Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.XXXVII.

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Cómo Pantagruel persuadió a Panurgo de consultar a un necio.

Cuando Pantagruel se hubo retirado, vio, por una pequeña ventana inclinada en una de las galerías, a Panurgo en un vestíbulo no muy lejos de allí, paseando solo, con el gesto, porte y apariencia de un tonto enamorado, delirando, moviendo y agitando las manos, meciéndose, recostándose y cabeceando, como una vaca que brama por su ternero; y, habiéndolo llamado entonces más cerca, le habló así: En este momento, me parece, no eres muy diferente a un ratón atrapado en una trampa, que cuanto más intenta librarse y desenredarse del lazo en el que está atrapado, procurando liberar sus patas del alquitrán al que están pegadas, más se ensucia con él y más fuertemente queda atrapada. Así te sucede a ti. Porque cuanto más te esfuerzas, luchas y te empeñas en liberar y desenredar tus pensamientos de las complicadas vueltas y ataduras de los dolorosos y lamentables lazos y resortes de la angustia y la perplejidad, mayor es la dificultad para aliviarte, y quedas más atado que nunca. Ni conozco para la remoción de este inconveniente otro remedio que uno.

Presta atención, he oído decir a menudo en un proverbio popular: El sabio puede ser instruido por un necio. Ya que las respuestas y réplicas de hombres sabios y juiciosos de ningún modo te han satisfecho, consulta a algún necio, y posiblemente así consigas ese consejo que será acorde al deseo y contento de tu corazón. Sabes cómo, por el consejo, la predicción y el parecer de necios, muchos reyes, príncipes, estados y repúblicas han sido preservados, varias batallas ganadas y diversas dudas de intrincada complejidad resueltas. No desconfío tanto de tu memoria como para creer necesario refrescarla con una cita de ejemplos, ni valoro tan poco tu juicio como para pensar que no asentirás a la razón de este mi discurso posterior. Así como aquel que cuida con esmero de lo que concierne a la hábil administración de sus asuntos privados, negocios domésticos y quehaceres confinados al estrecho círculo de una familia, que es atento, vigilante y activo en el gobierno económico de su casa, cuyo espíritu frugal nunca se aleja del hogar, que no pierde ocasión de procurarse más riquezas y aumentar nuevos montones de tesoros sobre su fortuna anterior, y que sabe prevenir con cautela los inconvenientes de la pobreza, es llamado hombre sabio en lo mundano, aunque tal vez en el juicio superior de las inteligencias que están arriba sea considerado un necio; así, por el contrario, es tenido, incluso en el pensamiento de todos los espíritus celestiales, no solo por sabio, sino por capaz de predecir acontecimientos futuros por inspiración divina, aquel que dejando completamente de lado los cuidados que atañen a su cuerpo o su fortuna y, por decirlo así, apartándose de sí mismo, libra todos sus sentidos de afectos terrenales y despeja su imaginación de esos estudios laboriosos que habitan en las mentes de los hombres prósperos. Todos estos descuidos de las cosas sublunares son vulgarmente tenidos por necedad. De este modo, el hijo de Pico, rey de los latinos, el gran adivino Fauno, fue llamado Fatuo por la multitud ignorante del pueblo. Lo mismo vemos a diario entre los actores cómicos, cuyos papeles dramáticos, en la distribución de los personajes, asignan el papel del necio al más sabio de la compañía. En aprobación de esta costumbre, los matemáticos permiten el mismo horóscopo a príncipes y a tontos. De lo cual dan un ejemplo muy claro en las natividades de Eneas y Coroebo; de los cuales el segundo, según Euphorión, fue un necio, y sin embargo tuvo con el primero los mismos aspectos e influencias genesiacas celestiales.

No creo, supongo, desviarme mucho del propósito en cuestión, si te relato lo que dijo Juan Andrés sobre la devolución de un mandato papal, dirigido al alcalde y burgueses de La Rochelle, y después de él Panorme, sobre el mismo canon pontificio; Barbatias sobre los Pandectas, y recientemente Jasón en sus Concilios, acerca de Seyny Juan, el célebre necio de París, y el tatarabuelo de Caillet. El caso es el siguiente.

