Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.XXI.

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Cómo Panurgo consulta con un viejo poeta francés llamado Raminagrobis.

Nunca pensé, dijo Pantagruel, encontrarme con alguien tan obstinado en sus ideas, o tan voluntarioso en sus opiniones, como he visto que eres tú. Sin embargo, para aclarar y resolver tus dudas, probemos todos los caminos y no dejemos piedra sin mover ni viento sin navegar. Presta mucha atención a lo que voy a decirte. Los cisnes, aves consagradas a Apolo, nunca cantan sino en la hora de su muerte inminente, especialmente en el río Meandro, que corre por algunos territorios de Frigia. Digo esto porque Eliano y Alejandro de Mindo escriben que han visto morir varios cisnes en otros lugares, pero nunca oyeron a ninguno cantar antes de morir. Sin embargo, se tiene por cierto que la muerte inminente de un cisne se anuncia por su canto previo, y que ningún cisne muere sin antes haber cantado.

De igual manera, los poetas, que están bajo la protección de Apolo, cuando se acercan a su fin suelen convertirse en profetas, y por inspiración de ese dios cantan dulcemente vaticinando cosas por venir. También me han contado frecuentemente que los ancianos, ya al borde de las riberas de Caronte, anuncian su muerte con una revelación, con toda tranquilidad, a quienes desean tales informaciones, sobre la verdad determinada y segura de futuros accidentes y contingencias. Recuerdo también que Aristófanes, en una de sus comedias, llama a los viejos Sibilas, Eith o geron Zibullia. Porque así como, estando en un muelle junto al mar, vemos de lejos a marineros, navegantes y otros viajeros surcando las olas rizadas de la azul Tetis en sus barcos, los contemplamos en silencio y rara vez vamos más allá de desearles una llegada feliz y próspera; pero cuando se acercan al puerto y mojan sus quillas en el abrigo, entonces con palabras y gestos los saludamos y felicitamos sinceramente por su llegada segura al puerto donde nosotros mismos estamos. Así también los ángeles, héroes y buenos demonios, según la doctrina de los platónicos, cuando ven a los mortales acercarse al puerto de la tumba, el más seguro y tranquilo de todos, lleno de reposo, descanso, tranquilidad, libre de las inquietudes y preocupaciones de este mundo tumultuoso y tempestuoso; entonces es cuando con alegría los saludan, los animan y confortan, y hablándoles con cariño, comienzan a bendecirlos con iluminaciones y a comunicarles los más profundos misterios de la adivinación. No quiero aquí confundir tu memoria citando ejemplos antiguos de Isaac, de Jacob, de Patroclo hacia Héctor, de Héctor hacia Aquiles, de Polimnesto hacia Agamenón, de Hécuba, del rodio célebre por Posidonio, de Calano el indio hacia Alejandro Magno, de Orodes hacia Mezenzio, y de muchos otros. Bastará por ahora que te recuerde al sabio y valiente caballero Guillermo de Bellay, último señor de Langey, que murió en la colina de Tarara, el 10 de enero, en el año climatérico de su edad, y según nuestro cómputo, 1543, conforme al calendario romano. Las últimas tres o cuatro horas de su vida las empleó en pronunciar un discurso muy sustancioso, mientras, con juicio claro y espíritu sereno, predecía varias cosas importantes, muchas de las cuales se han cumplido y las demás las esperamos. Sin embargo, sus profecías nos parecieron entonces algo extrañas, absurdas e improbables, porque no había señales suficientes para que creyéramos en lo que pronosticaba. Aquí cerca, junto a la villa de Villomere, tenemos a un hombre que es viejo y poeta, es decir, Raminagrobis, quien en segundas nupcias se casó con mi señora Broadsow, con quien engendró a la bella Basoche. Me han dicho que está muriendo, tan cerca de su fin que está casi en el último momento, punto y artículo de su vida. Ve allá lo más rápido que puedas, y prepárate para escuchar atentamente lo que tenga que cantarte. Puede que consigas de él lo que deseas, y que Apolo se digne, por su medio, aclarar tus dudas. Estoy de acuerdo, dijo Panurgo. Vamos allá, Epistemon, y hagámoslo de inmediato y con toda prisa, no sea que su muerte nos impida llegar a tiempo. ¿Quieres venir con nosotros, Fray Juan? Sí, iré, dijo Fray Juan, de todo corazón para complacerte, mi buen amigo; porque te aprecio con lo mejor de mi bazo y mi hígado.

Enseguida, sin más demora, los tres se pusieron en camino y, poco después —pues avanzaron con buen paso—, llegaron a la morada poética, donde hallaron al alegre anciano, aunque en la agonía de su partida de este mundo, con semblante risueño, rostro abierto, aspecto espléndido y un comportamiento lleno de alegría. Después de que Panurgo lo saludó muy cortésmente, le hizo un obsequio de un anillo de oro, que en ese mismo momento colocó en el dedo anular de su mano izquierda, en cuyo engaste había un zafiro oriental, muy hermoso y grande. Luego, imitando a Sócrates, le ofreció un hermoso gallo blanco, que apenas fue puesto sobre el dosel de la cama, levantó la cabeza y la cresta, sacudió vigorosamente su plumaje y cantó con voz estentórea. Hecho esto, Panurgo le pidió muy cortésmente que se dignara favorecerlo con su opinión y juicio sobre el destino futuro de su proyectado matrimonio. Para responder, el buen anciano mandó traer de inmediato pluma, papel y tinta, y, al serle proporcionados, escribió los siguientes versos:

Tómala, o no la tomes, Deja, o acepta: Cara o cruz es tu suerte. Cuando su nombre escribes, lo borras. Todo está deshecho, cuando todo está hecho, Terminado antes de comenzar: Difícilmente galopas, si trotas, No avances cuando corras, Ni estés solo, aunque estés solo, Tómala, o no la tomes.

Antes de comer, comienza a ayunar; Pues lo que será nunca ha pasado. Di, desdi, contradice, ahorra tu aliento: Entonces desea a la vez su vida y su muerte. Tómala, o no la tomes.

Estos versos los entregó de su propia mano, diciéndoles: ¡Vayan, muchachos, en paz! ¡El gran Dios de los cielos más altos sea su guardián y protector! y no intenten inquietarme más con este ni con ningún otro asunto. Hoy mismo, que es el último día de mayo y de mi vida, con mucho trabajo, fatiga y dificultad, he expulsado de mi casa a una turba de sucios, inmundos y pestilentes bribones, bestias negras, pardas, blancas, cenicientas, moteadas y una asquerosa plaga de otras tonalidades, cuya importuna insistencia no me permitía morir en paz; pues con punzadas fraudulentas y engañosas, ávidas garras de arpía, picaduras de avispa y otros acercamientos tan desagradables, forjados en el taller de no sé qué clase de insaciabilidad, intentaban apartarme y sacarme de esos dulces pensamientos en los que ya empezaba a reposar y aquietarme en la contemplación y visión, sí, casi en el mismo tacto y gusto de la felicidad y dicha que el buen Dios ha preparado para sus fieles santos y elegidos en la otra vida y estado de inmortalidad. Aléjense de su camino y evítenlos, apártense de sus sendas y no los imiten; mientras tanto, no me molesten más, déjenme ahora en silencio, se los ruego.