Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 1.VIII.
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Cómo vistieron a Gargantúa.
Al llegar a esta edad, su padre ordenó que le hicieran ropa con su propia librea, que era blanca y azul. Entonces los sastres se pusieron manos a la obra, y con gran rapidez confeccionaron, cortaron y cosieron aquellas prendas, de acuerdo con la moda que entonces estaba en boga. Según encuentro en los antiguos registros o pancartas, que pueden verse en la cámara de cuentas o corte del tesoro en Montsoreau, fue ataviado de la siguiente manera. Para hacerle cada camisa se tomaron novecientas varas de lino de Châtellerault, y doscientas para las piezas laterales, a modo de cojines, que le colocaban bajo las axilas. Su camisa no estaba fruncida ni plisada, pues el plisado de camisas no se inventó hasta que las costureras (cuando la punta de su aguja —Besongner du cul, traducido como El ojo de la aguja— se rompía) empezaron a trabajar y ocuparse con el extremo. Para su jubón se emplearon ochocientas trece varas de satén blanco, y para los cordones mil quinientas nueve pieles y media de perro. Fue entonces cuando los hombres empezaron a atar sus calzas al jubón, y no el jubón a las calzas: pues esto es contra natura, como ha demostrado ampliamente Ockham en los exponibles del maestro Haultechaussade.
Para sus calzas se emplearon mil ciento cinco varas y un tercio de paño blanco. Fueron cortadas en forma de columnas, biseladas, acanaladas y recortadas por detrás para que no recalentaran sus riñones; y, en el interior de los paneles, se inflaban con forro de tanto damasco azul como fuera necesario: y cabe destacar que tenía muy buenas grebas, proporcionales al resto de su estatura.
Para su bragueta se usaron dieciséis varas y un cuarto del mismo paño, y fue confeccionada en la parte superior a modo de un arco triunfal, muy elegantemente sujeta con dos broches esmaltados, en cada uno de los cuales había una gran esmeralda, del tamaño de una naranja; pues, como dice Orfeo en su libro de las piedras, y Plinio en su último libro, tiene una virtud erectiva y confortante para el miembro natural. La salida, proyección o prominencia de su bragueta tenía una vara de largo, recortada y calada, y además abultada, sobresaliendo con el forro de damasco azul, al estilo de sus calzas. Pero si hubieran visto el hermoso bordado de la fina labor de aguja, y los curiosos nudos entrelazados, adornados y rematados por el arte del orfebre con ricos diamantes, preciosos rubíes, finas turquesas, costosas esmeraldas y perlas persas, lo habrían comparado con un hermoso cuerno de la abundancia, como los que se ven en las antigüedades, o como el que Rea dio a las dos ninfas, Amaltea e Ida, las nodrizas de Júpiter.
Y, como ese cuerno de la abundancia, siempre estaba gallardo, suculento, goteante, jugoso, vigoroso, vivaz, siempre floreciente, siempre fructificando, lleno de savia, lleno de flor, lleno de fruto y de todo tipo de deleites. Juro por Dios, habría sido un placer verlo, pero les contaré más de él en el libro que he escrito sobre la dignidad de las braguetas. Una cosa les diré: así como era larga y grande, también estaba bien provista y abastecida por dentro, nada parecida a las braguetas hipócritas de algunos galanes y cortesanos, que solo están rellenas de aire, en gran perjuicio del sexo femenino.
Para sus zapatos se emplearon cuatrocientas seis varas de terciopelo azul carmesí, y fueron muy cuidadosamente cortados en líneas paralelas, unidas en cilindros uniformes. Para las suelas se utilizaron mil cien pieles de vaca parda, cortadas en forma de cola de bacalao.
Para su sayo se emplearon mil ochocientas varas de terciopelo azul, teñido en grano, bordado en los bordes con bellos claveles, y en el centro adornado con pasamanería de plata, intercalada con placas de oro y abundantes perlas, mostrando así que en su tiempo sería un excelente compañero y un singular azote de copas.
Su cinturón estaba hecho de trescientas varas y media de sarga de seda, mitad blanca y mitad azul, si no me equivoco. Su espada no era de Valencia, ni su daga de Zaragoza, pues su padre no soportaba a esos hidalgos borrachos y marranizados como diablos: pero tenía una hermosa espada de madera, y la daga de cuero hervido, tan bien pintada y dorada como cualquiera pudiera desear.
Su bolsa estaba hecha con el escroto de un elefante, que le fue obsequiado por Herr Pracontal, procónsul de Libia.
Para su capa se emplearon nueve mil seiscientas varas, menos dos tercios, de terciopelo azul, como antes, toda tan diagonalmente bordada, que por verdadera perspectiva surgía de allí un color innombrable, como el que se ve en los cuellos de las tórtolas o pavos reales, lo que maravillaba la vista de los presentes. Para su bonete o gorra se tomaron trescientas dos varas y un cuarto de terciopelo blanco, y su forma era ancha y redonda, del tamaño de su cabeza; pues su padre decía que los gorros a la moda de Marrabais, hechos como la tapa de un pastel, algún día traerían desgracia a quienes los usaran. Como pluma, llevaba una hermosa y gran pluma azul, arrancada de un onocrotalo del país de Hircania la salvaje, colgando graciosamente sobre su oreja derecha. Como joya o broche que llevaba en su gorra, tenía en una pieza de oro, que pesaba sesenta y ocho marcos, una bella pieza esmaltada, donde estaba representado el cuerpo de un hombre con dos cabezas, mirándose una a otra, cuatro brazos, cuatro pies, dos traseros, tal como Platón, en el Simposio, dice que fue el origen místico de la naturaleza humana; y alrededor estaba escrito en letras jónicas, Agame ou zetei ta eautes, o más bien, Aner kai gune zugada anthrotos idiaitata, es decir, Varón y mujer juntos propiamente hombre. Para llevar al cuello, tenía una cadena de oro que pesaba veinticinco mil sesenta y tres marcos de oro, cuyos eslabones estaban hechos a modo de grandes bayas, entre las cuales se trabajaron jaspes verdes tallados en forma de dragón, todos rodeados de haces y destellos, como solía llevar el rey Nicepsos de antaño: y le llegaba hasta el busto, al nacimiento del vientre, de lo que obtuvo gran beneficio toda su vida, como bien saben los médicos griegos. Para sus guantes se emplearon dieciséis pieles de nutria y tres de lobos-garou, o lobos antropófagos, para los bordes: y de este material fueron hechos, por disposición de los cabalistas de Sanlouand. En cuanto a los anillos que su padre quiso que llevara, para renovar la antigua marca de nobleza, tenía en el índice de la mano izquierda un carbunclo del tamaño de un huevo de avestruz, engastado delicadamente en oro de la pureza de un serafín turco. En el dedo medio de la misma mano llevaba un anillo hecho de cuatro metales juntos, de la forma más extraña que jamás se haya visto; de modo que el acero no chocaba con el oro, ni la plata aplastaba el cobre. Todo esto fue hecho por el capitán Chappuys y Alcofribas, su buen agente. En el dedo anular de la mano derecha tenía un anillo en espiral, en el que estaba engastado un perfecto rubí Balas, un diamante en punta y una esmeralda Physon, de valor incalculable. Pues Hans Carvel, el joyero del rey de Melinda, los valoró en sesenta y nueve millones ochocientos noventa y cuatro mil dieciocho escudos franceses de Berry, y en tanto los tasaron los Foucres de Augsburgo.



