Erik Dorn · Ben Hecht

Capítulo III

Capítulo 10 de 36 · 24 min de lectura

Dentro y fuera de las atestadas salas de los tribunales de la ciudad, George Hazlitt perseguía su carrera. Sepultado en el bullicio de palabras, su voz resonaba día tras día con un vigor firme y autoconsciente. Para los mil y un charlatanes que lo rodeaban, la ley era un juego lucrativo en el que se enfrentaban lugares comunes con frases hechas, precedentes legales del Estado de Illinois con precedentes legales del Estado de Indiana; en el que el bien y el mal eran solo un barajar de palabras y el castigo del pecado dependía de la agudeza mental del abogado.

Sin embargo, en Hazlitt había un fervor puritano que resistía el atractivo de la conveniencia. No entraba a los tribunales para hacer malabares con las palabras ni buscar resquicios legales para obtener dudosas absoluciones para sus clientes. Su profesión era parte de su naturaleza. La veía como un campo de batalla en el que, bajo el murmullo y el parloteo, el bien y el mal se enfrentaban sin cesar. El bien siempre triunfando. El mal siempre yendo a la cárcel a pesar de habeas corpus, autos y duces tecum.

Cuestionar la nobleza del alma de Hazlitt sería una evasiva. Entre sus amigos había hombres de integridad dudosa, con escrúpulos elásticos y conciencias maleables. Pero el escepticismo chocaba en vano contra la armadura de Hazlitt. En él había nacido auténticamente la manía por la conformidad. Era un fiscal por naturaleza. Contra todo lo que no se conformaba, contra todo lo que buscaba alguna expresión más allá del tic-tac de la vida, él era una fuerza—un apóstol con espada. Hombres que fingían virtudes tan implacables como las suyas solían mirarlo con recelo. La virtud engendra escepticismo entre los virtuosos. Pero había una diferencia en Hazlitt.

La base de su filosofía era doble. Incluía una furia contra los soñadores y una furia contra los infractores de la ley. Los infractores de la ley eran hombres y mujeres que sacrificaban el bienestar y la seguridad de muchos por satisfacer sus propias avideces y deseos. Observaba las actividades de los infractores con un sentido de indignación personal. Él, Hazlitt, era parte de la sociedad—una unidad consciente de un estado mental, estado mental cuidadosamente redactado en editoriales de libros de texto y en tablas entregadas por Dios desde la cima de una montaña. Hombres que robaban, engañaban, golpeaban a sus esposas, abandonaban a sus familias, seducían mujeres, eludían responsabilidades, eran enemigos en su propio umbral. Debían ser castigados, mentalmente por él; físicamente por la sociedad a la que pertenecía.

El castigo de los malhechores hacía más que eliminarlos de su umbral. Reivindicaba su propia virtud. La virtud aumenta en proporción directa a su capacidad para distinguir el mal. La denuncia de los malhechores era la jactancia de George Hazlitt: "Yo no soy uno de ellos." Cuanto más vigorosa la denuncia, más vigorosa la jactancia. La ejecución de un hombre por el crimen de asesinato era una recompensa pagada a George Hazlitt por su abstinencia de derramamiento de sangre. El encarcelamiento de un seductor ofrecía una recompensa tangible por la autodisciplina que él, como no seductor, practicaba.

Aparte de las satisfacciones que su virtud obtenía al establecer su superioridad ayudando espiritualmente en el castigo de los no virtuosos, su furia contra los infractores de la ley se basaba igualmente en su devoción a la ley. Veía en las calles ordenadas, en las millas de casas, en el comercio y el gobierno funcionando sin tropiezos de su época, un triunfo del hombre sobre sus instintos más bajos. Los instintos más bajos del hombre eran impulsos que anhelaban el desorden. De este triunfo Hazlitt se sentía parte.

El desorden le parecía no solo ilegal, sino degradante. La misma virtud que le impedía pasear en pijama por el bulevar se agitaba con indignación ante la confusión que acompañaba una huelga de tranvías. Su inteligencia, aferrada como un parásito militante a la estabilidad de la vida, resentía toda agitación, material o espiritual, todo violador que alterara el equilibrio al que él estaba sujeto.

Contra los soñadores su furia era aún más profunda y parte de su fibra. En el tic-tac de la vida Hazlitt veía una perfección—una evolución surgida de siglos de manía y desorden. El tic-tac era una perfección cuyo principio básico era el respeto por los demás. Este respeto, surgido del miedo del hombre al hombre y asegurando una protección mutua contra sus hábitos depredadores, era para Hazlitt una religión. Se negaba placeres y expresiones convenientes para sus impulsos con tal de evitar a otros molestias e inconvenientes. Y su naturaleza exigía un sacrificio similar de sus semejantes—como recompensa y símbolo de su propia corrección. Tal explicación de su conducta como: es más fácil seguir los deseos de otros que expresar los propios, habría sido para Hazlitt un sacrilegio espiritual y legal.

