Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 3.XIX.
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Cómo Pantagruel alaba el consejo de los mudos.
Pantagruel, cuando terminó este discurso, guardó silencio por un buen rato, pareciendo estar sumamente triste y pensativo, y luego dijo a Panurgo: El espíritu maligno te extravía, engaña y seduce. He leído que en tiempos pasados los oráculos más seguros y verídicos no eran aquellos que se entregaban por escrito o se pronunciaban de viva voz. Pues muchas veces, en su interpretación, hombres muy ingeniosos, eruditos y perspicaces han sido engañados por anfibologías, equívocos y la oscuridad de las palabras, no menos que por la brevedad de sus sentencias. Por esa razón Apolo, el dios de la adivinación, fue apodado Loxias. Aquellos que se representaban entonces por signos y gestos exteriores eran considerados los más verdaderos e infalibles. Tal era la opinión de Heráclito. Y el mismo Júpiter daba de este modo en Amón frecuentemente predicciones. Ni era él el único en esta práctica; pues Apolo hacía lo mismo entre los asirios. El profetizar así a esos pueblos los llevó a pintarlo con una barba larga y tupida, y con ropas propias de una persona mayor, asentada y de comportamiento muy serio y grave; no desnudo, joven y lampiño, como solía ser representado entre los griegos. Probemos este tipo de fatidicencia; y ve tú a consultar a alguna persona muda sin hablar palabra. Estoy conforme, dijo Panurgo. Pero, dijo Pantagruel, sería necesario que el mudo con quien consultes sea de aquellos que han sido sordos desde su nacimiento, y por consiguiente mudos; pues nadie puede ser tan vivaz, natural y genuinamente mudo como aquel que jamás ha oído.
¿Cómo es eso?, dijo Panurgo, ¿cómo concibes este asunto? Si lo entiendes así, que nunca nadie habló sin antes haber oído el habla de otros, de ese antecedente te llevaré a inferir lógicamente una conclusión muy absurda y paradójica. Pero dejémoslo pasar; no insistiré en ello. ¿No crees entonces lo que escribió Heródoto sobre dos niños que, por mandato especial y disposición de Psamético, rey de Egipto, fueron criados en una humilde cabaña del campo, donde fueron alimentados y mantenidos en perpetuo silencio, y que al cabo de un largo tiempo pronunciaron la palabra Bec, que en lengua frigia significa pan? Nada menos, dijo Pantagruel, creo yo, que es un mero engaño a nuestro entendimiento dar crédito a las palabras de quienes dicen que existe algo así como un lenguaje natural. Todas las lenguas han tenido su origen primario en las instituciones arbitrarias, acuerdos y convenios de las naciones según sus respectivas condescendencias sobre lo que debía ser señalado y significado por ellas. Una voz articulada, según los dialécticos, naturalmente no tiene ningún significado; pues el sentido y significado de la misma dependía totalmente de la voluntad y placer del primero que la ideó e impuso. No te digo esto sin motivo; pues Bartolo, Lib. 5. de Verb. Oblig., reporta muy seriamente que incluso en su tiempo había en Eugubia uno llamado Sir Nello de Gabrielis, quien, aunque por una triste desgracia quedó completamente sordo, entendía sin embargo a todos los que hablaban en dialecto italiano, sin importar cómo se expresaran; y eso solo mirando sus gestos exteriores y observando atentamente los diversos movimientos de sus labios y mandíbulas. Recuerdo haber leído también, en un autor muy docto y elocuente, que Tirídates, rey de Armenia, en tiempos de Nerón, hizo un viaje a Roma, donde fue recibido con gran honor y solemnidad, y con toda clase de pompa y magnificencia. Sí, para que hubiera una amistad y correspondencia sempiterna entre él y el senado romano, no hubo cosa notable en toda la ciudad que no le fuera mostrada. Al partir, el emperador le otorgó muchos dones de valor incalculable; y además, para demostrarle aún más su afecto, le rogó sinceramente que eligiera cualquier cosa en Roma que fuera de su agrado, con la promesa jurada de que no se le negaría su petición. Entonces, tras agradecer tan generosa oferta, pidió un cierto bufón a quien había visto actuar de manera sobresaliente en el escenario, y cuyo significado, aunque no supiera lo que había dicho, entendía perfectamente por los signos y gestos que hacía. Y para esta petición suya, al no pedir otra cosa, dio esta razón: que en los vastos y extensos dominios bajo el gobierno de su soberano, había diversos países y naciones muy diferentes entre sí en cuanto al idioma, con quienes, ya fuera para hablarles o responder a sus peticiones, siempre necesitaba recurrir a varios tipos de intérpretes y traductores. Ahora, con este hombre solo, suficiente para suplir a todos ellos, ese gran inconveniente quedaría totalmente resuelto; pues es tan buen gesticulador, y en la práctica de la quirología un artista tan completo, experto y diestro, que habla con los mismos dedos. Sin embargo, debes elegir a un mudo que sea sordo por naturaleza y desde su nacimiento; para que sus gestos y signos sean más vivaces y verdaderamente proféticos, y no fingidos por la mezcla de algún brillo adulterado y afectación. Ahora bien, si este mudo debe ser hombre o mujer queda a tu elección, depende de tu criterio y está enteramente en tus manos.
