Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.XLIV.

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Cómo Pantagruel relata una extraña historia sobre la perplejidad del juicio humano.

Viendo que hablas, dijo Pantagruel, de debates oscuros, difíciles, arduos y enrevesados, te contaré uno que fue discutido ante Cneo Dolabela, procónsul en Asia. El caso fue el siguiente.

Una mujer en Esmirna tuvo de su primer esposo un hijo llamado Abece. Al morir éste, ella, después de transcurrido un año y un día, volvió a casarse y de su segundo marido tuvo un niño llamado Effege. Mucho tiempo después sucedió, como bien sabes que el afecto de los padrastros y madrastras hacia los hijos de los primeros padres y madres fallecidos es muy raro, que este esposo, con la ayuda de su hijo Effege, de manera secreta, consciente, voluntaria y traicionera, asesinó a Abece. Tan pronto como la mujer se enteró del hecho, para que no quedara impune, mandó matar a ambos, para vengar la muerte de su primer hijo. Fue apresada y llevada ante Cneo Dolabela, ante quien, sin ocultar nada, confesó todo lo que se le imputaba; sin embargo, alegó que tenía tanto derecho como razón para matarlos. Así estaba planteada la cuestión. Él encontró el asunto tan dudoso e intrincado, que no supo qué determinar ni a qué parte inclinarse. Por un lado, era un crimen execrable acabar de una vez con su segundo esposo y su hijo. Por otro, la causa del asesinato parecía tan natural, basada en la ley de las naciones y en el instinto racional de todos los pueblos del mundo, viendo que ambos, juntos, habían destruido de manera criminal y asesina a su primer hijo; no porque hubieran sido agraviados, ultrajados o perjudicados por él, sino por una intención avariciosa de apoderarse de su herencia. En esta encrucijada y duda sobre qué decidir, envió a consultar a los Areopagitas que entonces residían en Atenas, para conocer y obtener su consejo y juicio. Ese senado juicioso, ponderando muy sabiamente las razones de su perplejidad, le envió a decir que citara a la mujer para que compareciera personalmente ante él exactamente cien años después, para responder a ciertos interrogatorios sobre puntos que no estaban contenidos en la defensa verbal. Esta resolución implicaba que, en su opinión, era un asunto tan difícil e inextricable que no sabían qué decir ni juzgar al respecto. Quien hubiera decidido ese litigio por el azar y la fortuna de los dados, no habría errado ni fallado mal, cualquiera que hubiera sido la sentencia condenatoria. Si era contra la mujer, merecía castigo por usurpar la autoridad soberana al tomar venganza por su propia mano, cuya imposición sólo compete al poder supremo que administra justicia en casos criminales. Si era a favor de ella, el justo resentimiento por una injuria tan atroz cometida contra ella, al asesinar a su hijo inocente, la excusaba y justificaba plenamente de cualquier falta u ofensa cometida en ese particular. Pero esta continuidad de Bridlegoose durante tantos años, acertando siempre, sin errar jamás y juzgando correctamente sólo por el simple lanzamiento de los dados y el azar, es lo que más me asombra y maravilla.

