Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
LIBRO III.
Capítulo 100 de 266 · 13 min de lectura
EL TERCER LIBRO
François Rabelais al alma de la difunta Reina de Navarra.
Alma abstraída, arrebatada en éxtasis, que has regresado y ahora eres familiar en los cielos, dejando por completo tu antiguo huésped, tu cuerpo, que siempre se deleitó en obedecerte,—obediente, dispuesto,—ahora libre de movimiento, insensible y como en apatía, ¿no quisieras salir por un breve instante de ese lugar divino, eterno y celestial, para ver la tercera parte, en esta celda terrenal, de los valientes actos del buen Pantagruel?
Prólogo del Autor.
Buenas gentes, ilustrísimos bebedores, y ustedes, tres veces preciosos caballeros gotosos, ¿han visto alguna vez a Diógenes, el filósofo cínico? Si lo han visto, entonces tenían ojos en la cabeza, o estoy muy equivocado en mi entendimiento y sentido lógico. Es una cosa gallarda ver la claridad del (vino, oro,) el sol. Que me juzgue el ciego de nacimiento tan renombrado en las Sagradas Escrituras, quien, teniendo a su elección pedir lo que quisiera de Aquel que es Todopoderoso, y cuya palabra se cumple eficazmente en un instante, no pidió otra cosa sino poder ver. Además, no son jóvenes, lo cual es una cualidad suficiente para que filosofen más que físicamente en el vino, no en vano, y de ahora en adelante sean parte del Consejo Báquico; para que, opinando allí, den su parecer fielmente sobre la sustancia, color, excelente olor, eminencia, propiedad, facultad, virtud y dignidad efectiva de dicho bendito y deseado licor.
Si no lo han visto, como fácilmente me inclino a creer que no lo han hecho, al menos han oído hablar de él. Pues por el aire y toda la extensión de este hemisferio de los cielos, su fama y reputación, hasta el presente, se ha mantenido muy memorable y renombrada. Entonces, todos ustedes descienden de sangre frigia, si no me equivoco. Si no tienen tantas coronas como Midas, sin embargo tienen algo, no sé qué, de él, que los persas de antaño estimaban más que todos sus otacustas, y que fue más deseado por el emperador Antonino, y dio ocasión después al Basilisco de Rohan para ser apodado Buenas Orejas. Si no han oído hablar de él, ahora mismo les contaré una historia para hacer que su vino sepa mejor. Beban entonces,—así, al grano. Escuchen ahora mientras les advierto, para que no sean, como infieles, engañados por su simpleza, que en su tiempo fue un filósofo raro y el más alegre de entre mil. Si tenía algún defecto, también ustedes lo tienen, también nosotros; pues nada, salvo Dios, es perfecto. Sin embargo, fue tal que Alejandro Magno, aunque tenía a Aristóteles como instructor y doméstico, lo tenía en tan alta estima, que deseó, si no hubiera sido Alejandro, haber sido Diógenes el Sinopeo.
Cuando Filipo, rey de Macedonia, emprendió el sitio y la ruina de Corinto, los corintios, habiendo recibido cierta información por sus espías de que él, con un numeroso ejército en formación de batalla, venía contra ellos, todos ellos, no sin razón, estaban terriblemente asustados; y por tanto, no descuidaron su deber haciendo todo lo posible por ponerse en condiciones de resistir su hostil avance y defender su propia ciudad.
Algunos trajeron del campo a los lugares fortificados sus bienes muebles, ganado, grano, vino, fruta, víveres y otras provisiones necesarias.
