Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 3.XXIII.
Capítulo 123 de 266 · 9 min de lectura
Cómo Panurgo propone volver a Raminagrobis.
Volvamos, dijo Panurgo, sin cesar, hasta donde alcancen nuestras fuerzas, de insistirle con saludables admoniciones para el bien de su salvación. Volvamos, por el amor de Dios; vayamos, en el nombre de Dios. Será una obra muy meritoria y de gran caridad de nuestra parte tratar así el asunto, y proveer tan bien para él que, aunque llegue a perder cuerpo y vida, al menos pueda escapar del riesgo y peligro de la condenación eterna de su alma. Con nuestras santas persuasiones le llevaremos a reconocer y sentir sus faltas, lo induciremos a confesar sus errores, lo moveremos a un arrepentimiento sincero de sus yerros, y despertaremos en él tal contrición de corazón por sus ofensas, que lo impulse con todo fervor a clamar por misericordia y a pedir perdón a los buenos padres, tanto a los ausentes como a los presentes. Sobre esto tomaremos instrumento formal y auténticamente extendido, para que después de su muerte no sea declarado hereje y condenado, como lo fueron los duendecillos de la esposa del preboste de Orleans, a sufrir los castigos, penas y tormentos que corresponden y se infligen a quienes habitan las horrendas celdas de las regiones infernales; y además inclinaremos, instigaremos y persuadiremos a que legue y deje en herencia (a modo de reparación y satisfacción por el agravio e injuria hechos a esos buenos padres religiosos en todos los conventos, claustros y monasterios de esta provincia), muchos donativos, abundantes misas cantadas, gran cantidad de sufragios, y que perpetuamente, en el aniversario de su fallecimiento, cada uno de ellos reciba una ración quíntuple, y que el gran odre lleno del mejor licor recorra con presteza las mesas, tanto de los jovencitos monjes patitos, hermanos legos y el grado más bajo de los zánganos de la abadía, como de los sacerdotes doctos y los reverendos clérigos,—los más humildes de los novicios y aspirantes a la orden siendo igualmente admitidos al beneficio de esas festividades funerarias y obsequiales junto con los rectores ancianos y padres profesos. Este es el medio ordinario más seguro por el cual puede obtener el perdón de Dios. ¡Oh, oh, estoy completamente equivocado; me desvío del propósito y me aparto de mi discurso, como si mis pensamientos anduvieran en las nubes. ¡Que el diablo me lleve si voy allá! ¡Por Dios! La habitación ya está llena de diablos. ¡Vaya estrépito y ruido hacen ahora entre ellos! ¡Qué terrible alboroto mantienen! Escucha, ¿no oyes el crujir, los golpes y el bullicio de sus porrazos, mientras se pelean entre sí, como verdaderos diablos, por ver quién se traga el alma de Raminagrobis y quién será el primero en llevarla, aún caliente, al señor Lucifer? ¡Cuidado, y márchate de aquí! Por mi parte, no iré allá. ¡Que el diablo me ase si voy! ¿Quién sabe si estos diablos hambrientos y rabiosos, en la prisa de su furia y la impaciencia de su cólera, toman un qui por un quo, y en vez de Raminagrobis se llevan al pobre Panurgo, tan franco y libre? Aunque antes, cuando estaba muy endeudado, nunca lo lograron. ¡Vete de aquí! No iré allá. Por Dios, el solo pensamiento me mata. Estar en un lugar donde hay diablos ávidos, famélicos y muertos de hambre; entre diablos facciosos—en medio de diablos comerciantes y traficantes—¡Que el Señor me guarde! ¡Vete de aquí! Te apuesto mi honor a que ningún jacobino, cordelero, carmelita, capuchino, teatino ni mínimo asistirá personalmente a su entierro. Más sabios ellos, porque él no ha dispuesto nada para ellos en su testamento. ¡Que el