Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.XXIV.

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Cómo Panurgo consulta con Epistemon.

Habiendo salido de la ciudad de Villomere, mientras regresaban hacia Pantagruel, Panurgo, dirigiéndose a Epistemon, le habló así: Mi amigo y compadre más antiguo, ves la perplejidad de mis pensamientos y conoces muchos remedios para librarme de ella; ¿no eres capaz de ayudarme y socorrerme? Epistemon, tomando entonces la palabra, le expuso a Panurgo cómo la voz pública y la fama común de todo el país no hablaban de otra cosa que de la burla y el escarnio de su nuevo disfraz; por lo cual le aconsejaba que, en primer lugar, se sirviera de un poco de eléboro para purgar su cerebro de ese humor dañino que, por esa extravagante y fantástica mascarada suya, había dado a la gente demasiada ocasión justificada para mofarse y burlarse de él, y que luego retomara su modo habitual de vestir y se presentara como solía hacerlo. Estoy, dijo Panurgo, mi querido compadre Epistemon, decidido y resuelto a casarme, pero temo ser cornudo y desdichado en mi matrimonio. Por esta razón he hecho un voto al joven San Francisco—que en Plessis-les-Tours es muy venerado por todas las mujeres, quienes le suplican con gran devoción, pues fue el primer fundador de la cofradía de los buenos hombres, a quienes ellas naturalmente desean, aprecian y anhelan—de llevar lentes en mi gorra y no usar bragueta en mis calzones, hasta que la inquietud y perturbación actual de mi ánimo se calme por completo.

En verdad, dijo Epistemon, ese es un voto bastante curioso, de trece por docena. Es una vergüenza para ti, y mucho me asombra que no vuelvas en ti mismo y no recojas tus sentidos de ese desvarío y extravío hacia el reposo y la calma que corresponden a un hombre virtuoso. Esta ocurrencia tuya me recuerda una solemne promesa hecha por los argivos de cabellera enmarañada, quienes, habiendo perdido la batalla contra los lacedemonios por el territorio de Tirea, batalla que esperaban ganar en su favor, juraron no dejar crecer cabello en sus cabezas hasta que antes hubieran recuperado tanto su honor como sus tierras. Así también me acuerdo del voto de un divertido español llamado Miguel Doris, quien prometió llevar en su sombrero un pedazo de la espinilla de su pierna hasta vengarse de quien se la había cortado. Sin embargo, no sé cuál de estos dos merece más llevar un capuchón verde y amarillo con orejas de liebre atadas, si el campeón antes mencionado, tan vanidoso, o aquel Enguerrant, que habiendo olvidado el arte y modo de escribir historias según el filósofo samosatense, hace una narración tediosamente larga y prolija. Pues, al leer por primera vez tal discurso tan extenso, uno pensaría que se trata de una historia de gran importancia y trascendencia, sobre alguna guerra formidable o el notable cambio de poderosos estados y reinos; pero, al final, el mundo se ríe del campeón caprichoso, del inglés que lo desafió, y también de su cronista Enguerrant, más baboso que una mostacera. La burla y el escarnio no son distintos a los de la montaña de Horacio, que el poeta hizo gritar y lamentarse como una mujer en dolores de parto, y ante tales lamentos y clamores desmesurados, toda la vecindad se reunió esperando ver algún prodigio monstruoso, pero al final no vieron más que un ratón ridículo y miserable.

Tus ratones, dijo Panurgo, no harán que deje de preguntarme por qué la gente tiene esa disposición tan burlona, pues estoy convencido de que algunos se burlan de quienes merecen ser objeto de burla; sin embargo, como mi voto lo indica, así lo haré. Hace ya mucho tiempo que, por Júpiter Filósofo (un error del traductor.—M.), juramos lealtad y amistad el uno al otro. Dame tu consejo, amigo, y dime tu opinión con franqueza, ¿debo casarme o no? En verdad, dijo Epistemon, el caso es arriesgado, y el peligro tan evidentemente manifiesto que me siento demasiado débil e insuficiente para darte una respuesta puntual y categórica; y si alguna vez fue cierto que el juicio es difícil en asuntos de la medicina, como dijo Hipócrates de Lango, ciertamente lo es en este caso. Es verdad que en mi mente hay algunas ideas que podrían parecer eficaces para desenredar tu ánimo de esas dudas que lo perturban; pero no me satisfacen del todo. Algunos de la secta platónica afirman que quien es capaz de ver su propio genio puede conocer su destino. No entiendo su doctrina, ni creo que tú la sigas; hay un engaño evidente. Lo he visto en la experiencia de un caballero muy curioso del país de Estangourre. Este es uno de los puntos. Hay otro no mucho mejor. Si aún existiera alguna autoridad en los oráculos de Júpiter Amón; de Apolo en Lebadia, Delfos, Delos, Cirra, Patara, Tegires, Preneste, Licia, Colofón, o en la fuente Castalia; cerca de Antioquía en Siria, entre los Bránquidas; de Baco en Dodona; de Mercurio en Fares, cerca de Patras; de Apis en Egipto; de Serapis en Canope; de Fauno en Menalia y Albunea cerca de Tívoli; de Tiresias en Orcómeno; de Mopsus en Cilicia; de Orfeo en Lesbos y de Trofonio en Leucadia; en ese caso te aconsejaría, y tal vez no, que fueras allí para consultar su juicio sobre el proyecto y empresa que tienes en mente. Pero sabes que todos ellos han quedado mudos como peces desde la venida de ese Salvador Rey cuya llegada al mundo hizo cesar todos los oráculos y profecías; así como la llegada de los rayos del sol ahuyenta duendes, fantasmas, trasgos, brujas, espíritus nocturnos y tenebrios. Ahora ya no existen; pero aunque aún continuaran y tuvieran el mismo poder, influencia y demanda que antes, no te aconsejaría confiar demasiado en sus respuestas. Demasiada gente ha sido engañada por ellos. Además, está registrado cómo Agripina acusó a la bella Lolia del crimen de haber consultado el oráculo de Apolo Clario para saber si alguna vez se casaría con el emperador Claudio; por lo cual primero fue desterrada y después condenada a una muerte vergonzosa e ignominiosa.

Pero, dijo Panurgo, hagamos algo mejor. Las islas Ogygias no están lejos del puerto de Sammalo. Después de hablar con nuestro rey, hagamos un viaje hasta allá. En una de esas cuatro islas, es decir, en la que mira principalmente hacia el poniente, se dice, y he leído en buenos autores antiguos y auténticos, que residen muchos adivinos, augures, vaticinadores, profetas y pronosticadores del porvenir; que Saturno habita ese lugar, atado con bellas cadenas de oro y dentro de la concavidad de una roca dorada, siendo alimentado con divina ambrosía y néctar, que diariamente le son enviados en gran cantidad y abundancia desde los cielos, por no sé qué clase de aves,—quizá sean los mismos cuervos que en los desiertos alimentaron a San Pablo, el primer ermitaño,—él predice claramente a quien desee saber la condición de su destino cuál será su suerte y qué futuro le han deparado las Parcas; pues las Parcas no tuercen, hilan ni estiran hilo alguno, ni Júpiter sopesa, proyecta ni delibera nada que el buen viejo padre celestial no conozca por completo, aun cuando duerme. Esto sería un resumen muy breve de nuestro trabajo, si tan solo le escucháramos un poco sobre este serio debate y examen de mi perplejidad. Eso, respondió Epistemon, es un engaño demasiado evidente, un abuso y una fábula demasiado fabulosa. No iré, no, no iré.