Investigación sobre el entendimiento humano · David Hume

PARTE I.

Capítulo 6 de 19 · 10 min de lectura

34. La pasión por la filosofía, al igual que la pasión por la religión, parece estar sujeta a este inconveniente: que, aunque busca corregir nuestras costumbres y extirpar nuestros vicios, puede servir, por una gestión imprudente, para alimentar una inclinación predominante y empujar la mente, con resolución aún más firme, hacia aquel lado que ya la atrae demasiado, por la inclinación y propensión del temperamento natural. Es cierto que, mientras aspiramos a la magnánima firmeza del sabio filósofo y procuramos limitar nuestros placeres enteramente a nuestra propia mente, podemos, al final, volver nuestra filosofía, como la de Epicteto y otros estoicos, solo en un sistema más refinado de egoísmo, y razonar hasta excluir toda virtud así como todo goce social. Mientras estudiamos con atención la vanidad de la vida humana y dirigimos todos nuestros pensamientos hacia la naturaleza vacía y transitoria de las riquezas y los honores, quizá, todo el tiempo, estemos halagando nuestra natural indolencia, que, odiando el bullicio del mundo y el trabajo de los negocios, busca un pretexto racional para entregarse a sí misma sin restricción ni control. Sin embargo, hay una especie de filosofía que parece poco sujeta a este inconveniente, y ello porque no se asocia con ninguna pasión desordenada de la mente humana, ni puede mezclarse con ningún afecto o propensión natural; y esa es la filosofía Académica o Escéptica. Los académicos siempre hablan de duda y suspensión del juicio, del peligro de las determinaciones apresuradas, de limitar a márgenes muy estrechos las investigaciones del entendimiento y de renunciar a toda especulación que no se encuentre dentro de los límites de la vida y la práctica comunes. Nada, por tanto, puede ser más contrario que tal filosofía a la indolencia supina de la mente, a su arrogancia temeraria, a sus elevadas pretensiones y a su credulidad supersticiosa. Toda pasión es mortificada por ella, excepto el amor a la verdad; y esa pasión nunca es, ni puede ser, llevada a un grado excesivo. Es sorprendente, por tanto, que esta filosofía, que en casi todos los casos debe ser inofensiva e inocente, sea objeto de tanto reproche y difamación infundados. Pero, quizá, la misma circunstancia que la hace tan inocente es la que principalmente la expone al odio y resentimiento públicos. Al no halagar ninguna pasión irregular, gana pocos partidarios; al oponerse a tantos vicios y necedades, se granjea abundancia de enemigos, que la estigmatizan como libertina, profana e irreligiosa.

Tampoco debemos temer que esta filosofía, mientras procura limitar nuestras investigaciones a la vida común, llegue alguna vez a socavar los razonamientos de la vida común y lleve sus dudas tan lejos como para destruir toda acción, así como toda especulación. La naturaleza siempre mantendrá sus derechos y prevalecerá al final sobre cualquier razonamiento abstracto. Aunque concluyéramos, por ejemplo, como en la sección anterior, que en todos los razonamientos basados en la experiencia hay un paso dado por la mente que no está respaldado por ningún argumento o proceso del entendimiento, no hay peligro de que tales razonamientos, de los que depende casi todo conocimiento, se vean alguna vez afectados por tal descubrimiento. Si la mente no se ve impulsada por argumentos a dar ese paso, debe ser inducida por algún otro principio de igual peso y autoridad; y ese principio conservará su influencia mientras la naturaleza humana permanezca igual. Vale la pena investigar cuál es ese principio.

35. Supongamos que una persona, aunque dotada de las más fuertes facultades de razón y reflexión, es traída de repente a este mundo; observaría, en efecto, de inmediato una sucesión continua de objetos y un acontecimiento siguiendo a otro; pero no podría descubrir nada más. Al principio, no podría, por ningún razonamiento, alcanzar la idea de causa y efecto; ya que los poderes particulares por los que se realizan todas las operaciones naturales nunca se presentan a los sentidos; ni es razonable concluir, simplemente porque un acontecimiento, en un caso, precede a otro, que por ello uno es la causa y el otro el efecto. Su unión puede ser arbitraria y casual. Puede no haber razón para inferir la existencia de uno a partir de la aparición del otro. Y, en resumen, tal persona, sin más experiencia, nunca podría emplear su conjetura o razonamiento respecto a ningún hecho, ni estar segura de nada más allá de lo que estuviera inmediatamente presente a su memoria y sentidos.

Supongamos, de nuevo, que ha adquirido más experiencia y ha vivido lo suficiente en el mundo como para haber observado que objetos o acontecimientos familiares están constantemente unidos entre sí; ¿cuál es la consecuencia de esta experiencia? Inmediatamente infiere la existencia de un objeto a partir de la aparición del otro. Sin embargo, no ha adquirido, por toda su experiencia, ninguna idea o conocimiento del poder secreto por el cual un objeto produce al otro; ni es por ningún proceso de razonamiento que se ve impulsado a sacar esta inferencia. Pero aun así se encuentra determinado a hacerlo: y aunque estuviera convencido de que su entendimiento no interviene en la operación, continuaría, no obstante, en el mismo modo de pensar. Hay algún otro principio que lo determina a formar tal conclusión.