diablo me lleve si voy allá! Si está condenado, que sea para su propio daño y perjuicio. ¿Qué demonios lo llevó a ser tan arisco y perversamente inclinado contra los buenos padres de la verdadera religión? ¿Por qué los despidió, los rechazó y los echó de su habitación, justo en el momento en que más necesitaba la ayuda, el sufragio y la asistencia de sus devotas oraciones y santas admoniciones? ¿Por qué no les dejó, al menos por testamento, unos buenos trozos y tajadas de carne sustanciosa, un poco de comida que hinche los carrillos y algo de provisión para el estómago de esos pobres, que no tienen más que la vida en este mundo? Que vaya quien quiera, ¡que el diablo me lleve si voy! Porque, si lo hiciera, el diablo no dejaría de llevarme. Cancro. ¡Oh, maldición! ¡Vete de aquí, Fray Juan! ¿Estás dispuesto a que treinta mil carros de diablos se lleven contigo en este mismo instante? Si lo estás, hazme este favor y cumple estas tres cosas. Primero, dame tu bolsa; porque además de que tu dinero está marcado con cruces, y la cruz es enemiga de los encantamientos, podría pasarte lo que no hace mucho le sucedió a Juan Dodin, recaudador de impuestos de Coudray, en el vado de Vede, cuando los soldados rompieron las tablas. Este hombre, al llegar a la orilla del vado, se encontró con Fray Adán Rompecódigos, un franciscano observante de Mirebeau, y le prometió una túnica nueva, con tal de que lo llevara a cuestas para cruzar el agua, como se cargan las cabras muertas; pues era un tipo fornido y robusto. Aceptada la condición, Fray Rompecódigos se arremanga hasta las ingles y carga sobre su espalda, como un pequeño San Cristóbal, el peso del suplicante Dodin, y así lo llevó alegremente y de buena gana, como Eneas llevó a su padre Anquises durante el incendio de Troya, cantando mientras tanto un bonito Ave Maris Stella. Cuando estaban en lo más hondo del vado, un poco más arriba de la rueda principal del molino, le preguntó si llevaba dinero consigo. Sí, respondió Dodin, una bolsa llena; y que no debía dudar de su capacidad para cumplir la promesa de la túnica nueva. ¿Cómo? dijo Fray Rompecódigos, bien sabes que por las reglas, cánones y preceptos de nuestra orden nos está prohibido llevar dinero encima. Eres verdaderamente desdichado por haberme hecho cometer en esto una falta grave. ¿Por qué no dejaste tu bolsa con el molinero? Sin falta recibirás tu recompensa por ello; y si alguna vez vuelvo a encontrarte dentro de los límites de nuestro coro en Mirebeau, tendrás el Miserere hasta los Vitulos. Dicho esto, descargándose de su carga, arrojó a Dodin de cabeza. Toma ejemplo de este Dodin, querido Fray Juan, para que los diablos puedan llevarte mejor y con más facilidad. Dame tu bolsa. No lleves ninguna cruz contigo. Ahí reside un peligro evidente y manifiesto. Porque si llevas alguna moneda de plata con una cruz, te arrojarán de cabeza sobre unas rocas, como hacen las águilas con las tortugas para romperles el caparazón, como bien puede atestiguar la calva del poeta Esquilo. Tal caída te dolería mucho, mi buen amigo, y lo lamentaría. O de lo contrario te dejarán caer y rodar en las altas y crecidas olas de algún mar inmenso, no sé dónde; pero te aseguro que bien lejos de aquí, como cayó Ícaro, y de tu nombre luego se llamaría el Mar del Embudo.
Segundo, no tengas deudas. Porque los diablos sienten gran aprecio por quienes no deben nada. Lo he experimentado en carne propia; pues ahora esos bribones lujuriosos siempre me cortejan, me adulan y me hacen fiestas, cosa que nunca hacían cuando estaba hecho pedazos por las deudas. El alma de quien debe es insípida, seca y completamente herética.
