Exposiciones de las Sagradas Escrituras: Segunda de Corintios, Gálatas y Filipenses; capítulos I al final. Colosenses, Tesalonicenses y Primera de Timoteo · Alexander Maclaren
I. El acto de exaltación que forma el contraste y el paralelo con
Capítulo 77 de 228 · 2 min de lectura
el descenso.
‘Dios lo exaltó hasta lo sumo’. El Apóstol acuña una palabra enfática que expresa doblemente la elevación, y en su forma gramatical muestra que indica un hecho histórico. Esa exaltación fue algo que se realizó una vez en esta verde tierra; es decir, se manifestó en el hecho de la ascensión de nuestro Señor, cuando desde algún repliegue del Monte de los Olivos fue elevado y, con las manos alzadas en bendición, fue recibido en la nube de la Shejiná, cuya gloria lo ocultó de los ojos que lo miraban ascender.
Es evidente que el ‘Él’ de quien se hace esta tremenda afirmación debe ser el mismo ‘Él’ de quien hablaban los versículos anteriores, es decir, el Jesús encarnado. Es la humanidad la que es exaltada. Su humillación consistió en hacerse hombre, pero su exaltación no consiste en dejar de lado su humanidad. No es una unión transitoria sino eterna la que, en la Encarnación, se estableció con la divinidad. De ahora en adelante debemos pensar en Él en toda la gloria de su estado celestial como hombre, y tan verdadera y completamente en la ‘semejanza de los hombres’ como cuando caminaba con pies sangrantes por el pedregoso camino de la vida terrenal. Ahora lleva para siempre la ‘forma de Dios’ y la ‘apariencia de hombre’.
Aquí me detendría un momento para señalar que el tono sereno de esta referencia a la ascensión indica que formaba parte de las creencias cristianas reconocidas, e implica que era familiar mucho antes de la fecha de esta Epístola, la cual data, como máximo, de no más de treinta años después de la muerte de Cristo. Seguramente ese lapso de tiempo es demasiado breve para permitir que una creencia así haya surgido y sido universalmente aceptada acerca de un hombre muerto, que todo ese tiempo yacía en una tumba sin nombre.
El descenso se presenta como su acto, pero el decoro y la verdad exigían que la exaltación fuera obra de Dios. ‘Él se humilló a sí mismo’, pero ‘Dios lo exaltó’. Es cierto que a veces Él mismo se presentó como el agente de su propia Resurrección y Ascensión, y estableció un paralelismo completo entre su descenso y su ascenso, como cuando dijo: ‘Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez, dejo el mundo y voy al Padre’. No fue menos obediente a la voluntad del Padre cuando ascendió a lo alto que cuando descendió a la tierra, y aunque, desde un punto de vista, su Resurrección y Ascensión fueron tan verdaderamente actos suyos como su nacimiento y su muerte, desde otro, tuvo que orar: ‘Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese’. Los Titanes, según la antigua leyenda, escalaron el cielo con presunción, pero el Señor encarnado regresó a ‘su propio hogar sereno, su morada desde la eternidad’, fue exaltado allí por Dios, como señal para el universo de que el Padre aprobaba el descenso del Hijo, y que la obra que el Hijo había realizado estaba, en verdad, como Él mismo lo declaró, ‘consumada’. Al exaltarlo, el Padre no solo restituyó al Verbo divino en su unión eterna con Dios, sino que recibió en la nube de gloria la humanidad que el Verbo había asumido.