En París, en la rosticería del Petit Châtelet, frente a la tienda de uno de los vendedores de asados de esa calle, un cierto mozo de carga hambriento comía su pan, después de haberlo sostenido por partes durante un rato sobre el humo y vapor de un ganso gordo que giraba en el asador ante un gran fuego, y lo encontraba, tan impregnado del aroma, muy sabroso; lo cual el cocinero, al observarlo, no le prestó atención hasta que, después de haber devorado su pan de a penique, del cual ningún bocado había quedado sin ahumar, el mozo se disponía a marcharse. Pero, con su permiso, cuando el hombre pensaba irse sin pagar, el maestro cocinero lo sujetó por el cuello y le exigió el pago por el humo de su asado. El mozo respondió que no había sufrido ninguna pérdida; que con lo que había hecho no se había disminuido la carne; que no había tomado nada suyo y, por lo tanto, no le debía nada. En cuanto al humo en cuestión, que aunque él no hubiera estado allí, de todos modos se habría evaporado; además, que hasta ese momento nunca se había visto ni oído que se vendiera humo de asado en las calles de París. El cocinero replicó que no estaba obligado ni tenía por qué alimentar y nutrir gratuitamente a un mozo de carga que nunca antes había visto, con el humo de su asado, y juró que si no le pagaba de inmediato y en el acto por la comida que así había obtenido, le quitaría los garrotes torcidos de la espalda; los cuales, en vez de cargar bultos en adelante, servirían de leña para su cocina. Mientras se disponía a hacerlo y a quitárselos tirando de uno de los extremos que había atrapado con la mano, el robusto mozo logró zafarse de su agarre, sacó su bastón nudoso y se preparó para defenderse. La disputa se acaloró en palabras, lo que hizo que los curiosos y holgazanes parisinos corrieran de todas partes para ver en qué terminaba aquella ruidosa contienda. En medio de esta disputa, para gran provecho, se encontraba allí Seyny Juan, el loco y ciudadano de París, a quien el cocinero, al verlo, dijo al mozo: ¿Quieres someterte y dejar en manos del noble Seyny Juan la decisión de la diferencia y controversia que hay entre nosotros? Sí, por la sangre de un ganso, respondió el mozo, estoy de acuerdo. Seyny Juan el loco, viendo que el cocinero y el mozo habían acordado dejar la resolución de su disputa a su juicio y arbitraje, después de que se expusieron plenamente los motivos de la acalorada riña de ambos, ordenó al mozo que sacara de la bolsa de su cinturón una moneda, si la tenía. El mozo, sin demora y en señal de respeto a la autoridad de tan juicioso árbitro, puso en su mano la décima parte de un Felipe de plata. Seyny Juan tomó esa pequeña moneda, la colocó sobre su hombro izquierdo para comprobar por el peso si era suficiente. Luego, poniéndola en la palma de su mano, la hizo sonar para saber por el oído si era de buena aleación el metal del que estaba hecha. Después la acercó al globo de su ojo izquierdo para ver si estaba bien acuñada y marcada; todo esto en medio de un profundo silencio de toda la multitud bobalicona que presenciaba aquella escena, para gran esperanza del cocinero y desesperación del mozo respecto al resultado del pleito. Finalmente, hizo que el mozo hiciera sonar varias veces la moneda sobre el mostrador de la tienda del cocinero. Entonces, con majestad presidencial, sosteniendo su cetro de bufón en la mano, cubriéndose la cabeza con una capucha de piel de marta, cuyos lados tenían la apariencia de un rostro de mono adornado con orejas de papel pegado, y llevando al cuello una gorguera abullonada, arrugada y surcada con varillas en forma de pequeños tubos de órgano, primero, con toda la fuerza de sus pulmones, tosió dos o tres veces y luego, con voz audible, pronunció la siguiente sentencia: El tribunal declara que el mozo que comió su pan al humo del asado ha pagado civilmente al cocinero con el sonido de su dinero. Y el tribunal ordena que cada uno regrese a su casa y atienda sus propios asuntos, sin gastos ni costas, y por causa justificada. Este veredicto, laudo y arbitraje del loco parisino pareció tan equitativo, incluso tan admirable a los mencionados doctores, que dudaron mucho de que, si el asunto hubiera sido llevado ante los tribunales de justicia del lugar, o si los jueces de la Rota en Roma hubieran sido árbitros, o incluso si los mismos Areopagitas hubieran decidido, si por alguna de las partes, o por todas juntas, se hubiera sentenciado y resuelto de manera tan judicial. Por lo tanto, aconseja, si quieres dejarte guiar por un loco.