Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.XIII.

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Cómo Pantagruel aconseja a Panurgo probar la buena o mala suerte futura de su matrimonio mediante los sueños.

Ahora bien, viendo que no podemos ponernos de acuerdo en la manera de exponer o interpretar el sentido de las suertes virgilianas, dirijamos nuestro rumbo por otro camino y probemos una nueva clase de adivinación. ¿De qué tipo?, preguntó Panurgo. De una buena y antigua moda auténtica, respondió Pantagruel; es por medio de los sueños. Porque al soñar, aplicándose las circunstancias y condiciones que están suficientemente descritas por Hipócrates, en el libro Peri ton enupnion, por Platón, Plotino, Jámblico, Sinesio, Aristóteles, Jenofonte, Galeno, Plutarco, Artemidoro, Daldiano, Herófilo, Q. Calabro, Teócrito, Plinio, Ateneo y otros, el alma muchas veces prevé lo que ha de venir. Qué tan cierto es esto, puedes concebirlo por un ejemplo muy común y familiar; como cuando ves que, en el momento en que los niños de pecho, bien alimentados, nutridos y criados con buena leche, duermen profundamente y sin sobresaltos, las nodrizas, mientras tanto, obtienen permiso para divertirse y se les permite recrear su imaginación como les parezca más conveniente y oportuno, siendo durante todo ese tiempo innecesaria su presencia, diligencia y atención en la cuna. De igual modo, cuando nuestro cuerpo está en reposo, la digestión se ha completado por todas partes y, hasta que despierte, no le falta nada, nuestra alma se deleita en divertirse y se complace en ese juego de revisar su patria natal, que son los cielos, donde recibe una participación notable de su primer origen con una infusión de su fuente divina, y en la contemplación de esa esfera infinita e intelectual, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna del mundo universal, es decir, Dios, según la doctrina de Hermes Trismegisto, a quien nada le es nuevo, a quien nada pasado se le escapa y para quien todas las cosas están igualmente presentes, observa no solo lo que es pasado y ha sucedido en el curso inferior y la agitación de los asuntos sublunares, sino que también toma nota de lo que está por venir; luego, al llevar una relación de esos eventos futuros al cuerpo de los sentidos externos y órganos exteriores, se divulga al oído de los demás. Por lo tanto, el dueño de esa alma merece ser llamado vaticinador o profeta. Sin embargo, la verdad es que el alma rara vez puede relatar esas cosas con la sinceridad con que las ha visto, debido a la imperfección y fragilidad de los sentidos corporales, que obstaculizan la realización de esa función; así como la luna no comunica a esta nuestra tierra la luz que recibe del sol con tanto esplendor, calor, vigor, pureza y viveza como le fue dada. Por eso es necesario, para una mejor lectura, explicación y desarrollo de estas vaticinios y predicciones oníricas de esa naturaleza, que se elija un expositor o intérprete diestro, erudito, hábil, sabio, industrioso, experto, racional y resuelto, a quien los griegos llaman oniocrítico u oniropolista. Por esta razón, Heráclito solía decir que nada nos es revelado por los sueños, que nada nos es ocultado por los sueños y que solo por ellos tenemos una significación mística y evidencia secreta de las cosas por venir, ya sea para nuestra propia fortuna próspera o adversa, o para el éxito favorable o desastroso de otro. Las Sagradas Escrituras no testifican menos, y las historias profanas nos lo aseguran, en ambas se nos exponen a la vista mil clases diferentes de extrañas aventuras, que han sucedido exactamente según la naturaleza del sueño, tanto al propio soñador como a otros. Los pueblos atlánticos y los que habitan la isla de Tasos, una de las Cícladas, están privados de esta gran ventaja; pues en sus países nadie ha soñado jamás. De este tipo fueron Cleón de Daulia, Trasimedes y, en nuestros días, el erudito francés Villanovanus, ninguno de los cuales supo nunca lo que era soñar.

No faltes, por tanto, mañana, cuando la alegre y hermosa Aurora con sus rosados dedos descorra las cortinas de la noche para ahuyentar las sombras negras de la oscuridad, en dedicar tu espíritu por completo a la tarea de dormir profundamente y entregarte a ello. Mientras tanto, debes despojar tu mente de toda pasión o afecto humano, como el amor y el odio, el miedo y la esperanza, pues así como en tiempos antiguos el gran vaticinador, el más famoso y renombrado profeta Proteo, no podía, en su disfraz o transformación en fuego, agua, tigre, dragón y otras formas y apariencias extrañas, predecir nada de lo que iba a suceder hasta que era devuelto a su primera forma natural y propia; así también el hombre, pues, al recibir el arte de la adivinación y la facultad de pronosticar las cosas futuras, esa parte en él que es la más divina, es decir, el Nous o Mens, debe estar calmada, apacible, sin perturbaciones, tranquila, quieta, en silencio y no ocupada ni distraída con perturbaciones ajenas que alteren el alma. Estoy de acuerdo, dijo Panurgo. Pero, le ruego, señor, ¿debo esta noche, antes de irme a la cama, comer mucho o poco? No lo pregunto sin motivo. Porque si no ceno bien, abundante, copiosa y ampliamente, mi sueño no vale ni una remolacha partida. Toda la noche entonces solo cabeceo y deliro, y en mis accesos de sueño hablo disparates, mis pensamientos están en una especie de letargo y tan hundidos en su abatimiento como mi estómago está vacío.