En los soñadores, el joven abogado percibía un esfuerzo mal disimulado por evadir esta responsabilidad primordial hacia él y la sociedad de la que era parte inseparable. Hombres que caminaban con la cabeza en las nubes seguramente pisarían los pies de alguien. Los soñadores eran bribones o lunáticos que buscaban justificar su ineptitud para la sociedad ridiculizándola como indigna y fantaseando sobre nuevos valores y normas que serían más amables con sus debilidades. Había soñadores políticos y soñadores en la moral y el arte. Hazlitt los agrupaba a todos, los marcaba con una furia idéntica y los desechaba con una sola palabra: "locos".

Los soñadores desafiaban su sentido de superioridad insinuando estados del alma y estados sociales superiores a los que él ya ocupaba. Los soñadores lo perturbaban. Quizá por eso los odiaba más. Sus fantasías a veces lo arrastraban a momentos de desorden, momentos de duda tan repugnantes para su espíritu como lo eran las llagas para su piel. Además, los soñadores tenían sus campeones—hombres y mujeres que aplaudían sus escritos demente y celebraban sus teorías lunáticas.

El castigo de los infractores de la ley reivindicaba su propia virtud. Pero su furia contra los soñadores era tal que su castigo no le ofrecía ningún sentido de reivindicación satisfactoria. Sus diatribas y burlas contra criaturas que anhelaban, hacían muecas—neurasténicos, en suma—no le dejaban ningún sentimiento noble de la suficiencia victoriosa de sí mismo. Así, para ocultarse de las dudas que siempre amenazaban con aparecer, le era necesario asumir una actitud de ferocidad no del todo sincera. Por eso leía con devoción discursos políticos y críticas de arte que denunciaban a los fantasistas de su época, y de ellos tomaba invectivas elaboradas. Sin embargo, su invectiva parecía una vaga defensa de sí mismo, quien no debería necesitar defensa, y así de nuevo la duda alzaba un tenue triunfo en su corazón.

"Sí, soy un reaccionario", solía decir. "Estoy a favor de las buenas cosas antiguas de la vida. Cosas que significan algo." Y aun esta definición de fe lo dejaba insatisfecho.

La paradoja de George Hazlitt residía en el hecho de que él mismo era un soñador. Los campeones del orden y los campeones del desorden comparten en cierto modo una similitud de impulsos imaginativos.

Habían pasado seis meses desde que Hazlitt había llorado en las escaleras al salir de la habitación de Rachel. Ahora, con los ojos secos y la mente clara, se sentaba una tarde de invierno en su entorno elegido—el bullicio y el desorden de un tribunal. Sus portafolios estaban listos. Sus libros de derecho habían sido devueltos a su oficina.

Esperaba junto a una joven de rostro vivaz que retorcía un pañuelo húmedo de lágrimas entre sus manos. El jurado, que durante tres semanas había escuchado la historia de la joven que asesinó a un interno de hospital que la había seducido y posteriormente se negó a casarse con ella, había salido del estrado para decidir ahora si la joven debía ser ahorcada, encarcelada o liberada. Las emociones que acompañaron el juicio habían provocado una reacción en Hazlitt. De repente, parecía haber perdido interés en la defensa de la joven agraviada. Esto a pesar de que durante tres semanas había mantenido un alto grado de indignación contra el canalla que había violado a su clienta y posteriormente la había enloquecido con crueldades aún más abominables.

Las palabras finales de Hazlitt ante el jurado sobre la mujer deshonrada y la despiadada bestialidad de ciertos tipos masculinos habían sido algo más que una oratoria legal. En ellas se había expresado a sí mismo y había pasado dos días completos perdido en la admiración de los ecos de su grandilocuencia... "Hombres que siguen los viles dictados de su naturaleza inferior, que siembran vientos y esperan cosechar rosas; hombres cínicos, sin alma, que toman a una mujer como quien toma un guante, para usarlo, admirarlo y desecharlo; hombres depravados que merodean como demonios tras los pasos de la virtud, adulando su camino hasta el puro corazón de la inocencia y saciando sus bestiales hambres en los más finos frutos de la vida—la belleza y el sacrificio del primer amor de una doncella—¿son tales criaturas hombres o demonios, señores del jurado?" Y luego... "despreciada, burlada por las mofas de uno de estos víboras, sus súplicas respondidas con risas y golpes de puño, el alma de Pauline Pollard se oscureció de repente. Donde antes había cordura, inocencia y amor, ahora llegó la locura. La mente de la joven—como dulces campanas desafinadas—ya no traía el alto mensaje de la razón a su corazón. Nosotros, sentados aquí en esta soleada sala de audiencias, señores, podemos pensar y razonar. Pero Pauline Pollard, luchando en el abrazo de un salvaje burlón, escuchando sus diabólicas burlas a su virtud—la virtud que él le había robado—¡ah! el alma y la mente de Pauline Pollard desaparecieron en la oscuridad. La ley es la ley, señores. Nadie la respeta más que yo. Si esta muchacha mató a un hombre fríamente y con la razón funcionando en su mente, es culpable. ¡Cuélguenla, señores del jurado! Pero, señores, la ley bajo la que vivimos, ustedes y yo y todos nosotros, también dice, y sabiamente, que una mente no responsable de sus actos, un alma cuyo equilibrio ha sido destruido por los gritos de la locura, no debe ser considerada culpable..."

