Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.XLIII.

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Cómo Pantagruel excusa a Bridlegoose en el asunto de sentenciar pleitos legales por medio del azar de los dados.

Con esto, Bridlegoose guardó silencio. Entonces Trinquamelle le ordenó retirarse de la corte —lo cual hizo en consecuencia— y luego dirigió su discurso a Pantagruel de la siguiente manera: Es justo, ilustre príncipe, no solo por las profundas obligaciones que este parlamento, junto con todo el marquesado de Mirelingues, tiene para con vuestra alteza real por los innumerables beneficios que, como efectos de pura gracia, han recibido de vuestra incomparable generosidad, sino también por ese excelente ingenio, juicio supremo y admirable erudición con que el Dios todopoderoso, dador de todos los bienes, os ha dotado y enriquecido tan abundantemente, que os ofrezcamos y presentemos la decisión de este caso nuevo, extraño y paradójico de Bridlegoose; quien, en vuestra presencia, tanto a vuestro oído como a vuestra vista, ha confesado abiertamente que dicta y resuelve los pleitos legales por el mero azar y fortuna de los dados. Por tanto, os suplicamos que tengáis a bien dictar sentencia al respecto como os parezca más justo y equitativo. A esto respondió Pantagruel: Señores, no les es desconocido que mi condición está algo alejada de la profesión de dirimir controversias legales; sin embargo, ya que tienen a bien honrarme con encomendarme esa tarea, en vez de asumir el oficio de juez, me convertiré en su humilde suplicante. Observo, señores, en este Bridlegoose varias cosas que me inducen a exponer ante ustedes que, en mi opinión, debe ser perdonado. En primer lugar, su avanzada edad; en segundo, su sencillez; a ambas cualidades, nuestras leyes estatutarias y comunes, tanto civiles como municipales, conceden muchas excusas para cualquier desliz o error que, por la invencible imperfección de alguna de ellas, haya cometido inadvertidamente una persona así calificada. En tercer lugar, señores, debo presentarles otro caso, que en equidad y justicia favorece mucho a Bridlegoose, a saber, que esta única y sola falta suya debería ser completamente olvidada, abolida y absorbida por ese inmenso y vasto océano de sentencias justas y fallos que anteriormente ha dado y pronunciado; su conducta, durante estos cuarenta años y más que ha sido juez, ha estado tan equilibrada en la balanza de la rectitud, que la envidia misma hasta ahora no habría sido tan descarada como para acusarlo o reprocharle acto alguno digno de censura o reprensión; como si una gota del mar se arrojara al Loira, nadie podría percibir ni decir que por esa sola gota el río entero se volviera salado y amargo.

En verdad, me parece que en toda la serie de decretos jurídicos de Bridlegoose ha habido no sé qué de extraordinario, impregnado de la inefable benignidad de Dios, ya que todas sus sentencias, laudos y fallos anteriores han sido confirmados y aprobados por ustedes mismos en esta su venerable y soberana corte. Porque es habitual, como bien saben, que aquel cuyos caminos son inescrutables manifieste su propia gloria inefable al embotar la perspicacia de los ojos de los sabios, al debilitar la fuerza de los opresores poderosos, al abatir el orgullo de los ricos extorsionadores, y al levantar, consolar, proteger, sostener, apoyar y apuntalar a los pobres, débiles, humildes, sencillos y necios de la tierra. Pero, dejando de lado todos estos asuntos, solo les ruego, no por las obligaciones que dicen deber a mi familia, por las cuales les agradezco, sino por ese constante y sincero amor y afecto que siempre han hallado en mí, tanto de este como del otro lado del Loira, para el mantenimiento y establecimiento de sus cargos, oficios y dignidades, que por esta única vez le perdonen y absuelvan bajo estas dos condiciones. Primero, que satisfaga, o presente suficiente garantía para la satisfacción de la parte perjudicada por la injusticia de la sentencia en cuestión. Para el cumplimiento de este artículo yo proveeré suficientemente. Y, en segundo lugar, que para su ayuda subsidiaria en la pesada carga de administrar justicia tengan a bien designarle y asignarle algún pequeño y virtuoso consejero, más joven, más instruido y más sabio que él, según cuyo consejo pueda regular, guiar, templar y moderar en adelante todos sus procedimientos judiciales; o, de lo contrario, si deciden destituirlo totalmente de su cargo y privarlo por completo del estado y dignidad de juez, les rogaré cordialmente que me lo concedan como presente y don gratuito, pues en mis reinos encontraré cargos y empleos suficientes con los cuales ocuparlo, para mejorar su fortuna y en beneficio de mi servicio. Mientras tanto, imploro al Creador, Salvador y Santificador de todos los bienes, que en su gracia, misericordia y bondad los preserve a todos ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

Dichas estas palabras, Pantagruel, inclinando su gorra y haciendo una reverencia con la majestad que corresponde a una persona de su alto rango y eminencia, se despidió de Trinquamelle, el presidente y orador principal de ese parlamento de Mirelingues, tomó licencia de toda la corte y salió de la sala; en cuya puerta, al encontrar a Panurgo, Epistemon, Fray Juan y otros, de inmediato, acompañado por ellos, se dirigió a la puerta exterior, donde todos montaron a caballo para regresar hacia Gargantúa. Por el camino, Pantagruel les relató punto por punto el modo en que Bridlegoose sentenciaba las diferencias legales. Fray Juan dijo que había visto a Pedro Dandin y que lo conoció en la época en que residía en el monasterio de Fontaine le Comte, bajo el noble abad Ardillón. Gimnasta afirmó igualmente que estuvo en la tienda del gran caballero cristiano De Crissie, cuando el gascón, después de dormir, respondió al aventurero. Panurgo era algo incrédulo respecto a creer que fuera moralmente posible que Bridlegoose hubiera sido durante tanto tiempo tan continuamente afortunado en ese modo aleatorio de decidir disputas legales. Epistemon dijo a Pantagruel: Una historia semejante, no muy diferente en todas sus circunstancias, se cuenta vulgarmente del preboste de Montlehery. En verdad, tal perpetuidad de buena suerte es digna de asombro. Acertar dos o tres veces en un juicio dado al azar podría haber ocurrido, especialmente en controversias ambiguas, intrincadas, abstrusas, complejas y oscuras.