Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.X.

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Cómo Pantagruel le representa a Panurgo la dificultad de dar consejo en materia de matrimonio; y, para ello, menciona algo sobre las loterías homéricas y virgilianas.

Tu consejo, dijo Panurgo, con tu permiso y favor, me parece no muy distinto de la canción de la vieja Sí-pero-no. Está lleno de sarcasmos, burlas, pullas amargas, indirectas mordaces, ironías punzantes y repeticiones contradictorias, donde una parte anula a la otra. No sé, dijo Pantagruel, a cuál de todas mis respuestas aferrarme; pues tus propuestas están tan llenas de peros y condiciones, que no puedo fundamentar nada en ellas, ni llegar a una determinación sólida y positiva que satisfaga lo que exigen. ¿No estás seguro en tu interior de lo que realmente deseas? Ahí radica el punto principal y esencial de todo el asunto. Todo lo demás es meramente casual y depende totalmente de la disposición fatal de los cielos.

Vemos a algunos tan afortunados en la suerte de este encuentro nupcial, que su familia brilla como si fuera con el resplandor radiante de una idea, modelo o representación de las alegrías del paraíso; y percibimos a otros, en cambio, tan desdichadamente unidos en el yugo conyugal, que ni los más viles demonios que tientan a los ermitaños que habitan los desiertos de Tebaida y Montserrat son más miserables que ellos. Por tanto, es conveniente, ya que has decidido probar una vez el estado del matrimonio, que, con los ojos cerrados, inclinando la cabeza y besando el suelo, te lances a la aventura y le des una oportunidad, encomendando el éxito del resto a la disposición del Dios Todopoderoso. No está en mi poder darte ninguna otra clase de seguridad, ni certificarte de lo que sucederá en esta empresa tuya. Sin embargo, si así lo deseas, puedes hacer esto. Trae aquí los poemas de Virgilio, para que, después de abrir el libro y separar sus hojas con los dedos tres veces distintas, podamos, según el número acordado entre nosotros, explorar la suerte futura de tu matrimonio. Pues con frecuencia, mediante una lotería homérica, muchos han conocido su destino; como se atestigua en la persona de Sócrates, quien, estando en prisión, al oír la recitación de este verso de Homero, dicho de Aquiles en el noveno de la Ilíada—

Emati ke tritato Phthien eribolon ikoimen,

Nosotros, al tercer día, llegamos a la fértil Ftía—

previó así que al tercer día siguiente iba a morir. De la veracidad de esto aseguró a Esquines; como han dejado plenamente registrado en sus obras Platón, en el Critón, Cicerón, en el Primero de la Adivinación, Diógenes Laercio y otros. Lo mismo se testimonia de Opilio Macrino, a quien, deseando saber si sería emperador romano, le tocó por azar este pasaje en el octavo de la Ilíada—

O geron, e mala de se neoi teirousi machetai, Ze de bin lelutai, chalepon de se geras opazei.

Viejo, nuevos guerreros te instan a que te retires. Tu vida decae, y la vejez te abruma.

De hecho, siendo ya algo anciano, apenas disfrutó la soberanía del imperio durante catorce meses, cuando Heliogábalo, entonces joven y fuerte, lo despojó de todo y lo mató. Bruto también da testimonio de otro experimento de esta naturaleza, quien, queriendo, mediante este método exploratorio por sorteo, saber cuál sería el resultado de la batalla de Farsalia en la que pereció, se topó casualmente con este verso, dicho de Patroclo en el decimosexto de la Ilíada—

Alla me moir oloe, kai Letous ektanen uios.

El destino, y el hijo de Latona me han dado muerte.

Y así fue, pues Apolo fue la palabra clave en el terrible día de esa batalla. Diversas cosas notables de la antigüedad también han sido predichas y conocidas por el sorteo de versos virgilianos; sí, en asuntos de no menor importancia que la obtención del imperio romano, como le sucedió a Alejandro Severo, quien, probando su suerte en ese tipo de lotería, dio con este verso escrito en el sexto de la Eneida—

Tu regere imperio populos, Romane, memento.

Recuerda, romano, que tu misión es reinar.

Pocos años después, fue efectivamente y en serio creado e instalado como emperador romano. Una historia semejante se relata de Adriano, quien, sumamente inquieto por saber en qué estima lo tenía el emperador Trajano y cuán grande era el afecto que le profesaba, recurrió, del modo antes mencionado, a la lotería maroniana, que por azar le ofreció estos versos del sexto de la Eneida—

Quis procul ille autem, ramis insignis olivae Sacra ferens? Nosco crines incanaque menta Regis Romani.

¿Pero quién es aquel, visible desde lejos, con ramas de olivo, que lleva sus ofrendas? Por el cabello blanco y la barba lo reconozco claramente, el rey romano.

Poco después fue adoptado por Trajano y le sucedió en el imperio. Además, a la suerte del loable emperador Claudio le tocó este verso de Virgilio, escrito en el sexto de su Eneida—

Tertia dum Latio regnantem viderit aestas.

Mientras el tercer verano lo vio reinar, un rey en el Lacio.

Y en efecto, no reinó más de dos años. Al mencionado Claudio también, al preguntar por su hermano Quintilio, a quien proponía como colega en el imperio, le ocurrió la siguiente respuesta en el sexto de la Eneida—

Ostendent terris hunc tantum fata.

A éste solo lo mostrarán los hados a la tierra, y no permitirán que sea por más tiempo.

Y así sucedió; pues fue asesinado al decimoséptimo día de haber asumido el mando imperial. La misma suerte, con igual infortunio, le aconteció al emperador Gordiano el Joven. A Claudio Albino, muy ansioso por conocer algo de sus futuras aventuras, le ocurrió este dicho, que está escrito en el sexto de la Eneida—

Hic rem Romanam magno turbante tumultu Sistet Eques, &c.

A los romanos, agitados por tumultuoso furor, este guerrero calmará la peligrosa tormenta: con victorias abatirá al cartaginés y con mano fuerte aplastará a los rebeldes galos.

Asimismo, cuando el emperador D. Claudio, predecesor de Aureliano, investigó con gran afán el destino de su posteridad, tuvo la suerte de dar con este verso en el primero de la Eneida—

Hic ego nec metas rerum, nec tempora pono.

Aquí no pongo límites a las cosas, ni tiempos.

Lo cual se cumplió con la noble descendencia de su linaje. Cuando el señor Pedro Amy, de igual modo, exploró y probó si escaparía de la emboscada de los duendecillos que lo acechaban para destrozarlo, cayó en este verso del tercero de la Eneida—

Heu! fuge crudeles terras, fuge littus avarum!

¡Ay, huye de las tierras crueles, huye de la costa avara!

Siguiendo ese consejo, evitó sano y salvo todas esas emboscadas.

Si no fuera por evitar la prolijidad, podría enumerar mil aventuras semejantes, que, conforme al dictado y veredicto del verso, han ocurrido por ese método de sorteo a los curiosos que las han buscado. Sin embargo, no creas, para que no te engañes, que yo quiera inferir de esta clase de prueba por azar una infalibilidad de la verdad incontrolable e indiscutible.