Investigación sobre el entendimiento humano · David Hume
PARTE II.
Capítulo 18 de 19 · 7 min de lectura
124. Puede parecer un intento sumamente extravagante por parte de los escépticos tratar de destruir la razón mediante argumentos y razonamientos; sin embargo, este es el objetivo principal de todas sus investigaciones y disputas. Procuran encontrar objeciones tanto a nuestros razonamientos abstractos como a aquellos que se refieren a hechos y a la existencia.
La principal objeción contra todos los razonamientos abstractos proviene de las ideas de espacio y tiempo; ideas que, en la vida cotidiana y a simple vista, son muy claras e inteligibles, pero que, al pasar por el escrutinio de las ciencias profundas (y son el principal objeto de estas ciencias), ofrecen principios que parecen llenos de absurdidad y contradicción. Ningún dogma sacerdotal, inventado con el propósito de domar y someter la razón rebelde de la humanidad, ha escandalizado tanto al sentido común como la doctrina de la divisibilidad infinita de la extensión, con sus consecuencias; tal como son pomposamente expuestas por todos los geómetras y metafísicos, con una especie de triunfo y exaltación. Una cantidad real, infinitamente menor que cualquier cantidad finita, que contiene cantidades infinitamente menores que ella misma, y así sucesivamente hasta el infinito; esto es un edificio tan audaz y prodigioso, que resulta demasiado pesado para que cualquier supuesta demostración lo sostenga, porque contradice los principios más claros y naturales de la razón humana. Pero lo que hace que el asunto sea aún más extraordinario es que estas opiniones aparentemente absurdas están respaldadas por una cadena de razonamientos, los más claros y naturales; y no nos es posible aceptar las premisas sin admitir las consecuencias. Nada puede ser más convincente y satisfactorio que todas las conclusiones sobre las propiedades de los círculos y triángulos; y sin embargo, una vez que estas son aceptadas, ¿cómo podemos negar que el ángulo de contacto entre un círculo y su tangente es infinitamente menor que cualquier ángulo rectilíneo, que al aumentar el diámetro del círculo hasta el infinito, este ángulo de contacto se vuelve aún menor, incluso hasta el infinito, y que el ángulo de contacto entre otras curvas y sus tangentes puede ser infinitamente menor que el de cualquier círculo y su tangente, y así sucesivamente, hasta el infinito? La demostración de estos principios parece tan irreprochable como aquella que prueba que los tres ángulos de un triángulo son iguales a dos rectos, aunque esta última opinión sea natural y sencilla, y la primera esté cargada de contradicción y absurdo. Aquí la razón parece quedar sumida en una especie de asombro y suspenso, que, sin la sugerencia de ningún escéptico, le infunde desconfianza de sí misma y del terreno que pisa. Ve una luz plena que ilumina ciertos lugares; pero esa luz limita con la oscuridad más profunda. Y entre ambas queda tan deslumbrada y confundida, que apenas puede pronunciarse con certeza y seguridad sobre ningún objeto.
Cualesquiera que sean las disputas sobre los puntos matemáticos, debemos admitir que existen puntos físicos; es decir, partes de la extensión que no pueden ser divididas ni disminuidas, ni por la vista ni por la imaginación. Estas imágenes, entonces, que están presentes en la fantasía o los sentidos, son absolutamente indivisibles y, en consecuencia, los matemáticos deben admitir que son infinitamente menores que cualquier parte real de la extensión; y sin embargo, nada parece más cierto para la razón que un número infinito de ellas compone una extensión infinita. Cuánto más un número infinito de esas partes infinitamente pequeñas de la extensión, que aún se suponen infinitamente divisibles.
125. La absurdidad de estas audaces determinaciones de las ciencias abstractas parece volverse, si es posible, aún más palpable en lo que respecta al tiempo que a la extensión. Un número infinito de partes reales del tiempo, pasando en sucesión y agotándose una tras otra, parece una contradicción tan evidente, que nadie, se podría pensar, cuyo juicio no esté corrompido, en vez de mejorado, por las ciencias, podría jamás admitirla.
Sin embargo, la razón debe permanecer inquieta e intranquila, incluso respecto a ese escepticismo al que la empujan estas aparentes absurdidades y contradicciones. Cómo una idea clara y distinta puede contener circunstancias contradictorias en sí misma, o con cualquier otra idea clara y distinta, es absolutamente incomprensible; y es, quizás, tan absurdo como cualquier proposición que pueda formularse. De modo que nada puede ser más escéptico, o más lleno de duda y vacilación, que este mismo escepticismo, que surge de algunas de las conclusiones paradójicas de la geometría o la ciencia de la cantidad.
Me parece que no es imposible evitar estas absurdidades y contradicciones, si se admite que no existen ideas abstractas o generales, propiamente hablando; sino que todas las ideas generales son, en realidad, particulares, asociadas a un término general, que recuerda, en ocasiones, otras particulares que se asemejan, en ciertas circunstancias, a la idea presente en la mente. Así, cuando se pronuncia el término Caballo, de inmediato imaginamos la idea de un animal negro o blanco, de un tamaño o figura particular: pero como ese término también suele aplicarse a animales de otros colores, figuras y tamaños, esas ideas, aunque no estén presentes en la imaginación, son fácilmente evocadas; y nuestro razonamiento y conclusión proceden de la misma manera, como si realmente estuvieran presentes. Si esto se admite (como parece razonable), se sigue que todas las ideas de cantidad, sobre las que razonan los matemáticos, no son más que particulares, y tales como son sugeridas por los sentidos y la imaginación, y, en consecuencia, no pueden ser infinitamente divisibles. Es suficiente con haber dejado caer esta sugerencia por el momento, sin desarrollarla más. Ciertamente, concierne a todos los amantes de la ciencia no exponerse al ridículo y desprecio de los ignorantes por sus conclusiones; y esta parece la solución más pronta a estas dificultades.
