Exposiciones de las Sagradas Escrituras: Segunda de Corintios, Gálatas y Filipenses; capítulos I al final. Colosenses, Tesalonicenses y Primera de Timoteo · Alexander Maclaren

I. Aquí tenemos el motivo más profundo que subyace en toda la obra de

Capítulo 6 de 228 · 3 min de lectura

Cristo, revelado ante nosotros.

“Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo.” Cada palabra aquí es significativa. Es muy inusual en el Nuevo Testamento encontrar que la expresión “gracia” se aplique a Jesucristo. Excepto en la conocida bendición, creo que solo hay una o dos instancias de tal combinación de palabras. Es “la gracia de Dios” la expresión predominante en todo el Nuevo Testamento. Pero aquí “la gracia se atribuye a Jesús”; es decir, el amor del corazón divino se le asigna a Él, sin reservas ni vacilaciones. ¿Y qué queremos decir con gracia? Nos referimos al amor en acción hacia los inferiores. Es una condescendencia infinita en Jesús amar. Su amor se inclina cuando nos abraza. Por eso es muy significativo el uso aquí del solemne y completo título, “el Señor Jesucristo”, que realza la condescendencia al destacar la altura desde la cual se inclinó. La “gracia” es aún más maravillosa debido a la majestad y soberanía, por decir lo menos, que se expresan en ese título, el Señor. El más alto se inclina y se sitúa al nivel del más bajo. La “gracia” es amor que se manifiesta hacia quienes merecen otra cosa. Y el motivo más profundo, que es la clave misma de todos los fenómenos de la vida de Jesucristo, es que todo es la manifestación, así como la consecuencia, de un amor que, inclinándose, perdona. La “gracia” es amor que, inclinándose y perdonando, se comunica por entero a destinatarios indignos y transgresores. Y la clave de la vida de Jesús es que tenemos ante nosotros, en su accionar, un amor que no se contenta con hablar solo el lenguaje común del afecto humano, ni con realizar sus obras habituales, sino que se impulsa a sí mismo a impartir lo que trasciende todos los demás dones de la ternura humana, y a entregarse por completo. Así, un amor que condesciende, un amor que pasa por alto la indignidad, que no se aparta ante ningún pecado, que no se conmueve ante ninguna provocación, y que nunca permite que su rostro se sonroje ni que su corazón lata más rápido, y un amor que no se conforma con menos que la entrega total y la autodonación, es el fundamento de toda esa preciosa vida desde Belén hasta el Calvario.

Pero hay otra palabra en nuestro texto que bien puede ser considerada aquí. “Por amor a vosotros”, dice el Apóstol a esa iglesia de Corinto, compuesta por personas, ninguna de las cuales había visto ni había sido vista por Jesús. Y, sin embargo, la consideración hacia ellos formaba parte del motivo que movió al Señor a su vida y a su muerte. Es decir, para generalizar el pensamiento, esta gracia, así inclinada, perdonadora y autodonada, es un amor que recoge en su abrazo y en su corazón a toda la humanidad; y es universal porque es individualizante. Así como cada planeta en los cielos y cada pequeña planta en la tierra son abrazados y reciben por separado la bendición de ese arco celestial que todo lo abarca, así esa gracia envuelve a todos, porque toma en cuenta a cada uno. Si bien es amor por un mundo pecador, cada uno de nosotros puede decir: “Me amó, y”—por lo tanto—“se entregó por mí.” Si no vemos bajo la dulce historia de la vida terrenal esta fuente profunda de todo, no llegamos a comprender esa vida en sí misma. Podemos someterla a crítica; podemos entenderla en diversos aspectos conmovedores, edificantes, educativos; pero, ¡oh, hermanos!, perdemos el centro ardiente de la luz, el cálido corazón del fuego, si no vemos palpitar a través de todos los hechos individuales de la vida este único motivo que todo lo forma y vivifica: la gracia—la condescendencia, el perdón, la autodonación, el amor individualizante y universal de Jesucristo.

Así pues, aquí se nos presenta la obra de Cristo en su—