Exposiciones de las Sagradas Escrituras: Segunda de Corintios, Gálatas y Filipenses; capítulos I al final. Colosenses, Tesalonicenses y Primera de Timoteo · Alexander Maclaren

I. Siguiendo la metáfora, observo primero el cartel que Pablo había

Capítulo 30 de 228 · 2 min de lectura

exhibido.

'Jesucristo crucificado ha sido expuesto de manera conspicua ante ustedes', dice a estos gálatas. Ahora bien, se refiere, por supuesto, a su propia labor de predicarles el Evangelio al principio. Y la vívida metáfora sugiere de manera muy llamativa dos cosas. Vemos en ella la noción que el Apóstol tenía de lo que debía hacer. Su oficio había sido muy humilde, simplemente colgar una proclamación. La única virtud de una proclamación es que debe ser breve y clara. Debe ser autoritaria, debe ser urgente, debe estar 'escrita en grande', debe ser fácilmente comprensible. Y quien la da a conocer no tiene otra función más que fijarla y asegurarse de que sea legible. Si se me permite usar una expresión moderna, lo que Pablo quiere decir es que él no era ni más ni menos que un pegador de carteles, que salía con los anuncios y los fijaba.

¡Ah! Si nosotros, los ministros, actuáramos universalmente conforme a las implicaciones de esta metáfora, ¿no creen que el púlpito sería más frecuentemente un centro de poder de lo que es hoy? Y si, en vez de presentar nuestras propias ingeniosidades y especulaciones, comprendiéramos que debemos ocultarnos tras la gran hoja que fijamos, habría un nuevo aliento sobre muchas iglesias moribundas, y escucharíamos menos las a menudo justificadas ironías sobre la ineficacia del púlpito moderno.

Pero paso de la concepción que Pablo tiene del oficio a su declaración sobre el tema. 'Jesús fue exhibido entre ustedes.' Si se me permite variar un poco la metáfora, el cartel que Pablo fijaba era como esos que la moderna creatividad publicitaria despliega en todos nuestros muros. Era un cartel ilustrado, y en él se retrataba una sola figura: Jesús, la Persona. El cristianismo es Cristo, y Cristo es el cristianismo; y dondequiera que haya un púlpito o un libro que trate más sobre doctrinas que sobre Aquel que es la Fuente y el Origen de toda doctrina, ahí hay una desviación de la forma primitiva del Evangelio.

Sé, por supuesto, que las doctrinas —que no son más que exposiciones formales y ordenadas de los principios implicados en los hechos— deben surgir de la proclamación de la persona, Cristo. No soy tan necio como para arremeter contra la teología, como hacen algunos hoy en día. Pero lo que quiero recalcar es que la primera forma del cristianismo no es una teoría, sino una historia, y que la revelación de Dios es la biografía de un hombre. Debemos comenzar con la persona, Cristo, y predicarlo a Él. Ojalá que todos nuestros predicadores y todos los cristianos profesantes, en su vida religiosa personal, comprendieran esto: que, ya que el cristianismo no es primero una filosofía sino una historia, y su centro no es una secuencia ordenada de doctrinas sino una persona viva, el acto que hace a un hombre poseedor del cristianismo no es el proceso intelectual de asimilar y aceptar ciertas verdades, sino el proceso moral de aferrarse, con confianza y amor, a la persona de Jesús.

Pero, además, si alguno de ustedes consulta el original, verá que el orden de la frase es tal que da un gran énfasis a esa última palabra: 'crucificado'. No es solo una persona la que se retrata en el cartel, sino esa persona en la Cruz. ¡Ah, hermanos! El propio Pablo señala, en las palabras de mi texto, lo que, según su concepción, era el corazón palpitante de todo su mensaje, el punto vital de donde manaba todo su poder y todo el resplandor de su bendición sobre la humanidad: 'Cristo crucificado'. Si el cartel es una imagen de Cristo en otras posturas y aspectos, sin la imagen de Él crucificado, es una representación imperfecta del Evangelio que Pablo predicaba y que Cristo fue.