Otros fortificaron y reforzaron sus murallas, levantaron pequeñas fortalezas, baluartes, revellines cuadrados, cavaron trincheras, limpiaron contraminas, se protegieron con gaviones, construyeron plataformas, vaciaron casamatas, barricaron los falsos brayes, erigieron caballeros, repararon los contrafuertes, enlucieron las cortinas, alargaron revellines, taparon parapetos, ensamblaron barbacanas, aseguraron las rastrillos, fijaron las rejas, sarasinescas y cataratas, colocaron centinelas y duplicaron la patrulla. Todos vigilaban y hacían guardia, y ninguno estaba exento de cargar la cesta. Unos pulían corazas, barnizaban espaldas y pechos, limpiaban yelmos, cotas de malla, brigantinas, sallets, cascos, morriones, jubones, codales, gorjales, hoguines, brazales y quijotes, corazas, almófares, escudos, broqueles, rodeles, grebas, guanteletes y espuelas. Otros preparaban arcos, hondas, ballestas, virotes, catapultas, migrañas o bolas de fuego, teas, balistas, escorpiones y otros ingenios bélicos expugnatorios y destructivos para los helepolidas. Afilaban y preparaban lanzas, bastones, picas, alabardas, garfios largos, lanzones, zagayas, bastones de cuarto, tridentes, partizanas, truchas, garrotes, hachas de guerra, mazas, dardos, dardillos, guadañas, jabalinas, javelinas y porras. Afilaban cimitarras, sables, badelares, espadas anchas, tucks, estoques, bayonetas, puntas de flecha, dagas, cuchillos, manducianos, puñales, cuchillos cortos, navajas, cuchillos de desbastar y raillones.
Cada hombre ejercitaba su arma, cada uno quitaba el óxido de su espada natural; ni había mujer entre ellos, por reservada o anciana que fuera, que no hiciera pulir bien su armadura; como saben, las mujeres corintias de antaño eran consideradas muy valientes combatientes.
Diógenes, al verlos a todos tan ocupados en el trabajo, y no siendo empleado por los magistrados en ningún asunto, consideró y contempló muy seriamente, durante muchos días seguidos y sin pronunciar palabra, el semblante de sus conciudadanos.
Entonces, de repente, como si hubiera sido despertado e inspirado por un espíritu marcial, se ciñó la capa en bandolera sobre el brazo izquierdo, se remangó hasta el codo, se apretó como un campesino que recoge manzanas, y, entregando a uno de sus viejos conocidos su zurrón, libros y opistógrafos, salió de la ciudad hacia una pequeña colina o promontorio de Corinto llamado Cranie; y allí, en la playa, un lugar bastante llano, hizo rodar su alegre tonel, que le servía de casa para resguardarse de las inclemencias del tiempo: allí, digo, con gran vehemencia de espíritu, lo giró, lo viró, lo hizo rodar, lo volteó, lo sacudió, lo agitó, lo empujó, lo revolvió, lo trastornó, lo apuró, lo sacudió, lo empelló, lo volcó, lo invirtió, lo subvirtió, lo volteó, lo golpeó, lo aporreó, lo sacudió, lo apaleó, lo empujó, lo sacudió, lo lanzó, lo arrojó, lo volcó, lo puso patas arriba, lo puso al revés, lo pisoteó, lo aplastó, lo estampó, lo golpeó, lo hizo sonar, lo hizo retumbar, lo hizo vibrar, lo hizo rodar, lo hizo sonar, lo hizo resonar, lo detuvo, lo cerró, lo destapó, lo cerró, lo destapó. Y luego, de nuevo, con gran bullicio, lo lanzó, lo manoseó, lo cortó, lo afiló, lo pesó, lo lanzó, lo arrojó, lo tambaleó, lo hizo oscilar, lo balanceó, lo sacudió, lo levantó, lo alzó, lo transformó, lo transfiguró, lo transmutó, lo cambió de lugar, lo erigió, lo elevó, lo izó, lo lavó, lo limpió, lo enjuagó, lo clavó, lo asentó, lo fijó, lo encadenó, lo ató, lo niveló, lo bloqueó, lo tironeó, lo retorció, lo cargó, lo salpicó, lo ensució, lo secó, lo montó, lo perforó, lo melló, lo entalló, lo salpicó, lo adornó, lo decoró, lo guarneció, lo calibró, lo equipó, lo taladró, lo agujereó, lo atrapó, lo hizo retumbar, lo deslizó colina abajo y lo precipitó desde lo más alto del Cranie; luego, desde el pie hasta la cima (como otro Sísifo con su piedra) lo volvió a subir, y de todas las formas lo golpeó y aporreó tanto que era un milagro que no le hubiera roto el fondo.
