Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 1.VII.
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De qué manera le fue dado a Gargantúa su nombre, y cómo bebía, trasegaba y vaciaba la jarra.
El buen Grangousier, bebiendo y festejando con los demás, oyó el horrible ruido que su hijo hizo al entrar en la luz de este mundo, cuando gritó: ¡De beber, de beber, de beber! Entonces exclamó en francés: ¡Que grand tu as et souple le gousier! que quiere decir: ¡Qué grande y ágil garganta tienes! Al oír esto la compañía, dijeron que en verdad el niño debía llamarse Gargantúa, porque fue la primera palabra que su padre pronunció tras su nacimiento, imitando y siguiendo el ejemplo de los antiguos hebreos; a lo cual él accedió, y su madre quedó muy complacida. Mientras tanto, para calmar al niño, le dieron de beber un tirelaregot, es decir, hasta que su garganta estuvo a punto de reventar; luego lo llevaron a la pila y allí fue bautizado, según la costumbre de los buenos cristianos.
Inmediatamente después, le fueron asignadas diecisiete mil novecientas trece vacas de las ciudades de Pautille y Brehemond, para proveerle de leche de manera ordinaria, pues era imposible encontrar una nodriza suficiente para él en todo el país, considerando la gran cantidad de leche que requería para su alimentación; aunque no faltaron algunos doctores de la opinión de Escoto, que afirmaban que su propia madre lo amamantaba, y que podía extraer de sus pechos mil cuatrocientas dos pipas y nueve cubos de leche cada vez.
Lo cual en verdad no es probable, y este punto ha sido considerado sumamente escandaloso y ofensivo para oídos delicados, pues tiene un leve sabor a herejía. Así fue criado durante un año y diez meses; después de ese tiempo, por consejo de los médicos, empezaron a llevarlo en brazos, y entonces se le hizo un bonito carrito tirado por bueyes, invención de Jan Denio, en el que lo paseaban de un lado a otro con gran alegría; y era digno de verse, pues era un niño hermoso, de fisonomía robusta y casi diez papadas. Lloraba muy poco, pero se ensuciaba cada hora: porque, para decir la verdad, era maravillosamente flemático de trasero, tanto por su complexión natural como por la disposición accidental que le había sobrevenido por beber en exceso el jugo septembrino. Sin embargo, no bebía ni una gota sin motivo; pues si llegaba a estar inquieto, enojado, disgustado o triste, si se irritaba, lloraba o hacía cualquier berrinche, al acercarle algo de beber, se calmaba instantáneamente, recuperaba su buen humor y quedaba tan tranquilo y apacible como antes. Una de sus nodrizas me contó (jurando por su higo) que estaba tan acostumbrado a este método, que al sonido de jarras y garrafas caía de repente en éxtasis, como si ya estuviera probando las delicias del paraíso; de modo que, considerando esta su divina complexión, cada mañana, para alegrarlo, jugaban con un cuchillo sobre los vasos, sobre las botellas con sus tapones y sobre los cántaros con sus tapas y cubiertas, al sonido de los cuales se ponía contento, saltaba de alegría, se mecía en la cuna, asentía con la cabeza, marcaba el compás con los dedos y acompañaba el ritmo con la cola.