126. Las objeciones escépticas a la evidencia moral, o a los razonamientos sobre hechos, son de carácter popular o filosófico. Las objeciones populares provienen de la debilidad natural del entendimiento humano; las opiniones contradictorias que se han sostenido en diferentes épocas y naciones; las variaciones de nuestro juicio en la enfermedad y la salud, la juventud y la vejez, la prosperidad y la adversidad; la contradicción perpetua de las opiniones y sentimientos de cada individuo; junto con muchos otros temas de ese tipo. No es necesario insistir más en este punto. Estas objeciones son bastante débiles. Pues, en la vida común, razonamos a cada momento sobre hechos y existencia, y no podemos subsistir sin emplear continuamente este tipo de argumento, cualquier objeción popular que de ahí se derive debe ser insuficiente para destruir esa evidencia. El gran destructor del pirronismo o de los principios excesivos del escepticismo es la acción, el trabajo y las ocupaciones de la vida común. Estos principios pueden florecer y triunfar en las escuelas; donde, en efecto, es difícil, si no imposible, refutarlos. Pero tan pronto como abandonan la sombra y, por la presencia de los objetos reales que activan nuestras pasiones y sentimientos, se oponen a los principios más poderosos de nuestra naturaleza, se desvanecen como el humo y dejan al escéptico más resuelto en la misma condición que los demás mortales.
127. El escéptico, por lo tanto, haría mejor en mantenerse dentro de su esfera adecuada y exponer aquellas objeciones filosóficas que surgen de investigaciones más profundas. Aquí parece tener abundante motivo de triunfo; mientras insiste con razón en que toda nuestra evidencia respecto a cualquier hecho que va más allá del testimonio de los sentidos o la memoria, se deriva enteramente de la relación de causa y efecto; que no tenemos otra idea de esta relación que la de dos objetos que han estado frecuentemente unidos; que no tenemos argumento alguno para convencernos de que los objetos que, en nuestra experiencia, han estado frecuentemente unidos, lo estarán también en otras ocasiones de la misma manera; y que nada nos conduce a esta inferencia salvo la costumbre o cierto instinto de nuestra naturaleza; el cual, en efecto, es difícil de resistir, pero que, como otros instintos, puede ser falaz y engañoso. Mientras el escéptico insiste en estos temas, muestra su fuerza, o más bien, en realidad, su propia debilidad y la nuestra; y parece, al menos por un tiempo, destruir toda seguridad y convicción. Estos argumentos podrían ser expuestos con mayor amplitud, si alguna vez pudiera esperarse de ellos algún bien o beneficio duradero para la sociedad.
128. Pues aquí se encuentra la objeción principal y más desconcertante contra el escepticismo excesivo: que nunca puede derivarse de él ningún bien duradero mientras conserve toda su fuerza y vigor. Basta con preguntar a un escéptico de este tipo cuál es su propósito y qué pretende con todas estas curiosas investigaciones. De inmediato se ve en aprietos y no sabe qué responder. Un copernicano o un ptolemaico, que defienden cada uno su respectivo sistema de astronomía, pueden esperar producir una convicción que permanezca constante y duradera en su audiencia. Un estoico o un epicúreo exponen principios que tal vez no sean duraderos, pero que influyen en la conducta y el comportamiento. Pero un pirrónico no puede esperar que su filosofía ejerza una influencia constante en la mente; o si la tuviera, que esa influencia fuera beneficiosa para la sociedad. Por el contrario, debe reconocer, si es que reconoce algo, que toda la vida humana perecería si sus principios llegaran a prevalecer de manera universal y constante. Toda conversación, toda acción cesaría de inmediato, y los hombres quedarían en una total letargia, hasta que las necesidades de la naturaleza, insatisfechas, pusieran fin a su miserable existencia. Es cierto que un desenlace tan fatal es poco temido. La naturaleza siempre es demasiado fuerte para el principio. Y aunque un pirrónico pueda sumirse a sí mismo o a otros en un asombro y confusión momentáneos con sus profundas argumentaciones, el primer y más trivial acontecimiento de la vida disipará todas sus dudas y escrúpulos, y lo dejará igual, en todo punto de acción y especulación, que los filósofos de cualquier otra secta, o que aquellos que nunca se han interesado por investigaciones filosóficas. Cuando despierte de su sueño, será el primero en sumarse a la risa contra sí mismo y en confesar que todas sus objeciones no son más que un entretenimiento, y que no pueden tener otro propósito que mostrar la caprichosa condición de la humanidad, que debe actuar, razonar y creer, aunque no sea capaz, por más que lo intente, de satisfacerse respecto al fundamento de estas operaciones, ni de eliminar las objeciones que puedan plantearse contra ellas.