Cuando uno de sus amigos lo vio y le preguntó por qué se fatigaba tanto el cuerpo, atormentaba su espíritu y maltrataba su tonel, la respuesta del filósofo fue que, no siendo empleado en ningún otro cargo por la República, le parecía conveniente tronar y hacer tempestad tan furiosamente sobre su tonel, para que, entre un pueblo tan fervorosamente ocupado y entregado al trabajo, él solo no pareciera un holgazán y perezoso. En el mismo sentido puedo decir de mí mismo,
Aunque estoy libre de miedo, no estoy exento de preocupación.
Pues, al percibir que no se me tenía en cuenta para la realización de ninguna tarea de gran importancia, y considerando que en todas las partes de este noble reino de Francia, tanto de este como del otro lado de las montañas, todos se ejercitan y ocupan con diligencia, unos en fortificar su patria para su defensa, otros en rechazar a sus enemigos mediante una guerra ofensiva; y todo esto con una política tan excelente y un orden tan admirable, tan manifiestamente provechoso para el porvenir, por lo cual Francia tendrá sus fronteras magníficamente ampliadas y los franceses asegurada una paz larga y bien fundamentada, que muy poco me aparta de la opinión del buen Heráclito, quien afirmaba que la guerra es el padre de todas las cosas buenas; y por ello creo que la guerra en latín se llama bellum, no por antífrasis, como algunos remendadores de viejo latín quisieran hacernos creer, porque en la guerra hay poca belleza que ver, sino absoluta y simplemente; pues en la guerra aparece todo lo bueno y loable, y por la guerra se purga toda clase de maldad y deformidad. Para probar esto, el sabio y pacífico Salomón no pudo representar mejor la perfección inefable de la sabiduría divina que comparándola con la disposición y el orden de un ejército en formación de batalla, bien provisto y ordenado.
Por tanto, debido a mi debilidad e incapacidad, siendo considerado por mis compatriotas como inepto para la parte ofensiva de la guerra; y por otro lado, no siendo empleado en absoluto en cuestiones de defensa, aunque solo fuera para cargar bultos, rellenar fosos o romper terrones, cualquiera de las cuales me habría sido indiferente, consideré no poco vergonzoso ser solo un espectador ocioso de tantos hombres valientes, elocuentes y guerreros, que a la vista de toda Europa representan este notable interludio o tragi-comedia, y no hacer yo algún esfuerzo hacia la realización de esto, nada en absoluto queda para mí por hacer. En mi opinión, poco honor merecen aquellos que solo miran, generosos con sus ojos y con sus monedas, y esconden su plata; rascándose la cabeza con un dedo como cachorros gruñones, boquiabiertos ante las moscas como becerros de diezmo; bajando las orejas como asnos arcadios ante la melodía de los músicos, quienes con sus mismos rostros en el fondo del silencio expresan su consentimiento a la prosopopeya. Habiendo hecho esta elección, me pareció que mi ejercicio en ello no sería ni inútil ni molesto para nadie, mientras pusiera en movimiento mi tonel diógenesco, que es todo lo que me queda a salvo del naufragio de mis antiguas desgracias.
Ante este vaivén de mi tonel, ¿qué quieren que haga? Por la Virgen que arremanga su manga, aún no lo sé. Esperen un poco, hasta que sorba un trago de esta botella; es mi verdadero y único Helicón; es mi fuente cabalina; es mi único entusiasmo. Bebiendo así, medito, discurro, resuelvo y concluyo. Después de que el epílogo está hecho, río, escribo, compongo y bebo de nuevo. Ennio, bebiendo, escribía, y escribiendo, bebía. Esquilo, si hemos de creer a Plutarco en sus Simposíacos, componía bebiendo, y bebiendo componía. Homero nunca escribió en ayunas, y Catón nunca escribió sino después de haber bebido. Estos ejemplos los he traído ante ustedes para que no digan que viví sin el ejemplo de hombres bien elogiados y mejor estimados. Es bueno y fresco, como si dijeran que está entrando en el segundo grado. ¡Dios, el buen Dios Sabaoth, es decir, el Dios de los ejércitos, sea alabado por ello eternamente! Si ustedes, de igual modo, quisieran tomar un buen trago, o dos pequeños, mientras llevan puesta su toga, en verdad no encuentro inconveniente alguno en ello, siempre que eleven a Dios, por todo, una pequeña muestra de agradecimiento.
