Frankenstein o el moderno Prometeo · Mary Shelley

Carta 3

Capítulo 3 de 28 · 1 min de lectura

A la señora Saville, Inglaterra.

7 de julio de 17—.

Mi querida hermana:

Escribo unas líneas apresuradamente para decirte que estoy a salvo y que he avanzado bien en mi viaje. Esta carta llegará a Inglaterra por medio de un mercante que ahora regresa de Arcángel; más afortunado que yo, quien tal vez no vea mi tierra natal durante muchos años. Sin embargo, me encuentro de buen ánimo: mis hombres son valientes y al parecer firmes en su propósito, y las placas de hielo flotante que nos cruzan constantemente, señalando los peligros de la región hacia la que avanzamos, no parecen intimidarlos. Ya hemos alcanzado una latitud muy alta; pero es pleno verano, y aunque no hace tanto calor como en Inglaterra, los vientos del sur, que nos empujan rápidamente hacia esas costas que tanto anhelo alcanzar, traen consigo un grado de calor renovador que no esperaba.

Hasta ahora no nos ha sucedido nada que merezca figurar en una carta. Uno o dos vendavales fuertes y la aparición de una vía de agua son accidentes que los navegantes experimentados apenas consideran dignos de mención, y me daré por satisfecho si nada peor nos ocurre durante nuestro viaje.

Adiós, mi querida Margaret. Ten la seguridad de que, por mi bien y por el tuyo, no me expondré temerariamente al peligro. Seré sereno, perseverante y prudente.

Pero el éxito coronará mis esfuerzos. ¿Por qué no? Hasta aquí he llegado, trazando un camino seguro sobre mares desconocidos, siendo las mismas estrellas testigos y testimonios de mi triunfo. ¿Por qué no continuar sobre este elemento indómito pero obediente? ¿Qué puede detener al corazón decidido y la voluntad resuelta del hombre?

Mi corazón henchido se desborda así, involuntariamente. Pero debo terminar. ¡El cielo bendiga a mi amada hermana!

R.W.