Yo consultaría y me dejaría aconsejar más gustosamente por una mujer muda, dijo Panurgo, si no fuera porque temo dos cosas. La primera es que la mayor parte de las mujeres, sea lo que sea que vean, siempre representan en su imaginación, piensan e imaginan, que tiene alguna relación con la dulce entrada del hermoso ithyphallos, y con injertar en la hendidura del árbol invertido el retoño vivaz del clavo de la cópula. Cualesquiera signos, muestras o gestos que hagamos, o sea cual sea nuestro comportamiento, porte o actitud en su presencia y vista, ellas interpretarán todo en referencia al acto de androgynación y al ejercicio de la voltereta, por lo cual seremos engañosamente defraudados en nuestros propósitos, ya que tomará todos nuestros signos como nada más que señales y representaciones de nuestro deseo de atraerla a las listas de un combate chipriota o escaramuza de gatos. ¿Recuerdas lo que sucedió en Roma doscientos sesenta años después de su fundación? Un joven caballero romano, encontrándose por casualidad, al pie del monte Celio, con una hermosa dama latina llamada Verona, que desde su cuna había sido siempre sorda y muda, le preguntó muy cortésmente, no sin acompañar su demanda con gesticulaciones italianas de sus dedos y otros ademanes aún habituales entre los hablantes de ese país, qué senadores había encontrado en su descenso desde la cima del monte. Pues debes entender que él, sin saber más de su sordera que de su mudez, ignoraba ambas cosas. Ella, mientras tanto, que ni oía ni entendía una sola palabra de lo que él decía, imaginó de inmediato, por todo lo que pudo captar en el encantador gesto de sus señales manuales, que lo que él le pedía era precisamente aquello que ella misma deseaba, eso que un joven naturalmente desea de una mujer. Entonces, por medio de signos, que en todos los casos de amor venéreo son incomparablemente más atractivos, válidos y eficaces que las palabras, le hizo señas para que la acompañara a su casa; y cuando él lo hizo, lo llevó aparte a una habitación privada, y luego le hizo una señal sumamente sugestiva para mostrarle que el juego le agradaba. Por lo cual, sin más aviso, ni siquiera una palabra de parte de ninguno, se entregaron a la faena con entusiasmo.
La otra razón por la que me muestro reacio a consultar con mujeres mudas es que, ante nuestras señas, no responderían en absoluto, sino que de repente se dejarían caer hacia atrás en una postura de divaricación, para darnos a entender así la realidad de su consentimiento ante el supuesto movimiento de nuestras demandas tácitas. O si acaso llegaran a hacer alguna contraseña en respuesta a nuestras proposiciones, resultarían tan tontas, impertinentes y ridículas, que por ellas mismos juzgaríamos que sus pensamientos no van más allá de la academia de los torpes. Sabes muy bien cómo en Brignoles, cuando la religiosa sor Gorda fue dejada encinta por el joven Fray Duro, se supo de su embarazo, y fue citada por la abadesa y, en una asamblea completa del convento, acusada de incesto. Su excusa fue que ella no consintió en ello, sino que fue hecho por la violencia y la fuerza impetuosa del fraile Duro. A esto la abadesa respondió con severidad: "Muchacha mala y perversa, ¿por qué no gritaste: ¡Una violación, una violación!? Así todas habríamos corrido en tu auxilio." Ella respondió que la violación ocurrió en el dormitorio, donde no se atrevía a gritar porque era un lugar de silencio perpetuo. Pero, dijo la abadesa, "muchacha bribona, ¿por qué entonces no hiciste alguna seña a las que estaban en la habitación contigua?" A esto respondió que con sus nalgas hizo una seña tan vigorosamente como pudo, pero ninguna de ellas se ofreció siquiera a ayudarla. Pero, dijo la abadesa, "pícara, ¿por qué no me lo contaste inmediatamente después de cometido el hecho, para que así pudiéramos acusarlo de manera ordenada, regular y canónica? Yo lo habría hecho, si el caso hubiese sido mío, para manifestar claramente mi inocencia." "En verdad, señora, yo habría hecho lo mismo de todo corazón y alma", dijo sor Gorda, "pero temiendo quedar en pecado y en peligro de condenación eterna si me sorprendía una muerte repentina, me confesé con el padre fraile antes de que saliera de la habitación, quien, como penitencia, me ordenó no contarlo ni revelarlo a nadie. Sería un delito enorme y horrendo, detestable ante Dios y los ángeles, revelar una confesión. Tal abominable maldad podría haber hecho descender fuego del cielo para quemar todo el convento y enviarnos a todas de cabeza al abismo, para hacer compañía a Coré, Datán y Abirón."
No lograrás, dijo Pantagruel, con todas tus bromas, hacerme reír. Sé que todos los monjes, frailes y monjas prefieren violar e infringir el más alto de los mandamientos de Dios antes que quebrantar el menor de sus estatutos provinciales. Toma entonces a Nariz de Cabra, un hombre muy adecuado para tu propósito actual; pues es, y ha sido, tanto mudo como sordo desde la más remota infancia de su niñez.



