Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.XLVIII.

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Cómo Gargantúa muestra que los hijos no deben casarse sin el conocimiento y consejo especial de sus padres y madres.

Apenas hubo Pantagruel entrado por la puerta del gran salón del castillo, cuando se topó de frente con el buen y honesto Gargantúa, que salía de la sala del consejo. A él le hizo un relato sucinto y resumido de lo que había sucedido y ocurrido, digno de su atención, durante sus viajes en el extranjero desde su último encuentro; luego, poniéndolo al tanto del propósito que tenía entre manos, le suplicó que, si era de su agrado y voluntad, le concediera permiso para llevar a cabo y concluir la empresa que había emprendido. El buen Gargantúa, teniendo en una mano dos grandes fardos de peticiones firmadas y respondidas, y en la otra algunas notas y recordatorios para no olvidar otras solicitudes de suplicantes que, aunque presentadas, no habían sido leídas ni escuchadas, entregó ambos a Ulrico Gallet, su antiguo y fiel Maestro de Peticiones; luego apartó a Pantagruel y, con un semblante más sereno y jovial de lo habitual, le habló así: Doy gracias a Dios, y tengo gran motivo para hacerlo, mi queridísimo hijo, de que haya tenido a bien inspirarte una constante inclinación hacia las acciones virtuosas. Estoy complacido de que realices el viaje que me has propuesto, pero también desearía que tuvieras en mente y deseo casarte, pues veo que tienes la edad adecuada. Mientras tanto, Panurgo se preparaba y proveía remedios, ungüentos y curas contra todos los obstáculos, trabas e impedimentos que, en lo más alto de su imaginación, pudiera concebir que Gargantúa interpusiera en el camino de su proyecto itinerante. —¿Es tu voluntad, queridísimo padre, que hables? —respondió Pantagruel—. Por mi parte, aún no lo he pensado. En todo este asunto me someto y confío por completo en tu beneplácito y autoridad paterna. Pues antes rogaría a Dios que me hiciera caer muerto a tus pies, complaciéndote, que verme casado en vida en contra de tu voluntad. Jamás he oído que por ley alguna, ya sea sagrada o profana, ni siquiera entre las naciones más rudas y bárbaras del mundo, se permita y apruebe que los hijos puedan casarse a su antojo y voluntad, sin el conocimiento, consejo o consentimiento de sus padres, madres y parientes más cercanos. Todos los legisladores, en cualquier parte del mundo, han quitado y eliminado esta libertad licenciosa a los hijos, reservándola totalmente a la discreción de los padres.

—Mi muy amado hijo —dijo Gargantúa—, te creo y de corazón doy gracias a Dios por haberte concedido la gracia de tener tanto un perfecto conocimiento como un pleno aprecio por las cosas loables y dignas de alabanza; y porque, a través de las ventanas de tus sentidos exteriores, ha tenido a bien transmitir a las facultades interiores de tu mente solo lo que es bueno y virtuoso. Porque en mi tiempo se ha hallado en el continente cierto país donde existen unos sacerdotes pastoforianos cazadores de topos, que, aunque reacios a comprometerse personalmente en el deber matrimonial, como los flamines pontificales de Cibeles en Frigia, como si fueran capones y no gallos llenos de lascivia, salacidad y desenfreno, sin embargo, en asuntos conyugales, han pretendido prescribir leyes y ordenanzas a los casados. No puedo determinar qué debo aborrecer, detestar, odiar y abominar más: si la presunción tiránica de esos temidos sacerdotes cazadores de topos, que, no queriendo mantenerse dentro de las rejas y celosías de sus misteriosos templos, se entrometen, intervienen, se inmiscuyen y meten su hoz en las cosechas de asuntos seculares, totalmente contrarios y diametralmente opuestos a la calidad, estado y condición de sus cargos, profesiones y vocaciones; o la estúpida superstición y escrupulosidad insensata de los casados, que han obedecido y sometido sus cuerpos, fortunas y bienes a la discreción y autoridad de tales leyes odiosas, perversas, bárbaras e irracionales. Ni ven lo que es más claro que la luz y el resplandor de la estrella matutina: que todas esas sanciones, estatutos y ordenanzas nupciales y conyugales han sido decretadas, hechas e instituidas solo para beneficio, provecho y ventaja de los místicos flamines y sacerdotes misteriosos, y en nada para el bien, utilidad o provecho de los pobres casados engañados. Lo cual da a otros suficiente motivo para considerar a estos clérigos sospechosos de iniquidad y de un proceder injusto y fraudulento, que no debe ser tolerado ni encubierto, una vez sopesado con la razón, más de lo que si, con igual temeridad, los laicos, a modo de compensación, quisieran imponer leyes a seguir y observar por esos místicos y flamines sobre cómo deben comportarse en la realización y ejecución de sus ritos y ceremonias, y de qué manera deben proceder en la ofrenda e inmolación de sus diversas oblaciones, víctimas y sacrificios; viendo que, además de la décima y el cobro del diezmo de sus bienes, recortan y toman tajadas, recortes y fragmentos de la ganancia proveniente del trabajo de sus manos y el sudor de su frente, para mejor sustentarse. Por lo cual, en mi opinión, sus mandatos y órdenes no resultarían tan perniciosos e impertinentes como los del poder eclesiástico al que han prestado su ciega obediencia. Porque, como bien has dicho, no hay lugar en el mundo donde, legalmente, se conceda licencia a los hijos para casarse sin el consejo y consentimiento de sus padres y parientes. Sin embargo, por esas leyes perversas y costumbres de cazadores de topos, a las que ya he aludido, no hay rufián sarnoso, leproso o sifilítico, proxeneta, bribón, pícaro, bandido, ladrón, azotado y marcado en su país por sus crímenes y delitos, que no pueda arrebatar y raptar violentamente a cualquier doncella que desee, por noble, bella, rica, honesta y casta que sea, y eso desde la casa de su propio padre, en su presencia, del regazo de su madre y ante la mirada y pesar de sus amigos y parientes, siempre que el villano sea lo bastante astuto como para asociarse con algún flamen místico, quien, según el pacto entre ambos, espere algún día participar del botín.