Puesto que mi suerte o destino es tal como han oído—pues no todos pueden ir a Corinto—estoy plenamente resuelto a no ser tan ocioso e inútil, que me dedicaré a servir tanto a unos como a otros. Entre los excavadores, zapadores y constructores de murallas, haré como hicieron Neptuno y Apolo en Troya bajo Laomedonte, o como hizo Renaud de Montauban en sus últimos días: serviré a los albañiles, pondré la olla al fuego para los ladrilleros; y, mientras se prepara la carne picada al son de mi pequeña flauta, mediré el hocico de los viejos ensimismados. Así hizo Anfión, que con la melodía de su lira fundó, construyó y terminó la gran y renombrada ciudad de Tebas.
Para uso de los guerreros, estoy a punto de abrir nuevamente mi barril para darles a probar (lo cual, por dos volúmenes anteriores míos, si no hubiera sido por la falsedad y engaño de los impresores, ustedes habrían saboreado muy bien), y sacarles, del fruto de nuestros propios y alegres pasatiempos, una gallarda tercera parte de un galón, y por consiguiente una alegre y animada cuarta parte de sentencias pantagruélicas, que pueden llamar, si así lo desean, diógenas; y tendrán en mí, ya que no puedo ser su compañero de armas, a su fiel copero, refrescando y animando, según mi pequeña capacidad, su regreso de las alarmas enemigas; así como un incansable exaltador de sus proezas marciales y gloriosas hazañas. No fallaré en esto, par lapathium acutum de dieu; si Marte no falla en Cuaresma, lo cual, les aseguro, ese astuto lascivo no querrá hacer.
Recuerdo, sin embargo, haber leído que Ptolomeo, hijo de Lagos, un día, entre los muchos despojos y botines que por sus victorias había adquirido, presentó a los egipcios, a la vista del pueblo, un camello bactriano completamente negro y un esclavo de dos colores, de modo que una mitad de su cuerpo era negra y la otra blanca, no en partición de ancho por el diafragma, como aquella mujer consagrada a la Venus india que el filósofo de Tiana vio entre el río Hidaspes y el monte Cáucaso, sino en una dimensión perpendicular de altura; cosas que nunca antes se habían visto en Egipto. Esperaba, con la exhibición de estas novedades, ganarse el amor del pueblo. ¿Pero qué ocurrió entonces? Ante la aparición del camello, todos se asustaron, y al ver al hombre bicolor se ofendieron; algunos se burlaron de él como de un monstruo detestable engendrado por el error de la naturaleza; en resumen, de la esperanza que tenía de agradar a esos egipcios, y de aumentar así el afecto que naturalmente le profesaban, quedó completamente frustrado y decepcionado; comprendiendo plenamente, por su comportamiento, que encontraban más placer y deleite en las cosas propias, bellas y perfectas, que en criaturas deformes, monstruosas y ridículas. Desde entonces tuvo tal aversión por el esclavo y el camello, que poco después, ya fuera por negligencia o por falta de sustento, cambiaron la vida por la muerte.
Este ejemplo me deja en suspenso entre la esperanza y el temor, temiendo que, por el contento que busco, solo coseche lo que más me desagrade: mi pastel quedará crudo, y por mi Venus solo tendré algún cachorro deforme; en vez de servirles, solo los molestaré y ofenderé a quienes pretendo alegrar; pareciéndome en esta incierta aventura al cocinero de Euclión, tan renombrado por Plauto en su Olla, y por Ausonio en su Grifo, y por varios otros; ese cocinero, que por haber descubierto un tesoro rascando, recibió una buena paliza. Supongamos que no me gano su enojo, aunque antes ocurrieron tales cosas y podría suceder de nuevo. Sin embargo, ¡por Hércules!, no será así. Pues percibo en todos ellos una misma forma específica y las mismas propiedades individuales, que nuestros antepasados llamaron pantagruelismo; por cuya virtud tolerarán cualquier cosa que provenga de un corazón bueno, libre y leal. Los he visto normalmente aceptar la buena voluntad como parte de pago, y quedar satisfechos con ello cuando uno no podía hacer más. Habiendo despachado este punto, vuelvo a mi barril.