No cenar, respondió Pantagruel, sería lo mejor para ti, considerando el estado de tu complexión y la saludable constitución de tu cuerpo. Un cierto profeta muy antiguo, llamado Anfiarao, deseaba que quienes quisieran recibir algún oráculo por medio de sueños, durante veinticuatro horas no probaran alimento alguno y se abstuvieran de vino durante tres días seguidos. Sin embargo, no se te impondrá una dieta tan estricta, dura, rigurosa y extrema. Verdaderamente, estoy muy inclinado a creer que un hombre cuyo estómago está repleto de variados manjares y, en cierto modo, saturado de bebida, difícilmente puede concebir correctamente las cosas espirituales; sin embargo, no comparto la opinión de aquellos que, tras largos y pertinaces ayunos, piensan que por ese medio penetrarán más profundamente en la especulación de los misterios celestiales. Bien puedes recordar cómo mi padre Gargantúa (a quien aquí nombro en honor) nos ha dicho muchas veces que los escritos de los ermitaños abstemios, abstinentes y de largo ayuno eran tan insípidos, secos, áridos y desabridos como sus cuerpos cuando los componían. Es sumamente difícil que los espíritus estén en buen estado, serenos y vivaces, cuando no hay en el cuerpo más que una especie de vacío e inanidad; pues los filósofos y los médicos afirman conjuntamente que los espíritus llamados animales surgen y actúan constantemente en y a través de la sangre arterial, refinada y purificada hasta la vida dentro de la admirable red que, maravillosamente formada, yace bajo los ventrículos y conductos del cerebro. También nos dio el ejemplo del filósofo que, cuando pensaba retirarse seriamente a una soledad apartada, lejos del bullicio y el tumulto confuso del mundo, para mejorar su teoría, idear, comentar y razonar, a pesar de sus máximos esfuerzos por librarse de todo ruido inoportuno, se vio rodeado y cercado por los ladridos de perros, aullidos de mastines, balidos de ovejas, parloteo de loros, charlas de grajillas, gruñidos de cerdos, bufidos de jabalíes, aullidos de zorros, maullidos de gatos, chillidos de ratones, chillidos de comadrejas, croar de ranas, canto de gallos, cacareo de gallinas, reclamo de perdices, canto de cisnes, parloteo de arrendajos, piar de polluelos, canto de alondras, graznido de gansos, trinos de golondrinas, cloqueo de gallinas de monte, canto de cucos, zumbido de abejas, aleteo de halcones, trinos de jilgueros, graznido de cuervos, chillido de búhos, gruñidos de lechones, gruñidos de cerdos, arrullo de palomas, murmullo de tórtolas, aullido de panteras, gorjeo de codornices, trinos de gorriones, crujido de cuervos, resoplidos de camellos, gemidos de cachorros, zumbido de dromedarios, murmullo de conejos, chillido de hurones, zumbido de avispas, maullido de tigres, gruñido de osos, susurro de gatitos, clamor de gaviotas, gemidos de fulmares, mugidos de búfalos, trinos de ruiseñores, gorjeos de mirlos, graznido de pavos, crotoreo de cigüeñas, gritos de pavos reales, parloteo de urracas, murmullo de palomas torcaces, graznido de cormoranes, chirrido de langostas, canto de sabuesos, ladridos de cachorros, gruñidos de perros mestizos, chillido de ratas, chillidos de monos, chillidos de simios, graznido de pelícanos, graznido de patos, aullido de lobos, rugido de leones, relincho de caballos, bramido de elefantes, silbido de serpientes y lamento de tórtolas, que se sintió mucho más perturbado que si hubiera estado en medio de la multitud en la feria de Fontenay o Niort. Así sucede con quienes son atormentados por los graves dolores del hambre. El estómago comienza a roer y a ladrar, por decirlo así, los ojos se tornan opacos, y las venas, al succionar ávidamente algún alimento de la propia sustancia de todos los miembros de consistencia carnosa, tiran violentamente y retraen aquel espíritu errante y vagabundo, descuidado y negligente de su nodriza y huésped natural, que es el cuerpo; como cuando un halcón en el puño, deseando alzar el vuelo en el aire libre y espacioso, es de repente retenido por una correa atada a sus patas.

Con este propósito también nos citó la autoridad de Homero, el padre de toda filosofía, quien dijo que los griegos no pusieron fin a su dolorosa tristeza por la muerte de Patroclo, el amigo más íntimo de Aquiles, hasta que el hambre, enfurecida, se manifestó y sus vientres protestaron por no proporcionar más lágrimas a su duelo. Pues de cuerpos vaciados y macerados por el largo ayuno no podía provenir tal provisión de humedad y lágrimas salobres como correspondía en esa ocasión.

