Exposiciones de las Sagradas Escrituras: Segunda de Corintios, Gálatas y Filipenses; capítulos I al final. Colosenses, Tesalonicenses y Primera de Timoteo · Alexander Maclaren

II. Los fundamentos sobre los que descansa la esperanza del Evangelio.

Capítulo 148 de 228 · 2 min de lectura

Los fundamentos de nuestras esperanzas terrenales son en su mayoría posibilidades o, en el mejor de los casos, probabilidades que nuestros deseos transforman en certezas. Amarramos nuestros barcos a islas flotantes que decidimos considerar continentes. Así, nuestras esperanzas terrenales varían indefinidamente en firmeza y sustancia. A veces no son más que deseos convertidos en confianza, y nunca pueden elevarse más allá de su origen, ni ser más seguras de lo que este es. En el mejor de los casos, están edificadas sobre arena. En el más seguro, siempre hay un elemento de riesgo en ellas. Un poeta puede tomar como tema 'Los placeres de la esperanza', pero otro responde cantando sobre 'Las falacias de la esperanza'. Las esperanzas nacidas en la tierra no llevan ancla y siempre tienen un temor latente asomando tras sus ojos azules.

Pero es posible para nosotros excavar hasta llegar a la roca y edificar sobre ella, tener un futuro tan cierto como nuestro pasado, escapar en nuestras anticipaciones de la región de lo contingente, y esto ciertamente lo logramos cuando hacemos nuestra la esperanza del Evangelio y escuchamos a Pablo proclamándonos: 'Cristo, que es nuestra esperanza', o 'Cristo en ustedes, la esperanza de gloria'. Si nuestra fe se aferra a Jesucristo resucitado de entre los muertos y, por nosotros, entrado en el estado celestial como nuestro precursor, nuestra esperanza verá en Él el modelo y la garantía de nuestra humanidad, y comenzará a experimentar aquí y ahora los primeros y aunque débiles cumplimientos de sí misma. El Evangelio presenta los hechos concernientes a Cristo que justifican plenamente y requieren imperativamente que lo consideremos como el ideal perfecto y realizado de la humanidad tal como Dios la concibió, y como portador en sí mismo del poder para hacer a todos los hombres como Él es. Él ha entrado en la comunión de nuestra humillación y se ha hecho hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne para que nosotros lleguemos a ser vida de Su Vida y espíritu de Su Espíritu. Tan cierto como que 'hemos llevado la imagen del terrenal', así de cierto es que 'también llevaremos la imagen del celestial'.

¡Qué cruel desperdicio de una facultad divina es, entonces, aquel del que todos somos culpables cuando permitimos que nuestras esperanzas se disipen y se malgasten en bienes inciertos y pasajeros que tal vez nunca alcancemos, y que, aun si los alcanzáramos, serían ridículamente o más bien trágicamente insuficientes para hacernos bienaventurados, en vez de apartarlas de todo esto y fijarlas en Aquel que solo puede satisfacer nuestras almas hambrientas en todas sus facultades para siempre!

La esperanza del Evangelio es lo suficientemente firme como para descansar en ella nuestro todo, porque en ella, por 'dos cosas inmutables en las cuales es imposible que Dios mienta', Su consejo y Su juramento, Él ha dado fuerte aliento a quienes han huido para refugiarse y asirse de la esperanza puesta delante de ellos. Bien puede llamarse 'segura y firme' la esperanza para la cual el propio carácter eterno de Dios es la garantía. La esperanza del Evangelio descansa finalmente en el Ser y el Corazón de Dios. Es aquello que Dios, 'que no puede mentir, prometió antes de que el mundo existiera', está obrando mientras el mundo dura y cumplirá cuando el mundo ya no sea. Él ha dado a conocer Su propósito y ha empeñado todas las energías y ternuras de Su Ser en su realización. Seguramente sobre este fundamento de roca podemos descansar seguros. Las esperanzas que crecen en otros suelos se arrastran por la superficie. La esperanza del Evangelio hunde sus raíces profundamente en el corazón de Dios.