Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 3.VII.
Capítulo 107 de 266 · 5 min de lectura
Cómo Panurgo tuvo una pulga en la oreja, y dejó de usar para siempre su magnífica bragueta.
Al día siguiente, Panurgo mandó perforar su oreja derecha al modo judío, y en ella se colocó un pequeño aro de oro, trabajado con un diseño semejante a un helecho, en cuyo engaste o chatón estaba incrustada una pulga; y, para que no quede duda alguna, deben saber que la pulga era negra. ¡Oh, cuán importante es, en todo asunto y circunstancia, estar perfectamente bien informado! El total del gasto, sumado, presentado y depositado sobre la alfombra de su mesa de consejo, ascendía trimestralmente a lo mismo que costarían las nupcias de una tigresa hircania; es decir, como quien dice, 600,000 maravedíes. Con estos enormes costos y excesivos desembolsos, tan pronto como se vio libre de deudas, se inquietó mucho; y luego, como suelen hacer los tiranos y los abogados, la alimentó y sostuvo con el sudor y la sangre de sus súbditos y clientes.
Luego tomó cuatro varas francesas de una tosca tela parda y burda, y con ella se vistió, como con una túnica larga, de costura sencilla y pespunte simple, dejando de usar calzones, y ató un par de anteojos a su gorra. Así ataviado se presentó ante Pantagruel; a quien este disfraz le pareció aún más extraño porque ya no veía, como antes, aquella hermosa, noble y majestuosa bragueta, que era el único ancla de esperanza en la que solía confiar y el último refugio que tenía en medio de todas las olas y borrascas que una tormenta de adversidad podía levantar contra él. El honesto Pantagruel, sin comprender el misterio, le preguntó, a modo de interrogatorio, qué pretendía representar con esa nueva y extraña prosopopeya. “Tengo —respondió Panurgo— una pulga en la oreja y deseo casarme.” “En buena hora —dijo Pantagruel—, me has dado una alegre noticia. Sin embargo, no sostendría un hierro candente en la mano por toda la dicha que eso me cause. Pero no es costumbre de los enamorados vestirse con tales ropajes colgantes, de modo que sus camisas les cuelguen sobre las rodillas, sin calzones y con una larga túnica de un pardo oscuro mezclado, color nunca usado en los vestidos talares por personas de honor, calidad o virtud. Si algunos herejes y sectarios cismáticos alguna vez se vistieron así (aunque muchos atribuyeron tal indumentaria a la estafa, el engaño, la impostura y una afectación de tiranía sobre las mentes crédulas de la ruda multitud), no los culparé por ello, ni en ese punto los juzgaré con ligereza o mala intención. Cada quien abunda desbordantemente en su propio sentido y fantasía; sí, incluso en cosas ajenas, completamente externas e indiferentes, que en sí mismas no son ni dignas de elogio ni malas, porque no proceden del interior de los pensamientos y del corazón, que es el taller de todo bien y mal; de bondad, si es recto y sus afectos están regulados por el puro y limpio espíritu de la justicia; y, por otro lado, de maldad, si sus inclinaciones, extraviándose más allá de los límites de la equidad, se corrompen y depravan por la malicia y las sugerencias del diablo. Solo la novedad y rareza de ello es lo que me desagrada, junto con el desprecio de la costumbre común y la moda vigente.
El color —respondió Panurgo— es conveniente, pues es igual al de la alfombra de mi mesa de consejo; por eso, de ahora en adelante, me quedaré con él y, más estrecha y circunspectamente que nunca, atenderé mis asuntos y negocios. Ahora que estoy libre de deudas, nunca has visto hombre más desagradable que yo seré, si Dios no me ayuda. Mira, aquí están mis anteojos. Si me vieras de lejos, dirías sin dudar que soy fray Juan Burgés. Estoy seguro de que el próximo año volveré a predicar la Cruzada. ¡Pum, tafetán! ¿Ves este pardo? No dudes que bajo él se esconde alguna propiedad secreta y virtud oculta que muy pocos en el mundo conocen. No me lo puse sino hasta esta mañana, y, sin embargo, ya estoy en un furor de deseo, loco por una esposa y vehementemente ansioso por desatar la cinta de la bragueta; me pica, me hormiguea, me retuerzo y anhelo con exceso casarme, para que, sin peligro de bastonazos, pueda trabajar a mi compañera con el empuje duro de un diablo cornudo. ¡Oh, el marido previsor y ahorrativo que entonces seré! Después de mi muerte, con todo el honor y respeto debidos a mi frugalidad, quemarán el sagrado cuerpo de mi persona, con el propósito de preservar sus cenizas, en memoria del más excelente modelo que jamás hubo de un perfecto y completo jefe de familia. ¡Cuerpo de copas!, esta no es la alfombra donde mi tesorero podrá permitirse falsear sus cuentas conmigo, poniendo una X por una V, o una L por una S. Porque, en ese caso, haría volar una lluvia de puñetazos a su rostro. Mírame, señor, por delante y por detrás: está hecha al modo de una toga, que era la antigua moda de los romanos en tiempos de paz. Tomé el modelo, forma y figura de la Columna de Trajano en Roma, así como del Arco Triunfal de Septimio Severo. Estoy cansado de la guerra, harto de llevar jubones, casacas y hoquetones. Mis hombros están lastimosamente gastados y magullados de cargar armaduras. ¡Que cese la armadura y reine la túnica larga! Al menos así debe ser durante todo el año siguiente, si me caso; como ayer, según la ley mosaica, lo demostraste. En cuanto a los calzones, mi tía abuela Lorenza me dijo hace mucho que los calzones solo fueron hechos para el uso de la bragueta, y para ningún otro fin; lo cual, por una consecuencia no menos poderosa, creo por completo, así como el dicho del buen Galeno, quien en su noveno libro, Sobre el uso y empleo de nuestros miembros, alega que la cabeza fue hecha para los ojos. Porque la naturaleza pudo haber colocado nuestras cabezas en las rodillas o los codos, pero, habiendo decidido de antemano que los ojos debían servir para descubrir cosas a lo lejos, para facilitarles el cumplimiento de su función, los fijó en la cabeza, como en la cima de un largo poste, en la parte más eminente de todo el cuerpo, tal como vemos los faros o altas torres erigidas en las bocas de los puertos, para que los navegantes perciban desde lejos las luces de los fuegos y linternas nocturnas. Y porque quisiera, por un corto tiempo, al menos un año, tomar un poco de descanso y respiro del fatigoso trabajo de la profesión militar, es decir, casarme, he dejado de usar bragueta, y en consecuencia he dejado de usar calzones. Porque la bragueta es la pieza principal y más especial de la armadura que lleva un guerrero; y por eso sostengo, incluso hasta el fuego (exclusivamente, entiéndeme), que ningún turco puede decirse propiamente hombre armado, ya que por su ley les está prohibido usar bragueta.