En tercer lugar, con el hábito y el dominó de Grobis, regresa a Raminagrobis; y en caso de que, estando así preparado, no vengan de inmediato treinta mil barcadas de demonios a llevarte por completo, me daré por satisfecho con correr con el gasto del vino y la leña. Ahora bien, si para mayor seguridad quisieras algún acompañante que te haga compañía, no cuentes conmigo como el camarada que buscas; no pienses que conseguirás de mí un compañero de viaje, no, no lo hagas. Te lo aconsejo por tu bien. Vete de aquí; yo no iré allá. Que el diablo me lleve si voy. —A pesar de todo el miedo que tienes—dijo fray Juan—, no me importaría tanto como cabría esperar, si tan solo tuviera mi espada en la mano. —Has dado en el clavo—dijo Panurgo—, y hablas como un doctor erudito, sutil y bien versado en el arte de la diablería. Cuando yo era estudiante en la Universidad de Toulouse (Tolette), aquel mismo reverendo padre en el diablo, Picatrix, rector de la facultad diabólica, solía decirnos que los demonios temen naturalmente el brillo reluciente de las espadas tanto como el resplandor y la luz del sol. Para confirmar la veracidad de esto, relataba la historia de que Hércules, en su descenso al infierno, no aterrorizó ni la mitad a los demonios de esas regiones con su garrote y piel de león, como después lo hizo Eneas con su armadura reluciente y su espada en mano, bien pulida y sin óxido, gracias a la ayuda, consejo y asistencia de la Sibila Cumana. Tal vez por eso el señor Juan Jacomo di Trivulcio, mientras agonizaba en Chartres, pidió su alfanje y murió con la espada desenvainada en la mano, repartiendo mandobles a lo largo y ancho de la cama y por todo lo que alcanzaba, como un valiente, esforzado y caballeroso caballero; con esa resuelta manera de defenderse, ahuyentó y puso en fuga a todos los demonios que entonces acechaban su alma en el trance de la muerte. Cuando a los masoretas y cabalistas se les pregunta por qué ninguno de todos los demonios entra jamás en el paraíso terrenal, su respuesta ha sido, es y será siempre que hay un querubín apostado en la puerta con una espada resplandeciente como una llama en la mano. Aunque, para hablar en el verdadero sentido diabólico de Toledo, debo confesar y reconocer que en verdad los demonios no pueden ser muertos ni morir por el golpe de una espada, sin embargo afirmo y sostengo, según la doctrina de dicha diabología, que pueden sufrir una solución de continuidad (como si con tu sable cortaras a través de la llama de un fuego ardiente, o las densas exhalaciones opacas de un humo espeso y oscuro), y gritar como verdaderos demonios al sentir y experimentar esa disolución, que en realidad debo asegurar y afirmar que es endemoniadamente dolorosa, punzante y penosa.
Cuando ves el choque impetuoso de dos ejércitos y la violencia vehemente del empuje en su horrendo encuentro, ¿crees, Ballockasso, que ese ruido tan espantoso que se oye allí proviene de las voces y gritos de los hombres, el golpeteo y traqueteo de las armaduras, el estrépito y choque de las armas, los tajos y cortes de las hachas de guerra, el entrechocar y crujir de las picas, el bullicio y quiebre de las lanzas, el clamor y los alaridos de los heridos, el sonido y estruendo de los tambores, el clamor y agudeza de las trompetas, el relincho y la carrera de los caballos, con los temibles estampidos y truenos de toda clase de armas de fuego, desde el cañón doble hasta la pistola de bolsillo inclusive? No puedo negar que en todas esas cosas que he enumerado puede haber algo que ocasione el enorme estrépito y barullo de los dos cuerpos enfrentados. Pero el alboroto más temible y tumultuoso, el más terrible y violento desorden, el principal y más ruidoso de todos, y el mayor alboroto, proviene de los dolorosos y lastimeros aullidos y bramidos de los demonios, que, en confusión y desorden, esperando las pobres almas de los soldados heridos y mutilados, reciben sin darse cuenta algunos golpes de espada, y así, por esos medios, sufren una solución y división en la continuidad de sus sustancias aéreas e invisibles; como si algún lacayo, al arrebatar las lonjas de tocino clavadas en un asado al espetón, recibiera de parte del señor Manosgrasientas un buen golpe en los nudillos con un bastón. Gritan y aúllan como demonios, igual que Marte cuando fue herido por Diomedes en el sitio de Troya, quien, según Homero, levantó entonces la voz más horrísona y sonoramente alta que diez mil hombres juntos hubieran podido hacerlo. ¿Y a qué viene todo esto en nuestro caso presente? He estado hablando aquí de armaduras bien pulidas y espadas relucientes. Pero no es así, fray Juan, con tu arma; pues por un largo tiempo sin uso, cesación de trabajo, dejar de emplearla y ponerla en la práctica para la que antes estaba acostumbrada, y, en resumen, por falta de ocupación, está, te lo juro, más oxidada que la cerradura de una vieja cuba de salazón. Por lo tanto, es conveniente que hagas una de estas dos cosas: o bien pule tu arma como debe ser, o de lo contrario cuida que, en el estado de herrumbre en que está, no presumas regresar a la casa de Raminagrobis. Por mi parte, juro que no iré allá. Que el diablo me lleve si voy.