¿Podrían los godos, los escitas o los masagetas cometer un acto peor o más cruel contra cualquiera de los habitantes de una ciudad enemiga, cuando, después de perder a muchos de sus más importantes comandantes, gastar una gran cantidad de dinero y soportar un largo asedio, la hayan asaltado y tomado por medio de un violento e impetuoso ataque? ¿No cree usted que estos padres y madres se sentirán tristes y apesadumbrados al ver a un desconocido, un vagabundo forastero, un patán bárbaro, un rudo perro, podrido, descarnado, putrefacto, flaco, lleno de forúnculos y llagas, pobre, un miserable desdichado y ruin, arrebatar ante sus propios ojos, de manera abierta y violenta, a sus tan bellas, delicadas, limpias, bien educadas, ricamente provistas y saludables hijas, en cuya crianza y educación no escatimaron gastos, criándolas en una disciplina honesta para todos los empleos honorables y virtuosos propios de una mujer de noble linaje, esperando con esos medios encomiables e industriosos, en un momento oportuno y conveniente, poder entregarlas a los dignos hijos de sus merecedores vecinos y antiguos amigos, quienes habían alimentado, hospedado, enseñado e instruido a sus hijos con el mismo cuidado y solicitud, para hacerlos parejas dignas de alcanzar la felicidad de un matrimonio tan dichoso, del cual pudiera surgir una descendencia y progenie que heredara no menos las loables cualidades y exquisitas dotes de sus padres, a quienes se parecen en todo, que sus bienes personales y reales, muebles y herencias? ¿Cuán doloroso, triste y lastimoso resultaría para ellos un espectáculo y suceso así? No es necesario que piense que el llanto de los romanos y sus aliados por la muerte de Germánico Druso fuera comparable a este lamento de ellos. Tampoco quiero que crea que la desazón y ansiedad de los lacedemonios, cuando la griega Helena, por la perfidia del adúltero troyano Paris, fue secretamente robada de su país, fue mayor o más lastimosa que esta compasiva y deplorable aflicción de ellos. Puede imaginar perfectamente que Ceres, en el rapto de su hija Proserpina, no estuvo más afligida, triste ni apesadumbrada que ellos. Créame, y crea a su propia razón, que la pérdida de Osiris no fue tan lamentada por Isis, ni Venus deploró tanto la muerte de Adonis, ni siquiera Hércules lloró tanto la desaparición de Hilas, ni el rapto de Políxena fue más dolorosamente sentido y lamentado por Príamo y Hécuba, que este accidente antes mencionado sería compasivamente llorado, grave, lastimoso y angustiante para los padres tristemente desolados y desconsolados.

