Exposiciones de las Sagradas Escrituras: Segunda de Corintios, Gálatas y Filipenses; capítulos I al final. Colosenses, Tesalonicenses y Primera de Timoteo · Alexander Maclaren
I. Notamos el gran deber de ceder alegremente a la voluntad de Dios.
Capítulo 84 de 228 · 2 min de lectura
Creo que está claro que el precepto de hacer 'todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones' está en la relación más estrecha con lo que antecede. De hecho, es la explicación de cómo debe obrarse la salvación. Presenta el aspecto humano que corresponde a la actividad divina, que acaba de ser enfatizada con tanto fervor. Dios obra en nosotros 'el querer y el hacer'; por nuestra parte, hagamos con sumisa disposición todas las cosas que Él así nos inspira a querer y a hacer.
Las 'murmuraciones' no son contra los hombres, sino contra Dios. Las 'discusiones' no son disputas con otros, sino la división interior de la mente en auto-cuestionamientos, vacilaciones y cosas semejantes. Así, unas son más morales y las otras más intelectuales, y juntas representan las formas en que los cristianos pueden resistir la acción del Espíritu de Dios en sus espíritus, 'el querer', o la acción de la providencia de Dios en sus circunstancias, 'el hacer'. ¿No hemos experimentado alguna vez lo que es tener un camino claramente señalado como correcto, del cual nos hemos retraído con resistencia de voluntad? Si de pronto hemos percibido como incorrecto algún proceder al que estábamos acostumbrados sin vacilación, ¿no ha habido acaso alguna 'murmuración' antes de ceder? Una voz nos ha dicho: 'Deja tal o cual hábito', o 'tal o cual ocupación está absorbiendo demasiado': ¿no sabemos todos lo que es no solo sentir que obedecer es un esfuerzo, sino incluso albergar resistencia y dejar que ésta ahogue la voz?
A menudo hay 'discusiones' que no llegan al extremo de las 'murmuraciones'. La antigua palabra que intentó debilitar el claro imperativo del primer mandamiento con la sutil sugerencia: '¿Conque Dios ha dicho...?' sigue susurrándose en nuestros oídos. Sabemos lo que es responder a los mandatos de Dios con un 'Pero, Señor'. Una voluntad renuente es hábil para cubrirse con excusas más o menos sinceras, y la única seguridad está en la obediencia alegre y la sumisión gozosa. La voluntad de Dios no solo debe recibir obediencia, sino obediencia pronta, y tal sumisión instantánea y de todo corazón es indispensable si hemos de 'ocuparnos en nuestra salvación', y presentar una actitud de verdadera y receptiva correspondencia con la de Dios, quien 'obra en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad'. Nuestra entrega a Dios, tanto en lo interior como en lo exterior, debe ser completa. Como se ha dicho profundamente, esa entrega consiste 'en un continuo abandono y pérdida de todo yo en la voluntad de Dios, queriendo solo lo que Dios ha querido desde la eternidad, olvidando lo pasado, entregando el presente a Dios y dejando a su providencia lo que está por venir, contentándonos en el momento actual al ver que trae consigo el orden eterno de Dios respecto a nosotros' (Madame Guyon).