El jurado que había escuchado con mal disimulada envidia el relato de las promiscuas hazañas amorosas del interno, escuchó a Hazlitt y de pronto experimentó una noble ira contra el difunto. De las floridas palabras del joven abogado, una pregunta se disparó en la mente de los jurados. El difunto había hecho lo que todos ellos deseaban hacer, pero no se atrevían. Ese demonio sonriente y sin escrúpulos de un interno hospitalario había tomado alegremente lo que deseaba y desechado con igual alegría lo que no deseaba. Los doce hombres buenos y verdaderos pensaron en sus esposas, a quienes no deseaban y sin embargo conservaban. Y en las jóvenes y las cosas de carne y espíritu que deseaban con cada latido de vida y sin embargo no tomaban. ¿Era esta terrible negación que, por razones más allá de sus cerebros incompletos, se imponían a sí mismos, un asunto sin sentido ni provecho? El afable interno estaba muerto y, lamentablemente, fuera de su castigo. Sin embargo, el hecho de que hubiera vivido exigía una protesta—alguna expresión definida que arrojara un halo sobre su propia sumisión a mujeres que no deseaban, y su propia negación a mujeres que sí deseaban. La ley, cuyas disposiciones de palabras son omniscientes, proveía tal halo.

El Dr. Hamel, el interno en cuestión, estaba muerto y enterrado, y por lo tanto, propiamente hablando, no estaba siendo juzgado. Tampoco Pauline Pollard estaba en juicio. Las personas en juicio eran doce hombres buenos y verdaderos a quienes se les pedía decidir, de manera algo dramática, si estaban en lo correcto al vivir de una manera persistentemente repugnante para ellos; si alguien más podía salirse con la suya en algo que ellos mismos, sin atreverse a intentar, identificaban amargamente como pecado.

En treinta minutos el todavía indignado jurado iba a entrar y pronunciar su digna protesta. Pauline Pollard volvería a ser libre. Y doce hombres regresarían a sus hogares con la elevada sensación de haber impartido justicia, no a Pauline ni a su amoroso interno, sino a sí mismos.

Especulación tentadora, el sí o no de estos doce hombres, hace tres días. Pero ahora Hazlitt se sentaba con una extraña indiferencia en su pensamiento. La multitud que esperaba ávidamente el momento dramático del veredicto; viviendo vicariamente la tensión de la acusada—lo deprimía. Los reporteros de los periódicos revoloteando alrededor, organizándose en relevos entre la mesa de prensa y la puerta, lo deprimían aún más. Se sentía en otro lugar, y la escena era una realidad que se interponía.

Había un sueño en Hazlitt que a veces se encendía como una luz y revelaba el vacío de la vida sin Rachel, el vacío de las salas de audiencias, los veredictos, las multitudes. Sí, incluso el vacío de la lucha entre el bien y el mal. Ahora pensaba en ella, contrastando la figura virginal de ella con la tosquedad de aquello en lo que había estado involucrado. Había algo en ella... algo... algo. Y el viejo estribillo de su sueño, como una balada popular que persigue, comenzó de nuevo aquí, en la abarrotada sala del tribunal.

Recordaba los ojos de Rachel, los rápidos gestos de sus manos ya adultas que siempre se movían como en repentinos pensamientos tardíos. Virginal era la palabra que más a menudo le venía a la mente. No la virginidad que es un picante preludio al sensualismo. Ella siempre sería virginal, incluso después de casarse. En sus brazos seguiría siendo virginal, porque había algo en ella, algo más allá de la carne. Su corazón se ahogaba al recordarlo, y su rostro se entristecía. Algo que no podía ver ni encerrar en un círculo de palabras, que no existía para sus ojos ni su pensamiento, y sin embargo debía seguir. Incluso después de haberla conquistado, seguiría existiendo esa cosa que no podía ver; que arrastraba una canción de ensueño en su corazón y lo mantenía buscando a tientas los lejanos labios de la cantante. Sí, se casarían. Ella se había negado a verlo dos veces desde la noche en que él había llorado en la escalera, al dejarla. Pero los recuerdos de esa noche se habían acomodado. Había visto amor en los ojos de Rachel al tomarle la mano. Ella le había reído amor, le había dado por un instante la visión de lugares iluminados por la belleza esperándolo. El resto había sido... neurastenia. Así había olvidado sus palabras y sus lágrimas y el vívido momento en que se había visto reflejado en sus ojos como un horror. Había intentado verla dos veces. Seguiría intentándolo, y algún día ella volvería a abrirle la puerta, riendo, susurrando... "Estoy tan sola. Me alegra que hayas venido." Mientras tanto, seguiría enviándole cartas. Una vez por semana le había estado escribiendo, diciéndole que la amaba. No habían llegado respuestas. Pero esto, curiosamente, no lo enojaba. No escribía tanto a Rachel como al sueño de ella. Ella permanecía intacta en su silencio... como él la conocía... un ser distante, virginal, cuya presencia en el mundo era su propia canción.