No obstante todo esto, la mayor parte de estos padres tan vilmente ultrajados son tan temerosos y asustados de diablos y duendes, y tan profundamente sumidos en la superstición, que no se atreven a contradecir ni oponerse, mucho menos resistir, esas acciones antinaturales e impías, cuando el cazador de topos ha estado presente en la perpetración del hecho, y es parte contratante y convenida en ese detestable trato. ¿Qué hacen entonces? Se quedan miserablemente en sus propios hogares, desprovistos de sus amadas hijas, los padres maldiciendo los días y las horas en que se casaron, y las madres aullando y lamentando que no fue su destino haber dado a luz hijos abortivos cuando les tocó traer al mundo a tales desdichadas muchachas, y en este lastimoso estado pasan, en el mejor de los casos, el resto de su tiempo entre lágrimas y llanto por esos hijos de quienes esperaban, (y con razón debieron haber obtenido y cosechado,) en estos últimos días de su vida, alegría y consuelo. Ha habido otros padres, tan impacientes ante tal afrenta e indignidad infligida a ellos y a sus familias, que, transportados por la extrema pasión, en un arrebato loco y frenético, por la vehemencia de una furia dolorosa y una pena furiosa, se han ahogado, colgado, matado, o de otro modo se han quitado la vida violentamente. Otros, de esa misma relación parental, al recibir una injuria semejante, han sido de espíritu más magnánimo y heroico, quienes, imitando y siguiendo el ejemplo de los hijos de Jacob vengándose de los simeonitas por el rapto de su hermana Dina, al encontrar al rufián miserable en compañía de su místico cazador de topos, confabulando, conversando y reuniéndose a escondidas con sus hijas para sobornar, corromper, depravar, pervertir y seducir a esas inocentes e inexpertas doncellas hacia la lascivia, sin más consideración, los han hecho pedazos en el acto, y enseguida han arrojado sus cuerpos desmembrados en los campos, para servir de alimento a lobos y cuervos. Tras la realización de un acto tan valeroso, audaz y varonil, los otros cómplices cazadores de topos se han enfurecido tanto, y se han irritado, exasperado y enfadado de tal manera, que, presentando denuncias y acusaciones en forma sumamente odiosa y detestable ante los jueces competentes, han implorado e insistido con mucha vehemencia en que el brazo de la autoridad secular intervenga, sosteniendo con orgullo que los siervos de Dios serían despreciados si no se castigaba ejemplarmente y de inmediato a los autores de tan enorme, horrendo, sacrílego, clamoroso, atroz y execrable crimen.

Sin embargo, ni por la equidad natural, ni por el derecho de gentes, ni por ninguna ley imperial que exista, se ha hallado ni siquiera una rúbrica, párrafo, punto o tilde, por la cual se haya juzgado que deba infligirse castigo o corrección alguna a quien haya incurrido en tal delito. La razón se opone, y la naturaleza es contraria. Porque no hay hombre virtuoso en el mundo que, tanto por naturaleza como por razón, no se sienta mucho más turbado al oír la noticia del rapto, deshonra, ignominia y desdoro de su hija, que de su muerte. Ahora bien, cualquiera que, en un arrebato, encuentre a quien con premeditación haya asesinado a su hija, puede, sin atenerse a las formalidades y circunstancias de un proceso legal, matarlo de inmediato y sin correr el riesgo de ser acusado y detenido por los oficiales de justicia por ello. ¿Qué maravilla es, entonces? ¿O cuán poco extraño debería parecerle a cualquier hombre racional, si un bribón lascivo, junto con su cómplice cazador de topos, es sorprendido en flagrante acto de sobornar a su hija y robarla de su casa, aunque ella misma consienta, que el padre, ante tal mancha e infamia traída por ellos sobre su familia, les dé a ambos una muerte vergonzosa, y arroje sus cadáveres a los muladares para que los devoren perros y cerdos, o bien los lance un poco más lejos para que las bestias salvajes del campo los despedacen y desgarren sus miembros (por ser indignos de recibir los suaves, deseados y postreros abrazos de la gran Alma Mater, la tierra, comúnmente llamada sepultura)?

Amadísimo hijo, cuida especialmente que después de mi muerte ninguna de estas leyes sea admitida en ninguno de tus reinos; pues mientras yo viva, con la gracia y ayuda de Dios, pondré buen orden. Así pues, ya que has dejado totalmente a mi discreción el disponer de ti en matrimonio, estoy plenamente convencido de que sabré proveerte suficientemente bien en ese aspecto. Prepárate y alístate para el viaje de Panurgo. Lleva contigo a Epistemon, Fray Juan y a quienes más elijas. Haz con mis tesoros lo que te parezca más conveniente. Ninguna de tus acciones, te lo prometo, podrá desagradarme en modo alguno. Toma de mi arsenal Thalasse el equipo, mobiliario o provisiones que desees, junto con los pilotos, marineros e intérpretes que prefieras, y con el primer viento favorable zarpa y hazte a la mar en el nombre de Dios nuestro Salvador. Mientras tanto, durante tu ausencia, no dejaré de buscarte esposa, ni de hacer los preparativos necesarios para que tus nupcias se celebren con el banquete más espléndido que haya existido en el mundo desde los días de Asuero.