Exposiciones de las Sagradas Escrituras: Segunda de Corintios, Gálatas y Filipenses; capítulos I al final. Colosenses, Tesalonicenses y Primera de Timoteo · Alexander Maclaren
II. Ese conocimiento implica conocer el poder de Su Resurrección.
Capítulo 102 de 228 · 7 min de lectura
El poder de Su Resurrección es una expresión que abarca un amplio espectro. Hay varios poderes distintos y claramente definidos que se le atribuyen en los escritos de Pablo. Tiene una fuerza demostrativa en referencia a la persona y la obra de nuestro Señor. Porque por medio de ella es 'declarado Hijo de Dios con poder'. Ese resucitar de entre los muertos, considerado junto al hecho de que ya no muere más, sino que ha ascendido a lo alto, y junto a Sus propias palabras acerca de Sí mismo y Su Resurrección, lo presenta ante el mundo como el Hijo de Dios, y es la solemne aprobación y aceptación divina de Su obra.
Tiene un poder revelador respecto a la condición de la humanidad en la muerte. Es el único hecho que establece la inmortalidad, y que no solo la establece, sino que arroja algo de luz sobre su naturaleza. La posibilidad de la vida personal después de la muerte, y por tanto, en la muerte, la continuidad ininterrumpida del ser, la posibilidad de una resurrección y una glorificación de este cuerpo, con todas las consecuencias de gran alcance de estas verdades en el triunfo que otorgan sobre la muerte, en el apoyo y fundamento que brindan a la idea, de otro modo difusa, de la inmortalidad, en el alto lugar que asignan al cuerpo, y la concepción que ofrecen de la perfección humana como compuesta de cuerpo, alma y espíritu—estos pensamientos han iluminado toda la oscuridad de la tumba, han reducido a una simple franja costera los límites del reino de la muerte, han proclamado al amor como vencedor en su lucha con ese horror velado. La base de todo ello es la Resurrección de Cristo; su poder en este aspecto es el poder de iluminar, consolar, certificar, arrebatar el cetro de las manos de la muerte y ponerlo en las manos traspasadas del Viviente que estuvo muerto y es Señor tanto de los muertos como de los vivos.
Además, Pablo trata la Resurrección como poseedora de un poder para nuestra justificación, en cuanto que el Señor resucitado nos otorga por Su vida resucitada las bendiciones de Su justicia. Pablo también representa la Resurrección de Cristo como poseedora del poder de vivificar nuestra vida espiritual. No necesito detenerme a citar los muchos pasajes donde Su resurrección y Su vida después de la Resurrección son tratadas como el modelo y ejemplo de nuestras vidas: y no solo se consideran ejemplo, sino también el poder por el cual esa nueva vida nuestra se produce. Tiene el poder de levantarnos de la muerte del pecado y llevarnos a una nueva vida en el Espíritu. Y finalmente, la Resurrección de Cristo es considerada como poseedora del poder de levantar a Sus siervos de la tumba para la plena posesión de Su propia vida gloriosa, y así es el poder de nuestra victoria final sobre la muerte.
Ahora bien, no creo que tengamos derecho a excluir ninguno de estos poderes de nuestra consideración. Las amplias palabras del texto los incluyen a todos, pero quizá los dos últimos son los que principalmente se quieren decir, y de estos, sobre todo el primero.
La vida resucitada de Cristo nos vivifica y nos eleva, y eso no solo como ejemplo, sino como poder. Solo si estamos en Él hay una unidad tan real de vida entre Él y nosotros que entra en nosotros algo de Su propia vida.
Esa vida resucitada del Salvador, que compartimos si le tenemos, penetra en nuestra naturaleza como la levadura en las tres medidas de harina; transformándola y vivificándola, da nuevas direcciones, gustos, motivos, impulsos y poder. Nos ordena e inclina a buscar las cosas de arriba, y su gran exhortación a los corazones en los que habita, de fijarse allí y abandonar las cosas que están en la tierra, se basa en el hecho de que han muerto, y 'su vida está escondida con Cristo en Dios'. Sin esa levadura, la vida que vivimos es una muerte, porque se vive en las 'pasiones de la carne', haciendo los deseos de la carne y de la mente. No hay verdadera unión con Jesucristo cuyo resultado directo no sea una experiencia viva del poder de Su Resurrección al llevarnos a la semejanza de Él en cuanto a nuestra libertad del dominio del pecado, y a presentarnos a Dios como vivos de entre los muertos, y nuestros miembros como instrumentos de justicia para Dios. Es un pensamiento solemne que todos necesitamos grabar en nuestras conciencias, que la única señal infalible de que hemos sido en alguna medida vivificados juntamente con Cristo y resucitados con Él es que hemos dejado de vivir en las pasiones de nuestra carne, haciendo los deseos de la carne y de la mente. La vida resucitada de Jesús puede crecer indefinidamente, y así lo hará en la medida en que honestamente hagamos de conocerle y el poder de Su Resurrección la meta de nuestra vida.
