Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.IX.

Capítulo 109 de 266 · 4 min de lectura

Cómo Panurgo pide consejo a Pantagruel sobre si debe casarse o no.

Como Pantagruel no respondió nada, Panurgo continuó el discurso que ya había iniciado y, soltando desde lo más profundo de su corazón un suspiro muy hondo, dijo: Mi señor y maestro, usted ha escuchado el propósito que tengo, que es casarme, si por algún desgraciado contratiempo no se cierran, tapan, clausuran y sellan todos los agujeros del mundo. Le ruego humildemente, por el afecto que desde hace mucho tiempo me ha tenido, que me dé su mejor consejo al respecto. Entonces respondió Pantagruel: ya que así lo has decidido, lo has deliberado y el asunto está plenamente resuelto, ¿qué necesidad hay de seguir hablando de ello, sino poner en ejecución de inmediato lo que has resuelto? —Sí, pero—dijo Panurgo—, no quisiera hacer nada en esto sin haber contado con tu consejo. —Ese es también mi parecer—dijo Pantagruel—, y te lo aconsejo. —Sin embargo—dijo Panurgo—, si entendiera bien que sería mucho mejor para mí seguir soltero como estoy, que lanzarme de cabeza a nuevas y alocadas aventuras conyugales, preferiría no casarme. —Entonces no te cases—dijo Pantagruel. —Sí, pero—dijo Panurgo—, ¿querrías que pasara toda mi vida tan solitariamente, sin el consuelo de una compañera matrimonial? Sabes que está escrito: ¡Ay del solo! y nunca se ha visto que una persona sola coseche la alegría y el consuelo que se encuentra entre los casados. —Cásate, en nombre de Dios—dijo Pantagruel. —Pero si—dijo Panurgo—, mi esposa llegara a hacerme cornudo—como bien sabes, este año ha sido muy fértil en la producción de ese tipo de ganado—, me enloquecería y perdería la paciencia más allá de todo límite. Amo a los cornudos de corazón, pues me parecen de conversación muy honesta, y de verdad frecuento su compañía con gusto; pero aunque muriera por ello, no quisiera ser uno de ellos. Ese es para mí un punto demasiado doloroso. —Entonces no te cases—dijo Pantagruel—, porque sin duda alguna esta sentencia de Séneca es infaliblemente cierta: Lo que hagas a otros, otros te lo harán a ti. —¿Lo afirmas sin excepción?—preguntó Panurgo. —Sí, en verdad—dijo Pantagruel—, sin excepción alguna. —¡Oh, oh!—dijo Panurgo—, por la ira de un diablillo, su sentido es: ya sea en este mundo o en el otro por venir. Pero viendo que no puedo prescindir de una esposa más que un ciego de su bastón—(pues) el embudo debe estar en movimiento, sin lo cual no puedo vivir—, ¿no sería mucho mejor para mí unirme y asociarme a alguna mujer honesta, hermosa y virtuosa, que, como hago ahora, cambiar de mujer cada día y arriesgarme a ser apaleado, o, peor aún, a contraer la gran peste, si no ambas cosas a la vez? Porque nunca—con el permiso y favor de sus maridos—he gozado aún de una mujer honesta. —Cásate entonces, en nombre de Dios—dijo Pantagruel. —Pero si—dijo Panurgo—, fuera voluntad de Dios, y mi destino me llevara por desgracia a casarme con una mujer honesta que me golpeara, tendría que estar dotado de más de dos tercios de la paciencia de Job, si no acabara completamente loco y fuera de mí por semejante trato áspero. Porque me han dicho que esas mujeres sumamente honestas suelen tener muy mal genio; por eso en su casa nunca falta buen vinagre. Sin embargo, en ese caso me iría peor si no le diera entonces tal paliza en la espalda y el pecho, y no le aporreara los brazos, piernas, cabeza, pulmones, hígado y bazo, junto con sus demás entrañas, y no le destrozara y rajara sus vestidos al estilo de la cruz, que hasta el mayor diablo del infierno esperaría en la puerta para recibir su alma condenada. Podría arreglármelas este año para evitar tales molestias y desasosiegos, y contentarme con dejar de lado ese problema y no involucrarme en él.

No te cases entonces, respondió Pantagruel. —Sí, pero—dijo Panurgo—, considerando la condición en que ahora me encuentro, sin deudas y soltero; fíjate bien en lo que digo, libre de toda deuda, en mala hora, pues si estuviera muy endeudado, mis acreedores se preocuparían demasiado por mi paternidad, pero estando libre y sin casarme, nadie se ocupará tanto de mí, ni me tendrá el afecto que se dice hay en el amor conyugal. Y si por algún infortunio enfermara, me cuidarían de mala gana. El sabio dice: Donde no hay mujer—me refiero a la madre de familia y esposa en unión legítima—, los enfermos y débiles corren peligro de ser maltratados y de tener muchas disputas y riñas a su alrededor; como se ha visto claramente en personas como papas, legados, cardenales, obispos, abades, priores, sacerdotes y monjes; pero ahí, puedes estar seguro, no me encontrarás. —Cásate entonces, en nombre de Dios—respondió Pantagruel. —Pero si—dijo Panurgo—, estando enfermo y quizá por ese mal no pudiera cumplir con el deber matrimonial propio de un esposo activo, mi esposa, impaciente ante esa enfermedad y esos desmayos de languidez, se entregara y prostituyera a los brazos de otro hombre, y no solo no me ayudara y asistiera en mi extrema necesidad, sino que además se burlara y se riera de mi grave desgracia y calamidad; o, peor aún, me robara mis bienes y me despojara, como he visto que les ha sucedido a muchos otros hombres, sería suficiente para arruinarme por completo, llenar hasta el borde la copa de mi desventura y volverme loco como los locos de Bedlam. —No te cases entonces—dijo Pantagruel. —Sí, pero—dijo Panurgo—, nunca por otro medio podría tener hijos e hijas legítimos, en quienes pueda albergar alguna esperanza de perpetuar mi nombre y armas, y a quienes también pueda dejar y legar mis herencias y bienes adquiridos (de los cuales, no lo dudes, en alguna de estas mañanas haré una buena y hermosa muestra), para así alegrarme y divertirme cuando de otro modo estaría sumido en un humor melancólico y taciturno, como veo a diario por el trato amable y cariñoso de tu bondadoso padre contigo; como hacen todas las personas honestas en sus propios hogares y casas particulares. Porque estando libre de deudas y sin casarme, si por casualidad me disgustara y enojara, aunque la causa de mi pena y enojo fuera muy justa, temo que, en vez de consuelo, solo encontraría burlas, mofas, chanzas y escarnios de mi desdichada fortuna. —Cásate entonces, en nombre de Dios—dijo Pantagruel.