La mediocridad es siempre digna de elogio; y en este caso no debes abandonarla. Puedes tomar una ligera cena, pero en ella no debes comer liebre ni ninguna otra carne. Asimismo, debes abstenerte de habas, del pulpo, que algunos llaman polipo, así como de coles, repollo y todos aquellos alimentos ventosos que puedan poner en peligro la tranquilidad de tu mente y nublar o empañar tus espíritus animales. Pues, así como un espejo no puede mostrar la imagen u objeto que se le pone delante y exponer su reflejo con fidelidad si su superficie pulida está empañada por alientos gruesos, vapores húmedos y exhalaciones densas e infecciosas, de igual modo la fantasía no puede recibir bien la impresión de las imágenes que la adivinación ofrece por medio de los sueños, si de algún modo el cuerpo se ve perturbado por los vapores de los alimentos ingeridos poco antes; porque entre ambos siempre ha existido una simpatía mutua y un sentimiento de afecto indisolublemente unido. Comerás buenas peras Eusebianas y Bergamotas, una manzana del tipo pippin de tallo corto, un puñado de pequeñas ciruelas de Tours y algunas cerezas de la cosecha de mi huerto. Tampoco tendrás que temer que de ello resulten sueños dudosos, falaces, inciertos y en los que no se pueda confiar, como han relatado algunos filósofos peripatéticos; pues, dicen ellos, los hombres se alimentan más copiosamente de frutos en la época de la cosecha que en cualquier otro momento. Lo mismo nos enseñan de manera mística los antiguos profetas y poetas, quienes afirman que todos los sueños vanos y engañosos yacen ocultos bajo las hojas esparcidas en el suelo, porque las hojas caen de los árboles en el otoño. El fervor natural que abunda en los frutos frescos y maduros, por la rapidez de su ebullición, se evapora fácilmente en las partes animales de la persona que sueña—el experimento es evidente en la mayoría—y tarda un buen rato en disiparse, disolverse y desaparecer. En cuanto a tu bebida, deberás tomar del agua clara y pura de mi fuente.

La condición, dijo Panurgo, es muy dura. Sin embargo, cueste lo que cueste, o pase lo que pase, la acepto de todo corazón; protestando que mañana romperé el ayuno temprano después de mis ejercicios oníricos. Además, me encomiendo a las dos puertas de Homero, a Morfeo, a Iselón, a Fantaso y a Fobétor. Si en esta mi gran necesidad me socorren y me conceden la ayuda que corresponde, en honor de todos ellos erigiré un alegre y gentil altar, compuesto del más suave plumón. Si ahora estuviera en Laconia, en el templo de Juno, entre Oetile y Thalamis, ella de inmediato disiparía mi perplejidad, resolvería mis dudas y me alegraría con sueños bellos y joviales en un profundo sueño.

Entonces le dijo así a Pantagruel: Señor, ¿no sería conveniente para mi propósito poner una o dos ramas de laurel curioso entre la colcha y la almohada de mi cama, bajo el cojín sobre el que deba reposar mi cabeza? No hay ninguna necesidad de eso, respondió Pantagruel; pues, además de que es algo muy supersticioso, el engaño de ello nos ha sido ampliamente revelado en los escritos de Serapión, los Ascalonitas, Antifonte, Filócoro, Artemón y Fulgencio Planciades. Podría decirte lo mismo sobre el hombro izquierdo de un cocodrilo, así como de un camaleón, sin menoscabo del crédito que merece la opinión del viejo Demócrito; y también de la piedra de los bactrianos, llamada Eumetrides, y del cuerno amonio; pues así llaman los etíopes a cierta piedra preciosa, de color dorado y con la forma, figura y proporción del cuerno de un carnero, como se dice que era el cuerno de Júpiter Amón: ellos, además, afirman con seguridad que los sueños de quienes la llevan consigo son tan verídicos e infalibles como la verdad de los oráculos divinos. Esto no es muy distinto de lo que Homero y Virgilio escribieron acerca de esas dos puertas del sueño, a las que has tenido a bien encomendar el manejo de lo que tienes entre manos. Una es de marfil, por la que se introducen sueños confusos, dudosos e inciertos; pues a través del marfil, por pequeño y delgado que sea, no podemos ver nada, ya que la densidad, opacidad y compacta unión de sus partes materiales impiden la penetración de los rayos visuales y la recepción de las especies de las cosas visibles. La otra es de cuerno, por la que se accede a sueños seguros y ciertos, así como a través del cuerno, por su esplendor diáfano y brillante transparencia, pasan claramente las especies de todos los objetos de la vista, y así, sin confusión, aparecen y se ven claramente. Tu intención es, y así lo quieres dar a entender, dijo fray Juan, que los sueños de todos los cornudos, entre los cuales Panurgo, con la ayuda de Dios y de su futura esposa, será sin duda uno, son siempre verdaderos e infalibles.