Hubo una conmoción. Hazlitt miró a su alrededor y vio rostros extraños iluminarse, ojos extraños brillar en el crepúsculo eléctrico. Afuera caía nieve. La mano de Pauline apretó su antebrazo. Sus dedos ardían. Golpes de un mazo pidiendo silencio. El juez habló. Un hombre de rostro triste, con un bigote espeso que luchaba contra sus palabras, se puso de pie en el estrado del jurado y habló. En un vasto silencio, un secretario junto al estrado del juez aclaró su voz, humedeció sus labios y habló.

Así que había ganado otro caso. Pauline era libre. Nieve afuera y filas de ventanas iluminadas. Ella estaba alterada. Que llorara un rato. Nieve afuera. Tres semanas y un día. Todos parecían contentos con el veredicto. La gente era buena en el fondo. Un triunfo para la decencia los animaba. La gente no era vengativa en el fondo, solo decente. Felicitaciones... "¡Gracias, gracias! No, la señorita Pollard no tiene nada que decir ahora. Está demasiado emocionada. Mañana..." ¡La prensa insistente! ¿Qué esperaban que dijera? Absurdo la forma en que seguían entrevistándola. Probablemente la nieve paralizaría el tráfico. Comer en el centro...

"Cuando guste, señorita Pollard."

"Oh, debo agradecer a los jurados."

Apretones de manos. Doce hombres buenos con rostros relajados. "Vamos, vamos, jovencita. Vuelva a empezar. Solo cumplimos con nuestro deber y lo que era justo para usted."

Todos estiraron las piernas. La señora Hamel sollozaba. Bueno, era su madre. Solo habría satisfecho sus bajos instintos de venganza encarcelar a Pauline.

"Muy bien, señorita Pollard." Él tomó su brazo. Curioso, qué diferencia había hecho el veredicto en ella. Ahora era una mujer como cualquier otra... Su abrigo tal vez sirviera otra temporada... Linda chica. Difícil acostumbrarse a la idea de que ya no era una acusada.

"Por aquí, señorita Pollard"... Llevarla a un taxi y enviarla a casa. Si es que lograba salir. ¿Qué satisfacción encontraban las mujeres en besarse y abrazarse unas a otras? "Gracias a Dios, Pauline. Oh, estoy tan feliz"... Amigas. Bueno, pronto volvería con ellas, y en un mes más o menos todo habría pasado.

¡Por fin! Hazlitt parpadeó. El torbellino de nieve y las multitudes saliendo de los edificios le dieron por un instante la sensación de haber entrado en un mundo extraño. El frío intenso le devolvió sus energías dispersas y la conciencia de su victoria en la sala le trajo un resplandor tardío. Era joven, iba en ascenso, capaz de conquistar el éxito.

Hazlitt sintió de pronto una vigorosa afinidad hacia el enjambre de cuerpos que se deslizaba entre la nevada. Un contacto con otros... un contacto agradable, reconfortante. ¿Qué más era la vida, después de todo? Un calor en el corazón que provenía del conocimiento de un trabajo bien y honestamente hecho. Mirar al mundo directamente a los ojos y decir: "No tienes secretos y yo no tengo secretos. Somos amigos."

"¿Vamos a su oficina, señor Hazlitt?"

¿Por qué ahí? Hazlitt sonrió a la joven. Ella era libre. Le dio una palmada a la mano enguantada en su brazo y se sorprendió al ver que los ojos de ella se llenaban de lágrimas.

"Quisiera hablar con usted... ahora que todo terminó. Me siento perdida. De verdad." Ella le devolvió la sonrisa como quien se empeña en ser valiente, aunque esté perdida.

La nieve ocultaba los edificios y dejaba que las luces de sus ventanas flotaran a la deriva. Los rostros que pasaban sonreían como si dijeran: "Hola, todos estamos juntos en la misma nieve, sin secretos entre nosotros... Todos amigos"... Hazlitt caminaba con la joven por las calles. El tráfico y la multitud eran amigos íntimos y él les hablaba dándole una palmada a la mano de Pauline. Una palmada de todo-está-bien-en-el-mundo.

"Octavo piso, por favor..."

