios derivados de la educación, la pasión, la pertenencia a un partido, etc., influyen más en una mente que en otra.

9. Una vez que hemos adquirido confianza en el testimonio humano, los libros y la conversación amplían mucho más el ámbito de la experiencia y el pensamiento de un hombre que los de otro.

Sería fácil descubrir muchas otras circunstancias que marcan una diferencia en los entendimientos de los hombres.

85. Pero aunque los animales adquieren gran parte de su conocimiento a partir de la observación, también hay muchas partes de este que derivan de la mano original de la naturaleza; las cuales exceden con mucho la capacidad que poseen en circunstancias ordinarias, y en las que mejoran poco o nada, aun con la más larga práctica y experiencia. A esto lo denominamos instintos, y tendemos a admirarlo como algo muy extraordinario e inexplicable para todas las investigaciones del entendimiento humano. Pero nuestro asombro quizá cese o disminuya cuando consideramos que el razonamiento experimental mismo, que poseemos en común con las bestias y del cual depende toda la conducta de la vida, no es sino una especie de instinto o poder mecánico que actúa en nosotros sin que lo sepamos; y en sus operaciones principales, no está dirigido por relaciones o comparaciones de ideas, que son los objetos propios de nuestras facultades intelectuales. Aunque el instinto sea diferente, sigue siendo un instinto el que enseña a un hombre a evitar el fuego, tanto como aquel que enseña a un ave, con tal exactitud, el arte de la incubación y toda la economía y el orden de su nido.

SECCIÓN X.

DE LOS MILAGROS.