36. Este principio es la costumbre o el hábito. Pues siempre que la repetición de un acto u operación particular produce una propensión a renovar el mismo acto u operación, sin ser impulsados por ningún razonamiento o proceso del entendimiento, decimos siempre que esta propensión es efecto de la costumbre. Al emplear esa palabra, no pretendemos haber dado la razón última de tal propensión. Solo señalamos un principio de la naturaleza humana, que es universalmente reconocido y bien conocido por sus efectos. Quizá no podamos llevar nuestras investigaciones más lejos, ni pretender dar la causa de esta causa; sino que debemos contentarnos con ella como el principio último que podemos asignar a todas nuestras conclusiones derivadas de la experiencia. Es suficiente satisfacción poder llegar hasta aquí, sin lamentar la limitación de nuestras facultades porque no nos lleven más allá. Y es cierto que aquí avanzamos, al menos, una proposición muy inteligible, si no verdadera, cuando afirmamos que, tras la constante conjunción de dos objetos—el calor y la llama, por ejemplo, el peso y la solidez—, es solo la costumbre la que nos determina a esperar uno a partir de la aparición del otro. Esta hipótesis parece incluso la única que explica la dificultad de por qué sacamos, de mil casos, una inferencia que no podemos sacar de un solo caso, que en nada difiere de ellos. La razón es incapaz de tal variación. Las conclusiones que extrae al considerar un círculo son las mismas que formaría al examinar todos los círculos del universo. Pero ningún hombre, habiendo visto solo un cuerpo moverse tras ser impulsado por otro, podría inferir que todos los demás cuerpos se moverán tras un impulso similar. Todas las inferencias basadas en la experiencia, por tanto, son efectos de la costumbre, no del razonamiento.

Nada es más útil que los escritores, incluso sobre temas morales, políticos o físicos, distingan entre razón y experiencia, y supongan que estos tipos de argumentación son enteramente diferentes entre sí. Las primeras se consideran el mero resultado de nuestras facultades intelectuales, que, al considerar a priori la naturaleza de las cosas y examinar los efectos que deben seguirse de su operación, establecen principios particulares de ciencia y filosofía. Las segundas se suponen derivadas enteramente de los sentidos y la observación, por los cuales aprendemos lo que realmente ha resultado de la operación de objetos particulares, y de ahí podemos inferir lo que en el futuro resultará de ellos. Así, por ejemplo, las limitaciones y restricciones del gobierno civil y de una constitución legal pueden ser defendidas, ya sea por la razón, que, reflexionando sobre la gran fragilidad y corrupción de la naturaleza humana, enseña que ningún hombre puede ser confiado con autoridad ilimitada sin peligro; o por la experiencia y la historia, que nos informan de los enormes abusos que la ambición, en toda época y país, ha hecho de una confianza tan imprudente.

La misma distinción entre razón y experiencia se mantiene en todas nuestras deliberaciones sobre la conducta de la vida; mientras que el estadista, general, médico o comerciante experimentado es confiado y seguido, y el novato sin práctica, por muchos talentos naturales que posea, es descuidado y despreciado. Aunque se admita que la razón puede formar conjeturas muy plausibles respecto a las consecuencias de tal conducta en tales circunstancias particulares, todavía se la considera imperfecta sin la ayuda de la experiencia, que es la única capaz de dar estabilidad y certeza a las máximas derivadas del estudio y la reflexión.

Pero aunque esta distinción sea así universalmente aceptada, tanto en las escenas activas como especulativas de la vida, no vacilaré en afirmar que, en el fondo, es errónea, o al menos superficial.

Si examinamos aquellos argumentos que, en cualquiera de las ciencias antes mencionadas, se suponen meros efectos del razonamiento y la reflexión, veremos que finalmente desembocan en algún principio o conclusión general, para la cual no podemos asignar otra razón que la observación y la experiencia. La única diferencia entre ellos y aquellos axiomas que comúnmente se consideran el resultado de la pura experiencia, es que los primeros no pueden establecerse sin algún proceso de pensamiento y cierta reflexión sobre lo que hemos observado, para distinguir sus circunstancias y rastrear sus consecuencias; mientras que, en los segundos, el hecho experimentado es exactamente y por completo familiar a aquello que inferimos como resultado de una situación particular. La historia de un TIBERIO o un NERÓN nos hace temer una tiranía similar, si nuestros monarcas quedaran libres de las restricciones de las leyes y los senados; pero la observación de cualquier fraude o crueldad en la vida privada es suficiente, con la ayuda de un poco de reflexión, para darnos la misma aprensión, al servir como ejemplo de la corrupción general de la naturaleza humana y mostrarnos el peligro que corremos al depositar una confianza total en la humanidad. En ambos casos, es la experiencia la que, en última instancia, fundamenta nuestra inferencia y conclusión.