Para responder, dijo Pantagruel (Epistemon, dice la edición inglesa de 1694, siguiendo la lectura de las ediciones francesas modernas. Le Duchat ha señalado el error.—M.), categóricamente a aquello que te asombra, debo confesar e ingenuamente reconocer que no puedo; sin embargo, conjeturando la razón de ello, atribuiría la causa de ese asombrosamente prolongado éxito en los resultados judiciales de sus sentencias definitivas al aspecto favorable de los cielos y la benignidad de las inteligencias; quienes, por su amor a la bondad, después de contemplar la pura simplicidad y sincera honestidad del juez Bridlegoose al reconocer sus incapacidades, regulaban por azar aquello a lo que ni el más profundo acto de su madura deliberación podía llegar. Asimismo, lo que posiblemente le hacía desconfiar de su propia habilidad y capacidad, a pesar de ser un abogado experto y entendido, al menos que yo sepa, era el conocimiento y experiencia que tenía de las antinomias, contrariedades, antilogías, contradicciones, cruces y enfrentamientos de leyes, costumbres, edictos, estatutos, órdenes y ordenanzas, en cuya peligrosa oposición, la equidad y la justicia se estructuran y fundan en cualquiera de los términos opuestos, y así se abre una brecha para la entrada de la injusticia y la iniquidad a través de las diversas interpretaciones de abogados interesados, estando firmemente convencido de que el calumniador infernal, que frecuentemente se transforma en apariencia de mensajero o ángel de luz, se vale de estos comentarios y exposiciones cruzadas en las bocas y plumas de sus ministros y servidores, los perversos abogados, jueces sobornados, procuradores leguleyos, consejeros prevaricadores y otros semejantes miembros que retuercen la ley en los tribunales, para convertir por esos medios lo negro en blanco, lo verde en gris y lo recto en torcido. Para hacer esto más eficazmente, estos ministros diabólicos hacen creer a ambas partes en litigio que su causa es justa y legítima; pues es bien sabido que no hay causa, por mala que sea, que no encuentre un abogado que la patrocine y defienda,—de lo contrario, no habría procesos en el mundo, ni pleitos legales, ni defensas en los tribunales. En estos extremos, según creo, él recomendaba humildemente la dirección de sus procedimientos judiciales al justo juez de jueces, Dios Todopoderoso; se sometía a la guía y conducción del Espíritu Santo en el riesgo y perplejidad de la sentencia definitiva y, mediante este sorteo aleatorio, imploraba y exploraba, por así decirlo, el decreto divino de su voluntad y placer, en lugar de lo que llamamos el fallo final de un tribunal. Con este fin, para lograr mejor su propósito, que era juzgar con rectitud, en mi opinión, lanzaba y giraba los dados, para que por la providencia mencionada la mejor suerte recayera en aquel cuya acción fuera más justa y respaldada por la mayor razón. Al hacerlo, no se apartaba del sentido de los talmudistas, quienes dicen que hay tan poco daño en ese modo de buscar la verdad, que en la ansiedad y perplejidad de los ingenios humanos Dios muchas veces manifiesta el secreto placer de su voluntad divina.

Por lo demás, no pienso ni diré, ni puedo creer, que la desviación sea tan irregular, ni la corrupción tan evidente, de los del parlamento de Mirelingois en Mirelingues, ante quienes Bridlegoose fue acusado de prevaricación, como para que sostengan que es peor práctica remitir la decisión de un pleito al azar y al lance de los dados, sea como sea la suerte, que dejarla en manos y bajo la determinación de aquellos cuyas manos están llenas de sangre y corazones de torcidas inclinaciones. Además, su principal orientación en todos los asuntos legales les llega de un tal Triboniano, un malvado, infame, bárbaro, infiel y pérfido bribón, tan pernicioso, injusto, avaro y perverso en sus caminos, que su costumbre ordinaria era vender leyes, edictos, declaraciones, constituciones y ordenanzas, como en una subasta, al que más ofreciera por ellas. Así preparaba las medidas para los litigantes, y les repartía sus porciones a partir de esos pequeños fragmentos, trozos, retazos, jirones y restos de la ley vigente, ocultando, suprimiendo, anulando y aboliendo el resto, que conformaba la ley completa; temiendo que, si la ley entera se hiciera manifiesta y se pusiera al alcance de quienes tienen interés en ella, y los libros doctos de los antiguos juristas sobre la exposición de las Doce Tablas y los Edictos Pretorianos, sus villanías, maldades y vil impiedad saldrían a la luz pública. Por tanto, sería mejor, en mi opinión, es decir, menos inconveniente, que las partes en disputa en cualquier caso judicial avanzaran a oscuras sobre abrojos, que someter la determinación de lo que es su derecho a sentencias tan impías y decretos tan horribles; como Catón en su tiempo deseó y aconsejó que todos los tribunales estuvieran pavimentados con abrojos.