¡Arriba, muchachos, a este vino, no lo escatimen! ¡Beban, chicos, y apuren las copas hasta el fondo! Si no les parece bueno, déjenlo. No soy como esos necios oficiosos e importunos, que por la fuerza, el atropello y la violencia obligan a un buen hombre sencillo a trasegar, empinar el codo, beber en exceso y cosas peores. Todos los buenos bebedores, todos los buenos gotosos, todos los que tengan sed, al llegar a este pequeño barril mío, no tienen por qué beber si no les place; pero si tienen ganas y el vino resulta agradable al paladar de sus mercedes, que beban, franca, libre y valientemente, sin pagar nada, y bienvenidos sean. Este es mi decreto, mi estatuto y mi ordenanza.
Y que nadie tema que habrá escasez de vino, como en las bodas de Caná en Galilea; porque por mucho que extraigan de la canilla, tanto mismo yo echaré por la espita. Así, el barril permanecerá inagotable; posee un manantial vivaz y un flujo perpetuo. Tal era la bebida contenida en la copa de Tántalo, que figuradamente representaban entre los sabios bracmanes. Así era, en Iberia, la montaña de sal tan celebrada por Catón. Así era la rama de oro consagrada a la diosa subterránea, de la que Virgilio trata tan sublimemente. Es una verdadera cornucopia de alegría y burla. Si en algún momento les parece que se ha vaciado hasta las heces, aun así no se agotará del todo. Al fondo queda la buena esperanza, como en el frasco de Pandora; y no la desesperación, como en el tonel de las Danaides. Presten atención a lo que he dicho y a qué clase de personas invito; pues, para que nadie se engañe, yo, a imitación de Lucilio, quien protestaba que solo escribía para sus propios tarentinos y consentinos, no he perforado este recipiente sino para ustedes, hombres honrados, bebedores de la primera edición y veteranos de la más alta categoría. Los grandes dorófagos, traficantes de sobornos, tienen ya bastante ocupación y bastante caza en sus ganchos. Que sigan su presa allá; aquí no hay carroña para ellos. Ustedes, leguleyos, tergiversadores y maestros de la chicana, les ruego que no me hablen, en nombre de, y por el respeto que profesan a las cuatro caderas que los engendraron y al perno vivificante que entonces las unió. En cuanto a los hipócritas, mucho menos; aunque todos ellos estuvieran enfermos, apestados, sarnosos, dotados de sed insaciable y hambre voraz. (¿Y por qué?) Porque en verdad no son del bien sino del mal, y de ese mal del que cada día pedimos a Dios que nos libre. Y aunque a veces los veamos fingir devoción, nunca un viejo mono hizo una muñeca bonita. ¡Fuera, mastines; perros con jubón, retírense; lejos, villanos, fuera de mi sol; sabuesos, al diablo! ¿Vienen aquí, moviendo la cola, a jadear por mi vino y a orinar mi barril? Miren, aquí está el garrote que Diógenes, en su testamento, ordenó que se colocara junto a él después de su muerte, para espantar, aplastar los lomos y romper las espaldas de estos espectros sepulcrales y canes infernales cerberianos. ¡Lárguense de aquí, hipócritas, con sus perros ovejeros; váyanse, farsantes, al diablo! ¡Eh! ¿Todavía están ahí? Renuncio a mi parte de Papimania si los atrapo, Grr, Grrr, Grrrrrr. ¡Fuera, fuera! ¿No se van? Que nunca puedan defecar hasta que sean bien azotados con correa de estribo, ni orinar sino colgados de la cuerda, ni calentarse de otro modo que a bastonazos.
EL TERCER LIBRO.