El ascensor se detuvo con un vaivén y ellos salieron al pasillo. Mujeres de rostro enjuto reptaban pacientemente por el suelo. Arrastraban brochas mojadas delante de sí, exprimían trapos sobre baldes y avanzaban un poco más. Hazlitt sonrió. Esto también era parte de la vida: mantener los pisos del edificio limpios. Él ganaba casos legales. Las ancianas fregaban pisos. Todo encajaba en un patrón ordenado con un gran sentido en su orden. Se detuvo un momento para admirar la limpieza de la superficie lavada. Homenaje al trabajo de otros, de ancianas de rodillas fregando pisos.

"Bueno, todo ha terminado, señorita Pollard."

Ella estaba sentada junto al escritorio donde se había sentado la primera vez que discutieron su defensa. Hazlitt, descargando su portafolios, la miró. Inusualmente bonita. Ojos confiados. Qué tipo tan ruin, el interno.

"No sé por qué quise venir aquí." Los ojos de Pauline miraban con tristeza la habitación. "Soy libre, pero..." Se cubrió el rostro y lloró.

"Vamos, vamos, señorita Pollard!"

"Oh, sigue siendo horrible."

"Pronto lo olvidarás."

"Me iré. A algún lugar. Sola." Un sollozo más fuerte.

"Por favor, no llores."

Hazlitt la observó con ternura. El llanto aumentó. En el corazón de la joven había soledad y confusión. El tictac de la ciudad sonaba extraño. Era una extraña en sus calles. Había habido algo más, y ahora se había ido. Un desierto, una tensión, el rostro familiar de Frankie Hamel diciéndole una noche que se fuera al diablo y dejara de molestarlo con su maldito llanto... y Frankie muriendo a sus pies susurrando: "¿Qué demonios, Pauline?" Luego el juicio. Horas de calor y frío. Una sala llena de rostros silenciosos, boquiabiertos, escuchándola llorar, viéndola retorcerse con la debida vergüenza y angustia mientras contaba su historia a los jurados... los detalles del aborto. "Y entonces no pude soportarlo. No recuerdo lo que pasó. ¡Oh, lo amaba! No recuerdo. Me maldijo. Me llamó... ¡Oh, Dios, nombres! ¡Nombres horribles! Le dije que iba a matarme. No podía vivir, deshonrada... sin su amor. Había comprado un arma para matarme. Y él se rió. No recuerdo después de eso; salvo que de alguna manera él... él estaba muerto. Y yo no..."

Esas cosas ya no estaban. El juicio había terminado. Ahora no quedaba nada más que la ciudad con sus tranvías y oficinas.

"Oh, todo ha cambiado tanto", murmuró. Hazlitt estaba detrás de su silla, la mano en su hombro. ¡Pobre niña! La ley no podía liberarla del remordimiento por su crimen y error. La ilegalidad llevaba su propio castigo. La virtud su propia recompensa, el pecado su propio tormento.

"Lo olvidarás", respondió suavemente. La ley a veces castigaba. Pero después de todo, este era el verdadero castigo... más allá del poder de la ley para imponerlo. Castigo del pecado. Conciencia. ¡Pobre niña! Inexorable fruto del mal. Desesperación, remordimiento...

"Debes olvidar. Eres joven. Puedes empezar de nuevo. Por favor, no llores."

Así la consolaba Hazlitt, a quien lloraba no por remordimiento de lo que había sido, sino porque se había ido. Ninguna palabra consciente agitaba su pena. Un dolor ininteligible, que crecía en su corazón y la llenaba de impotencia. La vida se había ido de ella. Lloraba por eso. Lloraba por una asesina y pecadora que se había ido, la había abandonado y la había dejado convertida de nuevo en la simple, poco interesante Pauline Pollard, una don nadie rodeada de don nadies. Y una vez había sido diferente. Rostros iluminados escuchándola en una sala. Frankie susurrando: "¿Qué demonios, Pauline?"

Un nuevo estallido de lágrimas hizo que Hazlitt se pusiera frente a ella. Suavemente le apartó las manos del rostro.

"No debes", comenzó de nuevo.

"Oh, nunca podré..."

"Sí podrás, niña."

"¡No, no!"

Ella estaba de pie. Nieve afuera. Filas de ventanas iluminadas flotando. Los pensamientos se le escapaban de la cabeza. Probablemente el tráfico estaba atascado.

"Por favor, no llores."

Ella apoyó la cabeza en su hombro y volvió a llorar. Era agradable tener a alguien pidiéndole que no llorara. Hacía más fácil y más intencionado el llanto.

Hazlitt suspiró. Lágrimas... lágrimas... el olor vivo del cabello. Brazos que se sentían suaves. Ella murmuraba cerca de él: "No puedo evitarlo. Por favor, perdóname."