No hay hombre tan joven e inexperto que no haya formado, a partir de la observación, muchas máximas generales y acertadas sobre los asuntos humanos y la conducta de la vida; pero debe reconocerse que, cuando un hombre intenta ponerlas en práctica, será sumamente propenso al error, hasta que el tiempo y una experiencia mayor amplíen esas máximas y le enseñen su uso y aplicación adecuados. En cada situación o incidente, existen muchas circunstancias particulares y aparentemente insignificantes que el hombre de mayor talento tiende, al principio, a pasar por alto, aunque de ellas dependa por completo la justeza de sus conclusiones y, en consecuencia, la prudencia de su conducta. Sin mencionar que, para un principiante, las observaciones y máximas generales no siempre surgen en las ocasiones apropiadas, ni pueden aplicarse de inmediato con la debida calma y distinción. La verdad es que un razonador inexperto no podría razonar en absoluto, si fuera completamente inexperto; y cuando atribuimos ese carácter a alguien, lo hacemos solo en un sentido comparativo, y suponemos que posee experiencia en un grado menor y más imperfecto.

La costumbre, entonces, es la gran guía de la vida humana. Es ese principio, y solo ese, el que hace útil nuestra experiencia y nos lleva a esperar, en el futuro, una secuencia de acontecimientos similar a la que ha ocurrido en el pasado.

Sin la influencia de la costumbre, estaríamos completamente ignorantes de cualquier hecho más allá de lo que está inmediatamente presente a la memoria y los sentidos. Nunca sabríamos cómo ajustar los medios a los fines, ni emplear nuestras facultades naturales en la producción de algún efecto. Toda acción, así como la mayor parte de la especulación, cesaría de inmediato.

37. Pero aquí conviene señalar que, aunque nuestras conclusiones a partir de la experiencia nos lleven más allá de la memoria y los sentidos, y nos aseguren hechos que ocurrieron en los lugares más distantes y en las épocas más remotas, siempre debe haber algún hecho presente a los sentidos o la memoria, a partir del cual podamos comenzar a extraer esas conclusiones. Un hombre que encontrara en un país desértico los restos de edificios suntuosos concluiría que ese país, en tiempos antiguos, fue cultivado por habitantes civilizados; pero si nada de esto se le presentara, nunca podría formar tal inferencia. Aprendemos los acontecimientos de épocas pasadas por la historia; pero debemos leer los volúmenes en los que se contiene esa instrucción, y de ahí remontar nuestras inferencias de un testimonio a otro, hasta llegar a los testigos presenciales y espectadores de esos hechos lejanos. En resumen, si no partimos de algún hecho presente a la memoria o los sentidos, nuestros razonamientos serían meramente hipotéticos; y aunque los eslabones particulares pudieran estar conectados entre sí, toda la cadena de inferencias no tendría nada que la sostuviera, ni podríamos, por su medio, alcanzar el conocimiento de ninguna existencia real. Si pregunto por qué crees en algún hecho particular que relatas, debes darme alguna razón; y esa razón será otro hecho relacionado con él. Pero como no puedes proceder de este modo hasta el infinito, finalmente debes terminar en algún hecho presente a tu memoria o sentidos; o debes admitir que tu creencia carece por completo de fundamento.

38. ¿Cuál es, entonces, la conclusión de todo esto? Una simple, aunque, debe reconocerse, bastante alejada de las teorías filosóficas comunes. Toda creencia en hechos o existencias reales se deriva únicamente de algún objeto presente a la memoria o los sentidos, y de una conjunción habitual entre ese objeto y algún otro. O, en otras palabras: habiendo encontrado, en muchos casos, que dos tipos de objetos—llama y calor, nieve y frío—siempre han estado unidos, si la llama o la nieve se presentan de nuevo a los sentidos, la mente es llevada por la costumbre a esperar calor o frío, y a creer que tal cualidad existe y se manifestará al acercarse más. Esta creencia es el resultado necesario de situar la mente en tales circunstancias. Es una operación del alma, cuando nos hallamos en esa situación, tan inevitable como sentir la pasión del amor al recibir beneficios, o el odio al recibir agravios. Todas estas operaciones son una especie de instintos naturales, que ningún razonamiento o proceso del pensamiento y el entendimiento puede producir ni evitar.

En este punto, sería muy razonable detener nuestras investigaciones filosóficas. En la mayoría de las cuestiones nunca podemos avanzar ni un solo paso más; y en todas las cuestiones debemos terminar aquí finalmente, después de nuestras más inquietas y curiosas indagaciones. Pero aún así, nuestra curiosidad será disculpable, quizá encomiable, si nos lleva a investigaciones aún más profundas y nos hace examinar con mayor precisión la naturaleza de esta creencia y de la conjunción habitual de la que se deriva. De este modo, podríamos encontrar algunas explicaciones y analogías que nos satisfagan, al menos a quienes aman las ciencias abstractas y pueden entretenerse con especulaciones que, por muy precisas que sean, aún conservan cierto grado de duda e incertidumbre. En cuanto a los lectores de gusto diferente, la parte restante de esta sección no está pensada para ellos, y las indagaciones siguientes pueden entenderse bien, aunque se omitan.