Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.XLVI.

Capítulo 146 de 266 · 3 min de lectura

Cómo Pantagruel y Panurgo interpretan de manera diversa las palabras de Triboulet.

Él dice que eres un necio. ¿Y qué clase de necio? Un necio loco, que en tu vejez te encadenarías a la servidumbre del matrimonio, y encerrarías tus placeres en un estado conyugal cuya llave lleva algún bribón en su bragueta. Dice además: Cuídate del monje. Por mi honor, me da en el pensamiento que serás cornudo por culpa de un monje. Es más, empeño mi honor, que es la prenda más valiosa que podría poseer aunque fuera único y pacífico dominador de toda Europa, Asia y África, que, si te casas, seguramente formarás parte de la hermandad cornuda de Vulcano. Así puedes ver cuánto valoro la sabia necedad de nuestro morosofo Triboulet. Los otros oráculos y respuestas, en general, pronosticaban que serías cornudo, sin descender tanto al detalle como para especificar de qué oficio, entre los muchos tipos de hombres, sería aquel que habría de ser compañero de tu esposa y causante de tus cuernos. Así, el noble Triboulet nos lo dice claramente, de cuyas palabras podemos deducir con toda facilidad imaginable que tu cornamenta será infame, y tanto más escandalosa cuanto que tu lecho conyugal será incestuosa y suciamente mancillado por la lujuria de un monje. Además, dice que serás la gaita de Buzansay, es decir, bien cornudo, cornificado y encuernado. Y, como el tío de Triboulet pidió a Luis el Doce por un hermano menor suyo que vivía en Blois, las gaitas de Buzansay por los tubos del órgano, por la confusión de una palabra con otra, así también, mientras crees casarte con una esposa sabia, humilde, tranquila, discreta y honesta, por desgracia tropezarás con una tonta, orgullosa, ruidosa, obstinada, gritona, escandalosa y más desagradable que cualquier gaita de Buzansay. Considera además cómo te golpeó la nariz con la vejiga y te dio un buen puñetazo en la espalda. Esto denota y presagia que serás aporreado, golpeado y pellizcado por ella, y que también te robará tus bienes, así como tú robaste la vejiga de cerdo a los niños de Vaubreton.

Todo lo contrario, dijo Panurgo;—no porque quiera eximirme descaradamente de ser vasallo en el territorio de la necedad. Pertenezco a esa jurisdicción y me someto a ella, lo confieso. ¿Y por qué no habría de hacerlo? Pues todo el mundo es necio. En el antiguo idioma de Lorena, fou por tou, todo y necio, eran la misma cosa. Además, lo afirma Salomón: infinito es el número de los necios. De un infinito nada puede restarse ni disminuirse, ni tampoco, según el testimonio de Aristóteles, puede añadirse o sumarse algo. Por lo tanto, sería un necio loco si, siendo necio, no me considerara necio. De igual manera, podemos afirmar que el número de los locos y enfurecidos es infinito. Avicena no duda en afirmar que los diversos tipos de locura son infinitos. Aunque mucho de lo que dice Triboulet poco favorece mi causa, y aunque el perjuicio que de ello recibo sea común a todos los hombres, el resto de su discurso y gestos es totalmente favorable para mí. Le dijo a mi esposa: Cuídate del mono; eso es tanto como decir que debe estar alegre y disfrutar tanto de un mono como la Lesbia de Catulo de su gorrión; quien, para su recreo, pasará su tiempo tan alegremente cazando moscas como antaño el despiadado Domitiano. Además, quiso decir, en otra parte de su discurso, que ella tendría un humor jovial y campesino, tan alegre y agradable como una armoniosa gaita de Saulieu o Buzansay. El verídico Triboulet insinuó así algo que me agrada mucho, pues conoce perfectamente las inclinaciones y propensiones de mi mente, mi disposición natural y la inclinación de mis pasiones y afectos interiores. Porque puedes estar seguro de que mi humor se satisface y contenta mucho más con las lindas, alegres y rústicas pastoras, cuyos traseros, a través de sus toscas camisas de lino, huelen al trébol del campo, que con esas grandes damas de las magníficas cortes, con sus moños flamencos y sultanas, sus polvos, pastillas y cosméticos. El sonido sencillo, igualmente, de una gaita rústica me resulta más agradable que el curioso trinar y los melódicos temblores de laúdes, tiorbas, violas, rabeles y violines. Me dio un buen golpe en la espalda,—¿y qué? Que pase, en el nombre y por amor de Dios, como una rebaja y deducción de mis futuros sufrimientos en el purgatorio. No lo hizo con mala intención. Pensó, tal vez, que golpeaba a alguno de los pajes. Es un necio honesto y un inocente simple. Es pecado albergar en el corazón algún mal pensamiento sobre él. Por mi parte, lo perdono de todo corazón. Me golpeó la nariz. En eso no hay daño; pues no significa otra cosa que entre mi esposa y yo habrá algunos juguetones y traviesos juegos como los que suelen ocurrir entre los recién casados.