"¡Sí, sí! ¡Ya, ya!" Por supuesto que la perdonaría. El perdón lo hacía brillar. Pero al hablar, su voz lo deprimió. ¿Qué debía hacer? ¿Podía ayudarla? ¿Qué era la vida, después de todo? Nieve afuera y filas de ventanas iluminadas flotando. Su cuerpo cerca, cálido y triste. La firmeza de sus nervios se disolvió. Él también tenía su pena... Rachel. Lejana. Flotando como la nieve afuera. Rachel... el olor del cabello la traía de vuelta. ¿Debería llorar? Sus rodillas lo habían tocado una vez así. Ella había rodeado su hombro con el brazo una vez, así. Pero, oh, tan diferente... La joven pareció acercarse más a él.

Había estado sosteniendo a una desconocida con cortesía. Ahora la desconocida se relajaba. Cuerpo suave, cálido, familiar. Se asustó. De algún modo, el aferrarse del cuerpo de la joven, el murmullo de sus lágrimas, trajeron una tristeza a su corazón. No soy Rachel, pero soy como ella... ¿Por qué pensó eso? Sí, era como ella, cálida, suave y mujer. Como ella—como ella. ¿Por qué se habían besado? ¿Y sus manos aferrándose nerviosamente a sus hombros? ¿Ella no estaba enamorada? No era Rachel. Pero quería algo. Y él también. Algo que era una canción de ensueño. Aquí estaban los labios de la cantante, ansiosos, buscando los suyos. Presionando, pidiendo más. ¿Cómo había sucedido esto? ¿Debería hablar? ¿Pero qué? Nada que decir. ¿Había olvidado a Rachel? ¿Recordando a Rachel? ¿Quién era esta? Las preguntas se desdibujaron. Rachel, cantaba su corazón. Por un momento abrazó la cálida sombra de un sueño. Y entonces una mujer se le ofrecía. Ya no era un sueño. Sus muslos se apretaron contra él. Bajo su ropa, su cuerpo parecía moverse, acercándose a él.

Hazlitt se mareó. Había estado consolándola. Ya no. ¿Y ahora qué? Puso toda su fuerza en el abrazo. Sus cuerpos se movieron juntos.

"Oh..." Un gemido como si aún llorara. Sus labios se abrieron en una rendición desesperada. Su beso le robó el aliento.

"¡Querida!" Su voz lo sacó de sus brazos. De pronto supo que, de no ser por la palabra y el sonido familiar de su voz, la habría poseído. Pero la palabra sonó como una alarma en sus oídos. Miedo, náusea, músculos relajados. Una astucia en su pensamiento... "¿Te sientes mejor ahora?"

Ella no escuchó. Sus dedos aún se aferraban.

"Ya, ya, no llores." Sintió frío. Sus manos en los brazos de ella los apartaron suavemente, sus dedos los palmeaban con un tono paternal. George Hazlitt, abogado.

"¿Mejor ahora, Pauline?" Un error haberla llamado Pauline. Se vería mal en el expediente. Lo comprometía con "Pauline".

"¡Oh, George!"

El pensamiento de Rachel escuchaba asombrado... George... Pauline. ¡Querida! Debía tener cuidado. Ella se había quedado entumecida contra él. Una mujer entumecida cosida a sus solapas. La bajó como si estuviera sin vida y él temiera perturbarla. Parecía inofensiva en una silla. ¿Era posible hablar ahora? Aún no. Tomar su mano; cuidado de no apretarla. Palmarla como había hecho en la calle. Una palmada de todo-está-bien-en-el-mundo.

Alguien hizo sonar la perilla de la puerta. Hazlitt se sobresaltó con entusiasmo. Alivio. Pero, Dios mío, no había luces en la oficina. Las limpiadoras entrarían y pensarían cosas. Su cabello desordenado y su rostro manchado de llanto harían que pensaran cosas. Una maldición se desprendió de su confusión. La puerta se abrió. Dos mujeres de rostro enjuto con trapos y escobas...

"Está bien. Adelante. Ya nos vamos. ¿Está lista, señorita Pollard?"

El "señorita Pollard" fue una obra maestra. Pero, ¿engañó a los trapos y escobas? ¡Malditas sean! Caminaron del brazo por el pasillo.

"Creo que los ascensores han dejado de funcionar. ¿No sería gracioso si tuviéramos que bajar caminando?"

Ella se negó a responder. El testigo permanece en silencio. ¿Por qué no podía interesarse en los chistes?... cosas de mujeres. No había pasado nada. Ella no tenía nada en qué pensar. ¿Por qué no chistes? Frunció el ceño ante el chirrido de la puerta del ascensor. Un ascensor subió dando saltos.

En la calle, "Voy a pedir un taxi, señorita Pollard." Adoptar una postura firme y no volver a llamarla Pauline. Pero ella permanecía en silencio. No había pasado nada. Se asustó. Ella intentaba intimidarlo fingiendo. Meterla en un taxi y deshacerse de ella.

De pronto, como si lo hubiera estado pensando cuando no era así, "Debe perdonarme por... eso. No quise hacerlo, de verdad."