III. La experiencia del poder de la Resurrección de Cristo es inseparable de la comunión de Sus sufrimientos.
No debemos suponer que las solemnes y sobrecogedoras palabras de Pablo aquí menoscaban en lo más mínimo la singularidad inalcanzable de la muerte de Cristo. Él habría respondido, como de hecho responde, al clamor del sufriente profético: 'Mirad y ved si hay dolor como mi dolor', con el más rotundo de los negativos. Ningún otro labio humano ha probado jamás, ni podrá probar, una copa de amargura semejante a la que Él apuró por todos nosotros, y ningún otro labio humano ha sido jamás tan exquisitamente sensible a la amargura que ha bebido. La identificación de Sí mismo con un mundo pecador, la profundidad y cercanía de Su comunión de sentimientos con todo dolor, la conciencia de la gloria que había dejado y el perpetuo sentido de la hostilidad en la que había entrado, sitúan los sufrimientos de Cristo aparte, tanto como los efectos que de ellos se derivan declaran que no necesitan repetirse, y no pueden ser degradados por ningún paralelo mientras el mundo exista.
Pero aun así, Su Muerte, como Su Resurrección, es presentada en las Escrituras como tipo y poder de la nuestra. Debemos morir al mundo por el poder de la Cruz. Si confiamos verdaderamente en Su sacrificio, operarán en nosotros motivos que nos separan y desprenden de nuestro viejo yo y del viejo mundo. Un cambio fundamental, ético y espiritual se opera en nosotros mediante la fe. Estábamos muertos en pecado, ahora estamos muertos al pecado. Debemos combinar los dos pensamientos de la vida cristiana como una muerte diaria y una resurrección continua para captar toda la verdad de su doble aspecto.
Puede cuestionarse si el Apóstol se refiere aquí a sufrimientos externos o internos y éticos, pero quizá no haríamos justicia al pensamiento si no lo extendemos para abarcar ambos. Ciertamente, si su teología no era más que la generalización de su experiencia, tenía material de sobra en su vida diaria para conocer la comunión de los sufrimientos de Cristo. Uno de sus pensamientos más recurrentes y apreciados es que sufrir por Cristo es sufrir con Cristo, y en ello halló, y nos enseña a hallar, fuerza para soportar y paciencia para sobrellevar cualquier sufrimiento que pueda abatirse sobre nosotros como aves de rapiña por ser cristianos. Felices seremos si los sufrimientos de Cristo son los nuestros, porque es nuestra unión con Él y nuestra semejanza a Él, no a nosotros mismos, a nuestros pecados o a nuestra mundanalidad, lo que los ocasiona. Hay una antigua leyenda que dice que Pedro fue crucificado cabeza abajo porque se sentía indigno de ser como su Maestro. Bien podemos sentir que nada de lo que podamos soportar por Él es digno de compararse con lo que Él soportó por nosotros, y sentirnos aún más sobrecogidos por la grandeza de la condescendencia y la humildad del amor que considera nuestra leve aflicción, que es momentánea, junto al pesado peso que Él llevó, y cuyo bendito resultado trasciende el tiempo y enriquece la eternidad.
Pero hay otro sentido en el que es un digno objetivo de nuestras vidas que nuestros sufrimientos puedan ser sentidos como comunión con los Suyos. Esa es una bendita tristeza que nos acerca más a nuestro Señor. Esa es una saludable tristeza cuyo resultado es una fe más intensa en Él, una experiencia más plena de Su suficiencia. La tormenta sopla bien cuando nos lleva a Su pecho, y el dolor nos enriquece, sea lo que sea que nos quite, si nos da una posesión más plena y segura de Jesús.
Pero cuando vivimos en comunión con Jesús, esa unión obra en dos direcciones, y mientras que por un lado podemos entonces humildemente atrevernos a sentir que nuestros sufrimientos por Él son sufrimientos con Él, también podemos sentir agradecidamente que en toda nuestra aflicción Él es afligido. Si Sus sufrimientos son nuestros, podemos estar seguros de que los nuestros son Suyos. ¡Y cuán diferentes se vuelven todos ellos cuando estamos ciertos de Su simpatía! Es posible que tengamos una especie de conciencia común con nuestro Señor, si todo nuestro corazón y voluntad se mantienen en estrecho contacto con Él, de modo que en nuestra experiencia pueda haber una repetición, en forma más elevada, de esa extraña experiencia que se dice familiar en el hipnotismo, donde lo amargo en una boca es saboreado en otra.
Así que, lo que debemos proponernos como objetivo es que, en nuestras vidas, nuestro creciente conocimiento de Cristo conduzca a dos resultados, tan inexorablemente entrelazados, como son la muerte diaria y la resurrección diaria, y que podamos ser guardados fieles a Él, de modo que nuestros sufrimientos externos sean causados por nuestra unión con Él, y no por nuestra propia infidelidad, y que podamos reconocer en ellos una comunión con los suyos. Entonces también sentiremos que Él lleva los nuestros junto a nosotros, y el dolor mismo será calmado y embellecido en una dicha silenciosa, como los picos helados que, al ser tocados por la mañana, resplandecen con un suave tono rosado y parecen cálidos y suaves, aunque sean roca áspera y nieve gélida. Entonces algún tenue eco de Su historia, de Aquel que fue 'varón de dolores', podrá hacerse audible en nuestras vidas exteriores y nosotros también podremos tener nuestro Getsemaní y nuestro Calvario. No sería presunción de nuestra parte decir: 'Podemos', cuando Él pregunta: '¿Podéis beber del cáliz que yo bebo?'; ni sería motivo de temor escucharle profetizar: 'A la verdad, del cáliz que yo bebo, beberéis', porque recordaremos: 'coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con Él, para que juntamente con Él seamos glorificados.'



