Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 1.III.
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Cómo Gargantúa fue llevado once meses en el vientre de su madre.
Grangoncés fue un buen hombre en su tiempo, y un notable bromista; le gustaba beber vino puro, tanto como a cualquier otro hombre de su época, y comía gustoso carne salada. Para ello, solía estar bien provisto de jamones de tocino, tanto de Westfalia, Maguncia y Bayona, con abundancia de lenguas de buey secas, gran cantidad de longanizas, morcillas y embutidos en su temporada; junto con carne de res salada y mostaza, una buena cantidad de huevas secas de mújol llamadas botargas, gran provisión de salchichas, no de Bolonia (pues temía al lombardo Boccone), sino de Bigorra, Longaulnay, Brene y Rouergue. En el vigor de su edad se casó con Gargamella, hija del rey de los Parpailones, una moza alegre y de buen paladar. Estos dos solían hacer juntos la bestia de dos espaldas, frotando y restregando alegremente sus tocinos uno contra otro, tanto que al final ella quedó encinta de un hermoso hijo, y lo llevó en su vientre hasta el undécimo mes; pues tanto tiempo, e incluso más, puede una mujer llevar su gran barriga, especialmente cuando se trata de una obra maestra de la naturaleza y de una persona predestinada a realizar, en su debido tiempo, grandes hazañas. Así como Homero dice que el hijo que Neptuno engendró con la ninfa nació un año entero después de la concepción, es decir, en el duodécimo mes. Porque, como dice Aulo Gelio, libro 3, este largo tiempo era adecuado a la majestad de Neptuno, para que en él el niño recibiera su forma perfecta. Por la misma razón, Júpiter hizo que la noche en que se acostó con Alcmena durara cuarenta y ocho horas, pues un tiempo menor no era suficiente para forjar a Hércules, quien limpió el mundo de los monstruos y tiranos que lo oprimían. Mis señores, los antiguos pantagruelistas han confirmado lo que digo, y además han declarado que no solo es posible, sino que también han defendido el nacimiento legítimo y la legitimación del infante nacido de una mujer en el undécimo mes después del fallecimiento de su esposo. Hipócrates, libro de alimento. Plinio, libro 7, capítulo 5. Plauto, en su Cistellaria. Marco Varrón, en su sátira titulada El Testamento, citando para este propósito la autoridad de Aristóteles. Censorino, libro de die natali. Aristóteles, libro 7, capítulos 3 y 4, de natura animalium. Gelio, libro 3, capítulo 16. Servio, en su exposición sobre este verso de las églogas de Virgilio, Matri longa decem, etc., y mil otros necios, cuyo número ha sido aumentado por los juristas ff. de suis, et legit l. intestato. párrafo. fin. y en Auth. de restitut. et ea quae parit in xi mense. Además, sobre estas bases han introducido su ley Robidilárdica, o Lapituroliva. Gallus ff. de lib. et posth. l. sept. ff. de stat. hom., y algunas otras leyes que por ahora no me atrevo a nombrar. Por medio de lo cual las honestas viudas pueden, sin peligro, jugar al juego de las nalgas cerradas con todo su empeño y tan fuerte como puedan, durante los dos primeros meses tras el fallecimiento de sus esposos. Les ruego, mis buenos y lozanos muchachos, si encuentran alguna de estas féminas que valga la pena de desatar el cordón del braguero, súbanse, cabalguen sobre ellas y tráiganmelas; porque, si dentro del tercer mes llegaran a concebir, el niño sería heredero del difunto, si antes de morir no tuvo otros hijos, y la madre pasaría por mujer honesta.
Cuando se sepa que ha concebido, avancen con audacia, no la perdonen, pase lo que pase, pues el vientre está lleno. Así como Julia, la hija del emperador Octaviano, nunca se prostituyó con sus amantes sino cuando se sabía encinta, al modo de los barcos, que no reciben a su timonel hasta tener lastre y carga. Y si alguien las culpa por esta su rataconiculación y reiterada lujuria durante su embarazo y preñez, viendo que las bestias, en igual apuro de plenitud, nunca permiten que el macho se les acerque, ellas responderán que esas son bestias, pero ellas son mujeres, muy bien versadas en los pequeños valles y discretas tarifas del agradable oficio y misterios de la superfetación: como Populia respondió en tiempos antiguos, según relata Macrobio, libro 2 de las Saturnales. Si el diablo no quiere que ellas conciban, deberá apretar fuerte la espita y tapar el agujero del tonel.