Cualquier cosa antes que su silencio. Incluso una disculpa. No había pasado nada, pero de todos modos se disculparía para estar seguro. Ella lo miró y dijo: "¡Oh!"

"Por favor, señorita Pollard, me hace sentir como un canalla."

Un chofer se inclinó desde su asiento y abrió la puerta del taxi. Pauline entró sin vacilar. Podría al menos tener la decencia de dudar cuando él se estaba disculpando por nada. Hazlitt asomó la cabeza tras ella. Todo era absurdamente inconcluso y él estaba haciendo el ridículo. Ella debería haber vacilado.

"Dígale a su madre que espero que mejore pronto."

"¿A dónde, señor?"

Dio una dirección y añadió: "Un momento, por favor."

Hazlitt volvió a meter la cabeza en el taxi. Todo seguía inconcluso. Desearle buena salud a su madre lo empeoraba, como si intentara encubrir algo. Debía ser franco. Sacar todo a la luz y mostrar que no tenía miedo. Pero ella estaba llorando de nuevo. Se detuvo, consternado. Su mano se extendió hacia él. Una voz, vibrante y suave por las lágrimas, susurró en la penumbra del taxi. Una voz de amor. "¡Adiós, George!"

Observó la luz trasera perderse entre el tráfico y entonces comenzó su defensa. Señores del jurado... jurado... él no había hecho nada. Fue ella quien sugirió la oficina. Un ardid bajo y vulgar para atraparlo. Las pruebas eran claras en ese punto. Objeción denegada. Pero él solo había intentado consolarla. Irrelevante e inmaterial para los hechos en cuestión. Pero ella le había echado los brazos al cuello. ¡No él! ¡Nunca él! La mujer estaba loca. Sí, una mujer loca. Peligrosa. Había hecho lo mismo con el interno. Objeción denegada. Objeción denegada. ¿Qué? Frank Hamel, señor del jurado, saciando sus bestiales apetitos con el más fino fruto de la vida: la inocencia y el sacrificio del primer amor de una doncella. No, no era Hamel. Hazlitt. ¿Son tales criaturas hombres o demonios? ¿En qué estaba pensando? Ah, sí, el interno. Muerto, enterrado... nosotros, el jurado, declaramos al acusado no culpable... Pero el interno muerto estaba diciendo algo.

Por unos momentos George Hazlitt contempló un mundo nuevo: un mundo miserable, vasto, borroso, al revés. Había gente moviéndose en él. Internos muertos. Pasaban con rostros absortos en sus propias soledades. Había edificios. Lanzaban cohetes de ventanas hacia la noche. Había nieve. Caía retorciéndose desde la oscuridad. Rostros familiares, edificios, nieve. Fachadas de teatros haciendo un estrépito de luces en la tormenta. Entradas, salidas, autos resonando, figuras apresuradas, letreros chisporroteando confusión en la nieve. Todo familiar, todo parte del gran tic-tac de la ciudad.

Hazlitt se detuvo y contempló la noche familiar de las calles. Un resplandor y un torbellino barrían sus ojos. Nieve. Pero los rostros, los edificios y las luces formaban parte de ello. Pululaban y danzaban a su alrededor, enviando un grito a su corazón. "Estamos al revés... estamos al revés... los talones en el aire... Ella hizo el amor con el interno como contigo... y el demonio está muerto. Mentiras... mentiras... pero ¿a quién le importa?"

El claxon de un auto chilló. Una mujer y un hombre pasaron corriendo, dejando una estela de risas. De lejos llegaba el sonido de voces: evangelistas callejeros cantando himnos en una esquina. El alma de George Hazlitt se enfermó. Manos nocturnas se aferraron a su garganta. Al revés... los talones en el aire. Las cosas que había dicho al jurado eran mentiras. Mentiras y desorden. Bien y mal. Dios en el cielo, ¿qué eran, si no bien y mal?

La idea llegó a Hazlitt sin palabras, con un resplandor y un torbellino como de nieve. Se quedó ciego, una pequeña figura cubierta de nieve, temblando y perdida en una calle iluminada y concurrida. Todo porque una mujer, cálida y aferrada, lo había besado en la boca y movido su cuerpo. Pero una vez ella había besado así a otro hombre, en la boca, moviendo su cuerpo, y en eso residía un mundo nuevo: un mundo de ménades de cabellos al viento y sátiros gruñendo que vivían tras el tic-tac de las ventanas. De pie en la tormenta de nieve, una idea insana se apoderó de Hazlitt. Tenía que ver con el Mal. El orden era un accidente. Los hombres y las mujeres eran malos. El tic-tac era una apariencia.

