Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 3.IV.
Capítulo 104 de 266 · 5 min de lectura
Panurgo continúa su discurso en alabanza de los que piden prestado y de los que prestan.
Por el contrario, os ruego que imaginéis otro mundo, en el que todos prestan y todos deben, todos son deudores y todos acreedores. ¡Oh, cuán grande será la armonía que de ahí resultará por los movimientos regulares de los cielos! Me parece oírla tan claramente como alguna vez la oyó Platón. ¡Qué simpatía habrá entre los elementos! ¡Oh, cuán deleitables serán entonces para la naturaleza nuestras propias obras y producciones! Mientras Ceres aparecerá cargada de trigo, Baco de vinos, Flora de flores, Pomona de frutos, y Juno resplandeciente en un aire claro, sano y agradable. Me pierdo en esta alta contemplación.
Entonces, entre la raza humana, la paz, el amor, la benevolencia, la fidelidad, la tranquilidad, el reposo, los banquetes, las fiestas, la alegría, el regocijo, el oro, la plata, el dinero suelto, las cadenas, los anillos y otros bienes y mercancías de esa índole pasarán de mano en mano. No habrá pleitos, ni guerras, ni disputas, debates ni riñas; no habrá usureros, ni avaros, ni miserables, ni tacaños de corazón duro. ¡Dios mío! ¿No será esta la edad de oro bajo el reinado de Saturno? ¿La verdadera imagen de las regiones olímpicas, donde todas las demás virtudes cesan y sólo la caridad reina, gobierna, domina y triunfa? Todos serán allí gente hermosa y buena, todos justos y virtuosos.
¡Oh mundo feliz! ¡Oh pueblo de ese mundo, el más dichoso! ¡Sí, tres y cuatro veces bendito es ese pueblo! Creo de verdad que estoy entre ellos, y os juro, por mi buena fe, que si ese glorioso mundo tuviera un papa, rebosante de cardenales, para que tuviera la compañía de un sagrado colegio, en muy pocos años veríais a los santos mucho más numerosos en el registro, más milagrosos y maravillosos, más servicios, más votos, más báculos y cirios que todos los de las nueve diócesis de Bretaña, salvo san Ivo. Considerad, señor, os lo ruego, cómo el noble Pathelín, queriendo deificar y exaltar hasta el tercer cielo al padre de Guillermo Josseaulme, no dijo más que esto: Y prestó sus bienes a quienes los deseaban.
¡Oh, qué hermosa frase! Ahora imaginemos que nuestro microcosmos se conforma a este modelo en todos sus miembros; prestando, pidiendo prestado y debiendo, es decir, según su propia naturaleza. Porque la naturaleza no ha creado al hombre para otro fin que para deber, pedir prestado y prestar; no hay mayor armonía entre las esferas celestes que la que se hallará en su política bien ordenada. La intención del fundador de este microcosmos es tener en él un alma para ser hospedada, que allí se aloja como huésped con su anfitrión, para vivir allí un tiempo. La vida consiste en la sangre, la sangre es la sede del alma; por tanto, la principal obra del microcosmos es fabricar sangre continuamente.
