Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.V.

Capítulo 105 de 266 · 4 min de lectura

Cómo Pantagruel aborrece por completo a los deudores y prestatarios.

Te entiendo muy bien, dijo Pantagruel, y veo que eres muy hábil en tópicos, y que defiendes con fervor tu propia causa. Pero predícalo, patrocínalo, parlotea y defiéndelo cuanto quieras, incluso hasta Pentecostés si así lo deseas, pero al final te sorprenderás al ver que no habrás avanzado nada conmigo, ni me habrás persuadido con tus bellas palabras y tu discurso suave a entrar, aunque sea un poco, en la esclavitud de la deuda. No debas nada a nadie, dice el santo Apóstol, salvo amor, amistad y benevolencia mutua.

Reconozco que aquí me sirves de bellas grafías y diatíposes, descripciones y figuras, que en verdad me agradan mucho. Pero déjame decirte que, si representas en tu imaginación a un bravucón descarado y a un prestatario impertinente, entrando de nuevo en una ciudad ya advertida de sus modales, verás que a su llegada los ciudadanos estarán más horrorizados y asustados, y en mayor terror, miedo y temblor, que si la peste misma entrara en ella con el mismo atuendo y aspecto en que el filósofo de Tiana la encontró en la ciudad de Éfeso. Y estoy plenamente convencido de que los persas no se equivocaban cuando decían que el segundo vicio era mentir, siendo el primero deber dinero. Porque, en verdad, las deudas y la mentira suelen ir juntas. Sin embargo, no quiero inferir de esto que nadie deba nada ni preste nada. Pues, ¿quién puede ser tan rico que alguna vez no deba, o tan pobre que alguna vez no pueda prestar?

No obstante, que la ocasión, en ese caso, como muy sabiamente dice y ordena Platón en sus leyes, sea tal que nadie pueda sacar agua del pozo de su vecino hasta que, cavando y escarbando continuamente en su propio terreno, haya encontrado una especie de tierra de alfarero, llamada ceramita, y no haya hallado allí fuente ni gota de agua; pues ese tipo de tierra, por su sustancia, que es grasa, fuerte, firme y compacta, retiene tan bien la humedad que no la deja evaporar fácilmente por ninguna excursión o evaporación externa.

En verdad, es una gran vergüenza preferir andar siempre pidiendo prestado en todas partes a todos, antes que trabajar y ganarse la vida. Solo entonces, a mi juicio, se debería prestar, cuando la persona diligente, laboriosa e industriosa ya no pueda, por su trabajo, obtener nada para sí, o bien, cuando por desgracia haya caído repentinamente en una pérdida inesperada de sus bienes.

Sea como fuere, dejemos este discurso y, de ahora en adelante, no dependas de los acreedores ni te ates a ellos. Considero que, por lo pasado, te libero de ellos y te saco de su esclavitud. Lo menos que debería hacer en este punto, dijo Panurgo, es darte las gracias, aunque sea lo máximo que puedo hacer. Y si la gratitud y el agradecimiento deben estimarse y valorarse por el afecto del benefactor, eso debe hacerse de manera infinita y sempiterna; porque el amor que me tienes por tu propia voluntad y gracia, sin mérito alguno de mi parte, va mucho más allá de cualquier precio o valor. Trasciende todo peso, todo número, toda medida; es interminable y eterno; por lo tanto, si intentara medirlo y ajustarlo, ya sea al tamaño y proporción de tus nobles y generosos actos, o al contento y deleite de los beneficiados, quedaría muy corto y deficiente. En verdad me has hecho mucho bien y has multiplicado tus favores hacia mí más de lo que corresponde a alguien de mi condición. Has sido más generoso conmigo de lo que he merecido, y tus cortesías han superado con creces el alcance de mis méritos, debo confesarlo. Pero no es, como supones, en el asunto propuesto. Porque ahí no es donde me pica, no es ahí donde me duele, hiere o molesta; pues, estando ya libre y fuera de deudas, ¿qué aspecto podré mostrar? Puedes imaginar que me sentará muy mal el primer mes, porque nunca antes me he criado ni acostumbrado a ello. Me da mucho miedo. Además, no habrá uno solo, nacido en el país de Salmigondín, que no apunte hacia mi nariz. Todos los fanfarrones del mundo, al soltar sus ventosidades traseras, suelen decir: “Voilà pour les quittes”, es decir, “Por los libres de deuda”. Mi vida será muy corta, lo preveo. Te encargo la redacción de mi epitafio; pues veo que moriré envuelto en el hedor de los pedos. Si alguna vez, como remedio para aquellas buenas mujeres que sufran de dolor de vientre por gases, los medicamentos habituales no resultan efectivos, la momia de todo mi cuerpo apestado será de inmediato el remedio prescrito por los médicos; de la cual, tomando un pequeño trozo, les proporcionará al instante un estruendo de ventosidad, como una salva de mosquetes.

Por eso te suplico que me dejes algunos siglos de deudas; como el rey Luis XI, eximiendo de pleitos al reverendo Miles d’Illiers, obispo de Chartres, fue por dicho obispo insistentemente solicitado para dejarle algunos pocos para el ejercicio de su mente. Preferiría darles todos mis ingresos de los caracoles, junto con las otras rentas de las langostas, aunque con ello no se me rebajara nada del principal de lo que debo. Dejemos este asunto, dijo Pantagruel, ya te lo he dicho antes.