La idea pasó. La duda necesita pensamiento para alimentarse, y Hazlitt no le dio ninguno. O habría terminado como Hazlitt y se habría convertido en otra persona. Caminó de nuevo, con un silencio en la cabeza. Una cuadra más, y la vida volvió a enfocarse en cuadros. El momento de duda lo había sacudido como si manos ásperas lo hubieran agarrado salvajemente desde un callejón. Pero se había ido, y también el recuerdo de ello. Manos sin nadie detrás; emoción que llegaba sin el contorno estabilizador de las palabras. Así que el mundo volvió a ponerse de pie. Tic-tac, dijo el mundo a George Hazlitt; y su cerebro respondió, "¡Tic-tac!"

Porque la paradoja de Hazlitt no era que fuera un pensador, sino un soñador. Su puritanismo había puesto fin a su cerebro. Como sus semejantes, por cuyo respeto y admiración se esforzaba, había cambiado su inteligencia por algo que orgullosamente llamaba americanismo, y para él el pensamiento se había convertido en una plácida agitación de lugares comunes. Pero aún podía soñar. Sus emociones vengaban su estupidez. Caminando por la calle—sentía deseos de caminar—se encerró en sí mismo. Ahora le parecía que su amor se había vuelto parte de la nieve y la lejanía oscura del cielo. Rachel... Rachel, pensó, como si invocara algo de regreso.

Le llegó lentamente: la imagen de la virgen, doblemente dulce y hermosa ahora que él estaba mancillado. ¿Cómo había sucedido? Ella lloraba; él la consolaba. Dos extraños, sentados en su oficina. Una, una asesina llorando por sus pecados; el otro, un abogado de buen corazón y mente limpia consolándola, mostrándole el camino de la esperanza. Y luego, como dos animales, se habían quedado bebiendo el aliento del otro. Dios, ¿qué podía hacer? Nada. Estaba mancillado. Recordó con temor el pensamiento que le vino durante el abrazo... ¿era ella Rachel? Sí, había sido Rachel y él había rebajado su sueño a sus labios, como si en el deseo del beso de una mujer extraña residiera la imagen de Rachel, el misterio virginal de Rachel. Si hubiera sido lo bastante hombre para no arrastrar el recuerdo de Rachel a eso, ahora sería fácil. Pero de todos modos miraría los hechos de frente. Ese debía ser su castigo y su penitencia. Sí, decirlo... fue con su amor por Rachel que abrazó y casi poseyó el cuerpo de una desconocida.

Hazlitt aceleró el paso. Se enfrentaba al intrincado asunto de perdonarse a sí mismo. Sentía vergüenza, pero la vergüenza era algo que podía dejar atrás caminando. Más rápido... con un murmullo amoroso que lo calmaba a él y a la herida. Después de todo, ¿era tan importante? Sí... no. Perdonarse, pero no demasiado rápido. Caminaba... Las palabras giraban en su cabeza—círculos abyectos y dolorosos alrededor del sueño de la virgen.

Un hombre con una sonrisa curiosa se detuvo frente a él para encender una pipa. Hazlitt se detuvo y miró la calle. Tomaría un tranvía. Tenía las piernas cansadas. El viento y la nieve apagaron el fósforo del hombre que encendía la pipa. Hazlitt lo miró. ¿De qué se reía? Todos estamos en la nieve... todos sin secretos en la nieve. Saludos, compañeros de la calle... Curioso, sentía tristeza por un hombre que sonreía en una esquina. Cansancio. El hombre maldecía la nieve con buen humor. De pronto la pipa se encendió y el hombre pareció olvidarla. Sus ojos brillaron un instante al cruzarse con los de Hazlitt, y con un brusco gesto de reconocimiento, el hombre siguió su camino. Caminando rápido, encorvado, desapareciendo tras un torbellino de nieve.

Hazlitt miró por la vía esperando su tranvía. Se preguntó cómo lo conocía el hombre. Le agradaba a su vanidad ser reconocido por personas que no ubicaba. Eso demostraba que era alguien. Sí, George Hazlitt, abogado. Recordó... se habían visto una vez en una oficina. Un periodista—editor o algo así. Probablemente buscando noticias. Hazlitt se alegró de haber sido reconocido. El hombre pensaría en él mientras caminaba por la nieve—en su victoria en la corte y su futuro. Eso era parte de la vida, ser pensado y envidiado por otros.

A su lado, un voceador gritó... "¡Extra! ¡Pauline Pollard absuelta!..." La gente lo leería en sus casas. Su nombre. Se preguntarían quién era. Una voz al otro lado de la calle respondió, "¡Extra! ¡Los alemanes bombardean París!..." ¡Malditos hunos! ¿Por qué Estados Unidos no ponía fin a sus sucios asuntos interviniendo de una vez?

Subió al tranvía cálido y se sentó mirando melancólicamente por la ventana. Era parte de la vida, pero había algo más allá—un—misterio. "¡Extra!..." Debería haber comprado un periódico. Ahí estaba de nuevo el vendedor de periódicos, aún caminando rápido, inclinado hacia adelante, mirando la nieve... Ah, sí, Erik Dorn. Lo había conocido una vez... El tranvía siguió su camino.