En esta fragua se ejercitan todos los miembros del cuerpo; ninguno está exento de labor, cada uno opera por separado y cumple su función propia. Y tal es su jerarquía, que perpetuamente uno pide prestado al otro, uno presta al otro, y uno es deudor del otro. La materia conveniente que la naturaleza da para ser convertida en sangre es el pan y el vino. Todo tipo de alimento nutritivo se entiende comprendido en estos dos, y por eso en lengua goda se llama companaje. Para encontrar este alimento y bebida, para prepararlo y cocerlo, las manos trabajan, los pies caminan y sostienen toda la masa corporal; los ojos guían y conducen todo; el apetito en el orificio del estómago, mediante un pequeño humor negro y agrio, llamado melancolía, que le llega del bazo, avisa para recibir el alimento. La lengua hace la primera prueba y lo saborea; los dientes lo mastican, y el estómago lo recibe, digiere y lo convierte en quilo. Las venas mesentéricas extraen de él lo que es bueno y útil, dejando los excrementos, que son expulsados por conductos especiales mediante una facultad expulsiva. Luego es llevado al hígado, donde, tras una nueva transformación, por virtud de esa transmutación se convierte en sangre. ¿Qué alegría, imagináis, habrá entre esos oficiales cuando vean ese riachuelo de oro, que es su único restaurador? No es mayor la alegría de los alquimistas cuando, tras largo trabajo, fatiga y gasto, ven en sus hornos la transmutación. Entonces cada miembro se prepara y se esfuerza de nuevo por purificar y refinar ese tesoro. Los riñones, por las venas emulgentes, extraen de allí la acuosidad que llamáis orina, y la envían por los uréteres hacia abajo; donde, en un receptáculo inferior y propio, a saber, la vejiga, se guarda y permanece hasta que haya ocasión de expulsarla a su debido tiempo. El bazo extrae de la sangre su parte terrestre, es decir, los posos, heces o sustancia espesa que se asienta en el fondo, que llamáis melancolía. La vesícula biliar sustrae de allí toda la bilis superflua; de donde es llevada a otro taller para ser aún mejor purificada y refinada, es decir, el corazón, que por su agitación de movimientos diastólicos y sistólicos la sutiliza e inflama tan delicadamente, que en el ventrículo derecho se perfecciona y, a través de las venas, es enviada a todos los miembros. Cada parte del cuerpo la atrae entonces hacia sí y, a su manera, se alimenta y nutre de ella. Pies, manos, muslos, brazos, ojos, oídos, espalda, pecho, sí, todos; y entonces, quienes antes eran prestamistas, ahora se convierten en deudores. El corazón, en su ventrículo izquierdo, vuelve la sangre tan sutil que por eso recibe el nombre de espiritual; la cual, enviada por las arterias a todos los miembros del cuerpo, sirve para calentar y avivar la otra sangre que corre por las venas. Los pulmones no cesan, con sus lóbulos y fuelles, de enfriarla y refrescarla, en reconocimiento de lo cual el corazón, por la vena arterial, le da lo mejor de su sangre. Al fin, en la red admirable, se refina tanto y se vuelve tan sutil que de ella se forman y componen los espíritus animales, por cuyo medio la imaginación, el discurso, el juicio, la resolución, la deliberación, la razón y la memoria tienen su origen, acción y funcionamiento.
¡Cuerpo de copas, me hundo, me ahogo, me pierdo, me extravío y salgo completamente de mí mismo cuando entro en la consideración del profundo abismo de este mundo, así prestando, así debiendo! Creedme, es cosa divina prestar,—deber, una virtud heroica. Pero esto no es todo. Este pequeño mundo, así prestando, debiendo y pidiendo prestado, es tan bueno y caritativo, que apenas termina la alimentación antes mencionada, de inmediato proyecta y ya ha previsto cómo prestará a los que aún no han nacido, y con ese préstamo se esfuerza por eternizarse y multiplicarse en imágenes semejantes al modelo, es decir, hijos. Para ello, cada miembro corta y aparta de lo más selecto y precioso de su alimento una porción, y enseguida la envía hacia abajo al lugar donde la naturaleza ha preparado vasos y receptáculos muy aptos, por los que, descendiendo hasta las partes genitales por largos rodeos, circuitos y flexuosidades, recibe una forma adecuada y espacios suficientes tanto en el hombre como en la mujer para la futura conservación y perpetuación del linaje humano. Todo esto se hace por préstamos y deudas de unos a otros; y de ahí viene esta expresión: la deuda del matrimonio. La naturaleza cuenta el dolor para el que se niega, con una gravísima molestia para sus miembros y una furia desenfrenada en sus sentidos. Pero, por otra parte, al que presta le da una recompensa segura, acompañada de placer, alegría, consuelo, regocijo y buen humor.



