Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 3.XVII.
Capítulo 117 de 266 · 5 min de lectura
Cómo Panurgo habló con la Sibila de Panzoust.
Su viaje duró tres días. Al tercero, se les mostró la casa de la vaticinadora, situada en la cima de una colina, bajo un gran y espacioso nogal. Sin gran dificultad, entraron en aquella choza de techo de paja, mal construida, peor amueblada y toda ahumada. No importa, dijo Epistemon; Heráclito, el gran escotista y filósofo tenebroso y sombrío, no se asombró en absoluto al entrar en una morada tan tosca y miserable; pues solía mostrar a sus seguidores y discípulos que los dioses residían con igual alegría en estas humildes viviendas que en suntuosos y magníficos palacios, colmados de todo tipo de deleites, pompa y placer. Yo también creo sinceramente que la morada de la tan famosa y renombrada Hécate era una celda tan modesta como esta, cuando allí agasajó al valiente Teseo; y que no de mejor hechura era la cabaña de Hireo, o de Enopión, donde Júpiter, Neptuno y Mercurio no se avergonzaron, los tres juntos, de hospedarse y pasar allí toda una noche, y de tomar un buen y copioso banquete; como pago, agradecidos, orinaron a Orión. Encontrando a la anciana en un rincón de su propia chimenea, Epistemon dijo: Ella es, en verdad, una auténtica sibila, y el vivo retrato de la que representaron los Grei kaminoi de Homero. La vieja estaba en un estado lamentable y deplorable en cuanto al aspecto exterior y complexión de su cuerpo, el andrajoso y desgarrado atuendo de su persona, y la miserable y pobre provisión de alimentos para su dieta y sustento; pues vestía mal, estaba peor alimentada, desdentada, legañosa, encorvada, mocosa, con la nariz siempre goteando y ella misma siempre cabizbaja, débil y sin fuerzas; mientras, en tan desdichada situación, preparaba para su almuerzo una papilla de coles arrugadas, con un trozo de tocino amarillo, mezclado con un caldo insípido y aguado, extraído de huesos vacíos y pelados, cocido ya dos veces. Epistemon dijo: Por la cruz de un ochavo, hemos obrado mal, y no obtendremos de ella respuesta alguna, pues no hemos traído la rama de oro. Yo sí, dijo Panurgo, he previsto eso, pues aquí la tengo en mi bolsa, en la forma de un anillo de oro, acompañado de algunas monedas nuevas. Apenas dichas estas palabras, Panurgo se acercó a ella y, tras realizar una profunda y humilde reverencia, le ofreció seis lenguas de buey ahumadas, una gran vasija de mantequilla llena de queso fresco, un odre con buena bebida y una bolsa de carnero repleta de monedas recién acuñadas. Finalmente, con una cortés inclinación, le colocó en el dedo medicinal un bonito anillo de oro, en el que estaba engastada con gran arte una preciosa piedra de sapo de Beausse. Hecho esto, en pocas y muy concisas palabras, le expuso el motivo de su visita, suplicándole con mucha cortesía que se dignara concederle una amplia y completa información sobre la futura suerte de su proyectado matrimonio.
La vieja permaneció un rato en silencio, pensativa y sonriendo como un perro; luego, tras sentar su trasero marchito en el fondo de un celemín, tomó en sus manos tres viejos husos, que giró y revolvió entre sus dedos de muy diversas maneras y formas; después, examinando la punta de cada uno, se quedó con el más afilado y arrojó los otros dos bajo una artesa de piedra. Acto seguido, tomó un par de devanaderas de hilo, que hizo girar y mover nueve veces seguidas; luego, en la novena vuelta, sin tocarlas más, observó con atención el modo en que se detenían y reposaban. Después se quitó uno de sus zuecos de madera, se cubrió la cabeza con su delantal, como el sacerdote hace con el amito al ir a cantar misa, y con una especie de cinta antigua, vistosa y multicolor, se la ató bajo el cuello. Así cubierta y embozada, bebió de un trago un buen sorbo del odre, sacó tres monedas del bolso de carnero, las puso en sendas cáscaras de nuez, que depositó en el fondo de una maceta, y luego, tras darles tres escobazos con una escoba a través de la chimenea, arrojó al fuego media gavilla de brezo largo, junto con una rama de laurel seco, observando en profundo y cuidadoso silencio la forma en que ardían, y vio que, aunque estaban en llamas, no producían ruido ni chisporroteo alguno. Entonces lanzó un grito espantoso y horriblemente aterrador, murmurando entre dientes unas pocas palabras bárbaras de extraña terminación.
Esto aterrorizó tanto a Panurgo que enseguida dijo a Epistemon: ¡Que el diablo me haga picadillo si no tiemblo de miedo! Creo que estoy encantado; pues no pronuncia palabra en lengua cristiana alguna. ¡Mira, te lo ruego, cómo me parece que es tres palmos más alta que cuando empezó a cubrirse con el delantal! ¿Qué significa ese incesante movimiento de sus mandíbulas caídas? ¿Qué puede significar ese desigual encogimiento de sus hombros jorobados? ¿Para qué tiembla con los labios, como un mono desmembrando una langosta? Mis oídos arden de horror; ¡ay, cómo me zumban! Creo oír los gritos de Proserpina; los demonios se están soltando para venir todos aquí. ¡Oh, qué bestias tan feas, horribles y deformes! ¡Huyamos! ¡Por el anzuelo de Dios, estoy a punto de morir de miedo! No me gustan los demonios; me molestan y son desagradables compañeros. Ahora huyamos, pongámonos en fuga. ¡Adiós, abuela; gracias y muchas gracias por tus bienes! No me casaré; no, créeme, no lo haré. Renuncio completamente a ese asunto, lo abandono y lo rechazo desde ahora, tanto como en este momento. Con esto, mientras intentaba escapar de la habitación, la vieja se adelantó a su huida y lo detuvo. Lo hizo así: mientras tenía el huso en la mano, salió a un patio trasero junto a su choza, donde, tras pelar tres veces la corteza de un viejo sicomoro, de manera muy rápida, en ocho hojas caídas de allí, escribió con la punta del huso unos versos breves y concisos, que lanzó al aire, diciendo: Busquen si quieren; encuéntrenlas si pueden; en ellas están escritas las fatales suertes de su matrimonio.
Apenas hubo terminado de hablar, se retiró a su escondite, donde, en el asiento superior del pórtico, se subió el vestido, las enaguas y la camisa hasta las axilas, mostrándoles de lleno el nockandroe; lo que, al percatarse Panurgo, exclamó a Epistemon: ¡Por el cuerpo de Dios, veo el agujero de la sibila! De inmediato, ella cerró la puerta tras de sí y nunca más se la volvió a ver. Ellos corrieron juntos, apresurados, tras las hojas caídas y dispersas, y al fin las recogieron, aunque no sin gran esfuerzo y fatiga, pues el viento las había esparcido entre los matorrales del valle. Cuando las ordenaron en su debido lugar, hallaron su sentencia, tal como está versificada en este octastico:
Tu fama será sostenida (En corrección de Ozell: Tu fama será desgranada Por ella, creo.), Así, así: Y ella, preñada De ti: No. Tu buen final Chupará, Y te desollará, amigo, Pero no todo.



