Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 3.XXXV.
Capítulo 135 de 266 · 3 min de lectura
Cómo el filósofo Trouillogan aborda la dificultad del matrimonio.
Cuando terminó este discurso, Pantagruel dijo al filósofo Trouillogan: Nuestro leal, honesto, verdadero y fiel amigo, la lámpara ha pasado de mano en mano y te ha tocado a ti. Es tu turno de dar una respuesta: ¿Debe Panurgo, te ruego, casarse, sí o no? Debe hacer ambas cosas, respondió Trouillogan. ¿Qué dices? preguntó Panurgo. Lo que has escuchado, contestó Trouillogan. ¿Qué he escuchado? replicó Panurgo. Lo que he dicho, respondió Trouillogan. ¡Ja, ja, ja! ¿Hemos llegado a ese punto? exclamó Panurgo. Déjalo pasar, no le doy importancia, viendo que no podemos sacar nada mejor de este juego. Pero de todos modos dime, ¿debo casarme o no? Ni lo uno ni lo otro, respondió Trouillogan. Que el diablo me lleve, dijo Panurgo, si estas respuestas extrañas no me vuelven loco, y que me lleve de inmediato si te entiendo. Espera un momento hasta que me ponga estos lentes en la oreja izquierda, para oírte mejor. En ese momento Pantagruel vio en la puerta del gran salón, que ese día era su comedor, al perrito de Gargantúa, cuyo nombre era Quino; pues así se llamaba el perro de Tobías, como está registrado. Entonces dijo a los presentes: Nuestro rey no está lejos; levantémonos todos.
Apenas se había pronunciado esa palabra, cuando Gargantúa, con su presencia real, honró aquel banquete y majestuoso salón. Todos los invitados se levantaron para rendirle al rey la reverencia y el deber que les correspondía. Después de que Gargantúa saludó afablemente a todos los caballeros presentes, dijo: Buenos amigos, les ruego este favor, y con ello me complacerán mucho: que no abandonen los lugares donde estaban sentados ni dejen la conversación que tenían. Que traigan una silla a este extremo de la mesa y alcáncenme una copa del vino más fuerte y mejor que tengan, para brindar por toda la compañía. Sean bienvenidos, caballeros, de todo corazón. Ahora díganme, ¿de qué hablaban? A esto respondió Pantagruel que al inicio del segundo servicio Panurgo había propuesto un tema problemático, a saber, si debía casarse o no; que el padre Hipotadée y el doctor Rondibilis ya habían dado sus resoluciones al respecto; y que, justo cuando su majestad entraba, el fiel Trouillogan, al exponer su opinión, había dicho hasta ese punto que, cuando Panurgo preguntó si debía casarse, sí o no, primero respondió: Ambas cosas a la vez. Cuando se le volvió a plantear la misma pregunta, su segunda respuesta fue: Ni lo uno ni lo otro. Panurgo exclama que esas respuestas están llenas de repugnancias y contradicciones, protestando que no las entiende, ni sabe qué se quiere decir con ellas. Si no me equivoco, dijo Gargantúa, lo entiendo muy bien. La respuesta no es diferente de la que una vez dio un filósofo en tiempos antiguos, quien, al ser interrogado si tenía por esposa a una mujer que le nombraron, respondió: La tengo, pero ella no me tiene a mí; poseyéndola, por ella no soy poseído. Una respuesta similar, dijo Pantagruel, dio una vez una muchacha atrevida de Esparta, a quien le preguntaron si alguna vez había tenido trato con un hombre. No, respondió ella, pero a veces los hombres han tenido trato conmigo. Bien, dijo Rondibilis, que sea un neutro en medicina, como cuando decimos que un cuerpo es neutro, cuando no está ni enfermo ni sano, y un término medio en filosofía; esto, por una abnegación de ambos extremos, y aquello por la participación de uno y otro. Así como cuando el agua tibia se dice que es tanto caliente como fría; o mejor, cuando el tiempo hace la partición y divide por igual entre los dos, un rato en uno, otro tanto en el extremo opuesto. El santo Apóstol, dijo Hipotadée, parece, según entiendo, haber explicado este punto con mayor claridad cuando dijo: Los que están casados, que vivan como si no lo estuvieran; y los que tienen esposa, como si no tuvieran ninguna. Así interpreto yo, dijo Pantagruel, el tener y no tener esposa. Tener esposa es gozar de ella de la manera que la naturaleza ha dispuesto, que es para ayuda, compañía y consuelo del hombre, y para propagar su linaje. No tener esposa es no ser dominado por ella, no ser cobarde ni perezoso por su causa, ni por ella menoscabar el brillo del afecto que el hombre debe a Dios, ni tampoco abandonar por ella los deberes y oficios que debe a su patria, a sus amigos y parientes, ni por ella dejar sus preciados estudios y otros asuntos importantes, para estar siempre pendiente de su voluntad, sus gestos y sus caprichos. Si nos place entender en este sentido el tener y no tener esposa, en verdad no hallaremos repugnancia ni contradicción alguna en los términos.



