Exposiciones de las Sagradas Escrituras: Segunda de Corintios, Gálatas y Filipenses; capítulos I al final. Colosenses, Tesalonicenses y Primera de Timoteo · Alexander Maclaren
III. El Discípulo creyente es un 'Santo'.
Capítulo 145 de 228 · 2 min de lectura
Ese nombre no aparece en los Evangelios, pero comienza a manifestarse en los Hechos de los Apóstoles, y se vuelve sumamente común a lo largo de las Epístolas de Pablo. Él no dudó en llamar con ese gran nombre a los discípulos de Corinto, aunque fueran muy imperfectos. Iba a reprenderlos por faltas muy graves, no solo contra la elevada conducta cristiana, sino también contra la moralidad pagana común; pero comenzó llamándolos 'santos'.
¿Qué es un santo? Ante todo, es una persona que se ha entregado a Dios y, por ello, ha sido consagrada. Quienquiera que se haya apoyado en Cristo y haya tomado a Cristo como suyo, en esa medida y en la medida en que ejerce la fe, así se ha entregado a Dios. Si tu fe no te ha llevado a tal consagración de voluntad, corazón y ser, será mejor que examines si realmente es fe. Pero, puesto que la fe implica la consagración de una persona a Dios, y la consagración necesariamente implica pureza, ya que nada puede ser puesto en el altar de Dios sin ser santificado por ello, el nombre de santo llega a implicar pureza de carácter. Santidad es la palabra cristiana que significa la flor y el aroma fragante de lo que el mundo llama virtud.
Pero la santidad no es emoción. Una persona puede deleitarse en sentimientos devotos, cantar, alabar y orar, y estar muy lejos de ser un santo; y hay mucho del cristianismo emocional de nuestros días que tiene una extraña afinidad con lo opuesto a la santidad. La santidad no es aislamiento. 'Había santos en la casa de César', un lugar muy poco probable; eran flores en un muladar, y quizá sus flores eran aún más brillantes por aquello en lo que crecían, y que podían transformar de corrupción en belleza. Así que la santidad no es una cinta azul de la profesión cristiana, reservada para unos pocos ejemplares selectos (y en su mayoría ascéticos) de consagración, sino que es la designación de cada uno de nosotros, si somos discípulos que somos más que discípulos, es decir, 'creyentes'. Y así, hermanos, debemos asegurarnos de que, en nuestro caso, nuestra fe conduzca a la entrega, y nuestra entrega a la pureza de vida y conducta. La fe, si es real, produce santidad; la santidad, si es real, es progresiva. La santidad, aunque imperfecta, puede ser real.



