Exposiciones de las Sagradas Escrituras: Segunda de Corintios, Gálatas y Filipenses; capítulos I al final. Colosenses, Tesalonicenses y Primera de Timoteo · Alexander Maclaren

III. El gran propósito de esta fuerza.

Capítulo 152 de 228 · 4 min de lectura

“Paciencia y longanimidad con gozo” parece al principio un resultado pobre de tal fuerza, pero proviene de un corazón que no se hacía ilusiones respecto a los hechos de la vida humana, y encuentra eco en todos nosotros. Puede ser difícil discriminar entre “paciencia” y “longanimidad”, pero la idea general aquí es que uno de los más altos propósitos para los cuales se nos da la fuerza divina es hacernos capaces de enfrentar la oposición del mal sin que ello sacuda nuestras almas. Quien soporta pacientemente sin desesperanza ni deseo de “pagar mal por mal”, y para quien, por la fe, aun “la noche es luz a su alrededor”, está muy avanzado en el camino hacia la perfección. Dios siempre está cerca de nosotros, pero nunca más cerca que cuando nuestros corazones están afligidos y nuestro camino es áspero y oscuro. Nuestras penas abren grietas por las que fluye Su fuerza. Podemos ver más del cielo cuando los árboles han perdido sus hojas. Es una ley de los tratos divinos que Su fuerza “se perfecciona en la debilidad”. Dios nos conduce a una habitación oscura para mostrarnos Sus maravillas.

Esa fuerza debe manifestarse en nosotros en “paciencia y longanimidad”, ambas mezcladas con un gozo real aunque aparentemente opuesto. El dolor verdadero y profundo no se opone a tal paciencia, pero el exceso de él, los estallidos desesperados e histéricos, ciertamente sí. Todos somos como las figuras de algunos antiguos templos griegos que permanecen erguidas con sus cargas sobre la cabeza. La fuerza de Dios se nos da para que podamos soportar las nuestras con calma, y erguidos como esas bellas formas que sostienen la pesada arquitectura como si fuera una pluma, o como mujeres con cántaros de agua en la cabeza, que sólo hacen su porte más elegante y su paso más firme.

¡Qué diferente es la paciencia que Dios da por Su propia fuerza impartida, de la sumisión hosca o el abandono histérico al dolor, o la rebelión airada que caracteriza al dolor sin Dios! Muchos de nosotros pensamos que podemos arreglárnoslas muy bien en la prosperidad y el buen tiempo sin Él. Más nos vale preguntarnos qué haremos cuando llegue la tormenta, que a todos nos llega tarde o temprano.

La palabra aquí traducida como “paciencia” es más propiamente “perseverancia”. No es sólo una virtud pasiva, sino activa. No recibimos ese gran don de la fuerza divina sólo para soportar, sino también para obrar, y tal trabajo es una de las mejores formas de soportar y una de las mejores ayudas para hacerlo. Así que, en nuestras penas y pruebas, sintamos que la fuerza de Dios no se nos da toda para gastarla en nuestro propio consuelo, sino también para usarla en nuestros deberes cotidianos. Estos siguen siendo igual de imperativos aunque nuestros corazones latan como martillos, y no hay rendición más insensata y cobarde ante la dificultad que arrojar nuestras herramientas y cruzarnos de brazos en el regazo.

Pero Pablo nos impone un deber aún más difícil, incluso al prometernos un gran don, cuando nos presenta un ideal de gozo mezclado con paciencia y longanimidad. El mandato sería imposible si no existiera la seguridad de que seremos “fortalecidos con todo poder”. Claramente necesitamos una infusión de fuerza más divina que la nuestra, si ese extraño matrimonio de gozo y dolor ha de tener lugar y ambos han de ocupar a la vez nuestro corazón. Sin embargo, si Su fuerza es nuestra, seremos fuertes para someternos y aceptar, fuertes para mirar lo suficientemente profundo como para ver Su voluntad como el fundamento de todo y siempre obrando para nuestro bien, fuertes para esperar, fuertes para discernir el amor en acción, fuertes para confiar en el Padre aun cuando Él nos discipline. Y todo esto hará posible que el paradoja se realice prácticamente en nuestra propia experiencia: “Como entristecidos, pero siempre gozosos”. Uno ha visto potasio ardiendo bajo el agua. Nuestro gozo puede arder bajo olas de dolor. Llevemos nuestra debilidad a Jesucristo y aferrémonos a Él como hizo Pedro cuando se hundía. Él infundirá Su propia gracia en nosotros y hablará a nuestros corazones débiles y quizá afligidos, como lo había hecho mucho antes de las palabras de Pablo a los colosenses: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”.

AGRADECIDOS POR LA HERENCIA

“Dando gracias al Padre, que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz”. —Col. i. 12 (R.V.)

Es interesante notar cuánto parece haber llenado la mente del Apóstol el pensamiento de la herencia durante la redacción de Efesios y Colosenses. Su recurrencia es uno de los puntos de contacto entre ambas epístolas. Por ejemplo, en Efesios leemos: “En quien también fuimos hechos herencia” (i. 11); “Las arras de nuestra herencia” (i. 14); “Su herencia en los santos” (i. 18); “Herencia en el Reino de Cristo” (v. 5). Notamos también que en el discurso a los ancianos de la iglesia en Éfeso, leemos acerca de “la herencia entre todos los santificados” (Hechos 20:32).

En el texto, el clímax de la oración del Apóstol se presenta como gratitud, el reconocimiento perpetuo de la mano divina en todo lo que nos acontece, la confianza perpetua de que todo lo que nos sucede es bueno, y el continuo brotar hacia Él de amor y alabanza. La mayor diligencia, el fruto más esforzado y la paciencia y longanimidad más sumisas serían incompletas sin la consagración de un corazón agradecido, y la más noble belleza del carácter cristiano carecería de su brillo más raro. Esta corona de la perfección cristiana el Apóstol la considera como llamada a la acción principalmente por la contemplación de ese gran acto y obra continua del amor paternal de Dios por el cual nos hace aptos para nuestra parte de la herencia que el mismo amor ha preparado para nosotros. Esa herencia es la gran causa de la gratitud cristiana; la causa más inmediata es Su preparación de nosotros para ella. Así que aquí tenemos tres puntos a considerar: la herencia; la preparación paternal de Dios de Sus hijos para ella; el temperamento continuo de gratitud que esto debe suscitar.