Figuras de varios siglos · Arthur Symons

Capítulo 3

Capítulo 4 de 13 · 4 min de lectura

Más allá de cualquier escritor destacado por su encanto, Lamb tenía sal y picante. Difícilmente haya una gracia o energía conocida de la prosa que él no haya ejemplificado en algún momento; tan a menudo en sus cartas como en sus ensayos; y siempre con algo definitivo en ello. Nunca es más él mismo que cuando dice, brevemente: 'El sentimentalismo llegó con Sterne, y fue un hijo que tuvo con la Afectación'; pero tampoco es más él mismo que cuando se expande y desarrolla, como en esta descripción de los abucheos que condenaron su obra en Drury Lane:

No fue un silbido tampoco, sino una especie de grito frenético, como una congregación de gansos locos, con rugidos parecidos a osos, muecas y gestos como simios, a veces serpientes, que me silbaron hasta la locura. Fue como las tentaciones de San Antonio. ¡Dios nos ampare, que Dios haya dado a sus hijos predilectos, los hombres, bocas para hablar, para conversar racionalmente, para prometer con suavidad, para halagar agradablemente, para animar con calidez, para aconsejar sabiamente; para cantar, para beber y para besar; y que ellos las conviertan en bocas de víboras, osos, lobos, hienas, y silben como tempestades, y emitan aliento por ellas como destilaciones de veneno de áspid, para difamar y vilipendiar los inocentes trabajos de sus semejantes que desean agradarles!

O puede ser un resfriado el que desate la agilidad heroica de su lengua, y escribe una larga carta sin punto final, que está tan llena de sustancia como uno de sus ensayos. Su técnica es increíblemente refinada, es un verdadero Paganini de la prosa, capaz de inventar y revertir una idea de ingenio piramidal, como en esta parodia de una cantante: 'El trino, que la mayoría de los buenos cantantes reserva para el final o la cadencia, por alguna inexplicable flexibilidad, o temblor de voz, ella lo lleva a lo largo de toda la composición; de modo que el tiempo, en una melodía o balada común, mantiene doble movimiento, como la tierra: recorriendo el circuito principal de la melodía, y girando aún sobre su propio eje'; y puede condensar en seis palabras toda la historia vital y el secreto esencial del alma de Coleridge, cuando dice de él, en casi el último fragmento de prosa que escribió, 'tenía hambre de eternidad.'

Leer a Lamb hace al hombre más humano, más tolerante, más delicado; incita a toda piedad natural, fortalece la reverencia; mientras despeja su mente de cualquier humo opaco que pudiera haberse alojado allí, despierta todos sus sentidos a una alerta vigilante, y realmente aviva su vitalidad, como el aire puro y elevado. Es, en la frase familiar, 'una educación liberal'; pero es esa educación más fina que libera el espíritu. Su piedad natural, en el pleno sentido de la palabra, me parece más profunda y sensible que la de cualquier otro escritor inglés. La bondad, en él, abarca a la humanidad, no con los amplios y envolventes brazos de la filantropía, sino con una caricia individual. Es casi el tipo suficiente de virtud, en la medida en que la virtud pueda ser amada; pues no hay debilidad en él que no sea el bastardo de alguna buena cualidad, ni error que tenga un origen insociable. Sus bromas añaden una nueva reverencia a las cosas bellas y nobles, o iluminan un insospechado 'alma de bondad en las cosas malas.'

Nadie amó tanto a sus amigos, ni fue tan honesto con ellos, ni hizo de la amistad una religión como él. Su retrato de Hazlitt en la 'Carta a Southey' es el fragmento más bello de prosa emotiva que haya escrito, y su pluma se inspira cada vez que habla de Coleridge. 'La gente buena, como les llaman', escribe a Wordsworth, 'no sirve. Quiero individuos. Estoy hecho de puntos extraños y necesito tantas agujas que respondan.' Cuenta a sus amigos en público, como un niño cuenta sus juguetes, cuando alguien ha insultado a uno de ellos. Tiene delicadezas y devociones hacia sus amigos, tan sutiles y nobles que hacen que todo hombre sea su amigo. Y, para que ese amor se profundice en asombro, está el lazo trágico, ese amor protector por su hermana, compuesto de tantos elementos extraños: compasión por la locura, simpatía con lo que en ella le era tan cercano, así como compañerismo mental, y esa paradoja de su posición, por la cual sostiene aquello que lo sostiene.

Es, entonces, esta criatura 'humana, demasiado humana', que se acerca tanto a nuestros corazones, a quien amamos y reverenciamos, quien es también, y sobre todo, o al menos en última instancia, ese gran artista de la prosa, impecable en el tacto, perfecto en la técnica, ese gran hombre de letras, a quien todo amante de la 'prosa como un arte fino' admira con una admiración que bien puede tornarse desesperación. ¿Qué hay en este estilo, en esta manera de decir las cosas, tan ocasional, tan variada, tan parecida a su propio arlequín en su 'espectral chaleco de retazos blancos', 'la aparición de un arcoíris muerto'; qué es lo que da a un estilo, que nadie puede analizar, su 'concisión, su patetismo jocoso, que hace que uno sienta la risa'? Esas son sus propias palabras, no usadas sobre sí mismo; pero, ¿no ayudan acaso a definir lo que, después de todo, nunca podrá explicarse?